Nathaniel Hawthorne, Wakefield

Wakefield
Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre ―llamémoslo Wakefield― que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco ―sin una adecuada discriminación de las circunstancias― debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal ―una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado fuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte.
Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza.
¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba “algo raro” en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista.
Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda.
Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.
Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho.
―No ―piensa, mientras se arropa en las cobijas―, no dormiré otra noche solo.
Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre ―pues es un hombre de costumbres― lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas?
En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa ―la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito― persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento.
Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar.
―¡Pero si sólo está en la calle del lado! ―se dice a veces.
¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no… probablemente la semana que viene… muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield.
¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta.
Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa.
Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado:
―¡Wakefield, Wakefield, estás loco!
Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba ―digámoslo en sentido figurado― a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir “pronto regresaré”, sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo.
Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio.
Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches.
El suceso feliz ―suponiendo que lo fuera― sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

Nathaniel Hawthorne, Wakefield.


Nathaniel Hawthorne


Wakefield

In some old magazine or newspaper I recollect a story, told as truth, of a man – let us call him Wakefield – who absented himself for a long time from his wife. The fact, thus abstractedly stated, is not very uncommon, nor – without a proper distinction of circumstances – to be condemned either as naughty or nonsensical. Howbeit, this, though far from the most aggravated, is perhaps the strangest, instance on record, of marital delinquency; and, moreover, as remarkable a freak as may be found in the whole list of human oddities. The wedded couple lived in London. The man, under pretence of going a journey, took lodgings in the next street to his own house, and there, unheard of by his wife or friends, and without the shadow of a reason for such self-banishment, dwelt upwards of twenty years. During that period, he beheld his home every day, and frequently the forlorn Mrs. Wakefield. And after so great a gap in his matrimonial felicity – when his death was reckoned certain, his estate settled, his name dismissed from memory, and his wife, long, long ago, resigned to her autumnal widowhood – he entered the door one evening, quietly, as from a day’s absence, and became a loving spouse till death.
This outline is all that I remember. But the incident, though of the purest originality, unexampled, and probably never to be repeated, is one, I think, which appeals to the generous sympathies of mankind. We know, each for himself, that none of us would perpetrate such a folly, yet feel as if some other might. To my own contemplations, at least, it has often recurred, always exciting wonder, but with a sense that the story must be true, and a conception of its hero’s character. Whenever any subject so forcibly affects the mind, time is well spent in thinking of it. If the reader choose, let him do his own meditation; or if he prefer to ramble with me through the twenty years of Wakefield’s vagary, I bid him welcome; trusting that there will be a pervading spirit and a moral, even should we fail to find them, done up neatly, and condensed into the final sentence. Thought has always its efficacy, and every striking incident its moral. 
What sort of a man was Wakefield? We are free to shape out our own idea, and call it by his name. He was now in the meridian of life; his matrimonial affections, never violent, were sobered into a calm, habitual sentiment; of all husbands, he was likely to be the most constant, because a certain sluggishness would keep his heart at rest, wherever it might be placed. He was intellectual, but not actively so; his mind occupied itself in long and lazy musings, that ended to no purpose, or had not vigor to attain it; his thoughts were seldom so energetic as to seize hold of words. Imagination, in the proper meaning of the term, made no part of Wakefield’s gifts. With a cold but not depraved nor wandering heart, and a mind never feverish with riotous thoughts, nor perplexed with originality, who could have anticipated that our friend would entitle himself to a foremost place among the doers of eccentric deeds? Had his acquaintances been asked, who was the man in London the surest to perform nothing today which should be remembered on the morrow, they would have thought of Wakefield. Only the wife of his bosom might have hesitated. She, without having analyzed his character, was partly aware of a quiet selfishness, that had rusted into his inactive mind; of a peculiar sort of vanity, the most uneasy attribute about him; of a disposition to craft which had seldom produced more positive effects than the keeping of petty secrets, hardly worth revealing; and, lastly, of what she called a little strangeness, sometimes, in the good man. This latter quality is indefinable, and perhaps non-existent. 
Let us now imagine Wakefield bidding adieu to his wife. It is the dusk of an October evening. His equipment is a drab great-coat, a hat covered with an oilcloth, top-boots, an umbrella in one hand and a small portmanteau in the other. He has informed Mrs. Wakefield that he is to take the night coach into the country. She would fain inquire the length of his journey, its object, and the probable time of his return; but, indulgent to his harmless love of mystery, interrogates him only by a look. He tells her not to expect him positively by the return coach, nor to be alarmed should he tarry three or four days; but, at all events, to look for him at supper on Friday evening. Wakefield himself, be it considered, has no suspicion of what is before him. He holds out his hand, she gives her own, and meets his parting kiss in the matter-of-course way of a ten years’ matrimony; and forth goes the middle-aged Mr. Wakefield, almost resolved to perplex his good lady by a whole week’s absence. After the door has closed behind him, she perceives it thrust partly open, and a vision of her husband’s face, through the aperture, smiling on her, and gone in a moment. For the time, this little incident is dismissed without a thought. But, long afterwards, when she has been more years a widow than a wife, that smile recurs, and flickers across all her reminiscences of Wakefield’s visage. In her many musings, she surrounds the original smile with a multitude of fantasies, which make it strange and awful: as, for instance, if she imagines him in a coffin, that parting look is frozen on his pale features; or, if she dreams of him in heaven, still his blessed spirit wears a quiet and crafty smile. Yet, for its sake, when all others have given him up for dead, she sometimes doubts whether she is a widow. 
But our business is with the husband. We must hurry after him along the street, ere he lose his individuality, and melt into the great mass of London life. It would be vain searching for him there. Let us follow close at his heels, therefore, until, after several superfluous turns and doublings, we find him comfortably established by the fireside of a small apartment, previously bespoken. He is in the next street to his own, and at his journey’s end. He can scarcely trust his good fortune, in having got thither unperceived – recollecting that, at one time, he was delayed by the throng, in the very focus of a lighted lantern; and, again, there were footsteps that seemed to tread behind his own, distinct from the multitudinous tramp around him; and, anon, he heard a voice shouting afar, and fancied that it called his name. Doubtless, a dozen busybodies had been watching him, and told his wife the whole affair. Poor Wakefield! Little knowest thou thine own insignificance in this great world! No mortal eye but mine has traced thee. Go quietly to thy bed, foolish man: and, on the morrow, if thou wilt be wise, get thee home to good Mrs. Wakefield, and tell her the truth. Remove not thyself, even for a little week, from thy place in her chaste bosom. Were she, for a single moment, to deem thee dead, or lost, or lastingly divided from her, thou wouldst be woefully conscious of a change in thy true wife forever after. It is perilous to make a chasm in human affections; not that they gape so long and wide – but so quickly close again! 
Almost repenting of his frolic, or whatever it may be termed, Wakefield lies down betimes, and starting from his first nap, spreads forth his arms into the wide and solitary waste of the unaccustomed bed. “No,” – thinks he, gathering the bedclothes about him, – “I will not sleep alone another night.” 
In the morning he rises earlier than usual, and sets himself to consider what he really means to do. Such are his loose and rambling modes of thought that he has taken this very singular step with the consciousness of a purpose, indeed, but without being able to define it sufficiently for his own contemplation. The vagueness of the project, and the convulsive effort with which he plunges into the execution of it, are equally characteristic of a feeble-minded man. Wakefield sifts his ideas, however, as minutely as he may, and finds himself curious to know the progress of matters at home – how his exemplary wife will endure her widowhood of a week; and, briefly, how the little sphere of creatures and circumstances, in which he was a central object, will be affected by his removal. A morbid vanity, therefore, lies nearest the bottom of the affair. But, how is he to attain his ends? Not, certainly, by keeping close in this comfortable lodging, where, though he slept and awoke in the next street to his home, he is as effectually abroad as if the stage-coach had been whirling him away all night. Yet, should he reappear, the whole project is knocked in the head. His poor brains being hopelessly puzzled with this dilemma, he at length ventures out, partly resolving to cross the head of the street, and send one hasty glance towards his forsaken domicile. Habit – for he is a man of habits – takes him by the hand, and guides him, wholly unaware, to his own door, where, just at the critical moment, he is aroused by the scraping of his foot upon the step. Wakefield! whither are you going? 
At that instant his fate was turning on the pivot. Little dreaming of the doom to which his first backward step devotes him, he hurries away, breathless with agitation hitherto unfelt, and hardly dares turn his head at the distant corner. Can it be that nobody caught sight of him? Will not the whole household – the decent Mrs. Wakefield, the smart maid servant, and the dirty little footboy – raise a hue and cry, through London streets, in pursuit of their fugitive lord and master? Wonderful escape! He gathers courage to pause and look homeward, but is perplexed with a sense of change about the familiar edifice, such as affects us all, when, after a separation of months or years, we again see some hill or lake, or work of art, with which we were friends of old. In ordinary cases, this indescribable impression is caused by the comparison and contrast between our imperfect reminiscences and the reality. In Wakefield, the magic of a single night has wrought a similar transformation, because, in that brief period, a great moral change has been effected. But this is a secret from himself. Before leaving the spot, he catches a far and momentary glimpse of his wife, passing athwart the front window, with her face turned towards the head of the street. The crafty nincompoop takes to his heels, scared with the idea that, among a thousand such atoms of mortality, her eye must have detected him. Right glad is his heart, though his brain be somewhat dizzy, when he finds himself by the coal fire of his lodgings. 
So much for the commencement of this long whimwham. After the initial conception, and the stirring up of the man’s sluggish temperament to put it in practice, the whole matter evolves itself in a natural train. We may suppose him, as the result of deep deliberation, buying a new wig, of reddish hair, and selecting sundry garments, in a fashion unlike his customary suit of brown, from a Jew’s old-clothes bag. It is accomplished. Wakefield is another man. The new system being now established, a retrograde movement to the old would be almost as difficult as the step that placed him in his unparalleled position. Furthermore, he is rendered obstinate by a sulkiness occasionally incident to his temper, and brought on at present by the inadequate sensation which he conceives to have been produced in the bosom of Mrs. Wakefield. He will not go back until she be frightened half to death. Well; twice or thrice has she passed before his sight, each time with a heavier step, a paler cheek, and more anxious brow; and in the third week of his non-appearance he detects a portent of evil entering the house, in the guise of an apothecary. Next day the knocker is muffled. Towards nightfall comes the chariot of a physician, and deposits its big-wigged and solemn burden at Wakefield’s door, whence, after a quarter of an hour’s visit, he emerges, perchance the herald of a funeral. Dear woman! Will she die? By this time, Wakefield is excited to something like energy of feeling, but still lingers away from his wife’s bedside, pleading with his conscience that she must not be disturbed at such a juncture. If aught else restrains him, he does not know it. In the course of a few weeks she gradually recovers; the crisis is over; her heart is sad, perhaps, but quiet; and, let him return soon or late, it will never be feverish for him again. Such ideas glimmer through the midst of Wakefield’s mind, and render him indistinctly conscious that an almost impassable gulf divides his hired apartment from his former home. “It is but in the next street!” he sometimes says. Fool! it is in another world. Hitherto, he has put off his return from one particular day to another; henceforward, he leaves the precise time undetermined. Not tomorrow – probably next week – pretty soon. Poor man! The dead have nearly as much chance of revisiting their earthly homes as the self-banished Wakefield. 
Would that I had a folio to write, instead of an article of a dozen pages! Then might I exemplify how an influence beyond our control lays its strong hand on every deed which we do, and weaves its consequences into an iron tissue of necessity. Wakefield is spell-bound. We must leave him for ten years or so, to haunt around his house, without once crossing the threshold, and to be faithful to his wife, with all the affection of which his heart is capable, while he is slowly fading out of hers. Long since, it must be remarked, he had lost the perception of singularity in his conduct. 
Now for a scene! Amid the throng of a London street we distinguish a man, now waxing elderly, with few characteristics to attract careless observers, yet bearing, in his whole aspect, the handwriting of no common fate, for such as have the skill to read it. He is meagre; his low and narrow forehead is deeply wrinkled; his eyes, small and lustreless, sometimes wander apprehensively about him, but oftener seem to look inward. He bends his head, and moves with an indescribable obliquity of gait, as if unwilling to display his full front to the world. Watch him long enough to see what we have described, and you will allow that circumstances – which often produce remarkable men from nature’s ordinary handiwork – have produced one such here. Next, leaving him to sidle along the footwalk, cast your eyes in the opposite direction, where a portly female, considerably in the wane of life, with a prayer-book in her hand, is proceeding to yonder church. She has the placid mien of settled widowhood. Her regrets have either died away, or have become so essential to her heart, that they would be poorly exchanged for joy. Just as the lean man and well-conditioned woman are passing, a slight obstruction occurs, and brings these two figures directly in contact. Their hands touch; the pressure of the crowd forces her bosom against his shoulder; they stand, face to face, staring into each other’s eyes. After a ten years’ separation, thus Wakefield meets his wife! 
The throng eddies away, and carries them asunder. The sober widow, resuming her former pace, proceeds to church, but pauses in the portal, and throws a perplexed glance along the street. She passes in, however, opening her prayer-book as she goes. And the man! with so wild a face that busy and selfish London stands to gaze after him, he hurries to his lodgings, bolts the door, and throws himself upon the bed. The latent feelings of years break out; his feeble mind acquires a brief energy from their strength; all the miserable strangeness of his life is revealed to him at a glance: and he cries out, passionately, “Wakefield ! Wakefield! You are mad!” 
Perhaps he was so. The singularity of his situation must have so moulded him to himself, that, considered in regard to his fellow-creatures and the business of life, he could not be said to possess his right mind. He had contrived, or rather he had happened, to dissever himself from the world – to vanish – to give up his place and privileges with living men, without being admitted among the dead. The life of a hermit is nowise parallel to his. He was in the bustle of the city, as of old; but the crowd swept by and saw him not; he was, we may figuratively say, always beside his wife and at his hearth, yet must never feel the warmth of the one nor the affection of the other. It was Wakefield’s unprecedented fate to retain his original share of human sympathies, and to be still involved in human interests, while he had lost his reciprocal influence on them. It would be a most curious speculation to trace out the effect of such circumstances on his heart and intellect, separately, and in unison. Yet, changed as he was, he would seldom be conscious of it, but deem himself the same man as ever; glimpses of the truth indeed. would come, but only for the moment; and still he would keep saying, “I shall soon go back!” – nor reflect that he had been saying so for twenty years. 
I conceive, also, that these twenty years would appear, in the retrospect, scarcely longer than the week to which Wakefield had at first limited his absence. He would look on the affair as no more than an interlude in the main business of his life. When, after a little while more, he should deem it time to reenter his parlor, his wife would clap her hands for joy, on beholding the middle-aged Mr. Wakefield. Alas, what a mistake! Would Time but await the close of our favorite follies, we should be young men, all of us, and till Doomsday. 
One evening, in the twentieth year since he vanished, Wakefield is taking his customary walk towards the dwelling which he still calls his own. It is a gusty night of autumn, with frequent showers that patter down upon the pavement, and are gone before a man can put up his umbrella. Pausing near the house, Wakefield discerns, through the parlor windows of the second floor, the red glow and the glimmer and fitful flash of a comfortable fire. On the ceiling appears a grotesque shadow of good Mrs. Wakefield. The cap, the nose and chin, and the broad waist, form an admirable caricature, which dances, moreover, with the up-flickering and down-sinking blaze, almost too merrily for the shade of an elderly widow. At this instant a shower chances to fall, and is driven, by the unmannerly gust, full into Wakefield’s face and bosom. He is quite penetrated with its autumnal chill. Shall he stand, wet and shivering here, when his own hearth has a good fire to warm him, and his own wife will run to fetch the gray coat and small-clothes, which, doubtless, she has kept carefully in the closet of their bed chamber? No! Wakefield is no such fool. He ascends the steps – heavily! – for twenty years have stiffened his legs since he came down – but he knows it not. Stay, Wakefield! Would you go to the sole home that is left you? Then step into your grave! The door opens. As he passes in, we have a parting glimpse of his visage, and recognize the crafty smile, which was the precursor of the little joke that he has ever since been playing off at his wife’s expense. How unmercifully has he quizzed the poor woman! Well, a good night’s rest to Wakefield! 
This happy event – supposing it to be such – could only have occurred at an unpremeditated moment. We will not follow our friend across the threshold. He has left us much food for thought, a portion of which shall lend its wisdom to a moral, and be shaped into a figure. Amid the seeming confusion of our mysterious world, individuals are so nicely adjusted to a system, and systems to one another and to a whole, that, by stepping aside for a moment, a man exposes himself to a fearful risk of losing his place forever. Like Wakefield, he may become, as it were, the Outcast of the Universe.

Nathaniel Hawthorne, Wakefield.

Juan Villoro, Relato en flor

Relato en flor.
Pedro nació en un pueblo minero del desierto de Atacama, tan pequeño que recibía el nombre de «oficina». Durante años, el incendio del sol al atardecer hacía que imaginara el mar al que conducía una carretera sin curvas.
Cuando finalmente hizo el recorrido, vio las «animitas» a ambos lados del camino, capillas que recordaban a quienes habían muerto, vencidos por la monotonía de esa recta interminable. Los únicos brotes del paisaje eran neumáticos abandonados por los camioneros.
Pedro se mudó a Antofagasta para hacer una carrera y se acostumbró al acompasado rumor del Pacífico. El lejano sitio del origen se volvió casi inverosímil. A causa de su trabajo viajó mucho y al llegar a los cincuenta años, con un divorcio a cuestas, descubrió una isla que representaba el reverso del árido mundo del que provenía: Cuba.
Mi amigo es refractario a cualquier forma de frivolidad; cree en el esfuerzo como sólo puede hacerlo el hijo de un minero. El dato es necesario para precisar lo que viene a continuación. Se enamoró de una cubana, pero no deseaba una aventura de ocasión. El prófugo de las arenas supo que su destino entre las frondas del Caribe llevaba el redundante nombre de Flor.
La única exuberancia que Pedro conoció en su niñez fueron las palabras que se le ocurrían. No le costó trabajo convencer a Flor de que la quería con la intensidad de quien mira la galaxia en el cielo nocturno de Atacama y descubre la estrella que le toca.
Desvelado por su último encuentro amoroso, dormitó en el taxi que lo llevaba al aeropuerto José Martí y olvidó su celular en el asiento.
Habló desde un teléfono público a un amigo chileno que también estaba en La Habana y le pidió que recuperara el celular. Y aquí es donde la suerte entra en la historia. El amigo hizo una pesca milagrosa: logró recuperar el celular, pero tardó quince días en volver a Chile.
Durante esas dos semanas, la gente dio por muerto a Pedro. El celular es ya una prótesis imprescindible. Su ausencia lleva a una vida sin vida.
Lo más grave para Pedro es que ahí tenía el número de Flor. Había prometido hablarle al llegar a Chile. Ese «día siguiente» duró dos semanas.
Lo primero que hizo al recuperar el aparato fue llamar al teléfono de la fortuna. «¿Qué tú crees?», le respondió una voz que había tenido tiempo suficiente de sentir preocupación, zozobra, abandono, cólera y despecho. Esta vez, el poderío retórico de Pedro no causó efecto, entre otras cosas porque dijo la verdad. Su historia era demasiado simple y positiva para parecer cierta: se quedó dormido, olvidó el celular, su amigo lo recuperó después, etcétera. Flor no le creyó en lo más mínimo: «¿Qué taxista cubano devuelve un iPhone?», preguntó. La honestidad de ese hombre y la dedicación del amigo para localizarlo habían sido tan excepcionales que resultaban increíbles. «¿Y qué chileno olvida lo más valioso que tiene?», agregó ella. Pedro recordó que el bolero es una virtud cubana y arriesgó una frase: «Lo más valioso que tengo eres tú». Esto acabó por convencer a Flor de estar ante un veleidoso mujeriego que prometía las estrellas según su capricho: «Además de mentiroso, cursi», dijo y colgó el teléfono.
Pedro pasó quince días al margen de su celular, es decir, de su vida. Perdió ofertas de trabajo, ciertos amigos lo juzgaron arrogante por no devolver llamadas y no se enteró del aniversario de bodas de su hermana. Lo más grave fue haber perdido a Flor.
Recordó su despedida, en una terraza donde crecían orquídeas y, como quien elige un camino de expiación, regresó al pueblo donde había nacido. La noche lo sorprendió antes de llegar. Vio la bóveda celeste que lo acompañaba desde hacía medio siglo y en la inmensidad sin nada de las piedras buscó palabras para reconciliarse con Flor. Una frase que se volvió famosa en Chile el año de su nacimiento le vino a la mente: «Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo». Estaba en un desierto sin cobertura y nada estimula como las carencias. Poco a poco, en medio de las arenas, concibió una selva de palabras para envolver a Flor. Regresó a Antofagasta con la cabeza llena de adjetivos y habló por teléfono.
«No te creo, pero me gusta», dijo ella, y Pedro supo que la Tierra giraba en torno al Sol, que el desierto existe para imaginar el paraíso y el paraíso para aceptar las mentiras que nos gustan.
Juan Villoro, Relato en flor.


Juan Villoro

Clarice Lispector, El primer beso

El primer beso.
Los dos más susurraban que hablaban: hacía poco que habían comenzado el noviazgo y ambos andaban tontos, era el amor. Amor y lo que conlleva: los celos.
— Está bien, me creo que soy tu primera novia, y me alegro por ello. Pero dime la verdad, solo la verdad: ¿nunca besaste a otra mujer antes que yo? Él fue simple:
— Sí, ya besé antes a otra mujer.
— ¿Quién era ella?— le preguntó con dolor.
Él intentó contárselo toscamente, no sabía cómo decirlo.
El autobús de la excursión subía lentamente la sierra. Él, uno de los chicos en medio de los otros chicos en alboroto, dejaba que la brisa fresca le diera en la cara y se le metiera por el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Quedarse quieto a veces, casi sin pensar, y tan solo sentir —era tan bueno. Concentrarse en sentir era difícil en medio del alboroto de los compañeros.
Y la sed había llegado: jugar con el grupo, hablar bien alto, más alto que el ruido del motor, reírse, gritar, pensar, sentir, ¡caramba! qué seca se le ponía la garganta.
Y ni sombra de agua. La solución era juntar saliva, y fue lo que hizo. Tras reunirla en la boca ardiente, se la tragaba lentamente, una y otra vez. Era templada, sin embargo, la saliva, y no le quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía el cuerpo.
La brisa fina, antes tan buena, ahora, al sol del mediodía, se había vuelto caliente y árida y al entrarle por la nariz, le secaba aún más la poca saliva que pacientemente juntaba.
¿Y si cerrara las narinas y respirara un poco menos de aquel viento de desierto? Lo intentó por instantes, pero enseguida se asfixiaba. La solución era esperar, esperar. Tal vez tan solo minutos, tal vez horas, mientras su sed era de años.
No sabía cómo y por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía cercana, y sus ojos saltaban afuera de la ventana buscando el camino, penetrando entre los arbustos, acechando, husmeando.
El instinto animal dentro de él no se había equivocado: en la curva inesperada del camino, entre arbustos se encontraba... la fuente de donde brotaba en un hilo delgado la tan soñada agua. El autobús se paró, todos tenían sed, pero él logró ser el primero en llegar a la fuente de piedra, antes que todos.
Con los ojos cerrados, entreabrió los labios y los pegó ferozmente al orificio de donde vertía el agua. El primer trago fresco bajó, escurriéndosele por el pecho hasta la barriga. Era la vida que volvía, y con esta encharcó todo su interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos.
Los abrió y vio junto a su cara dos ojos de estatua que lo miraban fijamente y vio que era la estatua de una mujer y que era de la boca de la mujer que salía el agua. Se acordó de que realmente al primer trago había sentido en los labios un contacto helado, más frío que el del agua.
Y supo entonces que había pegado su boca a la boca de la estatua de la mujer de piedra. La vida se había vertido de esa boca, de una boca a otra.
Intuitivamente, confundido en su inocencia, se sentía intrigado: pero no es de la mujer que sale el líquido vivificador, el líquido germinador de la vida... Miró a la estatua desnuda.
Él la había besado.
Sufrió un temblor que no era visible por fuera y que comenzó en su interior y le invadió todo el cuerpo, reventándole la cara en brasa viva. Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya ni sabía lo que hacía. Trastornado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, siempre antes relajada, se encontraba ahora agresivamente tensa, y eso nunca le había sucedido.
Estaba parado, dulcemente agresivo, solo en medio de los demás, el corazón le latía profundo, espaciado, sintiendo que el mundo se transformaba. La vida era completamente nueva, era otra, descubierta con sobresalto. Perplejo, en un equilibrio frágil.
Hasta que, procedente de la profundidad de su ser, brotó de una fuente oculta en él la verdad. Que pronto lo llenó de susto y luego también de un orgullo que jamás había sentido: él...
Se había hecho hombre.
Clarice Lispector, El primer beso.


Clarice Lispector


O primeiro beijo
Os dois mais murmuravam que conversavam: havia pouco iniciara-se o namoro e ambos andavam tontos, era o amor. Amor com o que vem junto: ciúme.
- Está bem, acredito que sou a sua primeira namorada, fico feliz com isso. Mas me diga a verdade, só a verdade: você nunca beijou uma mulher antes de me beijar? Ele foi simples:
- Sim, já beijei antes uma mulher.
- Quem era ela? - perguntou com dor.
Ele tentou contar toscamente, não sabia como dizer.
O ônibus da excursão subia lentamente a serra. Ele, um dos garotos no meio da garotada em algazarra, deixava a brisa fresca bater-lhe no rosto e entrar-lhe pelos cabelos com dedos longos, finos e sem peso como os de uma mãe. Ficar às vezes quieto, sem quase pensar, e apenas sentir - era tão bom. A concentração no sentir era difícil no meio da balbúrdia dos companheiros.
E mesmo a sede começara: brincar com a turma, falar bem alto, mais alto que o barulho do motor, rir, gritar, pensar, sentir, puxa vida! como deixava a garganta seca.
E nem sombra de água. O jeito era juntar saliva, e foi o que fez. Depois de reunida na boca ardente engulia-a lentamente, outra vez e mais outra. Era morna, porém, a saliva, e não tirava a sede. Uma sede enorme maior do que ele próprio, que lhe tomava agora o corpo todo.
A brisa fina, antes tão boa, agora ao sol do meio-dia tornara-se quente e árida e ao penetrar pelo nariz secava ainda mais a pouca saliva que pacientemente juntava.
E se fechasse as narinas e respirasse um pouco menos daquele vento de deserto? Tentou por instantes mas logo sufocava. O jeito era mesmo esperar, esperar. Talvez minutos apenas, talvez horas, enquanto sua sede era de anos.
Não sabia como e por que mas agora se sentia mais perto da água, pressentia-a mais próxima, e seus olhos saltavam para fora da janela procurando a estrada, penetrando entre os arbustos, espreitando, farejando.
O instinto animal dentro dele não errara: na curva inesperada da estrada, entre arbustos estava... o chafariz de onde brotava num filete a água sonhada. O ônibus parou, todos estavam com sede mas ele conseguiu ser o primeiro a chegar ao chafariz de pedra, antes de todos.
De olhos fechados entreabriu os lábios e colou-os ferozmente ao orifício de onde jorrava a água. O primeiro gole fresco desceu, escorrendo pelo peito até a barriga. Era a vida voltando, e com esta encharcou todo o seu interior arenoso até se saciar. Agora podia abrir os olhos.
Abriu-os e viu bem junto de sua cara dois olhos de estátua fitando-o e viu que era a estátua de uma mulher e que era da boca da mulher que saía a água. Lembrou-se de que realmente ao primeiro gole sentira nos lábios um contato gélido, mais frio do que a água. 
E soube então que havia colado sua boca na boca da estátua da mulher de pedra. A vida havia jorrado dessa boca, de uma boca para outra.
Intuitivamente, confuso na sua inocência, sentia intrigado: mas não é de uma mulher que sai o líquido vivificador, o líquido germinador da vida... Olhou a estátua nua.
Ele a havia beijado.
Sofreu um tremor que não se via por fora e que se iniciou bem dentro dele e tomou-lhe o corpo todo estourando pelo rosto em brasa viva. Deu um passo para trás ou para frente, nem sabia mais o que fazia. Perturbado, atônito, percebeu que uma parte de seu corpo, sempre antes relaxada, estava agora com uma tensão agressiva, e isso nunca lhe tinha acontecido.
Estava de pé, docemente agressivo, sozinho no meio dos outros, de coração batendo fundo, espaçado, sentindo o mundo se transformar. A vida era inteiramente nova, era outra, descoberta com sobressalto. Perplexo, num equilíbrio frágil.
Até que, vinda da profundeza de seu ser, jorrou de uma fonte oculta nele a verdade. Que logo o encheu de susto e logo também de um orgulho antes jamais sentido: ele...
Ele se tornara homem.
Clarice Lispector, O primeiro beijo.

Clarice Lispector

First Kiss.
The two of them murmured more than talked: the relationship had begun just a little while before and they were both giddy, it was love. Love and what comes with it: jealousy.
—It’s fine, I believe you that I’m your first love, this makes me happy. But tell me the truth, only the truth: you never kissed a woman before you kissed me?
It was simple:
—Yes, I’ve kissed a woman before.
—Who was she?, she asked sorrowfully
He tried to tell it crudely, he didn’t know how.
The tour bus slowly climbed the mountain range. He, a kid surrounded by noisy kids, let the cool breeze hit his face and pass through his hair with its long fingers, fine and weightless like those of a mother. At times he remained quiet, without quite thinking, and only feeling – it felt so good. Concentrating on feeling was difficult in the midst of the uproar of his friends.
And the thirst really had begun: to joke with the guys, to speak loudly, louder than the growl of the motor, to laugh, to shout, to think, to feel, gosh! how that left the throat dry.
And not a hint of water. The solution was to collect saliva, and that was what he did. After filling his burning mouth he swallowed it slowly, then again and once again. But it was warm, the saliva, and it didn’t take away the thirst. An enormous thirst larger than he himself, which now took over his whole body.
The fine breeze, before so pleasant, now in the midday sun had become hot and dry and on entering the nose dried up the little saliva that he had patiently collected.
And if he closed his nostrils and breathed a little less of that desert wind? He tried for a few seconds but then suffocated. The solution was really to wait, to wait. Perhaps only a few minutes, perhaps hours, meanwhile his thirst was of years.
He didn’t know how or why but now he felt nearer to water, he sensed it close by, and his eyes leaped outside the window scanning the road, penetrating between the bushes, peering, sniffing.
The animal instinct within him wasn’t wrong: in an unexpected curve of the road, between bushes, there was . . . a fountain from which spouted a trickle of the dreamed-of water.
The bus stopped, everyone was thirsty but he managed to be the first to get to the stone fountain, before anyone.
With his eyes closed he opened his lips and attached them fiercely to the opening from which the water gushed. The first swallow went down cool, flowing though his chest to his stomach.
It was life returning, and with this he drenched his whole sandy interior until he was sated. Now he could open his eyes.
He opened them and he saw right next to his face two eyes of the statue staring at him and he saw that it was a statue of a woman and it was from the mouth of the woman that the water came. He remembered that in fact at the first swallow he had felt a freezing contact with his lips, colder than that of the water.
And then he knew that he had attached his mouth to the mouth of the stone statue of the woman. Life had sprung forth from that mouth, from one mouth to another.
Instinctively, confused in his innocence, he felt intrigued: but it isn’t from a woman that the life-giving liquid comes, the liquid germinator of life . . . He looked at the naked statue.
He had kissed her.
He experienced a tremor unseen from the outside and which started deep inside him and took hold of his whole body bursting through his face like a burning ember.
He took a step backward or forward, he no longer knew what he was doing. Disturbed, astonished, he realized that a part of his body, always relaxed before, now had an aggressive tension, and this had never happened to him.
He was standing, sweetly aggressive, alone in the midst of the others, his heart beating deeply, the beats spaced out, feeling the world being transformed. Life was totally new, it was something other, discovered with a start. Perplexed, in a fragile equilibrium.
Until, springing from the depths of his being, the truth gushed from a hidden source within him. Which at once filled him with fear and then also with a pride he had never felt before: he . . .
He had become a man.
Clarice Lispector, First Kiss.

Thomas Bernhard, El imitador de voces

El imitador de voces
El imitador de voces, que ayer por la tarde fue huésped de la Asociación de Cirujanos, se mostró dispuesto, después de su representación en el Palais Pallavicini, al que lo había invitado la Asociación de Cirujanos, a ir con nosotros a Kahlenberg, para allí, donde tenemos una casa siempre abierta a todos los artistas, exhibirnos también su arte, naturalmente a cambio de unos honorarios.
Rogamos al imitador de voces, que procedía de Oxford, Inglaterra, pero había ido al colegio de Landhurst y había sido en otro tiempo armero de Berchtesgaden, que no se repitiera en el Kahlenberg, sino que nos representara algo totalmente distinto de lo de la Asociación de Cirujanos, es decir, que imitase en el Kahlenberg voces totalmente distintas de las del Palais Pallavicini, lo que nos prometió a nosotros, que habíamos estado entusiasmados con el programa que presentó en el Palais Pallavichini. Realmente, el imitador de voces nos imitó en el Hahlenberg voces totalmente distintas, más o menos famosas, de las de la Asociación de Cirujanos. Pudimos formular también deseos, que el imitador de voces satisfizo con la mejor voluntad. Con todo, cuando le propusimos que, para terminar, imitase su propia voz, nos dijo que eso no sabía hacerlo.
 Thomas Bernhard, El imitador de voces.


Thomas Bernhard

The Voice Imitator
The voice imitator, who had been invited as the guest of the surgical society last evening, had declared himself ― after being introduced in the Palais Pallavinci ― willing to come with us to the Kahlenberg, where our house was always open to any artist whatsoever who wished to demonstrate his art there ― not of course without a fee. We had asked the voice imitator, who hailed from Oxford in England but who had attended school in Landshut and had originally been a gunsmith in Berchtesgaden, not to repeat himself on the Kahlenberg but to present us something entirely different from what he had done in the surgical society; that is, to imitate quite different people from those he had imitated in the Palais Pallavinci, and he had promised to do this for us, for we had been enchanted with the program that he had presented in the Palais Pallavinci. In fact, the voice imitator did imitate voices of quite different people ― all more or less well known ― from those he had imitated before the surgical society. We were allowed to express our own wishes, which the voice imitator fulfilled most readily. When, however, at the very end, we suggested that he imitate his own voice, he said he could not do that.
Thomas Bernhard, The Voice Imitator. 

Sara Mesa, Intolerancia

Intolerancia

Teniendo en cuenta la experiencia de años anteriores y también que el sol es cada vez más fuerte y que mi piel se ha desacostumbrado a tomarlo, admitamos que fue una tontería visitar al dermatólogo ―da igual que la consulta la cubriera el seguro―, porque para qué, si ya otras veces fui y los consejos fueron siempre los mismos ―protección, protección: permanece a la sombra, úntate cremitas impagables, tómate capsulitas impagables―, y mis respuestas también fueron siempre las mismas ―no hacer caso, no comprar nada, sin terminar de entender por qué todos los productos prescritos son tan impagables―, y aunque sí es cierto que el dictamen sufrió variaciones con los años ―más drástico cada verano, pues pasé de ser simplemente blanquita a ligeramente alérgica y después reactiva―, esta vez hubo una novedad y es que ya sin ambages el dermatólogo ―un tipo maduro pero de presencia impecable― me calificó de intolerante. Intolerante al sol, matizó con una ancha sonrisa ―dientes blancos, también impecables―, de modo que la protección ha de ser absoluta, total, sin fisuras, insistió, y escribió en un papelito con membrete el nombre de una crema que yo debía usar y de unas nuevas cápsulas ―sustituyen a las anteriores, aclaró―, que también ―imprescindibles― debía usar, aunque bien sabía yo que tampoco iba a poder permitírmelas. Y ya después, cuando metía el papel en un sobre marcado con el mismo membrete ―ordenado y metódico, así es el dermatólogo―, me habló de la sombrilla. No una sombrilla de playa, dijo, eso es obvio, sino una de estas pequeñas que se usan para andar por la calle, tipo parasol chino, perfectas para esa gran sensibilidad cutánea mía, porque ya incluso las fabrican con ofelina, dijo, y ante mi expresión de extrañeza ―ofelina― me explicó que se trata de un tipo de tela que ofrece una protección UVA del ochenta por ciento, y después añadió ―con un tono que me pareció algo burlón― que hoy día las hacen muy bonitas, con diseños orientales ―dragones, flores― pero también, si así lo prefería, más contemporáneas, en todo caso muy ligeras, baratas, duraderas y glamourosas. Pensé que se estaba riendo de mí, pero no, en el fondo bien sabía yo que no.
Pasear con una sombrilla por la calle.
Lo que me faltaba.
Aquí no lo hace nadie… ¡pasear con sombrilla! Sólo de imaginarme así, caminando por mi barrio con una ―digamos, por ejemplo, un parasol con el reborde de encaje y la tela floreada―, dándole vueltas entre los dedos al mango, como si acaso yo ―¡yo!― fuese una damisela del XIX que pasea por un bulevar de París, pero en realidad en mi barrio de bloques de ladrillo y bazares de chinos y el bar Estanco y la peluquería de la Chipi, sólo de imaginarlo, digo, me moría de vergüenza. Así que otra vez vino la misma historia: desoí los consejos, me olvidé, pasé página.
Unos días después, volviendo del súper cargada con las bolsas de plástico ―dañándome los dedos, de tan pesadas―, sentí que me quemaba, o no exactamente que me quemaba, sino que me atacaba algo, que me atacaba el sol para ser más precisa, lo que era una agresión en toda regla, un picor extremo, y no podía rascarme lo más mínimo, no podía siquiera detenerme, pues eran las bolsas tan pesadas, tan difícil era mantener el equilibrio, además de que los congelados, también a su manera, estaban siendo agredidos por el sol. Fue así como me salieron aquellas erupciones. No era la piel quemada exactamente, sino un sarpullido muy fastidioso extendido por el cuello y los brazos, y también rojeces que me salpicaban las mejillas, como en un test de rorschach. Prácticamente en todos los sitios donde me había dado el sol, la piel se me había resentido, y me asusté muchísimo ―además de que escocía bastante―, de modo que me dije algo tengo que hacer, y me armé de valor y compré un parasol por internet, mirando hasta con cierta ilusión las fotos de una página web donde los vendían, con chicas estupendas llevándolas con mucha gracia, chicas modernas, nada de damiselas ridículas del XIX, pero todas, curiosamente, con un ligero tono bronceado, todas de piel sanísima, inmaculada, sin manchas, sin necesidad realmente de usarlas. Y el dermatólogo tenía razón: los parasoles de calle son baratos. Por diecinueve euros, más otros cinco de gastos de envío, escogí uno morado con lunares negros ―modelo polka dots―, en total bastante menos de lo que costaba el tratamiento de cápsulas protectoras para un mes, y además, en 2-3 días recibirá su pedido en casa, enhorabuena.
En 2-3 días también había bajado bastante la erupción ―las duchas de agua helada me calmaban―, así que cuando tuve el parasol entre manos se me había desinflado igualmente el interés ―entusiasmo, diríamos, nunca tuve―, además de que, visto de cerca, parecía simplemente una sombrilla de playa que hubiese encogido. La estructura metálica era también decepcionante ―endeble― y aquello de la ofelina, bueno, había que creérselo, pues la tela tenía un aspecto de lo más corriente. Para colmo, se abría y cerraba con dificultad, así que me dije hasta que no le cojas el truco nada de llevarlo a la calle. Caminaba por la sombra, pero aún así el sol era inevitable, y cruzaba bajo él rapidito, agobiada doblemente, primero por la posibilidad de volverme a quemar ―o a sufrir lo que quiera que fuese que sufría a causa del sol― y después por haberme gastado veinticuatro euros en un parasol que no me atrevía a usar y que, probablemente, nunca usaría. Se lo conté a Trini, la vecina, no porque necesitara compartir mi agobio, sino porque me la encontré por la escalera, mirándome con esa manera tan fija de mirar ―o más bien de escrutar―, tan pretendidamente amable, como queriendo entresacar algo de mí ―algo bueno, sin duda, Dios te bendiga, Trini―, con sus vestidos amplios y esa sonrisa perenne y toda su dulzura de mami de cincuenta, su melena imponente y canosa, y… lo sé, lo sé, me pierdo en los detalles. Justo es por esto ―para no perderme en los detalles― por lo que le conté lo del parasol. Las palabras son buenos lugares a los que aferrarse, aunque no las palabras abstractas ―ridículo, intolerancia, reacción, agobio, capricho o duda― sino las concretas ―parasol, ofelina, veinticuatro, sarpullido, dermatólogo, cápsulas carísimas―, y se lo conté todo con suma concreción. Ella me dijo haz en la vida lo que quieras hacer, deja de atormentarte por lo que los demás puedan pensar, si no cuidas tú de ti misma nadie lo hará por ti, no dejes nunca que nadie te diga lo que has de hacer, y yo asentía, y también pensaba que justamente ella me estaba diciendo lo que debía hacer, y fue, sin duda, un error, me daba cuenta, un grandísimo error, habérselo contado.
Grandísimo porque ahora, cada vez que yo salía de casa y me la encontraba por la escalera, o cada vez que salía y simplemente sabía que ella me veía salir ―desde su ventana o desde dondequiera que estuviese―, pensaba que me estaba juzgando por no llevar el parasol, por no ser capaz de vencer mis prejuicios y mi vergüenza, por ser tan débil, tan influenciable, tan vulnerable y, en definitiva, tan estúpida, aunque lo cierto es que era ella quien me parecía estúpida a mí, pero eso no anulaba mis sentimientos, la sensación de que debía darle cuenta de algo. Por eso una tarde de mucho sol ―de un sol ardiente―, cogí mi parasol polka dots, me asomé al portal, miré a ambos lados y, con cierto esfuerzo, lo abrí. Caminé abochornada unos pasos, con la cabeza gacha, aunque de reojillo me fijaba en los demás viandantes, y sí, no eran imaginaciones mías, me miraban, claramente me miraban con sorpresa ―¿va con paraguas sin que llueva?―, si no con cierta indignación incluso, con conmiseración otros, como si yo no estuviese bien de la cabeza, y según avanzaba por la acera las expresiones iban creciendo en variedad, aunque todas las variaciones dentro de un, digamos, campo de expresiones de tipo negativo: la burla, el estupor, el miedo ―una anciana se cruzó de acera, la vi, la vi―, la risa contenida, las ganas de humillar y de… ¿pegarme?, ¿era posible que aquellos adolescentes de la esquina que me observaban y cuchicheaban entre ellos se estuvieran planteando pegarme?
Ya estaba bien.
Lo cerré, de nuevo con esfuerzo, y las miradas cesaron de inmediato, porque llevar un parasol plegado es como no llevar nada, o casi nada. Luego me dije, mira, es mejor así, cuando salga puedo llevarlo en la mano y Trini lo verá y creerá que lo uso y me aplaudirá como la mujer fuerte y libre que espera que yo sea, pero en realidad no lo abriré nunca, casi por una cuestión de seguridad propia es mejor no abrirlo, es preferible cargar con él a todos lados, quemarme, achicharrarme incluso, antes que ir con el parasol abierto acumulando miradas aviesas a mi espalda, porque después de todo qué haría yo si viese a una mujer como yo ―¿te has visto?, ¿te has mirado bien?, ¿qué tienes tú que ver con las chicas de la página web?―, en un barrio como este ―la Chipi, el Estanco, los chinos, el ladrillo―, con un parasol como el que llevo ahora bajo el brazo ―de lunaritos, por Dios, de lunaritos―, qué pensaría yo acaso ante una como yo, con mi aspecto, en una situación como la mía, tan grotesca. ¿No me darían acaso ganas de reírme? ¿No me vendría de golpe la vergüenza ajena? ¿No pensaría qué tía más loca, qué tía más lamentable, qué se ha creído esa tía? Llegado el caso, sí, ¿no haría yo lo mismo, exactamente lo mismo, que hacen todos?

Sara Mesa, Intolerancia.


Sara Mesa

John Cheever, El nadador

El nadador
Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado». Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete.
El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes, tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba. Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua, y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría haberlo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur, en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí.
No había nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento, de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas, pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza.
Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación ha impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en la parte del mundo donde habitaba Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido a la naturaleza de su proyecto. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —nunca usaba la escalerilla—, y comenzó a cruzar el césped. Cuando Lucinda le preguntó que adónde iba, respondió que iría nadando hasta casa.
Sólo podía utilizar mapas imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente. Primero estaban los Graham, y a continuación los Hammer, los Lear, los Howland, y los Crosscup. Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco pasaría por casa de los Levy y de los Welcher, para utilizar así también la piscina pública de Lancaster. Luego venían los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era estupendo, y vivir en un mundo con tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la caridad del universo. Neddy se sentía en plena forma, y atravesó el césped corriendo. Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino, explorador; lo hacía sentirse un hombre con un destino, y estaba seguro de encontrar amigos a lo largo de todo el trayecto; no tenía la menor duda de que sus amigos ocuparían las orillas del río Lucinda.
Atravesó el seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la de los Graham, anduvo bajo algunos manzanos en flor, pasó junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina de los Graham.
—Caramba, Neddy —dijo la señora Graham—, qué agradable sorpresa. Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Déjame que te prepare algo de beber.
Neddy comprendió entonces que, como cualquier explorador, necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. No deseaba desconcertar a los Graham ni mostrarse antipático, pero tampoco disponía de tiempo para quedarse allí. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol; unos minutos más tarde, la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut le facilitó las cosas. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente, Neddy pudo escabullirse. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham, pasó por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los Hammer. La dueña de la casa, al levantar la vista de las rosas, vio a alguien que pasaba nadando, pero no llegó a saber de quién se trataba. Los Lear lo oyeron cruzar la piscina a nado a través de las ventanas abiertas de la sala de estar. Los Howland y los Crosscup habían salido. Al dejar la casa de los Howland, Neddy cruzó Ditmar Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker, desde donde, ya a aquella distancia, le llegaba el alboroto de una fiesta.
El agua devolvía el sonido de las voces y de las risas, y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. La piscina de los Bunker estaba en alto, y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta llegar a la terraza, donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían. Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua, flotando sobre una balsa de goma. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría. Sobre sus cabezas, una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases de vuelo daba vueltas y más vueltas, y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo de un niño subido en un columpio. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena, una ternura que era casi como una sensación física, motivada por algo tangible. Oyó un trueno a lo lejos. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo.
—¡Mirad quién está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir, creí que iba a morirme.
Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección, y cuando terminaron de besarse, Enid lo llevó hacia el bar; avanzaron lentamente porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la mano de otros tantos hombres. Un barman sonriente que había visto ya antes en un centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica, y Ned se quedó allí un instante, temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su viaje. Cuando parecía que iba a verse rodeado, se tiró a la piscina y nadó pegado al borde para evitar la balsa de Rusty. Al salir por el otro lado se cruzó con los Tomlinson; los obsequió con una cordial sonrisa, y echó a andar rápidamente por el sendero del jardín. La grava le hacía daño en los pies, pero ésa era la única sensación desagradable. La fiesta sé celebraba únicamente en los alrededores de la piscina y, al llegar junto a la casa, Ned notó que se había debilitado el sonido de las voces. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de béisbol. Domingo por la tarde. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava de los Bunker. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño, pero no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero de grava de los Levy, con un cartel de Propiedad Privada y un recipiente cilíndrico de color verde para el New York Times. Todas las puertas y las ventanas de la amplia casa estaban abiertas, pero no había signos de vida; ni siquiera un perro que ladrara. Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse. Sobre una mesa al otro extremo de la piscina, cerca de un cenador adornado con linternas japonesas, había una mesa con vasos, botellas y platos con cacahuetes, almendras y avellanas. Después de atravesar la piscina a nado, Ned se sirvió ginebra en un vaso. Era la cuarta o la quinta copa, y había nadado aproximadamente la mitad del curso del río Lucinda. Se sentía cansado, limpio, y, en ese momento, satisfecho de encontrarse solo; satisfecho con el mundo en general.
Iba a haber una tormenta. La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido, y mientras descansaba allí un momento, oyó otra vez el retumbar de un trueno. La avioneta roja seguía dando vueltas, y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando en el aire de la tarde; pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en movimiento. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. ¿Las cuatro, las cinco? Se imaginó la estación local, donde, en ese momento, un camarero con el esmoquin oculto bajo un impermeable, un enano con un ramo de flores envuelto en papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías. Estaba oscureciendo de pronto; era el instante en que los pájaros más estúpidos parecían transformar su canto en un anuncio, preciso y bien informado, de la proximidad de la tormenta. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la copa de un roble, como si alguien hubiera abierto una espita. Después, el ruido como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. ¿Por qué le gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva, de algún suceso reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión, acompañada de un olor como de pólvora, y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado en Kyoto dos años antes, ¿o hacía sólo un año?
Ned se quedó en el cenador de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había enfriado el aire, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño. Hizo unos movimientos gimnásticos, apuró la ginebra y se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Eso significaba cruzar el picadero de los Lindley, y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos desmantelados. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían ausentado durante el verano, dejando sus animales al cuidado de otras personas. Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos, pero no sabía exactamente qué. Siguió adelante, notando la hierba húmeda contra los pies descalzos, en dirección a la casa de los Welcher, donde se encontró con que la piscina estaba vacía.
Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario le produjo una absurda decepción, y se sintió como un explorador que busca las fuentes de un torrente y encuentra un cauce seco. Ned notó que lo dominaba el desconcierto y la decepción. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan durante el verano, pero nadie vaciaba la piscina. Los Welcher se habían ido definitivamente. Las sillas, las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas, amontonadas y cubiertas con lonas. Los vestuarios, cerrados, y lo mismo sucedía con todas las ventanas de la casa, y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «Se Vende», clavado en un árbol. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría que decir, más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido más de una semana. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien jugaba un partido de tenis. Aquello lo animó, disipando todas sus aprensiones, y permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Aquél era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. ¡Aquel día, precisamente! De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje.

Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo visto, casi desnudo, en la cuneta de la autopista 424, esperando una oportunidad para cruzar al otro lado. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata, o una persona a quien se le ha estropeado el coche, o, simplemente, un chiflado. Junto al asfalto, con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías, trapos sucios y parches para neumáticos desechados—, expuesto al ridículo, resultaba penoso. Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido, que figuraba en sus mapas, pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban bajo la luz del verano, descubrió que no estaba preparado psicológicamente. Los ocupantes de los automóviles se reían de él, lo tomaban a broma, y llegaron incluso a tirarle una lata de cerveza, y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación. Podría haberse vuelto atrás, regresar a casa de los Westerhazy, donde Lucinda estaría aún sentada al sol. No había firmado nada, no había prometido nada, no se había apostado nada, ni siquiera consigo mismo. ¿Por qué, creyendo como creía que toda humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común, se sabía incapaz de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido, aun a costa de poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver atrás, ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los Westerhazy, ni el placer de aspirar los componentes de aquel día, ni las serenas y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. En una hora aproximadamente, Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso.
Un anciano que conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de la autopista, donde había una tira de césped. Allí se vio expuesto a las bromas del tráfico que avanzaba en dirección contraria, pero al cabo de unos diez minutos o un cuarto de hora consiguió cruzar. Desde allí sólo tenía que andar un poco para llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster, que disponía de varios frontones y de una piscina pública.
La peculiar resonancia de las voces cerca del agua, la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente en casa de los Bunker, pero aquí los sonidos resultaban más fuertes, más agrios y más penetrantes, y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente, Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas tienen que ducharse antes de usar la piscina. Todos los bañistas deben utilizar el pediluvio. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación.»
Ned se duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a un fregadero. Sendos monitores, desde sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares, insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. Ned recordó con nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse —echar a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que aquello no pasaba de ser un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:
—¡A ver, ése, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua!
Ned lo hizo así, pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo, y, dejando atrás el desagradable olor de las cremas bronceadoras y del cloro, saltó una valla de poca altura y atravesó los frontones. Le bastó cruzar la carretera para entrar en la parte arbolada de la propiedad de los Halloran. Nadie se había preocupado de arrancar la maleza que crecía entre los árboles, y tuvo que avanzar con grandes precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la piscina.
Los Halloran eran amigos suyos; se trataba de unas personas de edad avanzada y enormemente ricos, que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos de filocomunismo. Eran reformadores llenos de celo, pero no comunistas; sin embargo, cuando alguien los acusaba de subversivos, como sucedía a veces, parecían agradecerlo y sentirse rejuvenecidos. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas, y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy. Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Los Halloran, por razones que nunca le habían sido explicadas, no utilizaban trajes de baño. En realidad, no hacía falta ninguna explicación.
Su desnudez era un detalle de su celo reformista libre de prejuicios, y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el espacio limitado por el seto de hayas.
La señora Halloran, una mujer corpulenta de cabello blanco y expresión serena, leía el Times. Su marido sacaba hojas de haya de la piscina con una red. No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo. Su piscina era quizá la más antigua del condado, un rectángulo construido con piedras cogidas del campo, alimentado por un arroyo. Carecía de filtro o de bomba, y sus aguas tenían la dorada opacidad de la corriente.
—Estoy atravesando a nado el condado —dijo Ned.
—Vaya, no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran.
—Bueno, he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Debo de haber recorrido unos seis kilómetros.
Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina, fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. Mientras salía a pulso del agua, oyó decir a la señora Halloran:
—Sentimos mucho que te hayan ido tan mal las cosas, Neddy.
—¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted hablando.
—¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas…
—No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—. En cuanto a las chicas, no les ha pasado nada, que yo sepa.
—Sí —suspiró la señora Halloran—. Claro…
Su voz llenaba el aire con una melancolía intemporal, y Ned la interrumpió precipitadamente:
—Gracias por el baño.
—Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran.
Al otro lado del seto, Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. Le estaba un poco grande, y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. Tenía frío, estaba cansado, y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo habían deprimido. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas, pero ¿cómo podía haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían. Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. Caían hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. ¿Quién podía estar quemando hojarasca en aquella época del año?
Necesitaba un trago. El whisky lo calentaría, le levantaría el ánimo, lo sostendría hasta el final de su viaje, renovaría su convicción de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. Necesitaba un estimulante. Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran, y siguió andando hasta el pabellón que habían construido para Helen, su única hija, y para su marido, Erich Sachs. Ned encontró a los Sachs en su piscina, que era bastante pequeña.
—¡Neddy! —exclamó Helen—. ¿Has almorzado en casa de mi madre?
—No exactamente —dijo Ned—. He entrado un momento a saludar a tus padres. —No parecía que hiciese falta dar más explicaciones—. Siento mucho presentarme así de sorpresa, pero me ha dado un escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa.
—Me encantaría hacerlo —dijo Helen—, pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric. Y de eso hace ya tres años.
¿Estaba perdiendo la memoria, o era acaso que su capacidad para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de su casa, de las dificultades de sus hijas, y de la enfermedad de su amigo Eric? La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre, donde vio tres cicatrices antiguas, más blancas que el resto de la piel, dos de ellas de treinta centímetros de largo por lo menos. El ombligo había desaparecido, y Ned pensó en el desconcierto de una mano inquisitiva que, al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos masculinos, se encontrara con un vientre sin ombligo, sin unión con el pasado, sin continuidad en la sucesión natural de los seres.
—Estoy segura de que encontrarás algo de beber en casa de los Biswanger—dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto. Se les oye desde aquí. ¡Escucha!
Helen alzó la cabeza, y desde el otro lado de la carretera, desde el otro lado de los jardines, de los bosques, de los campos, Ned oyó de nuevo el ruido, lleno de resonancias, de las voces cerca del agua.
—Bueno, voy a darme un remojón —dijo, notando que carecía aún de libertad para decidir sobre su manera de viajar. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento, casi a punto de ahogarse, cruzó la piscina de un extremo a otro—. Lucinda y yo tenemos muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas, con el cuerpo orientado ya hacia la casa de los Biswanger—. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos, y os llamaremos cualquier día de éstos.
Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. Sería un honor para los dueños ofrecerle una copa, se sentirían felices de darle de beber. Los Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis semanas de anticipación. Ellos nunca aceptaban, pero los Biswanger continuaban enviando invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas normas de la sociedad en la que vivían. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan de precios durante los cócteles, que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las señoras. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy; ni siquiera figuraban en la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. Se dirigió hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad y el deseo de mostrarse amable, y también con algún desasosiego porque parecía que estaba oscureciendo y, sin embargo, aquéllos eran los días más largos del año. La fiesta era ruidosa y había mucha gente. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona que invitaba al óptico, al veterinario, al corredor de fincas y al dentista. No había nadie nadando en la piscina, y el crepúsculo, al reflejarse en el agua, despedía un brillo invernal. Ned se dirigió hacia el bar. Cuando Grace Biswanger lo vio, avanzó hacia él, pero no con gesto afectuoso, como él había esperado, sino de la forma más hostil imaginable.
—Vaya, en esta fiesta hay de todo —comentó alzando mucho la voz—, incluso personas que se cuelan.
Grace no estaba en condiciones de hacerle un feo social, no tenía ni la más remota posibilidad, de manera que Ned no se echó atrás.
—En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—, ¿tengo derecho a tomar una copa?
—Haga lo que guste —dijo ella—. No parece que las invitaciones signifiquen mucho para usted.
Le dio la espalda y se reunió con otros invitados. Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman se lo sirvió, pero de forma descortés. El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices sociales, y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido puntos en la escala social. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información. En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda:
—Se arruinaron de la noche a la mañana; no les quedó más que su sueldo, y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestáramos cinco mil dólares…
Siempre hablando de dinero. Aquello era peor que llevarse el cuchillo a la boca. Ned se zambulló en la piscina, hizo un largo y se marchó.
La siguiente piscina de la lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger, aquél era el lugar ideal para curarla. El amor —los violentos juegos sexuales, para ser más exactos— era el supremo elixir, el remedio contra todos los males, la píldora mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. Habían tenido una aventura la semana pasada, o el mes último, o el año anterior. No se acordaba. Pero había sido él quien había decidido acabar, y eso lo colocaba en una situación privilegiada, de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de Shirley repleto de confianza en sí mismo. En cierta forma, era como si la piscina fuese suya, porque la persona amada, especialmente si se trata de un amor ilícito, goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo del matrimonio. Shirley estaba allí, con sus cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua de color azul intenso, iluminada por la luz eléctrica, no despertó en él ninguna emoción profunda. No había sido más que una aventurilla, pensó, aunque Shirley lloraba cuando él decidió romper. Pareció turbada al verlo, y Ned se preguntó si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba, Dios no lo quisiera, a echarse a llorar de nuevo?
—¿Qué quieres? —le preguntó ella.
—Estoy nadando a través del condado.
—¡Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta?
—¿Se puede saber qué te pasa?
—Si has venido buscando dinero —dijo ella—, no voy a darte ni un centavo.
—Puedes darme algo de beber.
—Puedo, pero no quiero. No estoy sola.
—Bueno, me marcho en seguida.
Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza; llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del hombro, vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped —ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas, decididamente otoñal, y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó la vista y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar.
Era probablemente la primera vez que lloraba en toda su vida de adulto, y desde luego la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y tan desconcertado. No entendía los malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. Había nadado demasiado, había pasado demasiado tiempo bajo el agua, y tenía irritadas la nariz y la garganta. Necesitaba una copa, necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca, y aunque podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera, se fue a la piscina de los Gilmartin. Allí, por primera vez en su vida, no se tiró, sino que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. Camino de casa de los Clyde, se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en la piscina, tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido. Encorvado, agarrándose a los pilares de la entrada en busca de apoyo, Ned torció por el sendero de grava de su propia casa.
Todo estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían puesto previamente de acuerdo, como solían hacer los domingos, para rechazar las invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver qué coches había dentro, pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon las manos de óxido. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. Ahora colgaba por encima de la entrada principal como una varilla de paraguas, pero no costaría arreglarla por la mañana. La puerta de la casa también estaba cerrada con llave, y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera o de la estúpida de la doncella, pero en seguida recordó que desde hacía ya algún tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. Gritó, golpeó la puerta, intentó forzarla golpeándola con el hombro; después, al mirar a través de las ventanas, se dio cuenta de que la casa estaba vacía.

John Cheever, El nadador.

John Cheever

The Swimmer
It was one of those midsummer Sundays when everyone sits around saying, “I drank too much last night.” You might have heard it whispered by the parishioners leaving church, heard it from the lips of the priest himself, struggling with his cassock in the vestiarium, heard it from the golf links and the tennis courts, heard it from the wildlife preserve where the leader of the Audubon group was suffering from a terrible hangover. “I drank too much,” said Donald Westerhazy. “We all drank too much,” said Lucinda Merrill. “It must have been the wine,” said Helen Westerhazy. “I drank too much of that claret.”
This was at the edge of the Westerhazys’ pool. The pool, fed by an artesian well with a high iron content, was a pale shade of green. It was a fine day. In the west there was a massive stand of cumulus cloud so like a city seen from a distance—from the bow of an approaching ship—that it might have had a name. Lisbon. Hackensack. The sun was hot. Neddy Merrill sat by the green water, one hand in it, one around a glass of gin. He was a slender man—he seemed to have the especial slenderness of youth—and while he was far from young he had slid down his banister that morning and given the bronze backside of Aphrodite on the hall table a smack, as he jogged toward the smell of coffee in his dining room. He might have been compared to a summer’s day, particularly the last hours of one, and while he lacked a tennis racket or a sail bag the impression was definitely one of youth, sport, and clement weather. He had been swimming and now he was breathing deeply, stertorously as if he could gulp into his lungs the components of that moment, the heat of the sun, the intenseness of his pleasure. It all seemed to flow into his chest. His own house stood in Bullet Park, eight miles to the south, where his four beautiful daughters would have had their lunch and might be playing tennis. Then it occurred to him that by taking a dogleg to the south-west he could reach his home by water. 
His life was not confining and the delight he took in this observation could not be explained by its suggestion of escape. 
He seemed to see, with a cartographer’s eye, that string of swimming pools, that quasisubterranean stream that curved across the county. He had made a discovery, a contribution to modern geography; he would name the stream Lucinda after his wife. He was not a practical joker nor was he a fool but he was determinedly original and had a vague and modest idea of himself as a legendary figure. The day was beautiful and it seemed to him that a long swim might enlarge and celebrate its beauty. 
He took off a sweater that was hung over his shoulders and dove in. He had an inexplicable contempt for men who did not hurl themselves into pools. He swam a choppy crawl, breathing either with every stroke or every fourth stroke and counting somewhere well in the back of his mind the one-two one-two of a flutter kick. It was not a serviceable stroke for long distances but the domestication of swimming had saddled the sport with some customs and in his part of the world a crawl was customary. To be embraced and sustained by the light green water was less a pleasure, it seemed, than the resumption of a natural condition, and he would have liked to swim without trunks, but this was not possible, considering his project. He hoisted himself up on the far curb—he never used the ladder—and started across the lawn. When Lucinda asked where he was going he said he was going to swim home. 
The only maps and charts he had to go by were remembered or imaginary but these were clear enough. First there were the Grahams, the Hammers, the Lears, the Howlands, and the Crosscups. He would cross Ditmar Street to the Bunkers and come, after a short portage, to the Levys, the Welchers, and the public pool in Lancaster. Then there were the Hallorans, the Sachses, the Biswangers, Shirley Adams, the Gilmartins, and the Clydes. The day was lovely, and that he lived in a world so generously supplied with water seemed like a clemency, a beneficence. His heart was high and he ran across the grass. Making his way home by an uncommon route gave him the feeling that he was a pilgrim, an explorer, a man with a destiny, and he knew that he would find friends all along the way; friends would line the banks of the Lucinda River. 
He went through a hedge that separated the Westerhazys’ land from the Grahams’, walked under some flowering apple trees, passed the shed that housed their pump and filter, and came out at the Grahams’ pool. “Why, Neddy,” Mrs. Graham said, “what a marvelous surprise. I’ve been trying to get you on the phone all morning. Here, let me get you a drink.” He saw then, like any explorer, that the hospitable customs and traditions of the natives would have to be handled with diplomacy if he was ever going to reach his destination. He did not want to mystify or seem rude to the Grahams nor did he have the time to linger there. He swam the length of their pool and joined them in the sun and was rescued, a few minutes later, by the arrival of two carloads of friends from Connecticut. During the uproarious reunions he was able to slip away. He went down by the front of the Grahams’ house, stepped over a thorny hedge, and crossed a vacant lot to the Hammers’. Mrs. Hammer, looking up from her roses, saw him swim by although she wasn’t quite sure who it was. The Lears heard him splashing past the open windows of their living room. The Howlands and the Crosscups were away. After leaving the Howlands’ he crossed Ditmar Street and started for the Bunkers’, where he could hear, even at that distance, the noise of a party. 
The water refracted the sound of voices and laughter and seemed to suspend it in midair. The Bunkers’ pool was on a rise and he climbed some stairs to a terrace where twenty-five or thirty men and women were drinking. The only person in the water was Rusty Towers, who floated there on a rubber raft. Oh, how bonny and lush were the banks of the Lucinda River! Prosperous men and women gathered by the sapphirecolored waters while caterer’s men in white coats passed them cold gin. Overhead a red de Haviland trainer was circling around and around and around in the sky with something like the glee of a child in a swing. Ned felt a passing affection for the scene, a tenderness for the gathering, as if it was something he might touch. In the distance he heard thunder. As soon as Enid Bunker saw him she began to scream: “Oh, look who’s here! What a marvelous surprise! When Lucinda said that you couldn’t come I thought I’d die.” She made her way to him through the crowd, and when they had finished kissing she led him to the bar, a progress that was slowed by the fact that he stopped to kiss eight or ten other women and shake the hands of as many men. A smiling bartender he had seen at a hundred parties gave him a gin and tonic and he stood by the bar for a moment, anxious not to get stuck in any conversation that would delay his voyage. When he seemed about to be surrounded he dove in and swam close to the side to avoid colliding with Rusty’s raft. At the far end of the pool he bypassed the Tomlinsons with a broad smile and jogged up the garden path. The gravel cut his feet but this was the only unpleasantness. The party was confined to the pool, and as he went toward the house he heard the brilliant, watery sound of voices fade, heard the noise of a radio from the Bunkers’ kitchen, where someone was listening to a ball game. Sunday afternoon. He made his way through the parked cars and down the grassy border of their driveway to Alewives Lane. He did not want to be seen on the road in his bathing trunks but there was no traffic and he made the short distance to the Levys’ driveway, marked with a private property sign and a green tube for The New York Times. All the doors and windows of the big house were open but there were no signs of life; not even a dog barked. He went around the side of the house to the pool and saw that the Levys had only recently left. Glasses and bottles and dishes of nuts were on a table at the deep end, where there was a bathhouse or gazebo, hung with Japanese lanterns. After swimming the pool he got himself a glass and poured a drink. It was his fourth or fifth drink and he had swum nearly half the length of the Lucinda River. He felt tired, clean, and pleased at that moment to be alone; pleased with everything. 
It would storm. The stand of cumulus cloud—that city— had risen and darkened, and while he sat there he heard the percussiveness of thunder again. The de Haviland trainer was still circling overhead and it seemed to Ned that he could almost hear the pilot laugh with pleasure in the afternoon; but when there was another peal of thunder he took off for home. A train whistle blew and he wondered what time it had gotten to be. Four? Five? He thought of the provincial station at that hour, where a waiter, his tuxedo concealed by a raincoat, a dwarf with some flowers wrapped in newspaper, and a woman who had been crying would be waiting for the local. It was suddenly growing dark; it was that moment when the pinheaded birds seem to organize their song into some acute and knowledgeable recognition of the storm’s approach. Then there was a fine noise of rushing water from the crown of an oak at his back, as if a spigot there had been turned. Then the noise of fountains came from the crowns of all the tall trees. Why did he love storms, what was the meaning of his excitement when the door sprang open and the rain wind fled rudely up the stairs, why had the simple task of shutting the windows of an old house seemed fitting and urgent, why did the first watery notes of a storm wind have for him the unmistakable sound of good news, cheer, glad tidings? Then there was an explosion, a smell of cordite, and rain lashed the Japanese lanterns that Mrs. Levy had bought in Kyoto the year before last, or was it the year before that? 
He stayed in the Levys’ gazebo until the storm had passed. The rain had cooled the air and he shivered. The force of the wind had stripped a maple of its red and yellow leaves and scattered them over the grass and the water. Since it was midsummer the tree must be blighted, and yet he felt a peculiar sadness at this sign of autumn. He braced his shoulders, emptied his glass, and started for the Welchers’ pool. This meant crossing the Lindleys’ riding ring and he was surprised to find it overgrown with grass and all the jumps dismantled. He wondered if the Lindleys had sold their horses or gone away for the summer and put them out to board. He seemed to remember having heard something about the Lindleys and their horses but the memory was unclear. On he went, barefoot through the wet grass, to the Welchers’, where he found their pool was dry. 
This breach in his chain of water disappointed him absurdly, and he felt like some explorer who seeks a torrential headwater and finds a dead stream. He was disappointed and mystified. It was common enough to go away for the summer but no one ever drained his pool. The Welchers had definitely gone away. The pool furniture was folded, stacked, and covered with a tarpaulin. The bathhouse was locked. All the windows of the house were shut, and when he went around to the driveway in front he saw a for sale sign nailed to a tree. When had he last heard from the Welchers—when, that is, had he and Lucinda last regretted an invitation to dine with them? It seemed only a week or so ago. Was his memory failing or had he so disciplined it in the repression of unpleasant facts that he had damaged his sense of the truth? Then in the distance he heard the sound of a tennis game. This cheered him, cleared away all his apprehensions and let him regard the overcast sky and the cold air with indifference. This was the day that Neddy Merrill swam across the county. That was the day! He started off then for his most difficult portage. 

Had you gone for a Sunday afternoon ride that day you might have seen him, close to naked, standing on the shoulders of Route 424, waiting for a chance to cross. You might have wondered if he was the victim of foul play, had his car broken down, or was he merely a fool. Standing barefoot in the deposits of the highway—beer cans, rags, and blowout patches— exposed to all kinds of ridicule, he seemed pitiful. He had known when he started that this was a part of his journey—it had been on his maps—but confronted with the lines of traffic, worming through the summery light, he found himself unprepared. He was laughed at, jeered at, a beer can was thrown at him, and he had no dignity or humor to bring to the situation. He could have gone back, back to the Westerhazys’, where Lucinda would still be sitting in the sun. He had signed nothing, vowed nothing, pledged nothing, not even to himself. Why, believing as he did, that all human obduracy was susceptible to common sense, was he unable to turn back? Why was he determined to complete his journey even if it meant putting his life in danger? At what point had this prank, this joke, this piece of horseplay become serious? He could not go back, he could not even recall with any clearness the green water at the Westerhazys’, the sense of inhaling the day’s components, the friendly and relaxed voices saying that they had drunk too much. In the space of an hour, more or less, he had covered a distance that made his return impossible. 
An old man, tooling down the highway at fifteen miles an hour, let him get to the middle of the road, where there was a grass divider. Here he was exposed to the ridicule of the northbound traffic, but after ten or fifteen minutes he was able to cross. From here he had only a short walk to the Recreation Center at the edge of the village of Lancaster, where there were some handball courts and a public pool. 
The effect of the water on voices, the illusion of brilliance and suspense, was the same here as it had been at the Bunkers’ but the sounds here were louder, harsher, and more shrill, and as soon as he entered the crowded enclosure he was confronted with regimentation. “all swimmers must take a shower before using the pool. all swimmers must use the footbath. all swimmers must wear their identification disks.” He took a shower, washed his feet in a cloudy and bitter solution, and made his way to the edge of the water. It stank of chlorine and looked to him like a sink. A pair of lifeguards in a pair of towers blew police whistles at what seemed to be regular intervals and abused the swimmers through a public address system. Neddy remembered the sapphire water at the Bunkers’ with longing and thought that he might contaminate himself—damage his own prosperousness and charm —by swimming in this murk, but he reminded himself that he was an explorer, a pilgrim, and that this was merely a stagnant bend in the Lucinda River. He dove, scowling with distaste, into the chlorine and had to swim with his head above water to avoid collisions, but even so he was bumped into, splashed, and jostled. When he got to the shallow end both lifeguards were shouting at him: “Hey, you, you without the identification disk, get outa the water.” He did, but they had no way of pursuing him and he went through the reek of suntan oil and chlorine out through the hurricane fence and passed the handball courts. By crossing the road he entered the wooded part of the Halloran estate. The woods were not cleared and the footing was treacherous and difficult until he reached the lawn and the clipped beech hedge that encircled their pool. 
The Hallorans were friends, an elderly couple of enormous wealth who seemed to bask in the suspicion that they might be Communists. They were zealous reformers but they were not Communists, and yet when they were accused, as they sometimes were, of subversion, it seemed to gratify and excite them. Their beech hedge was yellow and he guessed this had been blighted like the Levys’ maple. He called hullo, hullo, to warn the Hallorans of his approach, to palliate his invasion of their privacy. The Hallorans, for reasons that had never been explained to him, did not wear bathing suits. No explanations were in order, really. Their nakedness was a detail in their uncompromising zeal for reform and he stepped politely out of his trunks before he went through the opening in the hedge. 
Mrs. Halloran, a stout woman with white hair and a serene face, was reading the Times. Mr. Halloran was taking beech leaves out of the water with a scoop. They seemed not surprised or displeased to see him. Their pool was perhaps the oldest in the country, a fieldstone rectangle, fed by a brook. It had no filter or pump and its waters were the opaque gold of the stream. 
“I’m swimming across the county,” Ned said. 
“Why, I didn’t know one could,” exclaimed Mrs. Halloran. 
“Well, I’ve made it from the Westerhazys’,” Ned said. “That must be about four miles.” 
He left his trunks at the deep end, walked to the shallow end, and swam this stretch. As he was pulling himself out of the water he heard Mrs. Halloran say, “We’ve been terribly sorry to hear about all your misfortunes, Neddy.” 
“My misfortunes?” Ned asked. “I don’t know what you mean.” 
“Why, we heard that you’d sold the house and that your poor children . . .” 
“I don’t recall having sold the house,” Ned said, “and the girls are at home.” 
“Yes,” Mrs. Halloran sighed. “Yes . . .” Her voice filled the air with an unseasonable melancholy and Ned spoke briskly. “Thank you for the swim.” 
“Well, have a nice trip,” said Mrs. Halloran. 
Beyond the hedge he pulled on his trunks and fastened them. They were loose and he wondered if, during the space of an afternoon, he could have lost some weight. He was cold and he was tired and the naked Hallorans and their dark water had depressed him. The swim was too much for his strength but how could he have guessed this, sliding down the banister that morning and sitting in the Westerhazys’ sun? His arms were lame. His legs felt rubbery and ached at the joints. The worst of it was the cold in his bones and the feeling that he might never be warm again. Leaves were falling down around him and he smelled wood smoke on the wind. Who would be burning wood at this time of year? 
He needed a drink. Whiskey would warm him, pick him up, carry him through the last of his journey, refresh his feeling that it was original and valorous to swim across the county. Channel swimmers took brandy. He needed a stimulant. He crossed the lawn in front of the Hallorans’ house and went down a little path to where they had built a house for their only daughter, Helen, and her husband, Eric Sachs. The Sachses’ pool was small and he found Helen and her husband there. 
“Oh, Neddy,” Helen said. “Did you lunch at Mother’s?” 
“Not really,” Ned said. “I did stop to see your parents.” 
This seemed to be explanation enough. “I’m terribly sorry to break in on you like this but I’ve taken a chill and I wonder if you’d give me a drink.” 
“Why, I’d love to,” Helen said, “but there hasn’t been anything in this house to drink since Eric’s operation. That was three years ago.” 
Was he losing his memory, had his gift for concealing painful facts let him forget that he had sold his house, that his children were in trouble, and that his friend had been ill? His eyes slipped from Eric’s face to his abdomen, where he saw three pale, sutured scars, two of them at least a foot long. Gone was his navel, and what, Neddy thought, would the roving hand, bed-checking one’s gifts at 3 a.m., make of a belly with no navel, no link to birth, this breach in the succession? 
“I’m sure you can get a drink at the Biswangers’,” Helen said. “They’re having an enormous do. You can hear it from here. Listen!” 
She raised her head and from across the road, the lawns, the gardens, the woods, the fields, he heard again the brilliant noise of voices over water. “Well, I’ll get wet,” he said, still feeling that he had no freedom of choice about his means of travel. He dove into the Sachses’ cold water and, gasping, close to drowning, made his way from one end of the pool to the other. “Lucinda and I want terribly to see you,” he said over his shoulder, his face set toward the Biswangers’. “We’re sorry it’s been so long and we’ll call you very soon.” 
He crossed some fields to the Biswangers’ and the sounds of revelry there. They would be honored to give him a drink, they would be happy to give him a drink. The Biswangers invited him and Lucinda for dinner four times a year, six weeks in advance. They were always rebuffed and yet they continued to send out their invitations, unwilling to comprehend the rigid and undemocratic realities of their society. They were the sort of people who discussed the price of things at cocktails, exchanged market tips during dinner, and after dinner told dirty stories to mixed company. They did not belong to Neddy’s set—they were not even on Lucinda’s Christmas-card list. He went toward their pool with feelings of indifference, charity, and some unease, since it seemed to be getting dark and these were the longest days of the year. The party when he joined it was noisy and large. Grace Biswanger was the kind of hostess who asked the optometrist, the veterinarian, the real-estate dealer, and the dentist. No one was swimming and the twilight, reflected on the water of the pool, had a wintry gleam. There was a bar and he started for this. When Grace Biswanger saw him she came toward him, not affectionately as he had every right to expect, but bellicosely. 
“Why, this party has everything,” she said loudly, “including a gate crasher.” 
She could not deal him a social blow—there was no question about this and he did not flinch. “As a gate crasher,” he asked politely, “do I rate a drink?” 
“Suit yourself,” she said. “You don’t seem to pay much attention to invitations.” 
She turned her back on him and joined some guests, and he went to the bar and ordered a whiskey. The bartender served him but he served him rudely. His was a world in which the caterer’s men kept the social score, and to be rebuffed by a part-time barkeep meant that he had suffered some loss of social esteem. Or perhaps the man was new and uninformed. Then he heard Grace at his back say: “They went for broke overnight—nothing but income—and he showed up drunk one Sunday and asked us to loan him five thousand dollars. . . .” She was always talking about money. It was worse than eating your peas off a knife. He dove into the pool, swam its length and went away. 
The next pool on his list, the last but two, belonged to his old mistress, Shirley Adams. If he had suffered any injuries at the Biswangers’ they would be cured here. Love—sexual roughhouse in fact—was the supreme elixir, the pain killer, the brightly colored pill that would put the spring back into his step, the joy of life in his heart. They had had an affair last week, last month, last year. He couldn’t remember. It was he who had broken it off, his was the upper hand, and he stepped through the gate of the wall that surrounded her pool with nothing so considered as self-confidence. It seemed in a way to be his pool, as the lover, particularly the illicit lover, enjoys the possessions of his mistress with an authority unknown to holy matrimony. She was there, her hair the color of brass, but her figure, at the edge of the lighted, cerulean water, excited in him no profound memories. It had been, he thought, a lighthearted affair, although she had wept when he broke it off. She seemed confused to see him and he wondered if she was still wounded. Would she, God forbid, weep again? 
“What do you want?” she asked. 
“I’m swimming across the county.” 
“Good Christ. Will you ever grow up?” 
“What’s the matter?” 
“If you’ve come here for money,” she said, “I won’t give you another cent.” 
“You could give me a drink.” 
“I could but I won’t. I’m not alone.” 
“Well, I’m on my way.” 
He dove in and swam the pool, but when he tried to haul himself up onto the curb he found that the strength in his arms and shoulders had gone, and he paddled to the ladder and climbed out. Looking over his shoulder he saw, in the lighted bathhouse, a young man. Going out onto the dark lawn he smelled chrysanthemums or marigolds—some stubborn autumnal fragrance—on the night air, strong as gas. Looking overhead he saw that the stars had come out, but why should he seem to see Andromeda, Cepheus, and Cassiopeia? What had become of the constellations of midsummer? He began to cry. 
It was probably the first time in his adult life that he had ever cried, certainly the first time in his life that he had ever felt so miserable, cold, tired, and bewildered. He could not understand the rudeness of the caterer’s barkeep or the rudeness of a mistress who had come to him on her knees and showered his trousers with tears. He had swum too long, he had been immersed too long, and his nose and his throat were sore from the water. What he needed then was a drink, some company, and some clean, dry clothes, and while he could have cut directly across the road to his home he went on to the Gilmartins’ pool. Here, for the first time in his life, he did not dive but went down the steps into the icy water and swam a hobbled sidestroke that he might have learned as a youth. He staggered with fatigue on his way to the Clydes’ and paddled the length of their pool, stopping again and again with his hand on the curb to rest. He climbed up the ladder and wondered if he had the strength to get home. He had done what he wanted, he had swum the county, but he was so stupefied with exhaustion that his triumph seemed vague. Stooped, holding on to the gateposts for support, he turned up the driveway of his own house. 
The place was dark. Was it so late that they had all gone to bed? Had Lucinda stayed at the Westerhazys’ for supper? Had the girls joined her there or gone someplace else? Hadn’t they agreed, as they usually did on Sunday, to regret all their invitations and stay at home? He tried the garage doors to see what cars were in but the doors were locked and rust came off the handles onto his hands. Going toward the house, he saw that the force of the thunderstorm had knocked one of the rain gutters loose. It hung down over the front door like an umbrella rib, but it could be fixed in the morning. The house was locked, and he thought that the stupid cook or the stupid maid must have locked the place up until he remembered that it had been some time since they had employed a maid or a cook. He shouted, pounded on the door, tried to force it with his shoulder, and then, looking in at the windows, saw that the place was empty.

John Cheever, The Swimmer.