Mircea Cărtărescu, El ruletista

El ruletista
Concede el consuelo de IsraelA uno que tiene ochenta años y no tiene mañana.
Transcribo aquí (¿para qué?) unos versos de Eliot. En cualquier caso, no como posible lema para uno de mis libros, porque yo no voy a escribir nada nunca más. Y si, a pesar de todo, escribo estas líneas, en absoluto las considero literatura. Ya he escrito suficiente literatura, durante sesenta años no he hecho otra cosa, pero permítaseme ahora, al final del final, un momento de lucidez: todo lo que he escrito después de los treinta años no ha sido más que una penosa impostura. Estoy harto de escribir sin la esperanza de poder superarme algún día, de poder saltar más allá de mi propia sombra. Es cierto que, hasta cierto punto, he sido honesto de la única manera en que puede serlo un artista, es decir, he querido contarlo todo sobre mí, absolutamente todo. Pero la ilusión ha sido más amarga si cabe, dado que la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo. Junto con las primeras líneas que despliegas en la página, en esa mano que sujeta la pluma, entra, como en un guante, una mano ajena, burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurre en todas direcciones como si fuera azogue, de tal manera que de sus burbujas deformadas cristalizan la Araña o el Gusano o el Fauno o el Unicornio o Dios, cuando de hecho tú solo querías hablar sobre ti. La literatura es teratología. 
Desde hace unos cuantos años, duermo mal y sueño con un viejo que enloquece por culpa de la soledad. Únicamente el sueño me refleja de forma realista. Me despierto llorando de soledad, incluso aunque de día me sienta acompañado por aquellos de mis amigos que aún viven. Ya no puedo soportar mi vida, pero el hecho de entrar hoy o mañana en una muerte infinita, me obliga a intentar pensar. Por ello —puesto que tengo que pensar, como aquel que, arrojado en el laberinto, tiene que buscar una salida entre paredes embadurnadas de estiércol, o incluso a través de la boca de una ratonera— y solo por ello, escribo estas líneas. No por demostrar(me) que Dios existe. Desgraciadamente, y a pesar de todos mis esfuerzos, nunca he sido creyente, no he sufrido crisis de fe ni de negación de la fe. Quizá habría sido mejor serlo, porque la escritura exige drama y el drama nace de esa lucha agónica entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial. En mi juventud, la mitad de los escritores se convertía y la otra mitad perdía la fe, pero en su obra literaria el efecto era más o menos el mismo. ¡Cómo los envidiaba yo por aquel fuego que sus demonios atizaban bajo los calderos en que se regodeaban como artistas! Y mírame ahora, en mi escondrijo, un ovillo de harapos y cartílagos por cuya mente o corazón nadie apostaría, porque a mí nadie puede ya quitarme nada. 
Permanezco aquí, en mi sillón, aterrorizado por la idea de que ahí fuera ya no exista nada más que una noche sólida como un infinito témpano de brea, una niebla negra que ha engullido lentamente, a medida que he ido envejeciendo, las ciudades, las casas, las calles, los rostros. Parece que el único sol del universo es la bombilla de la lámpara y lo único que ilumina es el rostro de un anciano, arrugado como un higo. 
Cuando yo haya muerto, mi cripta, mi guarida, seguirá flotando en esa niebla negra y sólida, y llevará estas hojas a ninguna parte para que nadie las lea. Pero en ellas está, al fin y al cabo, todo. He escrito varios miles de páginas de literatura —polvo, nada más que polvo—. Intrigas construidas de forma magistral, fantoches con sonrisas galvanizadas, pero, ¿cómo vas a poder decir algo, por poco que sea, en esta inmensa convención que es el arte? Querrías sacudir el corazón del lector pero, ¿qué hace él? A las tres terminas tu libro y a las cuatro empiezas con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos. Sin embargo, estas diez o quince páginas son otra cosa, se trata de un juego diferente. Mi lector de ahora no es otro que la muerte. Veo ya sus ojos negros, húmedos, atentos como los ojos de una adolescente, leer mientras completo una línea tras otra. Estas hojas contienen mi proyecto de inmortalidad. 
Digo proyecto, aunque todo —y ese es mi triunfo y mi esperanza— es verdad. Qué extraño: la mayoría de los personajes que pueblan mis libros son inventados pero todo el mundo los ha tomado por copias de la realidad. Apenas ahora he reunido el valor suficiente para escribir sobre un hombre real que vivió mucho tiempo a mi lado pero que, en mi convención artística, habría resultado completamente inverosímil. Ningún lector habría aceptado que en su mundo pudiera vivir, apretujado en el mismo tranvía, respirando el mismo aire, un hombre cuya vida es la demostración matemática de un orden en el que ya nadie cree o en el que cree tan solo porque es absurdo. ¡Pero, ay! El Ruletista no es un sueño, no es la alucinación de un cerebro escleroso ni tampoco una coartada. Ahora, cuando pienso en él, estoy convencido de que también yo conocí a aquel mendigo del final del puente, sobre el que hablaba Rilke, en torno al cual giran todos los mundos. 
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Así pues, querido nadie, el Ruletista existió. También la ruleta existió. No has oído hablar de ella pero, dime, ¿qué has oído sobre Agartha? Yo viví la época inverosímil de la ruleta, vi cómo se derrumbaban y cómo se amasaban fortunas a la luz feroz de la pólvora. También yo aullé en aquellos sótanos pequeños y lloré de alegría cuando sacaban a un hombre con los sesos reventados. Conocí a grandes magnates de la ruleta, a industriales, a terratenientes, a banqueros que apostaban sumas muchas veces exorbitantes. Durante más de diez años, la ruleta fue el pan y el circo de nuestro sereno infierno. ¿Que no se ha oído ningún rumor sobre ella en los últimos cuarenta años? Piensa un poco, ¿cuántos miles de años han transcurrido desde los misterios griegos? ¿Conoce alguien acaso qué sucedía en realidad en aquellas cavernas? Cuando se trata de sangre, impera el silencio. Todos han callado, tal vez cada uno de los testigos haya dejado a su muerte unos folios tan inútiles como estos, a los que seguirá, con un dedo esquelético, solo la muerte. La muerte individual de cada uno, el gemelo negro que nació junto con él. 
El hombre sobre el que escribo aquí tenía un nombre cualquiera que todo el mundo olvidó porque, al poco tiempo, ya era conocido como «el Ruletista». Al decir «el Ruletista» se referían solo a él, aunque ruletistas hubiera bastantes. Lo recuerdo con nitidez: una figura hosca, un rostro triangular sobre un cuello largo, pálido y delgado, de piel seca y cabellos rojizos. Ojos de mono amargado, asimétricos, creo que de diferente tamaño. Causaba una cierta impresión de desaliño, de suciedad. Ese mismo aspecto presentaba tanto con sus harapos de la granja como con los esmóquines que vestiría más adelante. ¡Dios mío, qué tentado estoy de escribir una hagiografía, de arrojar una luz transfinita sobre su rostro y de ponerle fuego en la mirada! Pero tengo que apretar los dientes y tragarme estos tics miserables. El Ruletista tenía una cara sombría, como de campesino pudiente, con la mitad de los dientes de metal y la otra mitad de carbón. Desde que lo conocí y hasta el día de su muerte (por culpa de un revólver, pero no de un balazo) presentó siempre el mismo aspecto. Y, sin embargo, ha sido el único hombre al que le fue concedido vislumbrar al infinito Dios matemático y luchar cuerpo a cuerpo con él. 
No es mérito mío el haberlo conocido y poder escribir sobre él. Podría construir, únicamente con su figura ante mis ojos, todo un andamio enormemente ramificado, una Babel de papel, un Bildungsroman de mil páginas, en el que yo, un humilde Serenus Zeitblom,(1) seguiría con el corazón en un puño la demonización progresiva del nuevo Adrian. ¿Y después? Incluso aunque —algo muy poco probable— consiguiera crear lo que no he creado en sesenta años de trabajo —una obra maestra—, me pregunto para qué... Para mi objetivo final, para mi gran apuesta (junto a la cual todas las obras maestras del mundo no son más que polvo de clepsidra), es suficiente con hilvanar en tres líneas las etapas de la vida larvaria de un psicópata: el niño brutal, de rostro sombrío, que corta insectos en pedacitos y mata pájaros a pedradas, obsesionado por el juego de canicas y el lanzamiento de herradura (lo recuerdo perdiendo, perdiendo siempre dinero, canicas, botones y peleándose luego con desesperación); el adolescente con arrebatos de furia epiléptica y un apetito erótico exacerbado; el preso condenado por violación y robo. Creo que el único «amigo» que tuvo en toda esta tortuosa etapa de su vida fui yo, tal vez porque nos conocíamos desde niños dado que nuestros padres eran vecinos. En cualquier caso, nunca me pegó y me miraba con menos recelo que a los demás, quienesquiera que fueran. Lo visité también en varias ocasiones —me acuerdo— en la cárcel, donde, en el frío verdoso del locutorio, se quejaba todo el tiempo, lanzando unos horribles juramentos, de la mala suerte que tenía en el póquer y me pedía dinero. Casi lloraba por la humillación de perder siempre, de no ser capaz de quedarse con el dinero de los demás en ninguna de las miles de manos que jugaba. Permanecía allí, paralizado sobre el banco verde: un tipo insignificante con los ojos enrojecidos por la conjuntivitis. 
No, me resulta imposible hablar sobre él de forma realista. ¿Cómo voy a describir con realismo una parábola viva? Cualquier artificio, cualquier giro o automatismo estilístico que suene a prosa, me horroriza. Tengo que señalar que, tras abandonar la cárcel, se dio a la bebida y que en un año se degradó muchísimo. No tenía trabajo y los únicos lugares donde podías estar seguro de encontrarlo eran algunas tascas de mala muerte donde creo que, además, también dormía. Lo veías pasear de mesa en mesa, vestido con ese estilo inconfundible de los borrachos (una chaqueta directamente sobre la piel y el dobladillo de los pantalones barriendo la acera), pedir que lo invitaran a una jarra de cerveza. Asistí muchas veces a aquella farsa siniestra, para mí dolorosa pero al mismo tiempo divertida, a que lo sometían de vez en cuando algunos parroquianos de la taberna: le hacían venir a su mesa y le decían que conseguiría la cerveza si sacaba el palillo más largo de las dos cerillas que tenían en el puño. Y se morían de risa cuando sacaba siempre el palillo más corto. Nunca —estoy completamente seguro— se «ganó» una cerveza de esta forma. 
Más o menos por aquel entonces aparecieron mis primeros relatos en algunas revistas y, poco tiempo después, mi primer volumen de cuentos, que considero, aún hoy, lo mejor que he hecho nunca. En aquella época era feliz con cada línea que escribía, sentía que competía no con los escritores de mi generación, sino con los grandes escritores del mundo. Penetré, poco a poco, en la conciencia del público y del mundillo literario, fui adulado y vituperado a partes iguales. Me casé por primera vez y sentí, en fin, que estaba vivo. Pero esto me resultó fatal porque la escritura no va habitualmente de la mano de la riqueza ni de la felicidad. Ya me había olvidado, por supuesto, de mi amigo, cuando lo volví a encontrar unos años más tarde en un lugar de lo más inverosímil tratándose de él: en un restaurante del centro, bajo la luz tenue, alucinada, de los brazos de unos candelabros con prismas irisados. Hablaba tranquilamente con mi esposa mientras paseaba la mirada por la sala cuando un grupo de hombres de negocios, sentados en torno a una mesa colmada de forma ostentosa, atrajo de repente mi atención. En medio de ellos, y centro de sus miradas, se encontraba él, con su rostro alargado y enjuto, vestido de tiros largos pero con su eterno aspecto de granuja de ojos apagados. Permanecía recostado con gesto de hastío mientras los demás charloteaban con una animación no exenta de zafiedad. Siempre he sentido repulsión ante las mejillas relucientes y los trajes de enterrador indecente con que ese tipo de hombres gusta de hacerse notar. Pero, ciertamente, me sentía en primer lugar contrariado por la inesperada prosperidad material de mi amigo. Me acerqué a su mesa y le tendí la mano. No sé si se alegró de verme, se mostraba impenetrable, pero nos invitó a unirnos a ellos y, a medida que la tarde se adentraba en la noche, entre las muchas banalidades y trivialidades que se fueron ensartando en la conversación, empezaron a abrirse paso palabras pronunciadas al azar, expresiones enigmáticas que los hombres de negocios intercambiaban por encima de aquella mesa abigarrada y ante las que no sabíamos cómo reaccionar. Durante unas cuantas semanas, sentí de pleno el terror de haber vislumbrado, aunque fuera de manera inconsciente, unas perspectivas que se perdían en un espacio distinto a aquel mundo burgués —en definitiva así era, aunque estuviera ligeramente maquillado por los caprichos del arte— en que yo vivía. Más aún: tenía muchas veces, en la calle o incluso en mi despacho, la sensación de ser vigilado, de estar controlado por una instancia indefinida que flotaba diluida en el aire como la bruma del crepúsculo. Ahora sé, con toda seguridad, que estaba siendo sometido a un control exhaustivo porque había sido propuesto para comenzar mi noviciado en el mundo subterráneo de la ruleta. 
A veces me colma de felicidad la idea de que tal vez Dios no exista. Aquello que unos años antes me parecía un paraíso sangriento (mi vida en esa época se me representa en un raccourci verdoso, parecido al Cristo de Mantegna), ahora me resulta un infierno edulcorado por el olvido, pero no menos posible y, por tanto, terrorífico. La primera vez que descendí a aquel sótano, me decían, para insuflarme valor, que solo la primera partida resulta difícil de soportar, que luego el aspecto «anatómico» de la ruleta no solo deja de causarte disgusto, sino que llegas a descubrir en él el auténtico y dulce encanto de ese juego; al que se le cuela en la sangre, añadían, le llega a resultar tan necesario como el vino o las mujeres. La primera noche me vendaron los ojos y me pasearon, de coche en coche, por las principales calles de la ciudad hasta que ya no habría podido decir quién era y, menos aún, dónde me encontraba. Luego me arrastraron por unos pasillos serpenteantes y descendí unos escalones que olían a piedra húmeda y a gato muerto. Por arriba se oía, de vez en cuando, el traqueteo de un tranvía. Me retiraron el pañuelo de los ojos en un sótano débilmente iluminado por unas cuantas velas; allí, bajo el arco de la bóveda, habían colocado, a modo de mesa, unas barricas de arenques y, a modo de sillas, unos cajones pequeños y unos troncos gruesos de madera. Todo ello evocaba un lagar decorado para resultar más ostentosamente rústico. Esa impresión se veía acrecentada por las jarras de madera y los vasos de cerveza de unos diez o quince individuos muy animados y bien vestidos que, sentados alrededor de las barricas, bebían y hablaban entre sí mientras me contemplaban. Por el suelo de adobe pululaban unas cucarachas enormes. Algunas, medio aplastadas por un taconazo, agitaban aún las patitas o una antena. Me senté a la mesa en la que se encontraba también mi amigo el pelirrojo. Ya habían hecho las apuestas y estaban apuntadas con tiza en un pizarrín negro, así que deduje que por el momento tendría que contentarme con ser un mero espectador. Las sumas eran muy altas, muy por encima de todo lo que yo había visto apostar nunca en un juego de azar. En un momento determinado, la animación de los accionistas —iba a descubrir que así se llaman los que apuestan en ese juego— decayó, las bebidas quedaron olvidadas en las jarras y vasos y en aquel ambiente ceniciento empezó a flotar poco a poco un olor agrio a alcohol y a cerveza caliente. Las miradas de los presentes en la cava se deslizaban cada vez con más frecuencia hacia la portezuela. La puerta se abrió al cabo de un rato y en la habitación entró un individuo con un aspecto muy parecido al que presentaba mi amigo de la infancia en su época de máxima decadencia. Tenía los bolsillos de la chaqueta rotos y se sujetaba los pantalones con cuerda de embalar. De su cara, que asomaba arrugada entre unos cabellos desgreñados, solo se podía decir que era la cara de un borracho. Lo empujaba un patrón —ese es el nombre con que se conoce a los que contratan a los ruletistas— con aspecto de camarero, que llevaba bajo el brazo una caja grasienta de madera. El borrachín se subió a un cajón de madera en el que yo no había reparado hasta entonces y allí permaneció, encorvado, con el aire caricaturesco de un campeón olímpico. Los accionistas lo miraban agitados, comentando entre ellos algún detalle del aspecto del tipo del cajón. A uno lo sorprendí santiguándose con discreción. Otro se roía con saña los pellejos de las uñas. Otro le gritaba algo al patrón. Pero el alboroto se cortó en seco cuando el patrón abrió la cajita. Todos estiraban el cuello, hipnotizados, hacia el pequeño objeto negro que brillaba como incrustado de diamantes. Era un revólver de seis balas, bien lubricado. El patrón se lo mostró al público con gestos lentos, casi rituales, como muestra un ilusionista las manos vacías con las que va a realizar milagros. Pasó después la palma por el tambor del revólver para hacerlo girar; se oyó un sonido delicado, punzante como la risa de un gnomo. Depositó el revólver en el suelo y del interior de una cajita de cartón sacó un cartucho, con su camisa de cobre reluciente, y se lo tendió al accionista que tenía más cerca. Este lo examinó por todas partes atento y concentrado; asintió levemente con la cabeza, como contrariado por no haber encontrado ninguna irregularidad, y se lo pasó al siguiente. El cartucho dio la vuelta a la habitación y dejó restos de aceite en los dedos de todos. Yo también lo toqué por un instante. Me esperaba, no sé por qué, que fuera frío como el hielo, o bien que quemara, pero estaba tibio. El cartucho volvió al patrón, quien, con gestos ostentosos, explícitos, lo introdujo en uno de los seis orificios del tambor. Pasó de nuevo la palma por la pieza móvil de metal que giró durante unos cuantos segundos con el mismo sonido agudo, chirriante. Finalmente, con una extraña reverencia, le tendió el arma reluciente al hombre del cajón. En medio de un silencio que te pulverizaba los huesos y en el que, lo recuerdo incluso ahora, lo único que se oía era el pulular de las cucarachas gigantes y el leve sonido de las antenas al rozarse entre sí, el hombre se llevó el revólver a la sien. Me dolían los ojos por culpa de la terrible concentración y de la luz mortecina. De pronto, la silueta del mendigo con el revólver en la sien se descompuso en unas cuantas manchas fosforescentes amarillentas y verdosas. La pintura de la pared blanca que estaba a sus espaldas adquirió un relieve enorme: era capaz de distinguir cada hendidura y cada grano de cal, engrosados como la piel de un viejo, y las marcas azuladas que dejaban en la pared. De repente, en el sótano empezó a oler a almizcle y a sudor. El hombre del cajón, con los ojos apretados y una mueca como si notara un sabor horrible en la boca, apretó violentamente el gatillo.
Sonrió después con un gesto cándido y aturdido. El breve clic del gatillo fue lo único que se dejó oír. Bajó del cajón y se sentó encima, abrumado. El patrón se abalanzó sobre él y casi lo tira al abrazarlo. Los presentes en la habitación, en cambio, empezaron a aullar como locos y a lanzar unos juramentos terribles. Cuando el patrón y su Ruletista salieron por la portezuela, los acompañaron con esos silbidos salvajes que no se escuchan más que en los partidos de boxeo. 
Casualmente, en la primera partida de ruleta a la que asistí, el ruletista salió indemne. Desde entonces, a lo largo de los años, he asistido a cientos de ruletas y he visto en muchas ocasiones una imagen indescriptible: el cerebro humano, la única sustancia verdaderamente divina, el oro químico donde se encuentra todo, esparcido por las paredes y por el suelo, mezclado con esquirlas de hueso. Piensa en las corridas de toros o en los gladiadores y entenderás por qué ese juego se me coló enseguida en la sangre y cambió mi vida. La ruleta posee, en principio, la simplicidad geométrica y la fuerza de una telaraña: un ruletista, un patrón y unos accionistas son los personajes del drama. Los papeles secundarios se los reparten el dueño de la cava, el policía que está de ronda por los alrededores, los mozos contratados para deshacerse de los cadáveres. Las sumas relativamente insignificantes que la ruleta les aportaba eran, para ellos, verdaderas fortunas. El ruletista es, por supuesto, la estrella del juego y la razón de su existencia. Por regla general, los ruletistas eran reclutados de entre las hordas de infelices necesitados de pan como perros vagabundos, de borrachos o de presidiarios recién liberados. Cualquiera, con tal de estar vivo y de poner su corazón a prueba a cambio de mucho, muchísimo dinero (pero, ¿qué quiere decir «dinero» en estas circunstancias?), podía llegar a ser ruletista. Era asimismo deseable que no tuviera, a ser posible, ningún tipo de vínculo social: familia, trabajo, amigos. El ruletista tiene cinco posibilidades de entre seis de escapar con vida. Recibe habitualmente el diez por ciento de la ganancia del patrón. Este debe disponer de unos fondos sustanciosos porque, en caso de que el ruletista muera, tiene que pagar las apuestas de todos los accionistas que han apostado en su contra. Los accionistas, por su parte, tienen una posibilidad entre seis de ganar pero, si el Ruletista muere, pueden reclamar su apuesta multiplicada por diez, o incluso por veinte, según el acuerdo establecido previamente con el patrón. Sin embargo, el ruletista solo tenía cinco posibilidades entre seis de salvarse en la primera partida. Según el cálculo de probabilidades, si volvía a llevarse la pistola a la sien, sus posibilidades disminuían. En el sexto intento, esas posibilidades se reducían a cero. De hecho, hasta que mi amigo entró en el mundo de la ruleta, en el que llegaría a convertirse en el Ruletista con mayúscula, no se conocían casos de supervivencia ni siquiera tras cuatro intentos. La mayoría de los ruletistas lo eran, por supuesto, de forma ocasional, y no volverían a repetir esa terrible experiencia por nada en el mundo. Solo unos pocos se sentían atraídos por la perspectiva de ganar mucho dinero; aspiraban a contratar ellos mismos a otro ruletista y convertirse así, a su vez, en patrones, algo que podía suceder ya con la segunda partida. 
No tiene sentido continuar aquí con la descripción del juego. Es tan estúpido y atractivo como cualquier otro, aunque con la aureola, es cierto, de esa pizca de sangre que resulta del gusto de nuestra infamia. Vuelvo a aquel que acabó con el juego porque lo jugó a la perfección. A tenor de la leyenda que circulaba en aquella época en todas las tabernas de la ciudad, él no fue captado por un patrón sino que oyó hablar de la ruleta y fue él solito a venderse. Imagino que el patrón que lo contrató después estuvo encantado de hacerse con un ruletista de una manera tan sencilla, ya que habitualmente el proceso era largo e irritante, con penosos regateos con aquellos que sacaban su alma a subasta. Al principio, cualquier vagabundo pedía la luna y hacía falta mucha pericia para convencerle de que su vida y su sangre no valían el universo entero sino tan solo un cierto número de billetes en función de la demanda del mercado. Un ruletista al que no fuera necesario convencer de que, de hecho, era un don nadie o al que no hubiera que amenazar con llamar a la policía, constituía un golpe de suerte inesperado, sobre todo si ese ruletista aceptaba sin rechistar la primera cantidad, propuesta por el patrón con la boca pequeña y la mirada huidiza. Sobre aquellas primeras ruletas en las que participó mi amigo no he podido averiguar gran cosa. Supongo que los accionistas apenas se fijaron en él cuando escapó con vida la primera o la segunda vez, puede incluso que la tercera. Fue considerado, como mucho, un ruletista afortunado. Pero después de la cuarta y de la quinta, se convirtió en la figura central del juego, un verdadero mito llamado a alcanzar proporciones gigantescas en los años posteriores. Durante dos años, hasta nuestro reencuentro en el restaurante, el Ruletista se había llevado el revólver a la sien en ocho ocasiones, por diferentes sótanos del sucio laberinto de los cimientos de nuestra ciudad. Me contaron (y más adelante pude convencerme por mí mismo) que cada una de las veces, en su rostro torturado, de frente estrechísima, asomaba una abrumadora expresión de espanto, un pánico animal que resultaba insoportable para los espectadores. Era como si ese miedo reduplicara su suerte y le ayudara a escapar con vida. Su tensión emocional llegaba al punto culminante cuando apretaba bruscamente el gatillo con los ojos cerrados y una mueca sarcástica en los labios. Se oía un breve clic e, inmediatamente después, su cuerpo de huesos pesados caía blandamente al suelo, desmayado pero ileso. Permanecía unos días postrado en cama, exhausto, pero luego se recuperaba rápidamente y retomaba su vida cotidiana, que se repartía entre el cabaret y el burdel. Tenía poca imaginación y, por mucho que se esforzara, no conseguía gastar todo lo que ganaba, así que cada vez era más rico. Se había librado hacía tiempo de la mediación del patrón y se había convertido él mismo en su propio patrón. Era un enigma que siguiera arriesgándose. Solo cabía una explicación posible, pero únicamente Dios sabrá qué había de cierto en ella: que lo hiciera por alcanzar un cierto grado de gloria, como un deportista que intenta superarse en cada carrera. Si eso fuera verdad, sería algo completamente nuevo en el mundo de la ruleta, donde se jugaba exclusivamente por dinero. ¿A quién se le iba a pasar por la cabeza convertirse en una especie de campeón mundial de la supervivencia? Pero lo cierto es que el Ruletista conseguía, por el momento, mantener ese ritmo demencial en una carrera en la que solo había otro concursante: la muerte. Y precisamente en el momento en que esa cabalgada clandestina parecía hundirse en la monotonía (los que venían a presenciar las ruletas de mi amigo no lo hacían por apostar sino por el deseo de ver cómo perdía de una vez por todas, y es que tenían el sentimiento, cada vez más resignado, de que estaban apostando contra el diablo), el Ruletista hizo un primer gesto de desafío que prácticamente acabó con la ruleta porque pulverizó cualquier otra competición que no fuera entre él y aquello que supera nuestra pobre condición. En el invierno de aquel año anunció, a través del sistema de información inefable, seguro y rápido del mundo de la ruleta, que organizaría en Navidad una ruleta especial: el revólver tendría dos cartuchos en el tambor en vez de uno solo. 
Las posibilidades de salvarse eran ahora de una entre tres, eso sin tener en cuenta la reducción progresiva de las posibilidades al cabo de tantas partidas. Muchos entendidos seguían pensando, incluso después de la muerte del Ruletista, que esa ruleta de Navidad fue de hecho su golpe maestro y que todo lo que vino luego, aunque más espectacular, fue tan solo la consecuencia de ese gesto. Yo estuve presente en la ruleta de Navidad. El sótano pertenecía a una destilería de coñac y conservaba el químico olor a la bebida de mala calidad. Aunque la sala era la más grande de las que yo había visto hasta ese momento, aquella noche estaba llena a rebosar. Miraras donde miraras te encontrabas con rostros conocidos: militares y pintores, unos cuantos sacerdotes barbudos, industriales y mujeres mundanas, todos ellos sobreexcitados por la inesperada innovación en el juego de la ruleta rusa. La pizarra sobre la que dos jóvenes en mangas de camisa apuntaban las apuestas ocupaba toda la pared detrás del cajón al que tenía que subirse el Ruletista. Este apareció al cabo de un rato, apenas visible a través del humo azulado de la cava. Subió al cajón y, después del ceremonial de la verificación minuciosa del arma y de los cartuchos —que duró mucho más de lo habitual porque nadie quería renunciar al placer de acariciar de forma casi voluptuosa el cañón del revólver—, cogió la pistola, la cargó introduciendo al azar los dos cartuchos en los orificios del tambor y lo hizo girar con la palma de la mano. Se oyó de nuevo, en el silencio de la sala, aquella risita afilada de siempre; el silencio no se vio perturbado por ninguna explosión y sobre las paredes encaladas no se abrió ninguna flor de sangre. El Ruletista se derrumbó en brazos de los que ocupaban las primeras filas, arrastrando los vasos en su caída y haciendo rodar los montoncitos de monedas que atestaban aquellas mesas improvisadas. Lloré entonces como un niño, de emoción y de desesperación, ya que había apostado una suma inmensa y la había perdido, como todos los que rabiaban al comprobar que era evidente que el Ruletista tenía una suerte monstruosa. Salimos de aquella madriguera serpenteante en grupos pequeños, como de costumbre y, en medio de la noche, en el silencio de aquel barrio de las afueras, nos sentimos a lo largo del camino como dirigidos por una mirada diluida en todo lo que nos rodeaba, en la capa deslumbrante, fluorescente, de la nieve que lo cubría todo, en los escaparates adornados con abetos y estrellas de papel de plata, en los escasos transeúntes cargados de paquetes y de niños arrebujados en sus bufandas hasta la nariz y la boca. Alguna que otra mujer, con el rostro enrojecido por el frío y tiritando dentro de su abrigo de piel, arrastraba a su novio o a su esposo hasta los escaparates de botas y pañuelos que arrojaban sobre sus rostros unos reflejos turquesas, azules, violetas. El camino a mi casa pasaba junto a un parque infantil; allí, todo un pueblo de chiquillos churretosos por culpa de las piruletas se detenía absorto ante las casetas de venta de limonada y pasteles. Un padre bien abrigado, que arrastraba por la pista un trineo ocupado por su hija, me guiñó el ojo. Era un patrón al que conocía de otra ruleta. De repente me sentí fatal. 
Naturalmente, me prometía a mí mismo una y otra vez que tenía que abandonar el mundo de la ruleta. Pero en aquella época publicaba dos o tres libros al año y disfrutaba de ese éxito que suele preceder a un largo silencio primero y al olvido después. Recuperaba con cada libro lo que había perdido en la ruleta y volvía a hundirme allí, bajo tierra, donde, al parecer, un presentimiento de nuestra carne y de nuestro esqueleto nos atrae mientras estamos vivos. Lo que más me sorprende ahora es el contenido «idealista», «delicado» de aquellos libros, el d'annunzianismo nauseabundo en que me regodeaba. Meditaciones nobles, gestos principescos, bordados de seda, mots d’esprit rutilantes y un narrador sabio, omnisciente, que hacía, con la sustancia insustancial de sus historias, miles de malabarismos primorosos. Cuando entré en la conspiración de la ruleta, era imposible que no me golpearan inmediatamente, como una ola cada vez más impetuosa, más exaltada, las noticias sobre las nuevas reglas del juego impuestas tácitamente por la personalidad arrolladora del Ruletista. Después de repetir un par de veces más la ruleta con dos proyectiles, se hizo inmensamente rico y participaba como accionista en varios sectores de la industria del país. La idea de la ruleta como vulgar negocio, como fuente de ingresos o de riqueza, era simplemente absurda. Por otra parte, sus cuotas tendían a la baja a pesar de los fanáticos que se arruinaban al empeñarse en apostar contra él. Con un simple gesto del Ruletista, todo el sistema de apuestas se había derrumbado. Ahora era de mal gusto organizar vulgares ruletas en las que un pobre vagabundo se llevara la pistola a la sien. Ya no quedaban patrones ni accionistas, y el único que organizaba partidas de ruleta era el propio Ruletista. Pero todo se había transformado en un mero espectáculo con entradas en lugar de apuestas; un espectáculo con un solo actor que, de vez en cuando, como un gladiador en la arena, se enfrentaba al destino. Las salas alquiladas eran cada vez más espaciosas. Se renunció por completo a la tradición de las ratoneras, al olor a sangre y a estiércol, a los nombres de resonancias rembrandtianas. Hasta el sótano se hacían llevar ahora pesadas telas de seda de un brillo untuoso, se colocaban copas de fino cristal sobre unas mesas hundidas bajo oleadas de bordados holandeses, había muebles con repujados florales y candelabros con cientos de prismas y colgantes de cuarzo. En lugar de cervezas vulgares, se escanciaban ahora bebidas finas de unas botellas de formas raras. Mujeres vestidas de noche se dejaban guiar hasta las mesas y desde allí contemplaban con curiosidad el escenario, donde por el momento actuaba una orquesta de la que sobresalían, por todas partes, los embudos dorados de las trompetas, los cuellos curvos de los saxofones y los tallos graciosos, en continuo movimiento, de los trombones. Creo que ese aspecto presentaba también la estancia en la que el Ruletista se decidió a cargar el revólver con tres cartuchos. Ahora tenía exactamente tantas posibilidades de sobrevivir como de jugar por última vez a ese juego demente. Porque el nuevo ambiente, el lujo ostentoso que envolvía como una crisálida el insecto terrorífico de la ruleta, no hacía más que incrementar la excitación de los espectadores ante el olor de la muerte. Todo era, por lo demás, absolutamente real. Es cierto que el Ruletista se peinaba con brillantina, que vestía esmoquin y los pantalones anchos de la época, pero el revólver era de verdad y las balas eran reales, y la posibilidad del tan esperado «accidente» era mayor que nunca. El arma pasó de nuevo por todas las manos dejando en los dedos un delicado olor a aceite. Ni las señoras más refinadas de la sala se cubrían los ojos; en ellos se leía el perverso deseo de ver con sus propios ojos lo que algunas conocían solo de oídas: el cráneo reventado como una cáscara de huevo y esa sustancia ambigua, líquida, del cerebro salpicando sus vestidos. Por mi parte, siempre me ha estremecido el deseo femenino de acercarse a la muerte, su fascinación por los hombres que huelen a pólvora de forma casi metafísica. El increíble éxito que tenía entre las mujeres aquel chimpancé estúpido y apergaminado que de vez en cuando ponía en peligro su propia vida, debía de tener su origen ahí. Creo que aquellas mujeres nunca habrían amado con más pasión que después de haber asistido a su muerte: habrían llegado a casa con sus amantes y se habrían arrancado los vestidos ensangrentados, manchados de pegotes de una sustancia cenicienta y de líquido ocular. Pero el Ruletista subió al cajón cubierto por un tisú rojo, se llevó la pistola a la sien y, con la misma expresión de pánico paroxístico en su rostro, apretó el gatillo. Luego, en medio de aquel silencio que paralizaba todo durante unos segundos, se oyó tan solo el golpe sordo de su cuerpo contra el suelo. Tras unos días de delirio en el hospital, el Ruletista volvió a su vida cotidiana. Me cuesta olvidar su rostro torturado mientras yacía boca arriba sobre la alfombra de Buhara colocada a los pies del cajón. En otra época, los ruletistas que se salvaban eran abucheados, algunas veces llegaban incluso a ser golpeados por los desesperados accionistas; ahora, en cambio, aplaudían a mi amigo como a una gran estrella de cine y rodeaban con veneración su cuerpo inconsciente. Las jóvenes se apiñaban en torno a él llorando histéricas y eran felices si conseguían tocarlo. 
Aquella ruleta con tres cartuchos lubricados en el interior del tambor se confunde en mi cabeza con las que siguieron después. Era como si la soberbia diabólica del Ruletista lo arrastrara cada vez con más fuerza a provocar a los dioses del azar. Pronto anunció una ruleta con cuatro cartuchos clavados en los alvéolos del tambor y, más adelante, con cinco. ¡Un solo orificio vacío, una única posibilidad, entre seis, de sobrevivir! El juego ya no era un simple juego e incluso el más superficial de los asistentes que ocupaban ahora los sofás de terciopelo podía sentir, no con la cabeza, ni con el corazón, sino en los huesos, en las articulaciones y los nervios, la grandeza teológica que había adquirido la ruleta. Después de que el Ruletista cargara el arma e hiciera girar el tambor, provocando de nuevo la risita entrecortada de metal negro, bien lubricado, la pieza pesada y hexagonal de los cartuchos detuvo su único agujero ante el cañón. El clic del gatillo, que sonó seco, y la caída del Ruletista fueron envueltos por un silencio sagrado. 
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Sentado ante mi escritorio, me cubro con una manta y, sin embargo, tengo un frío espantoso. Mientras escribía estas líneas, mi habitación, mi cripta, ha viajado a tanta velocidad a través de la neblina negra exterior que me siento mareado. He dado vueltas y más vueltas en la cama durante toda la noche, soy un saco de huesos empañados por la transpiración. Fuera no hay nada, nunca. Por mucho que avances en cualquier dirección, hasta el infinito, solo encuentras esta niebla negra y densa, sólida como la pez. El Ruletista es mi apuesta y debería ser el trocito de masa en torno al cual podría volver a crecer el pan ligero del mundo. En caso contrario, todo, si es que existe un todo, es plano como una torta. Pero si ha existido, y lo ha hecho —ahí está mi apuesta—, entonces el mundo existe y yo no me veré obligado a cerrar los ojos ni tampoco, con la piel arrugada pegada a los huesos y la carne por fuera como un abrigo de sangre, a avanzar así por toda la eternidad. Con esta historia me fabrico un acuario, el más mísero, porque no me interesa un acuario ornamental en el que él y yo, garantía cada uno de la realidad del otro, intentemos sobrevivir como dos peces semitransparentes, con los latidos del corazón visibles, arrastrando a nuestro paso un fino hilillo de excrementos. Me horroriza la idea de que el acuario tenga agujeros. Por Dios, tengo que hacer un esfuerzo, aunque ya no siento la columna... 
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Durante muchos años el Ruletista se aferró a su ángel de la guarda, luchando por hacerlo bajar y arrastrándolo consigo a todas partes. Llegó así la noche en que lo agarró del cuello con ambas manos y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, le miró directamente a los ojos. Pero el Señor, hacia la mañana, lo arruinó y le cambió de nombre... Aquella última velada de ruleta, prácticamente toda la elite de la ciudad se había congregado en la gigantesca sala refrigerada situada en los sótanos del matadero. La decoración de la misma podía resultar chocante a aquellos que se habían acostumbrado al lujo ostentoso de las salas anteriores, más propio de advenedizos. No sé si la intuición de alguien o una reminiscencia del à rebours nos había conducido a aquel híbrido nostálgico, a aquella mezcla en cierto modo perversa de promiscuidad y refinamiento, cuyo efecto era mucho más poderoso que el del fasto de unos meses atrás. A primera vista, excepto por las dimensiones de la sala, tenías la impresión de encontrarte en una de aquellas cavas miserables de los tiempos «prehistóricos» de la ruleta. Las paredes estaban llenas de dibujos obscenos y de inscripciones grabadas o toscamente trazadas con carboncillo, pero un ojo avisado no podía dejar de observar desde un primer momento el refinamiento estético, el trazo gráfico coherente y emocionante de un gran artista, cuyo nombre, por motivos evidentes, prefiero no recordar. Las mesitas de maderas preciosas y estuco dorado imitaban los barriles de arenques en torno a los cuales se colocaban los accionistas de otra época. Las jarras de cristal imitaban el aspecto primitivo de las de vidrio barato, incluso sus reflejos verdosos y sus mellas artificiales. Las pantallas sombrías esparcían una luz mórbida, como de antorcha de sebo, mezclada con oleadas de humo —azulado como el de los puros de antaño pero perfumado ahora con almizcle— que despertaban un sentimiento delicado, nostálgico. Sobre el escenario de la sala había una caja de naranjas auténticas, acarreadas desde el puerto, con las inscripciones de una empresa árabe. En la habitación, atraídos por la apuesta fantástica de aquella velada, podías reconocer, ataviados con sus chilabas blancas, a varios magnates del petróleo, a estrellas de cine y cantantes de moda, a industriales con la pechera almidonada y un clavel en el ojal. Todos habían aceptado, en la entrada, que les taparan los ojos con un pañuelo que no podrían quitarse hasta llegar a la sala. Yo mismo era —lo digo con tanto disgusto que no puedo ser acusado de falta de modestia— una especie de vedette que atraía todas las miradas, incluso las de los que se encontraban junto a mí aquella noche. Nunca se había hecho tanta publicidad de mis libros, que eran cada vez más gruesos y más de su gusto: nobles, sí, ante todo nobles. Generosos, ante todo generosos. Así sonaba la justificación del jurado cuando me concedieron el Premio Nacional: «Por la humanidad noble y generosa de sus libros, por el pleno dominio del lenguaje expresivo». 
Cuando el Ruletista apareció en la sala vestido con unos extravagantes jirones de tela que imitaban, con buen gusto, sus harapos, y cuando el propietario de la sala, disfrazado de patrón, abrió la caja que llevaba bajo el brazo y presentó ante el público un Winchester (que pertenece ahora a una colección particular) de puño de marfil y cañón reluciente, se nos cortó la respiración. No podíamos creer que fuera cierto lo que estaba a punto de suceder. ¡Porque el Ruletista había anunciado unas semanas antes que en la próxima ruleta cargaría el revólver con las seis balas! Entre la evolución de un cartucho a cinco —por muy inverosímil que fuera también esta— y la locura de ahora se abría el abismo entre una posibilidad o ninguna. La pizca de cordura que el Ruletista había conservado en sus experimentos se evaporaba ahora bajo el millón de esporas de la certeza. El examen de los cartuchos y del revólver nos llevó horas. Cuando se los devolvieron, el Ruletista, subido en su cajón, los agitó un instante en el puño como si fueran dados y luego los introdujo, uno a uno, en los agujeros del tambor. Con un movimiento brusco de la mano, lo hizo girar. «Es inútil», recuerdo que susurró alguien a mi lado. En medio de un silencio aterrador, se oía con claridad la risita dentada que emitía el tambor al girar. Temblando, con el rostro convulso, con esa mirada de pánico que solo tienen los que agonizan, se llevó la pistola a la sien. La gente se puso en pie. 
Yo lo miraba con tanta concentración que sentía cómo se me hinchaban las venas de las sienes. Veía cómo se elevaba despacio, tembloroso, el gatillo del revólver. Y de repente, como si aquella vibración se hubiera extendido por toda la sala, sentí que el suelo bajo mis pies se hundía. Volví a ver cómo el Ruletista caía del cajón y cómo el revólver se descargaba con un estallido apocalíptico. Pero el aire estaba ya saturado por un rugido sordo, hendido por los gritos de las mujeres y por el crujido de las botellas hechas añicos. Atenazados por el pánico al espacio cerrado, nos pisoteamos unos a otros mientras nos atropellábamos por salir cuanto antes. Las sacudidas duraron unos cuantos minutos y transformaron calles enteras en montones de escombros y de hierros retorcidos. Justamente en la entrada, un tranvía había descarrilado, se había empotrado contra el escaparate de una tienda de muebles y había destrozado los cristales. Una hora más tarde, el terremoto se repitió, aunque esta vez de forma más débil. ¿Quién tuvo el valor suficiente para entrar en su casa aquella noche? Vagamos por las calles hasta que la niebla del alba clareó el horizonte y el polvo de los edificios derrumbados se posó en el asfalto. Apenas entonces recordé que el Ruletista se habría quedado probablemente abandonado allí, en el sótano del mercado, y volví para ver si seguía vivo. Lo encontré tendido en el suelo, al cuidado de unos cuantos individuos. Tenía una pierna dislocada a la altura de la cadera y gemía de dolor. A su lado estaba aún el revólver, que olía a pólvora y que tenía solo cinco balas en el tambor. La sexta había dejado un agujero negruzco en una de las paredes de la habitación, cerca del techo. Paré un coche que pasaba por la calle y llevé a mi amigo de la infancia al hospital. Se repuso rápidamente pero cojeó durante el año que le quedaba de vida. Esa noche fue el entierro de la ruleta, que se borró de la mente de todos tal y como olvidamos, habitualmente, cualquier cosa que hayamos realizado a la perfección. Las generaciones más jóvenes, las que vinieron después de la guerra, no han conocido ya semejantes Misterios. Yo me limito a dejar testimonio —pero para ti, nadie; para ti, nada. 
Desde la noche del terremoto, el Ruletista se sumergió en unos barrios de dudosa reputación y dejó a su paso, como de costumbre, una cadena de escándalos apenas encubiertos. Al parecer, nunca más volvió a pensar en la ruleta. 
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Ya no puedo escribir siquiera una página al día. Me duelen constantemente las piernas y las vértebras. Me duelen los dedos, los oídos, la piel de la cara. ¿Qué habrá, qué existirá después de la muerte? ¡Me gustaría creer, cuánto me gustaría hacerlo! Creer que allí se abrirá una vida nueva, que nuestra situación actual es larvaria, un compás de espera. Que el yo, puesto que existe, debe encontrar una forma de asegurar su permanencia. Que me convertiré en otra cosa infinitamente más compleja. De lo contrario es absurdo, y no encuentro espacio para lo absurdo en el proyecto del mundo. Miles de millones de galaxias, campos imperceptibles, en fin, este universo que rodea mi cabeza como un aura no podría existir si yo no tuviera que conocerlo en su totalidad, poseerlo, ser él. Esta noche, acurrucado bajo mi edredón, he tenido una especie de visión. Acababa de nacer de un vientre alargado, sangriento, indeciblemente obsceno, que me había expulsado con un movimiento rotatorio. A una velocidad infinita, dejando atrás restos de lágrimas, linfa y sangre, me adentraba en la oscuridad. Y de repente, en el borde de la noche, se planta ante mi cara un inmenso Dios de luz, tan gigante que no cabía en mis sentimientos ni en mi entendimiento. Me dirigía hacia su enorme pecho y los rasgos de su severo rostro escapaban hacia arriba y se combaban en el límite de mi campo visual. Poco después no veía más que la gran luz amarilla de su pecho; lo he atravesado rodando y, tras una travesía infinita a través de su carne de fuego, he salido por su espalda. Al mirar atrás, mientras ascendía volando, he visto al colosal Jehová derrumbarse boca abajo hacia la derecha. Ha ido disminuyendo poco a poco hasta desaparecer, y yo me encontraba de nuevo solo en aquella noche sin límites. Al cabo de un tiempo imposible de calcular (pero que yo calificaría de eternidad), en el margen de mi campo visual se eleva otro Dios enorme, idéntico al primero. He atravesado también a este y he seguido adentrándome en el vacío. Luego, tras una eternidad, ha aparecido otro. La hilera de Dioses, al mirar hacia atrás, iba en aumento. Eran cientos, luego miles, se derrumbaban boca abajo, unas veces hacia la derecha y otras hacia la izquierda, como si fueran los dientes de una gigantesca cremallera de fuego. Y al abrir la cremallera en mi vuelo, he desvelado el pecho del Dios verdadero, un raccourci más grandioso que cualquier otra cosa de este mundo. Al darme la vuelta, carbonizado por su luz, me he elevado tan alto por encima de él, que me ha sido concedido poder verlo en su integridad. ¡Qué hermoso era! Su torso peludo, como de toro, tenía senos de mujer. Su rostro era joven, coronado por la llamarada de una melena peinada en miles de trenzas; las caderas, anchas, cobijaban su poderoso miembro viril. Todo él, de la cabeza a los pies, era solo luz. Tenía los ojos entreabiertos, sonreía de forma extática y triste, y justo a la altura del corazón, bajo el seno izquierdo, asomaba una herida terrible. Entre los dedos de la mano derecha sujetaba, con un gesto indeciblemente gracioso, una rosa roja. Flotaba así, tumbado, en un espacio que se esforzaba por abarcarlo, pero que parecía absorbido, abarcado por él... Me he despertado entre los muebles fríos de mi habitación, con un sollozo seco, senil. He querido destruir estas páginas que he ido amontonando aquí con tanta inconsciencia. Pero, ¿qué puede hacer un hombre que ha dedicado toda su vida a escribir literatura? ¿Cómo puedes abandonar los arcanos del estilo? ¿Cómo, con qué instrumentos puedes exponer en una página un testimonio puro, libre de la cárcel de las convenciones artísticas? Tengo que asumirlo y tener el valor de reconocerlo: de ninguna manera. Lo he sabido desde el principio, pero, con la astucia de un animal acosado, he ocultado mi juego, mi postura, mi apuesta, a tus miradas. Porque, finalmente, he apostado únicamente por la literatura. He seguido, en mi razonamiento masoquista, pascaliano, precisamente aquello que parecía estar en mi contra. He aquí todo mi razonamiento, eso que me hace llevar hasta el final (solo yo sé con cuánto esfuerzo) esta «historia»: he conocido al Ruletista. Eso no puedo ponerlo en duda. A pesar del hecho de que era imposible que él existiera, lo cierto es que ha existido. Pero hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura. Allí las leyes del cálculo de probabilidades pueden ser infringidas, allí puede aparecer un hombre más poderoso que el azar. El Ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual es en cierto modo una forma de decir que el mundo en el que él vivía era ficticio, que era literatura. No tengo ninguna duda, el Ruletista es un personaje. Pero entonces yo también soy un personaje y aquí no puedo evitar mostrarme exultante de alegría. Porque los personajes no mueren jamás, viven siempre que su mundo es «leído». Aunque jamás consiga besar a su amada, el pastor pintado en una urna griega sabe al menos que la va a contemplar eternamente. Esta es mi apuesta y mi esperanza. Espero con toda mi alma —y tengo un argumento poderoso: el Ruletista— ser el personaje de un relato y, aunque tengo ochenta años, no morir nunca porque, de hecho, no he vivido nunca. Quizá no viva dentro de una historia importante, quizá sea tan solo un personaje secundario pero, para un hombre que afronta el final de su vida, cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre. 
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Por lo que a la fantástica fortuna del Ruletista respecta, se han lanzado cientos de suposiciones. ¿Qué otra cosa puedo hacer que añadir otra, acaso más real o, al menos, más coherente que las demás? Conociendo al Ruletista desde niño, sé que, de hecho, no ha sido la suerte sino, por el contrario, la más negra de las suertes, una mala suerte sobrenatural diría yo, la que siempre lo había caracterizado. Nunca experimentó la alegría de ganar siquiera el más pueril de los juegos en que interviniera el azar. Desde las canicas hasta las carreras de caballos, desde el lanzamiento de herraduras contra una estaca hasta el póquer, el destino parecía seguirlo como a un bufón, parecía contemplarlo con una mirada siempre irónica. La ruleta fue su gran oportunidad y es sorprendente que ese hombre, dotado de un pensamiento tan rudimentario, tuviera sin embargo la astucia de sacar provecho del único punto por donde podía atravesar, como un escorpión, la coraza del destino, y transformar la sempiterna burla en un triunfo eterno. ¿De qué manera? Ahora la respuesta me parece simple; primitiva pero, al mismo tiempo, genialmente simple: el Ruletista apostaba contra sí mismo. Cuando se llevaba la pistola a la sien, él se desdoblaba. Su voluntad se volvía en su contra y lo condenaba a muerte. Estaba firmemente convencido, cada una de las veces, de que iba a morir. De ahí, creo, esa expresión de pánico infinito que afloraba en su rostro. Pero puesto que su mala suerte era absoluta, lo único que podía hacer era fracasar siempre en todos y cada uno de sus intentos de suicidarse. Quizá esta explicación sea una tontería pero, como decía, me resulta imposible considerar otra que se pueda sostener de modo verosímil. Por lo demás, ahora ninguna de ellas tiene ya importancia... 
Estoy agotado. Hago un ímprobo esfuerzo por escribir una página más. Será la última, porque los dados están lanzados y el acuario ya está listo. Tengo que cerrar la última fisura por donde escapa el agua; luego permaneceré durante largo tiempo inmóvil junto a él. Únicamente nuestras colas y nuestras aletas palpitarán de vez en cuando. Espero ese momento con tanta ansiedad que apenas me queda paciencia para referir hasta el final la historia del Ruletista. La muerte le llegó rápido, después de la ruleta de seis cartuchos a la que había sobrevivido de forma increíble. Poco menos de un año más tarde, al volver de la taberna en una mañana lechosa, fue bruscamente empujado hacia un callejón promiscuo. Un adolescente que no llegaba a los dieciséis años le puso un revólver en la sien y le pidió el dinero. Mi amigo fue encontrado muerto junto al revólver unas horas más tarde; el pobre chaval no había borrado siquiera sus huellas. El cadáver no tenía señales de violencia, y el análisis médico constató que la muerte la había provocado un ataque al corazón. Por otra parte, en el interior del revólver, que no había sido disparado, no se encontró ningún cartucho. El joven fue localizado aquel mismo día, escondido en casa de unos amigos, y se aclaró todo. Su intención había sido simplemente la de atracarlo. La pistola estaba descargada y la había utilizado solo para intimidarle. Pero el borracho al que había atacado sufrió una crisis de pánico y se desplomó pesadamente en el suelo; el chico perdió la cabeza, arrojó el revólver al suelo y salió corriendo. Puesto que no tenía amigos y nadie parecía conocerlo (yo mismo permanecí escondido unos cuantos días, hasta que todo hubo pasado), el Ruletista fue enterrado de prisa, con una cruz sencilla, de madera, en la cabecera de la tumba. 
Así cierro yo también mi cruz y mi mortaja de palabras, bajo las que esperaré hasta mi resurrección, como Lázaro, cuando oiga tu voz clara y poderosa, lector. Concluyo, para que la losa tenga un epitafio y se cierre el círculo, con esos versos de Eliot que tanto me gustan: 

Concede el consuelo de Israel A uno que tiene ochenta años y no tiene mañana. 

Notas a pie de página 
(1) Personaje, junto con Adrian, de la novela Doctor Fausto, de Thomas Mann. (Nota de la traductora.)

Mircea Cărtărescu, El Ruletista (Nostalgia, Impedimenta. 2012). Traducción de Marian Ochoa de Eribe Urdinguio.


Mircea Cărtărescu



Patricio Pron, La cosecha

La cosecha
1
Lost John lee el informe de la clínica y descubre que tiene sida. No es más que un control rutinario, de los que las productoras de vídeos pornográficos exigen regularmente a sus empleados, pero su resultado no es el que debía ser. Lost John se queda mirando el papel que sostiene en la mano. Está de pie en la cocina en calzoncillos y la cabeza le da vueltas, así que se apoya en la barra un momento y coge aire. Luego se viste lentamente, mete algo de ropa en una maleta y llama a un taxi. Mientras espera que llegue el taxi, hojea una revista en la que aparece follando a Alyssa Soul. Al dar vuelta la página, ve a Alyssa Soul con la cara cubierta de su semen y sabe que esa es la última vez que aparecerá en una revista, probablemente la última vez que folle a una tía delante de una cámara, y siente alivio y nostalgia. Se dice que su polla no parece realmente empinada, que se nota demasiado el gel lubricante alrededor del ano de Alyssa, se pregunta cómo pudieron escapársele esos detalles al fotógrafo, al director y a la asistente, que estaban en el plató cuando se filmó la escena a la que pertenecen esas fotografías, una semana atrás. Luego recuerda la conversación que tuvo después con Alyssa, en las duchas, cuando descubrieron que los dos habían tenido una infancia errante, siempre detrás de padres militares que saltaban periódicamente de un cuartel a otro, todos iguales pero en sitios tan diferentes como Texas o Minnesota o California. Bueno, el padre de Alyssa había muerto en la primera Guerra del Golfo y el de Lost John también, y a ambos los sorprendieron estas coincidencias y, sobre todo, el haber accedido a esa conversación en un ambiente en el que no es habitual contar intimidades excepto que sean ficticias. Alyssa le había dado su teléfono pero Lost John lo había echado a una papelera al salir de la productora. No quería nada que fuera muy personal. Llaman al teléfono para decirle que su taxi lo espera fuera, y Lost John dice gracias y cuelga suavemente el aparato y después camina hasta la puerta.

2
Unas horas después, su agente abre la misma carta de la misma clínica médica y lee el mismo diagnóstico. Su agente es un ex actor pornográfico llamado Bob Powers –aunque, a sabiendas de sus recursos, algunos lo llaman «God Powers»– que abandonó el negocio demasiado tarde, cosa que prueban algunas cintas de finales de la década de 1980 que él hizo retirar del mercado tan pronto como pudo. En los últimos tiempos ha cambiado de esposa por tercera o cuarta vez y lleva un flequillo y unas gafas que recuerdan a las del actor que es su responsable en la Cienciología, en la que se ha inscrito para evadir impuestos. Que la clínica médica le envíe el diagnóstico de uno de sus representados es lo habitual, puesto que es él el que luego debe distribuirla entre los productores interesados en contratar a Lost John; lo que no es habitual es el diagnóstico. Bob Powers sabe que a partir de ese momento ha perdido una de sus principales fuentes de ingresos y piensa que debe reemplazarlo de inmediato, quizá con Adam «Long» Oria, el actor latino que se parece un poco a Lost John en sus comienzos. Llama al móvil de Lost John pero sólo le responde la contestadora automática. Más tarde cogerá el automóvil e irá a su casa. En la puerta encontrará aparcado su coche y en la casa –desde que fueron amantes por un breve período, seis años atrás, Bob tiene una llave de la casa de Lost John– hallará su cartera, el móvil y las llaves de su coche. Mientras esté revisando los cajones en busca de algún indicio de adónde pudo haber huido su representado, alguien tocará el timbre. Bob Powers se quedará quieto, preguntándose si tiene que abrir o no la puerta, aterrado. Decidirá que no y se sentará un rato a esperar que el que ha tocado se marche; se servirá un vaso de agua pero no beberá nada. Un rato después saldrá con precaución a la calle y se encontrará al empleado de correos, de pie sobre el césped verde de la entrada, que le preguntará por Lost John. Más atrás, la vecina de enfrente husmeará en dirección a la casa. Mierda, pensará Bob Powers: ahora está envuelto en la desaparición de su representado. ¿Es usted el señor John Stuart Mill?, le preguntará el cartero. Bob Powers negará con la cabeza y saldrá corriendo hacia su coche, dejando la puerta abierta.

3
Lost John se ha contagiado el diez de marzo de ese año mientras rodaba una película en Tailandia que aún no ha salido al mercado. Al regresar, el diecisiete de marzo, se hizo un test rutinario que dio resultados negativos y volvió a trabajar sin problemas. Bob Powers intenta frenar la noticia, pero ésta llega pronto a la prensa, que le dedica el espacio que se le dedican a estas cosas: una columna mínima en la sección general. Un redactor del Los Angeles Sentinel elabora con ayuda de unos productores una lista de personas que podrían haber sido infectadas por Lost John. La lista incluye una «primera generación» de actores y actrices pornográficos que han sido penetrados por Lost John sin condón o realizaron alguna escena con él desde el diecisiete de marzo. La lista incluye también una «segunda generación» de actores y actrices que han rodado escenas con alguno de los actores y actrices incluidos en la «primera generación» de contagio, y una tercera. El artículo acaba con la información de que una de las actrices de la «primera generación», la canadiense Ana Foxxx, se ha sometido ya voluntariamente a un test de sida y que el resultado es positivo, y agrega un llamamiento público a aquellas personas, profesionales de la industria pornográfica o no, que pudieran haber tenido sexo con Lost John fuera de las cámaras, y a quienes pudieran haberlo hecho con los integrantes de la primera y la segunda generación, para que se abstengan de tener relaciones sexuales a modo de precaución por lo menos por un año y que se sometan a test de sida para determinar si han sido infectados o no. Cuando el artículo sale publicado, ya es tarde para cientos de personas, pero, en cualquier caso, la lista de los posibles infectados y de su fecha de infección es la siguiente: la «primera generación» comprende a Stacie Candy, Desiree Slack, Ana Foxxx, Katie Persian, Martin Iron, «Gaucho» Cross y Alyssa Soul. La «segunda generación» se extrae de la siguiente lista: Stacie Candy ha trabajado con Diamond Maxxx, Filthy Doreen, Señorita Arroyo, Patricia Petit, Francesca Amore y Jocelyn Davies; Desiree Slack, con Kayla Doll, Ana Foxxx, Anita Redheaded, Indian Summer, Taylor Knight, Raveness Terry, Eva Lux y Charlie Mansion; Ana Foxxx, con Sin Starr, Jenny López, Mark The Shark, John Michael, Patrice Caprice, Jessica Cirius, Desiree Slack y el travestí TT Boy; Katie Persian, con Lucy Dee, Hein Commings, Alex Sanders y Thomas Sexton; Martin Iron, con «Gaucho» Cross, Brian Hardwood, Annie Cruz, Markus Großschwanz, Tony Deeds, Blackie Jackie, Tommy Strong, Val Jean y Marc Anthony; «Gaucho» Cross, con Martin Iron, Indian Summer y el travestí TT Boy; Alyssa Soul, con Johnny Gnochi, Jack Kerouass y Sandy Candie. La «tercera generación» incluye los nombres de doscientos veinticuatro actores y actrices que han trabajado con los anteriormente mencionados y puede ser ampliada con una «cuarta generación», una quinta y así sucesivamente.

4
Lost John está echado sobre la arena. Un muchachito se le acerca y le pregunta algo en portugués que él no entiende. El muchachito le dice: «Do you wanna fuck?» y le sonríe, pero Lost John se incorpora, mira el mar y le dice que no. El muchachito comienza a marcharse. Lost John mira un velero perdiéndose detrás de una ola y llama al muchachito, que vuelve a acercarse con una sonrisa. Lost John le pone en la mano un billete y, sin decir una palabra, le da la espalda y abandona la playa solo. En las calles de Brasil no llama la atención. Tiene una habitación que da al mar y es un buen sitio para pensar y llorar y tratar de averiguar qué hacer a continuación. A veces piensa en masturbarse pero no consigue que se le ponga tiesa. En ocasiones baja a la playa por la mañana, pero la mayor parte de las veces lo hace por la noche, cuando no hay nadie. Se echa al agua y luego se queda tendido sobre la arena esperando que su corazón se tranquilice. En una oportunidad –es por la mañana– está echado así sobre la arena cuando nota que a su lado se ha sentado alguien. Es una chica negra, que mira el mar. Lost John se incorpora y mira al mar él también. Ninguno dice nada y después de un rato Lost John vuelve a echarse de espaldas sobre la arena. La polla se le marca en el pantalón mojado, así que se echa una toalla encima para que no se le note, y sonríe. La chica se levanta y se va, pero vuelve al día siguiente. Le dice algo en portugués que él no entiende. Él le sonríe. Ella sonríe. Luego se levanta y se va. Esa tarde, no sabe bien por qué, Lost John le pide al conserje del hotel que le consiga un diccionario bilingüe de portugués e inglés. El muchachito asiente y se despide llamándolo por el nombre que Lost John ha dado en la recepción al registrarse y que, por supuesto, no es el suyo.

5
A la mañana siguiente llega a la playa y ella ya está tendida sobre la arena. Lleva un bikini minúsculo, que traza un ángulo recto desde la entrepierna hasta las caderas, donde queda suspendido. Lost John deja con delicadeza el diccionario a su lado y corre hacia el mar. Al salir del agua ve que ella lo está hojeando. «You, english», dice ella. «Americano», responde él. Comienzan a hablar, lentamente al principio, buscando las palabras en el diccionario, y más rápido cuando ambos pierden el interés en la gramática. Ella se quita todo el tiempo el cabello que el viento le empuja sobre el rostro. Lost John ve que tiene los dientes amarillos y eso le parece atractivo, de alguna manera. Ella hojea el diccionario un rato echada de espaldas a él y luego se da la vuelta y le pregunta: «You, want fuck?». «Não posso», responde él después de un rato. Ella le da la espalda de nuevo y Lost John piensa que la ha jodido. Se queda mirando el mar. Al rato ella se da la vuelta de nuevo y le pregunta: «You, want dance?» y Lost John sonríe y dice que sí.

6
Esa noche él se pone una camisa blanca y unos pantalones ceñidos y está esperándola en la recepción cuando ella pasa a recogerlo. Beben cerveza y aguardiente de caña y él intenta bailar una música que nunca había escuchado antes. En el fragor del baile, ella lo besa y él no aparta la boca. Ella sonríe.

7
Las salidas se repiten un par de veces más. Él nunca averigua nada de ella: no sabe cómo se llama ni dónde vive ni cuántos años tiene, aunque supone que es unos siete u ocho años menor que él, que tiene veinticuatro. Un día, el conserje del hotel le dice que, sin desear meterse en sus asuntos, quisiera pedirle que se cuidara, puesto que muchas de esas jóvenes que frecuentan a los extranjeros lo hacen con intereses económicos y delictivos, y, agrega: «La mayor parte de ellas tiene sida». Lost John lo mira perplejo, sin saber qué decir. El conserje le sonríe y le pregunta si necesita algo más y Lost John dice que nada y sale a la calle. Esa noche llama a la casa de su madre pero cuelga antes de decir una palabra.

8
«Cómo é teu nome?», le pregunta él al oído mientras recuperan el aliento. «Luizinha», le responde ella. «Eu creiba que ja o tinha dito», agrega. «Eu me chamo John», dice Lost John, y ella repite: «John» y sorbe su bebida.

9
Salen todas las noches durante un par de semanas. Cada noche van a bailar y después caminan por la playa y se echan a besarse y a mirar las estrellas. A veces, cada vez con más frecuencia, también se magrean, pero, cuando ella le coge la polla con las manos, él la aparta y se disculpa y le ofrece acompañarla a su casa. Ella siempre dice que no.

10
Él compra un par de libros divulgativos sobre el sida. No entiende bien los textos porque están en portugués, pero en uno de ellos ve una fotografía microscópica del virus batallando con una célula y la imagen le parece dolorosamente hermosa.

11
Ella se prueba un vestido que él acaba de comprarle. Sonríe.

12
Él comienza a masturbarse pensando en ella. A veces sale bien y a veces no, pero siempre se queda pensando en ella, diciéndose que no puede esperar el momento de volver a verla.

13
Un día, unos mormones lo abordan por la calle e intentan hablar con él sobre Dios. Él se disculpa diciendo que no habla portugués, pero uno de los misioneros es un joven de Utah y le dice: «Hello, brother». Lost John teme que lo reconozca, pero de inmediato se da cuenta de que es improbable que lo reconozca un mormón de Utah e intenta liberarse. Más allá, ella lo espera bajo una farola apagada. «I can’t. I’m sick», dice él e intenta continuar caminando, pero el mormón le aprieta un folleto en la mano y le dice: «May God forgive you for what you have done and what you will do».

14
Esa noche visitan a los padres de ella, que viven en una chabola arriba de un cerro. Los padres le sirven agua fría y tratan de interesarse por Lost John, pero John sólo ha preparado para la ocasión unas frases sueltas y al rato la conversación se termina. La madre y la hija salen al patio a recoger unas gallinas que tienen y Lost John y el padre se quedan mirando un partido de fútbol cuyas reglas él no entiende. Más tarde, al abandonar la casa, se les echan encima unos chavales. Al principio le piden algo de dinero y él niega con la cabeza y sonríe, pero luego uno de ellos saca una pistola y le dice algo que Lost John no entiende. Entonces ella reacciona y golpea al niño de la pistola y se la saca y la echa en unos pastizales. Algunos niños salen corriendo y otros van a buscar la pistola entre los pastizales y ellos dos continúan bajando el cerro seguidos solamente por dos perros negros que no tienen nada mejor que hacer. Ella le dice después de un rato que los chavales que intentaron asaltarlos eran sus hermanos.

15
«Eu desejo ser tua mulher, desejo ser a mãe de teus crianças», le dice ella. «Eu não posso ter crianças, eu estou enfermo», le responde él. «Fize muitas coisas más.» «Não importa, meu amor», le contesta ella. «Eu te amo», agrega. Él se desenvuelve bien en esas conversaciones porque se pasa las tardes mirando telenovelas brasileñas en su habitación del hotel, viendo cómo el dinero desaparece y pensando en las personas a las que ha contagiado –en realidad, pensando sólo en Alyssa Soul y en su padre militar y en lo que él le ha hecho– y preguntándose qué hacer.

16
A veces ella llora cuando está junto a él y le dice que lo que teme, que lo que más teme, es que esa historia de amor no se acabe, que se interrumpa cuando él se marche, si es que algún día se marcha, y no se acabe como debería acabarse, cuando los dos mueran y con ellos muera su memoria de lo que hicieron y de lo que amaron.

17
Un día, al ponerse una chaqueta, Lost John encuentra el folleto que le dieron los mormones. Allí dice que corresponde a algunos hombres el contribuir a la perdición del mundo así como a otros les corresponde ayudar a su salvación, ya que ambos tienen su sitio y son útiles a Dios como la siembra y la cosecha. Lost John se pregunta si lo que va a hacer contribuirá a la salvación del mundo o a su perdición, y se pregunta si él es el que siembra o el que siega. Esa tarde mete sus cosas en la maleta y deja el hotel. El taxista lo lleva hasta el pie del cerro y se niega a ir más allá. Lost John le paga con lo que le queda y salta rápidamente fuera del taxi, antes de que el taxista vea que el dinero no es suficiente. Mientras sube, ve acercarse a los hermanos de Luiza. Levanta las manos cómicamente, como si todos estuvieran jugando, y les entrega la maleta: al fin y al cabo sólo tiene en ella algo de ropa. Más allá, ve que Luiza deja lo que estaba haciendo y comienza a caminar hacia él. El niño de la pistola dice algo a sus espaldas que él no puede entender y Luiza levanta una mano en dirección a ellos.

Patricio Pron, La cosecha (La vida interior de las plantas de interior. Mondadori, 2013).

Patricio Pron

Cristina Fernández Cubas, La mujer de verde

La mujer de verde

—Lo siento —dice la chica—. Se ha confundido usted.
La he escuchado sin pestañear, asintiendo con la cabeza, como si la cosa más natural del mundo fuera ésta: confundirse. Porque no cabe ya otra explicación. Me he equivocado. Y por un momento repaso mentalmente la lista de pequeñas confusiones que haya podido cometer en mi vida sin encontrar ninguna que se le parezca. Pero no debo culparme. Me encuentro cansada, agobiada de trabajo y, para colmo, sin poder dormir. Esta misma mañana a punto he estado de telefonear a mi casero. ¿Cómo ha podido alquilar el piso de arriba a una familia tan ruidosa? Pero lo que importa ahora no son los vecinos ni tampoco el casero ni mi cansancio, sino el extraño espejismo que, por lo visto, he debido de sufrir hace apenas media hora. Una mezcla de turbación y certeza que me ha llevado a abandonar precipitadamente una zapatería, y correr por la calle tras una mujer a la que me he empeñado en llamar Dina. Y la mujer, sin prestarme atención, ha seguido indiferente su camino. Porque no era Dina. O por lo menos eso es lo que me está afirmando la verdadera Dina Dachs, sentada frente a su ordenada mesa de trabajo, con la misma sonrisa inocente con la que, hace apenas una semana, acogió la noticia de su incorporación a la empresa. «No», me dice. «No me he movido de aquí desde las nueve.» Y después, meneando comprensivamente la cabeza: «Lo siento. Se ha confundido usted».
Sí. Ahora comprendo que a la fuerza se trata de un error. Porque, aunque el parecido me siga resultando asombroso, la chica que tengo delante no es más que una muchacha educada, cortés, una secretaria eficiente. Y la mujer, la desconocida tras la que acabo de correr en la calle, mostraba en su rostro las huellas de toda una vida, el sufrimiento, una mirada enigmática y fría que ni siquiera alteró una sola vez, a pesar de mis llamadas, de los empujones de la gente, del bullicio de una avenida comercial en vísperas de fiestas. Y fue seguramente eso lo que me llamó la atención, lo que me había llevado a pensar que aquella mujer —Dina, creía— sufría un trastorno, una ausencia, una momentánea pérdida de identidad. Pero ahora sé que mi error es tan sólo un error a medias. Porque la desconocida, fuera quien fuera, necesitaba ayuda. Y vuelvo a mirar a Dina, su jersey de angora y el abrigo de paño colgado del perchero, y de nuevo recuerdo a la mujer. Vestida con un traje de seda verde en pleno mes de diciembre. Un traje de fiesta, escotado, liviano... Y un collar violeta. Indiferente al frío, al tráfico, a la gente. No digo nada más. La evidencia de que he confundido a aquella chica con una demente me hace sonreír. Y me encierro en mi despacho, dejo las compras sobre una silla y empiezo a revisar la correspondencia. Será un mes agotador, sólo un mes. Y luego Roma, Roma y Eduardo. Me siento feliz. Tengo todos los motivos del mundo para sentirme feliz.

Ninguno de los dos pares de zapatos se ajusta a mis medidas. Unos me quedan demasiado estrechos, me oprimen. Para soportarlos debo contraer los dedos en forma de pina. Con los otros me ocurre justamente lo contrario. Mis pies se encogen también en forma de pina, pero la finalidad es muy distinta. Hacerme con el timón de esas barcas que se resisten a ser conducidas, que se rebelan, escapan... Es ya muy tarde para pasar por casa, con lo cual, me digo, no tendré más remedio que escoger entre dos sufrimientos. Opto por el segundo, pero no lo hago a la ligera. Dentro de media hora debo asistir a una c ena de trabajo. Por eso he venido ya arreglada a la oficina y por eso también me he detenido antes en una zapatería. Una compra absurda, apresurada. Mañana devolveré los que me quedan estrechos. Porque ahora me doy cuenta de que no siento el menor apetito y dentro de media hora me veré obligada a comer. Conozco este martirio desde que me he convertido en una ejecutiva respetada. Un suplicio que no tiene nada que ver con su contrario —morirse de hambre y no poder saciarla— y del que suelo avergonzarme a menudo. Me decido, pues, por los zapatos deslizantes como góndolas (no podría explicarlo: me parecen más adecuados a lo que me espera) y aparezco así en el restaurante, a la hora en punto, arrastrando los pies y sin una pizca de apetito. La lectura del menú me produce náuseas. Es una sensación grosera, ridicula. Como groseros me parecen los diez comensales, hablando con un deje de complicidad de sus secretarias, con cierta respetuosa admiración de sus esposas, o ridículos los zapatos que hace rato he abandonado sobre la moqueta. Sólo espero que la cena acabe de una vez, que en algún momento de la noche se hable de Eduardo, de la última ocasión en que vieron a Eduardo, de lo bien que le van las cosas a Eduardo. Por fortuna no tardan en hacerlo. Me preguntan por la sucursal que la empresa acaba de abrir en Roma y yo, aunque al referirme a Eduardo diga «el jefe», siento un ligero alivio al poder pensar en él, pensar en voz alta, a pesar de que lo que digo no tenga, en realidad, nada que ver con lo que imagino. Pero ellos no pueden saberlo. Nadie, ni siquiera en la oficina, puede sospechar remotamente mi relación con Eduardo. Ni en la oficina ni, menos aún, en su casa, y a ratos me gusta decidir que tampoco el propio Eduardo tiene demasiado claras nuestras relaciones. No me importa lo que, de saberlo, pudiera decir su esposa, pero sí, y ésta es mi mejor arma, lo que pueda pensar Eduardo. Y Eduardo no piensa. No piensa en mí como en una amante, a pesar de que ésa es la palabra que mejor definiría nuestra situación, y no me conviene que piense en mí como en una amante. A Eduardo las palabras le dan miedo. Las palabras y su mujer. Por eso, por una vez en la vida, se ha atrevido a engañarla, sin tener tan siquiera que llegar a decirse: «La engaño». Para los comensales no soy más que la antigua compañera de estudios del jefe, su brazo derecho. Para su mujer también. Y así quiero que sigan creyéndolo. Además, tengo el papel bien aprendido. Cuando me preguntan quién se hará cargo de la oficina en Roma, me encojo de hombros. Eduardo está allí, seleccionando personal. Eduardo supervisará el trabajo durante el primer año, irá y volverá. Después, cuando encuentre a la persona adecuada, lo dejará en sus manos. Un italiano seguramente... Y pienso en un apartamento en el Trastevere. En una vida libre, sin horarios, sin familia, con su mujer a miles de kilómetros. Alguien me dice que me encuentra desganada, que apenas pruebo bocado, que «la mujer que no disfruta en la mesa...», y yo aprovecho para recordar de pronto una llamada importante. Una llamada de negocios, naturalmente. Busco con los pies los zapatos olvidados, aprieto los dedos como una pina y abandono la mesa. Pero no me dirijo al teléfono sino al baño. Me mojo la cara, me seco con una toalla de papel, y entonces, cuando me dispongo a retocar el maquillaje, la veo otra vez.
Cierto. Durante la cena apenas he comido y, en cambio, he bebido en abundancia. Pero, por un momento, unos segundos, ella ha estado allí. La he visto con toda nitidez. Su vestido verde, el collar violeta, la mirada fría y enigmática. No sé si ha abierto la puerta y, al verme, ha salido enseguida. No sé si estaba allí cuando yo he entrado. Todo ha sucedido con extrema rapidez. Yo secándome la cara con la toalla de papel, jugando mecánicamente con las posibilidades de un espejo de tres caras, comprobando mi peinado, mi perfil, y ella, una sombra verde, pasando como una exhalación por el espejo. Rectifico la posición de las lunas, las abro, las cierro y, atónita aún, logro aprisionarla por unos segundos. La mujer está allí. Detrás de mí, junto a mí, no lo sé muy bien. Me vuelvo enseguida, pero sólo acierto a sorprender el vaivén de la puerta. «Se ha escapado al verme», pienso. Y no puedo hacer otra cosa que recordar sus ojos. Una mirada fría, enigmática. Pero también, ahora me doy cuenta, una mirada de odio.

Dina Dachs es una chica como tantas otras. Me lo digo por la mañana, lo repito por la tarde. Por la noche me llevo a casa el fichero con los datos de las nuevas empleadas. Cinco en total. Todas con un curriculum semejante, la misma edad, idénticas expectativas de promoción en la empresa. Con una ligera ventaja a favor de Dina. Tres idiomas a la perfección, excelentes referencias, una notable habilidad a la hora de rellenar el cuestionario de la casa. Por eso fue la primera aspirante que seleccioné. Por eso, me explico asimismo ahora, recordaba tan bien su nombre el día en que corrí por la calle tras la mujer de verde. Aunque Dina Dachs es un nombre difícil de olvidar, tal vez porque no parece un auténtico nombre. Pienso en un pseudónimo, en un nombre artístico, en DINA DACHS anunciado en grandes caracteres en un teatro de variedades, en vedettes de revista... No sé ya en lo que pienso. El perpetuo trajín de los inquilinos de arriba me impide ordenar ideas. Mañana protestaré, hablaré con el casero o me mudaré de piso. Mañana, también, interrogaré sutilmente a Dina.

Llevo todo el día observándola, escrutándola, controlando sus llamadas telefónicas, sin que hasta ahora haya aparecido nada especial, nada que me incite a sospechar una doble vida, a explicar sus extrañas apariciones en la calle primero, en el restaurante después. Dina me dice que no sale por las noches. Lo dice muy tranquila, sin saber que en mi pregunta se encierra una trampa. No le importa permanecer en el despacho, hacer horas extras, poner al día el trabajo. En la ciudad no conoce a casi nadie. No tiene hermanos ni hermanas, ni siquiera padres. ¿No tiene hermanas? No, no tiene. Luego le pido que haga una reserva para esta noche en cierto restaurante del que, curiosamente, he olvidado el nombre. Le indico la calle, la situación exacta, el dato revelador de que las paredes están totalmente tapizadas de moqueta y los lavabos disponen de espejos de tres hojas. Dina no suele cenar en restaurantes pero, se le ocurre de pronto, puede consultar con alguna compañera. La dejo hacer y, discretamente, escucho tras la puerta. No parece que esté fingiendo. Después le dicto una carta, dos, tres. Son cartas improvisadas que nadie va a recibir y cuyo único objeto es estudiar a Dina, acorralarla, pescarla en una duda, un traspié. La chica se da cuenta de que lo que le estoy dictando es completamente absurdo. Se da cuenta también de que no dejo de observarla. En un momento, azorada, se baja instintivamente la falda y descruza la pierna. Con la excusa de que la habitación está llena de humo, abro la ventana. Hace frío afuera, un frío casi tan cortante como el silencio que acaba de establecerse entre Dina y yo. La situación se me hace embarazosa. Voy a volverme, decirle que se retire, que ya está bien por hoy, que se marche a su casa. Pero no logro pronunciar palabra. Por primera vez en mi vida he sentido el vértigo de un quinto piso. Porque ella está allí. Aunque no dé crédito a mis ojos, la mujer está allí, en la esquina de enfrente. Veo el traje verde, la mancha violeta, su figura indecisa destacándose entre el bullicio de la calle. Parece una mendiga. El tirante del vestido cae sobre uno de sus hombros. Está despeinada, encogida, se diría que de un momento a otro va a morirse de frío. Y tiene el brazo alzado, inmóvil. Su actitud, sin embargo, no es la de alguien que pida limosna. Salvo que esté loca. O ebria. O que la mano no apunte hacia nadie más que hacia mí. Aquí, en el quinto piso, asomada a la ventana de mi despacho.
—¿Algo más? —dice una voz cansada a mis espaldas.
Ruego a Dina que se acerque. Le hago sitio junto a la ventana e indico con el brazo el lugar exacto adonde debe mirar. «La mendiga», le digo. «Aquella mendiga.» Un autobús se detiene justo enfrente de la mujer de verde. Aguardo a que se ponga de nuevo en marcha. Su figura aparece con intermitencias tras los coches. «Fíjese bien. Allí, está allí. No, ya no. Espere...» Sin darme cuenta la he cogido por el hombro. Ella, contrariada, se aparta de la ventana.
—No veo absolutamente nada —dice.
Está molesta, irritada. Al salir hace lo que ninguna otra secretaria se hubiera atrevido a hacer. Cierra enérgicamente. Casi de un portazo.

No puedo hablar con nadie de lo que me preocupa. Eduardo sigue en Roma, con su mujer. Sé que se trata de un premio de consolación, de un acto sin consecuencias, una estratagema ingenua para asumir inminentes proyectos sin mala conciencia. Pero sé también que no debo llamarle. Su mujer estará con él. En el hotel, en la oficina, en todas partes. Tampoco puedo confiarme a cualquiera porque ignoro del todo los términos en los que podría confiarme a cualquiera. Por un momento pienso en Cesca, la empleada más antigua de la empresa. Cesca me quiere y me respeta. Pero a Cesca le gusta curiosear, meter las narices en los asuntos de los otros, comentar, charlar... Aunque, si mañana vuelve a aparecer la mujer de verde, ¿qué puede tener de alarmante que llame a Cesca y le haga un lugar en la ventana? «Mire a esa mujer. Hace días que ronda por aquí. Parece como si le ocurriera algo extraño.» Y que ella, Cesca, calándose las gafas, me asegure que se trata tan sólo de una mendiga, una de tantas pordioseras que llenan las calles por estas fechas, tal vez una loca, una borracha, una prostituta. Las tres cosas a un tiempo... Y que luego, aguzando la mirada, Cesca reconozca que le recuerda a alguien. No puede precisar quién, pero le recuerda a alguien... O que llame al conserje. Y que el conserje salga a la calle para cerciorarse. O quizá no haga falta. «Es una perturbada», puede decirme. «Una perturbada o una farsante. Siempre aparece por el barrio en navidades. La gente le da dinero porque le tiene miedo.» Pero yo no he visto a nadie que se detenga junto a ella y le dé dinero. La verdad es que, desde la altura del quinto piso, no he visto nada más que su presencia verde y un brazo alzado hacia mí, pidiéndome algo, avisándome de algo. Y también he visto a Dina. A mi lado, apoyada en el alféizar de la ventana mientras yo señalaba en dirección a la pordiosera. Me lo repito varias veces. La pordiosera abajo, en la calle; Dina a mi lado. Un dato tranquilizador que debería bastarme para hablar de puro azar, de coincidencia, de un parecido acusado. De la imposibilidad de que la misma mujer se encuentre en dos lugares a un tiempo. Pero está también su mirada. Apartando mi brazo de su hombro, enrojeciendo de fastidio, cerrando enérgicamente la puerta. Todo es cuestión de grados, pienso. Porque a la mirada de irritación de Dina Dachs le falta muy poco para convertirse en la de la mujer de verde. Una mirada fría, enigmática. Una mirada de odio.

Pero no puedo culparla. En los últimos días no hago más que llenarla de trabajo, darle órdenes y contraórdenes, convocarla a mi despacho o irrumpir en el suyo y cerciorarme de que sigue allí, parapetada tras una montaña de papeles, luchando con cuentas, documentos, informes. Me tranquiliza saberla ocupada, comprobar que tardará aún mucho en terminar con sus tareas del día, que posiblemente será la última en abandonar por la noche la oficina. Y yo, mientras, pienso en la mujer de verde. Espero la aparición de la mujer de verde, asomada a la ventana, con el teléfono en la mano, dispuesta a llamar a Cesca o al conserje. Pero no a Dina. Dina no es una chica como las otras. En tantas horas de observación he podido darme cuenta. Dina tiene orgullo, dignidad, y sólo Dios sabe hasta cuándo va a permitir el acoso al que la someto sin plantarme cara. Sé que estoy empezando a disgustarla seriamente y sé ahora también que Dina es mucho más agraciada de lo que me había parecido al principio. Una de esas mujeres discretas, serenas, que ganan con el trato, con las horas, con los días. Confino pues a Dina en su despacho y espero. Con los ojos pegados al cristal de la ventana, espero.
Ni al día siguiente ni al otro se produce la ansiada aparición. Todo el trabajo del que no puedo hacerme cargo se lo confío a Dina. Desde la ventana oigo el frenético tecleo del cuarto contiguo, pero ya no pienso en ella ni me preocupa lo que pueda opinar de mi comportamiento. Todos mis sentidos están pendientes de la posible aparición de la mujer de verde. Tal vez, me digo, esa pobre amnésica ha recuperado la memoria. O se ha muerto de frío. O las patrullas urbanas han terminado por recogerla. Me siento en la butaca y me dispongo a llamar a Cesca.
«No me encuentro bien», voy a decirle. «Hágase cargo de todo hasta mañana.» Pero no llego a marcar el número. De pronto he sentido frío. Un frío húmedo y penetrante a mis espaldas que me hace reaccionar, darme cuenta de que realmente me siento enferma y que en el mes de diciembre es una auténtica locura mantener la ventana abierta. Una ráfaga de viento pone en danza el montón de papeles a los que hace días no presto la menor atención y que tampoco me van a desviar ahora de mi cometido. Me vuelvo apresuradamente, aunque sospecho ya que aquel frío repentino poco tiene que ver con las inclemencias de la estación o con el estado de mis nervios. Allí abajo está la mujer. En la esquina de enfrente. Parece resuelta, decidida, dispuesta a cruzar la calle en dirección hacia donde me encuentro. Sortea los coches como por milagro. Con el brazo alzado, siempre hacia mí. El deterioro es patético. Los restos del traje verde dejan su pecho al descubierto y, repentinamente, su forma de andar se convierte en tambaleante, insegura, grotesca. ¿Qué es lo que me pudo conducir a pensar que ese fantoche se parecía a Dina? Intento fijarme mejor, me inclino aún más sobre el alféizar, distingo una mancha verde en uno de los pies, sólo en uno, y enseguida comprendo su ocasional cojera. El otro zapato ha quedado olvidado en el bordillo de la acera. Pero nadie lo recoge, nadie lo aparta de un puntapié, nadie tropieza, nadie, en fin, se compadece de esa pobre desgraciada y la conduce a un asilo. La vida en las ciudades es inhu-mana, cruel, despiadada... Aterida de frío cierro la ventana y marco el número de Cesca. «Estoy muy cansada. Hágase cargo de todo hasta mañana, por favor.» Y me voy a casa, acudo a un somnífero y, por una vez, ni los vecinos del piso de arriba pueden impedir mi sueño.

Todos los veintitrés de diciembre el mismo rito. «Me siento muy cansada, Cesca. Mañana no apareceré por la oficina.» Y cada veinticuatro las mismas correrías, la misma búsqueda, el mismo deambular por comercios y grandes almacenes con la lista completa de los empleados en la mano. Es una costumbre de la empresa. Una ceremonia infantil cuyo primer eslabón está en Cesca, en su fingida alarma ante mi supuesto malestar, en el guiño de ojos que adivino desde el otro lado del teléfono, en el «¿Qué será esta vez?» que voy detectando en todo aquel con quien me cruzo en cuanto abandono el despacho, me pongo el abrigo y dejo que el conserje me abra la puerta. El día veintisiete, en su mesa, encontrarán un regalo. Un detalle personal, un acierto inesperado tras el que se encuentran mis buenos oficios, pero que todos sin excepción agradecerán a Eduardo, como si supieran que en este juego de niños el más ilusionado es siempre él, aunque se encuentre, como ahora, a miles de kilómetros o ignore, como de costumbre, cuáles son sus gustos, sus necesidades, sus aficiones. Recuerdo las gafas de Cesca, eternamente esquivas, dispuestas a esconderse en cualquier rincón, a desplazarse a los lugares más inverosímiles, y le compro una cadena de plata. Le siguen el portero, el conserje, la mujer de la limpieza, el chico de los recados, el jefe de personal, las nuevas administrativas... De pronto me doy cuenta de que apenas si sé ilgo de ellas, pendiente como he estado de tan sólo una de ellas. Y pienso en Dina. Me pregunto si tal vez merecería un regalo mejor. Un detalle añadido para hacerme perdonar mis abusos, el acoso al que la he tenido sometida, el trato apremiante, injusto. Aunque ¿no conseguiría con esto confundirla todavía más? Decido que las funciones de las cinco chicas en la oficina son muy parecidas y todas van a recibir un obsequio similar. Entro en perfumerías, almacenes, tiendas de discos. En el bolso llevo las tarjetas con la firma de Eduardo y los nombres de los empleados, lis mejor colocarlas ya ahora, a medida que voy comprando, para que no haya lugar a confusión alguna y dentro de dos días todos puedan admirarse, sorprenderse, agradecer la atención a Eduardo como si fuera la primera vez. Como cada año.
El frío de esta tarde de diciembre es intenso pero a mí siempre me ha gustado el frío de las tardes de diciembre. A pesar de la fecha, a pesar de la luminosidad de los comercios, de los cantos navideños o de la profusión de los árboles adornados, no hay demasiada gente en las calles. Puedo así pasear, contemplar los escaparates con cierta tranquilidad, con el mismo ánimo sereno con el que me he levantado esta mañana. Pildoras para dormir. Ahí estaba el remedio. Un sueño artificial que me ha repuesto de tantos días de agitación y cansancio. Ahora empiezo a ver las cosas de otra manera. Eduardo se excedió al dejarme por tres semanas al mando de la oficina. No estoy capacitada ni poseo el temple necesario. Mis nervios estaban destrozados, quién sabe qué desatinos hubiese podido cometer. Pero ahora estoy contenta. Por primera vez en tantos días me siento alegre y me sorprendo coreando un villancico que escupe un altavoz cualquiera de un comercio cualquiera. Debo de parecer loca. Me pongo a reír. Y entonces, con la recurrencia de una pesadilla, la veo otra vez.
No tengo miedo ya ni me siento cansada. Tan sólo harta, completamente harta. Voy a seguirla, a mirarla de cerca, a convencerme de que no es más que una desarrapada, a preguntarle si necesita ayuda. Ella abandona ahora la avenida luminosa y se interna por un pasaje oscuro. Casi la alcanzo de una corrida, luego me detengo, guardo prudentemente las distancias y observo sus pasos. Camina descalza, deslizándose como un gato por el empedrado. Su cabello parece una maraña de grillos. Su vestido está hecho jirones. Ya no la llamo por su nombre porque ignoro cuál es su nombre. De repente se detiene en seco, como si me aguardara. A pesar de la oscuridad caigo en la cuenta de que no estamos en un pasaje como había creído, sino en un callejón sin salida. Pero es demasiado tarde para retroceder. La inercia de mi carrera me ha hecho rozar su espalda. «Oiga», le digo. «Un momento, por favor. Escuche.» Y entonces, mientras me descubro perpleja con un trozo de seda verde en la mano, un tejido apolillado que se pulveriza al contacto con mis dedos, ella se vuelve y sonríe. Pero no es una sonrisa, sino una mueca. Un rictus terrible. Y sobre todo un aliento. Una fetidez que me envuelve, me marea, me nubla los sentidos. Cuando recupero el conocimiento estoy sola, apoyada contra un muro, con los paquetes de las compras desparramados por el suelo. No me sorprende que estén todavía allí. Los recojo uno a uno. Con cuidado, casi con cariño. Ahora ya sé quién es esa mujer. Y vuelvo a pensar en Dina. Pobre Dina Dachs. Encerrada en su despacho, regresando a su piso, paseando por la calle. Porque Dina, se encuentre donde se encuentre en estos momentos, ignora todavía que está muerta desde hace mucho tiempo.

O tal vez pueda aún impedirlo. Me olvido de los dictados de la razón, esa razón que se ha revelado inútil y escucho por primera vez en mi vida una voz que surge de algún lugar de mí misma. Dina, aunque tal vez no haya muerto aún, está muerta. La mujer de verde es Dina muerta. He asistido a su proceso de descomposición, a sus apariciones imposibles en calles concurridas, en lunas de espejos, en callejones sin salida. Pienso en espejismos de una playa cálida. Acaso no haya ocurrido aún, pero va a ocurrir. Y a mí, por inexpugnables designios del destino, me ha correspondido ser testigo de tan extrañas secuencias. No me parece aventurado concluir que sólo yo puedo hacer algo. Y no me siento asustada. Es extraño, pero no me siento asustada, sino resuelta. Hago pues lo que suelo hacer cada veinticuatro de diciembre. Dejar los regalos para el personal en la garita del portero, comprobar que no se ha desprendido ninguna tarjeta, recordarle la disposición exacta para dentro de dos días. El portero, como siempre, me indica que no me preocupe, se despide de mí, hace como si no supiera que uno de los paquetes le está destinado, cierra la garita y se marcha a su casa. Pero yo no me he ido. Es cierto que he salido a la calle y he avanzado unos pasos. Pero en el quinto piso del edificio hay luz y yo sé quién está allí, tecleando en la máquina, ordenando ficheros, cumpliendo con esas horas extraordinarias a las que le han obligado mi ignorancia y mi confusión. Abro con mi llave y llamo al ascensor. Al llegar al quinto rellano dudo un instante. Pero no toco el timbre. Todas las luces están apagadas salvo las de un despacho. He entrado con sigilo, con cautela, porque por nada del mundo desearía asustarla. Por eso golpeo con los nudillos y espero.
—¿Usted? —pregunta Dina. Pero en realidad está pensando: «Usted. Usted otra vez».
Dina lleva puesto el abrigo y sobre su mesa aparecen montañas de papeles, de cartas, de fichas, de carpetas. «Iba a irme ya», añade. Abre el bolso, introduce un par de cartas, lo cierra con energía y después, como yo sigo inmóvil junto a la puerta: «Le recuerdo que hoy es Nochebuena».
Hago acopio de todas mis fuerzas y le suplico que aguarde un instante. Que se siente. Que me conceda unos minutos para lo que tengo que decirle. Dina me obedece de mala gana. Con un suspiro de fastidio, de cansancio, de asco. Sus dedos repiquetean sobre el tablero de la mesa.
—Dentro de un cuarto de hora me esperan al otro lado de la ciudad. Le ruego que sea breve.
No me molesta su altanería. Nada de lo que haga o diga la pobre Dina puede contrariarme ya. Sin embargo no encuentro las palabras. ¿Cómo explicarle que no vale la pena que se apresure? ¿Cómo hacerle entender que el tiempo, a veces, no se rige por los cómputos habituales? Quizá todo sea un engaño. Vemos las cosas como nos han enseñado a verlas. Su mesa de trabajo, por ejemplo... ¿Podemos estar seguros de que es una mesa, con cuatro patas y un tablero? ¿Quién podría afirmar que dentro de un cuarto de hora estará ella al otro lado de la ciudad? ¿Qué son quince minutos sino una convención? Una forma de medir, encasillar, sujetar o dominar lo que se nos escapa, lo que no comprendemos. Un ardid para tranquilizarnos, para no formularnos demasiadas preguntas...
—Le agradecería —interrumpe con visible fastidio— que intente ser más concreta, por favor.
Pero no puedo. Le digo que acabo de verla en la calle. «¿Otra vez?» Ahora me dirige una media sonrisa burlona. «¿No será que está usted realmente obsesionada?» De un momento a otro estallará, me obligará a abandonar su despacho, amenazará con llamar a la policía. Por eso debo darme prisa. Sí, la he visto. Hoy y también ayer, y el otro día en el restaurante, y la primera vez en una calle populosa. Al principio pensé que tenía algo contra mí, que me perseguía, que me buscaba... Después, que no era ella, sino alguien que se le parecía de forma asombrosa...
—¿Y al final?
Dina me mira al borde de su paciencia. Insisto en que aguarde unos segundos más. Me saco un guante. Me lo vuelvo a poner. De nuevo las palabras fallan. No sé cómo avisarla. No sé cómo decirle que el proceso es irreversible. Que hace apenas una hora, en el callejón, he visto la mueca de la muerte en su boca sin labios, en su fetidez, en su carne descompuesta. Sólo acierto a balbucear:
—Tenga mucho cuidado, por favor. A lo mejor aún podemos evitarlo. O retrasarlo... Retrasarlo al máximo.
Dina acaba de ponerse en pie.
—Lo siento. Todo lo que me está contando es muy interesante. Pero ahora debo irme. Tal vez no tenga usted planes para esta noche, pero yo sí.
Dina me detesta. Me aborrece o me toma por loca. No puedo hacer nada más que dejar que las cosas sigan su curso. Me levanto también, convencida de la inutilidad de cualquier explicación, de cualquier advertencia. Me siento pequeña, insignificante y al tiempo pretenciosa, soberbia. He querido cambiar las páginas del destino, pero el destino de esta pobre chica está trazado.
—¿Por qué me mira así, si puede saberse?
Dina está indignada, erguida frente a mí, con el bolso colgado al hombro y las llaves de la oficina tintineando en una de sus manos. Tal vez me haya equivocado. Pero al colgarse el bolso con gesto enérgico el abrigo de paño se ha entreabierto unos segundos y he visto lo que por nada del mundo hubiera deseado ver.
—Lleva usted un traje verde. Un traje verde de seda. Los ojos de Dina Dachs lanzan llamas. —Le advierto que su posición en la casa no le da derecho a... Ya no sé lo que dice. Hay algo en su voz, en su tono, que no admite réplica.
—Deje ya de observarme, de seguirme a todas horas, de mortificarme con su presencia... No se crea que no me he dado cuenta.
Ahora habla atropellada, compulsivamente.
—Si pretende algo de mí no va a conseguirlo, y si se interesa por mi vestuario, aquí lo tiene. Un traje de seda verde. Recién comprado. Espero que lo apruebe.
Dina se ha quitado enérgicamente el abrigo. Ahora es la misma mujer con la que me encuentro continuamente en los últimos días. Sólo le falta un detalle: un pequeño accesorio que debe de tener guardado en algún lugar. La imagino en el ascensor colocándose el collar ante el espejo. En el taxi. En el baño de la oficina.
—El bolso —le digo—. Déjeme ver su bolso.
Ahora, por primera vez, parece asustada. Intento lo imposible. Convencerla de que no debe salir vestida así a la calle. Que todo lo que estoy haciendo es por su bien. Pero las palabras no sirven, ahora, más que nunca, sé que no sirven. Ignoro si enloquezco u obedezco la voz del destino. Porque la zarandeo. Y ella se resiste. Aferrada a su bolso se resiste e intenta hacerse con un cortaplumas. Está asustada, no atiende a razones. Por eso yo, firmemente decidida, no tengo más remedio que inmovilizarla, revelarle la terrible verdad, decirle gimiendo: «Está usted muerta. ¿No lo comprende aún? ¡Está muerta!». Pero Dina no ofrece ya resistencia. Sus ojos me miran redondeados por el espanto y su cuerpo se desliza junto al mío hasta caer al suelo, impotente, aterrorizada. No tengo tiempo que perder y le arrebato el bolso. Busco con ansiedad un estuche, un paquete, el collar sin el cual es posible que nada de lo previsto suceda. Sólo encuentro papeles. Papeles que no me importan, que paso por alto, que arrojo lejos de mí. Papeles de los que, sin embargo, dos días después, conoceré, al igual que el resto de la oficina, su contenido exacto.
Y entonces Cesca cabeceará con tristeza. Y oiré rumores, pasos, sentiré frío. La factura de la luz, un bloc de notas, una carta... Querido Eduardo... Palabras que recuerdo bien porque son de Dina. No deja de observarme, de seguirme a todas horas, de mortificarme con su presencia... Y otras que reconozco aún más porque son mías, aunque la carta lleve la firma de Dina Dachs y yo no me haya atrevido jamás a formularlas por escrito. Pienso en el Trastevere. En nuestro piso en el Trastevere, en los días que faltan para que nos encontremos en Roma... Recuerdos que no recuerdo. Nunca olvidaré la primera noche, en el
hotel frente al mar... Frases absurdas, ridiculas, obscenas. Promesas de amor entremezcladas con ruidos de pasos, llaves, puertas que se abren, que se cierran, los vecinos del piso de arriba arrastrando muebles, un hombre con bata blanca diciéndome: «Está usted agotada. Serénese». Y, sobre todo, Cesca. La mirada compasiva de Cesca.
Pero esto no ocurrirá hasta dentro de dos días. Ahora estoy de rodillas, resuelta a evitar lo inevitable, con el bolso vacío en la mano y rodeada de papeles que no tengo el menor interés en leer, que aparto con rabia de un manotazo. Recuerdo: «Un cuarto de hora, al otro lado de la ciudad». Y entonces se me hace la luz. Es como si estuviera allí, en una fiesta, una reunión, las doce de la noche y el intercambio de regalos. Pero Dina no llegará a aceptar el obsequio fatídico. He logrado asustarla, prevenirla. «Lo he impedido», digo. Y miro mis manos enguantadas. Aún temblorosas, aún poseídas por una fuerza de la que nunca me hubiera creído capaz. Y luego a Dina, en el suelo, con los mismos ojos desorbitados por el terror, por el espanto, por lo que ella ha debido de creer la visión de la locura. Pero Dina está inmóvil. Vestida de verde. Traje verde, zapatos verdes... Y sólo ahora, incorporándome despacio, observo un cerco amoratado en torno a su garganta y comprendo con frialdad que no le falta nada. «Todavía es pronto», digo en voz alta a pesar de que nadie pueda escucharme. «Pero mañana, pasado mañana, será un collar violeta».

Cristina Fernández Cubas, La mujer de verde (Con Agatha en Estambul, Tusquets, 1994).

Cristina Fernández Cubas