Victor Balcells, Homenaje a Ionesco

Homenaje a Ionesco
Mi abuelo tenía, del lado materno, un sobrino que había sido diplomático en el Congo. Allí estuvo casado con una indígena que transportaba agua, cuyos hijos fueron mestizos colonos en el cuerno de África, junto a su tío, que fue secuestrado por un conjunto de piratas del Océano Índico, y cuya mujer se había divorciado de él trágicamente en la plaza roja de Moscú, no sin antes engendrar a un niño con poderes ajedrecísticos que fue campeón mundial, y cuyo abuelo ya había sido campeón mundial, pero de oratoria, al vencer a su tía, una gorda con amplias cuerdas vocales, cuya nieta hablaba al revés, de modo que sus hermanos no entendían nada, pero sí sus doce primos, unos especialistas en matemática, en Galois, en concreto, muerto en un duelo por un lío de faldas; su padre (el de sus primos) fue atropellado por un coche, curiosamente pilotado por su mujer; luego, al llamar a su suegro para confesar el delito, ella se quedó callada; pero su suegro sabía entender los silencios, su padre había sido monje de clausura y había callado toda la vida, incluso al engendrar a su hijo; y más tarde la apostasía le fue concedida por su cuñado, el Obispo de Canterbury entonces, cuyo nieto se casó tres veces seguidas por defunción de sus dos primeras mujeres, y cuya tercera mujer, una estudiante de la universidad de Salamanca...
Conocí a esa tercera mujer, si no me equivoco. Hablaba con las columnas dóricas de la facultad.
No era la misma.
Victor Balcells, Homenaje a Ionesco (Fuente: http://www.enriquevilamatas.com/escritores/escrbalcellsmv1.html).

Victor Balcells




Adolfo Bioy Casares, El calamar opta por su tinta

El calamar opta por su tinta

Más ocurrió en este pueblo en los últimos días que en el resto de su historia. Para medir como corresponde mi palabra recuerden ustedes que hablo de uno de los pueblos viejos de la provincia, de uno en cuya vida abundan los hechos notables: la fundación, en pleno siglo XIX; algo después el cólera –un brote que felizmente no llegó a mayores- y el peligro del malón, 
que si bien no se concretaría nunca, mantuvo a la gente en jaque a lo largo de un lustro en que partidos limítrofes conocieron la tribulación por el indio. Dejando atrás la época heroica, pasaré por alto tantas otras visitas de gobernadores, diputados, candidatos de toda laya, amén 
de cómicos y uno o dos gigantes del deporte. Para morderme la cola concluiré esta breve lista con la fiesta del Centenario de la Fundación, genuino torneo de oratoria y homenajes. 
Como he de comunicar un hecho de primer orden, presento mis credenciales al lector. De espíritu amplio e ideas avanzadas, devoro cuanto libro atrapo en la librería de mi amigo el gallego Villarroel, desde el doctor Jung hasta Hugo, Walter Scott y Goldoni, sin olvidar el último tomito de Escenas matritenses. Mi meta es la cultura, pero bordeo los “malditos treinta años” y de veras temo que me quede por aprender más de lo que sé. En resumen, procuro seguir el movimiento e inculcar las luces entre los vecinos, todos bellas personas, platita labrada, eso sí muy afectos a la siesta que hereditariamente acunan desde la edad media y el oscurantismo. Soy docente –maestro de escuela- y periodista. Ejerzo la cátedra de la péndola en modestos órganos locales, ora factotum de El Mirasol (título mal elegido, que provoca pullas y atrae una enormidad de correspondencia errónea, pues nos tomas por tribuna cerealista), ora de Nueva Patria. 
El tema de esta crónica ofrece una particularidad que no quiero omitir: no sólo ocurrió el hecho en mi pueblo; ocurrió en la manzana donde transcurre mi vida entera, donde se halla mi hogar, mi escuelita –segundo hogar- y el bar de un hotel frente a la estación, al cual acudimos noche a noche, en altas horas, el núcleo con inquietud de la juventud lugareña. El epicentro del fenómeno, el foco si prefieren, fue el corralón de Juan Camargo, cuyos fondos lindan por el costado este con el hotel y por el norte con el patio de casa. Un par de circunstancias, que no cualquiera vincularía, lo anunciaron: me refiero al pedido de los libros y al retiro del molinete de riego. 
Las Margaritas, el petit-hôtel particular de don Juan, verdadero chalet provisto de florido jardín a la calle, ocupa la mitad del frente y apenas parte del fondo del terreno del corralón, donde se amontonan incalculables materiales, como reliquias de buques en el fondo del mar. En cuanto al molinete, giró siempre en el apuntado jardín, al extremo de configurar una de las más viejas tradiciones y una de las más interesantes peculiaridades de nuestro pueblo. 
Un día domingo, a principios de mes, misteriosamente el molinete faltó. Como al cabo de la semana no había reaparecido, el jardín perdió color y brillo. Mientras muchos miraron sin ver, hubo uno a quien la curiosidad embargó desde el primer momento. Ese uno infestó a otros, y a la noche, en el bar, frente a la estación, la muchachada bullía de preguntas y comentarios. De tal modo, al calor de una comezón ingenua, natural, destapamos algo que tenia poco de natural y resultó una sorpresa. 
Bien sabíamos que don Juan no era hombre de cortar el agua del jardín, por descuido, un verano seco. Por de pronto lo reputamos pilar del pueblo. Con fidelidad la estampa retrata el carácter de nuestro cincuentón: elevada estatura, porte corpulento, cabello cano peinado en dóciles mitades, cuyas ondas dibujan arcos paralelos a los del bigote y a los inferiores de la cadena del reloj. Otro detalles revelan al caballero chapado a la antigua: breeches, polainas de cuero, botín. En su vida, regida por la moderación y el orden, nadie, que yo recuerde, computó una debilidad, llámela borrachera, mujerzuela o traspié político. En un ayer que de buen grado olvidaríamos -¿quién de nosotros, en materia de infamia, no arrojó su canita al aire?- don Juan se mantuvo limpio. Por algo le reconocieron autoridad los mismos interventores de la Cooperativa, etcétera, gente muy poco espectable, francamente pelandrunes. Por algo en años ingratos aquel bigotazo constituyó el manubrio del que la familia sana del pueblo se mantuvo colgada. 
Obligatorio es reconocer que este varón señero milita ideas de viejo cuño y que nuestras filas, de suyo idealistas, hasta ahora no produjeron prohombres de temple comparable. En un país nuevo, las ideas nuevas carecen de tradición. Ya se sabe, sin tradición no hay estabilidad. 
Por arriba de esta figura, nuestra jerarquía ad usum no pone a nadie, salvo a doña Remedios, madre y consejera única de tan abultado hijo. Entre nosotros, no sólo porque manu militari arregla cuanto conflicto le someten o no, la llamamos Remedio Heroico. Aunque burlesco, el mote es cariñoso. 
Para completar el cuadro de quienes viven en el chalet, ya no falta sino un apéndice indudablemente menor, el ahijado, don Tadeíto, alumno del turno de la noche de mi escuela. Como doña Remedios y don Juan no toleran casi nunca extraños en la casa, ni en calidad de colaboradores ni de invitados, el muchacho reúne sobre la testa los títulos de peón y dependiente del corralón y de sirvientillo de Las Margaritas. Agreguen a lo anterior que el pobre diablo acude regularmente a mis clases y comprenderán por qué respondo con cajas destempladas a cuantos, por pifia y maldad pura, le endosan el sonsonete de un apodo. Que olímpicamente lo rechazaran del servicio militar me tiene sin cuidado, porque de envidioso no peco. 
El domingo en cuestión, a una hora que se me extravió entre las dos y las cuatro de la tarde, llamaron a mi puerta, con el deliberado afán, a juzgar por los golpes, de voltearla. Tambaleando me incorporé, murmuré: “No es otro”, proferí palabras que no están bien en boca de un maestro y como si esta no fuera época de visitas desagradables abrí, seguro de encontrar a don Tadeíto. Tuve razón. Ahí sonreía el alumno, con la cara tan flacucha que ni siquiera servía de pantalla contra el sol, de lleno en mis ojos. A lo que entendí solicitaba a boca de jarro y con esa voz que de pronto se ahuyenta, textos de primer grado, segundo y tercero. Irritadamente inquirí: 
-¿Podrías informar para qué? 
-Pide padrino –contestó. 
En el acto entregué los libros y olvidé el episodio como si fuera parte de un sueño. 
Horas después, cuando me dirigía a la estación y alargaba el camino con una vuelta para matar el tiempo, advertí en Las Margaritas la falta del molinete. La comenté en el andén, mientras esperábamos el expreso de Plaza de las 19.30 que llegó a las 20.54, y la comenté a la noche, en el bar. No me referí al pedido de textos, ni menos aún vinculé un hecho con otro, porque al primero, ya dije, lo registré apenas en la memoria. 
Supuse que tras un día tan movido retomaríamos el tranco habitual. El lunes, a la hora de la siesta, alborozadamente me dije: “Esta va de veras”, pero todavía cosquilleaba el fleco del poncho la nariz, cuando empezó el estruendo. Murmurando: “Y hoy qué le ha dado. Si lo pesco a las patadas en la puerta pagará lágrimas de sangre”, enfilé las alpargatas y me encaminé al zaguán. 
-¿Ya es una costumbre interrumpir a tu maestro? –espeté al recibir de vuelta la pila de libros. 
La sorpresa me confundió enteramente, porque oí por toda conversación: 
-Pide padrino los de tercero, cuarto y quinto. Logré articular: 
-¿Para qué? 
-Pide padrino –explicó don Tadeíto. 
Entregué los libros y volví al lecho, en pos del sueño. Admito que dormí, pero lo hice, ruego que me crean, en el aire. 
Luego, camino de la estación, comprobé que el molinete no había retomado su puesto y que el tono amarillo se difundía en el jardín. Conjeturé, por lógica, despropósitos y en pleno andén, mientras el físico se lucía ante frívolas bandadas de señoritas, la mente aún trabajaba en la interpretación del misterio. 
Mirando la luna, enorme allá por el cielo, uno de nosotros, creo que Di Pinto, entregado siempre a la quimera romántica de quedar como hombre de campo (¡por favor, ante los amigos de toda la vida!), comentó: 
-La luna se hizo de seca. No atribuyamos, pues, a un pronóstico de lluvia el retiro de un artefacto. ¡Su móvil habrá tenido nuestro don Juan! 
Badaracco, mozo despierto, que presenta un lunar, porque en otra época, aparte del sueldo bancario, cobraba un tanto por delación, me preguntó: 
-¿Por qué no apestillas al respecto al taradito? 
-¿A quién? –interrogué por decoro. 
-A tu alumno – respondió. 
Aprobé el temperamento y lo apliqué esa misma noche, después de clase. Traté de marear primero a don Tadeíto con la perogrullada de que la lluvia entona al vegetal, para atacar por fin a fondo. El diálogo fue como sigue: 
-¿Se descompaginó el molinete? 
-No 
-No lo veo en el jardín. 
-¿Cómo lo va a ver? 
-¿Por qué cómo lo voy a ver? 
-Porque está regando el depósito. 
Aclaro que entre nosotros llamamos depósito a la última barraca del corralón, donde don Juan amontona los materiales de poca venta, por ejemplo, estrafalarias estufas y estatuas, monolitos y malacates. 
Urgido por el deseo de notificar a los muchachos de la novedad sobre el molinete, ya despachaba a mi alumno sin interrogarlo sobre el otro punto. Recordar y chillar fue todo uno. Desde el zaguán don Tadeíto me miró con ojos de oveja. 
-¿Qué hace don Juan con los textos? –grité. 
-Y... –gritó de vuelta- los deposita en el depósito. 
Alelado corrí al hotel, ante mis comunicaciones, tal como lo preví, cundió la perplejidad entre la juventud. Todos formulamos alguna opinión, pues el buen callar en aquel momento era un bochorno, y por fortuna nadie prestó oídos a nadie. O quizá prestara oídos el patrón, el enorme don Pomponio del vientre hidrópico, a quien los del grupo a gatas distinguimos de las columnas, mesas y vajilla, porque la soberbia del intelecto nos ofusca. La voz de bronce, apagada por ríos de ginebra, de don Pomponio, llamó al orden. Siete caras miraron para arriba y catorce ojos quedaron pendientes de una sola cara roja y brillante, que se partía en la boca, para inquirir: 
-¿Por qué no se dan traslado en comitiva y piden explicación a don Juan en persona? 
El sarcasmo despabiló a uno, de apellido Aldini, que estudia por correspondencia y lleva corbata blanca. Enarcando cejas me dijo: 
-¿Por qué no ordenas a tu alumno que espíe las conversaciones entre doña Remedios y don Juan? Después le aplicas la picana. 
-¿Qué picana? 
-Tu autoridad de maestro ciruela –aclaró con odio. 
-¿Don Tadeíto tiene memoria? –preguntó Badaracco. 
-Tiene –afirmé-. Lo que entra en su caletre, por un rato queda fotografiado. 
-Don Juan –continuó Aldini- para todo se aconseja de doña Remedios. 
-Ante un testigo como el ahijado –declaró Di Pinto- hablarán con entera libertad. 
-Si hay misterio, saldrá a relucir –vaticinó Toledo. Chazarreta, que trabajaba de ayudante en la feria, gruñó: 
-Si no hay misterio ¿qué hay? 
Como el diálogo se desencaminaba, Badaracco, famoso por la ecuanimidad, contuvo a los polemistas. 
-Muchachos –los reconvino-, no están en edad de malgastar energías. Para tener la última palabra, Toledo repitió: 
-Si hay misterio, saldrá a relucir. 
Salió a relucir, pero no sin que antes giraran días enteros. 
A la otra siesta, cuando me hundía en el sueño, resonaron, cómo no, los golpes. A juzgar por las palpitaciones, resonaron a un tiempo en la puerta y en mi corazón. Don Tadeíto traía los libros de la víspera y reclamaba los de primer año, segundo y tercero, del ciclo secundario. Porque el texto superior escapa a mi órbita, hubo que comparecer en el negocio de librería de Villarroel, a vivo golpe en la puerta despertar al gallego y aplacarlo posteriormente con la satisfacción de que don Juan reclamaba los libros. Como era de temer, el gallego preguntó: 
-¿Qué mosca picó al tío ese? En la perra vida compró un libro y a la vejez viruela. Va de suyo que el muy chulo los pide en préstamo. 
-No lo tome a la tremenda, gallego –le razoné con palmaditas-. Por lo amargado parece criollo. 
Referí los pedidos previos de textos primarios y mantuve la más estricta reserva en cuanto al molinete, de cuya desaparición, según él mismo me dio a entender, estaba perfectamente compenetrado. Con los libracos debajo del brazo, agregué: 
-A la noche nos reunimos en el bar del hotel para debatir todo esto. Si quiere aportar su grano de arena, allá nos encuentra. 
En el trayecto de ida y vuelta no vimos un alma, salvo al perro barcino del carnicero, que debía de estar de nuevo empachado, porque en sus cabales ni el más humilde irracional se expone a la resolana de las dos de la tarde. 
Adoctriné al discípulo para que me reportara verbatim de las conversaciones entre don Juan y doña Remedios. Por algo afirman que en el pecado está el castigo. Esa misma noche emprendí una tortura que, en mi gula de curioso, no había previsto: escuchar aquellos coloquios puntualmente comunicados, interminables y de lo más insulsos. De cuando en cuando llegó a la punta de mi lengua alguna ironía cruel sobre que me tenían sin cuidado las 
opiniones de doña Remedios acerca de la última partida de jabón amarillo y la franeleta para el reuma de don Juan; pero me refrené, pues ¿cómo delegar en el criterio del mozo la estimación de lo que era importante o no? 
Por descontado que al otro día me interrumpió la siesta con los libros en devolución para Villarroel. Ahí se produjo la primera novedad: don Juan, dijo don Tadeíto, ya no quería textos; quería diarios viejos, que él debía procurar al kilo, en la mercería, la carnicería y la panadería. A su debido tiempo me enteré de que los diarios, como antes los libros, iban a parar al depósito. 
Después hubo un período en que no ocurrió nada. El alma no tiene arreglo: eché de menos los mismos golpes que antes me arrancaban de la siesta. Quería que pasara algo, bueno o malo. Habituado a la vida intensa, ya no me resignaba a la pachorra. Por fin una noche el alumno, tras un prolijo inventario de los efectos de la sal y otras materias nutritivas en el organismo de doña Remedios, sin la más leve alteración de tono que preparara para un cambio de tema, recitó: 
-Padrino dijo a doña Remedios que tienen una visita viviendo en el depósito y que por poco no se la lleva por delante los otros días, porque miraba a una especie de columpio de parque de diversiones al que no había dado entrada en los libros y que él no perdió el aplomo aunque el estado de la misma daba lástima y le recordaba un bagre boqueando fuera de la laguna. Dijo que atinó a traer un balde lleno de agua, porque sin pensarlo comprendió que le pedían agua y él no iba a permitir cruzado de brazos que un semejante muriera. No obtuvo resultado apreciable y prefirió acercar un bebedero a tocar la visita. Llenó el bebedero a baldazos y no obtuvo resultado apreciable. De pronto se acordó del molinete y como el médico de cabecera que prueba, dijo, a tientas los remedios para salvar a un moribundo, corrió a buscar el molinete y lo conectó. A ojos vista el resultado fue apreciable porque el moribundo revivió como si le cayera de lo más bien respirar el aire mojado. Padrino dijo que perdió un rato con su visita, porque le preguntó como pudo si necesitaba algo y que la visita era francamente avispada y al cabo de un cuartito de hora ya picoteaba por acá y por allá alguna palabra en castilla y le pedía los rudimentos para instruirse. Padrino dijo que mandó al ahijado a pedir los textos de los primeros grados al maestro. Como la visita era francamente avispada aprendió todos los grados en dos días y en uno lo que tuvo ganas del bachillerato. Después, dijo padrino, se puso a leer los diarios para enterarse de cómo andaba el mundo. 
Aventuré la pregunta: 
-¿La conversación fue hoy? 
-Y, claro –contestó-, mientras tomaban el café. 
-¿Dijo algo más tu padrino? 
-Y, claro, pero no me acuerdo. 
-¿Cómo no me acuerdo? –protesté airadamente. 
-Y, usted me interrumpió –explicó el alumno. 
-Te doy la razón. Pero no me vas a dejar así –argumenté-, muerto de curiosidad. A ver, un esfuerzo. 
-Y, usted me interrumpió. 
-Ya sé. Te interrumpí. Yo tengo toda la culpa. 
-Toda la culpa –repitió. 
-Don Tadeíto es bueno. No va a dejar así al maestro, en la mitad de la charla, para seguir mañana o nunca. 
Con honda pena repitió: 
-O nunca. 
Yo estaba contrariado, como si me sustrajeran una ganancia de gran valor. No sé por qué reflexioné que nuestro diálogo consistía en repeticiones y de repente entreví en eso mismo una esperanza. Repetí la última frase del relato de don Tadeíto: 
-Leyó los diarios para enterarse de cómo andaba el mundo. Mi alumno continuó indiferentemente: 
-Dijo padrino que la visita quedó pasmada al enterarse de que el gobierno de este mundo no estaba en manos de gente de lo mejorcito, sino más bien de medias cucharas, cuando no de pelafustanes. Que tal morralla tuviera a su arbitrio la bomba atómica, dijo la visita, era de alquilar balcones. Que si la tuviera a su arbitrio la gente de lo mejorcito, acabaría por tirarla, porque está visto que si alguien la tiene, la tira; pero que la tuviera esa morralla no era serio. Dijo que en otros mundos antes de ahora descubrieron la bomba y que tales mundos fatalmente reventaron. Que los tuvo sin cuidado que reventaran, porque estaban lejos, pero que nuestro mundo está cerca y que ellos temen que una explosión en cadena los envuelva. 
La increíble sospecha de que don Tadeíto se burlaba de mí, me llevó a interrogarlo con severidad: 
-¿Estuviste leyendo Sobre cosas que se ven en el cielo del doctor Jung? Por fortuna no oyó la interrupción y prosiguió: 
-Dijo padrino que la visita dijo que vino de su planeta en un vehículo especialmente fabricado a puro pulmón, porque por allá escasea el material adecuado y que es el fruto de años de investigación y trabajo. Que vino como amigo y como libertador, y que pedía el pleno apoyo de padrino para llevar adelante un plan para salvar el mundo. Dijo padrino que la entrevista con la visita tuvo lugar esta tarde y que él, ante la gravedad, no trepidó en molestar a doña Remedios, para recabarle su opinión, que desde ya descontaba era la suya. 
Como la pausa inmediata no concluía, pregunté cuál fue la respuesta de la señora. 
-Ah, no sé – contestó. 
-¿Cómo ah no sé? –repetí enojado de nuevo. 
-Los dejé hablando y me vine, porque era hora de clase. Pensé yo solo: cuando no llego tarde el maestro se pone contento. 
Envanecida la cara de oveja esperaba congratulaciones. Con admirable presencia de ánimo reflexioné que los muchachos no creerían mi relato, si no llevaba como testigo a don Tadeíto. Violentamente lo empuñé de un brazo y a empujones lo llevé hasta el bar. Ahí estaban los amigos, con el agregado del gallego Villarroel. 
Mientras tenga memoria no olvidaré aquella noche: 
-Señores –grité, a tiempo que proyectaba a don Tadeíto contra nuestra mesa-. Traigo la explicación de todo, una novedad de envergadura y un testigo que no me dejará mentir. Con lujo de detalle don Juan comunicó el hecho a su señora madre y mi fiel alumno no perdió palabra. En el depósito del corralón, aquí nomás, pared de por medio, está alojado -¿adivinen quién?- un habitante de otro mundo. No se alarmen, señores: aparentemente el viajero no dispone de constitución robusta, ya que tolera mal el aire seco de nuestra ciudad –todavía resultaremos competidores de Córdoba- y para que no muera como pescado fuera del agua, don Juan le enchufó el molinete, que de continuo humedece el ambiente del depósito. Es más: aparentemente el móvil del arribo del monstruo no debe provocar inquietud. Llegó para salvarnos, persuadido de que el mundo va camino de estallar por la bomba atómica y a calzón quitado informó a don Juan de su punto de vista. Naturalmente, don Juan, mientras degustaba el café, consultó con doña Remedios. Es de lamentar que este mozo aquí presente –agité a don Tadeíto, como si fuera monigote- se retiró justo a tiempo de no oír la opinión de doña 
Remedios, de modo que no sabemos qué resolvieron. 
-Sabemos –dijo el librero, moviendo como trompa labios mojados y gordos. 
Me incomodó que me corrigieran la plana en una novedad de la que me creía único depositario. Inquirí: 
-¿Qué sabemos? 
-No se amosque usted –pidió Villarroel, que ve bajo el agua-. Si es como usted dice aquello de que el viajero muere si le quitan el molinete, don Juan le condenó a morir. De acá pasé frente a Las Margaritas y a la luz de la luna vi perfectamente el molinete que regaba el jardín como antes. 
-Yo también lo vi –confirmó Chazarreta. 
-Con la mano en el corazón –murmuró Aldini- les digo que el viajero no mintió. Tarde o temprano reventamos con la bomba atómica. No veo escapatoria. 
Como hablando solo preguntó Badaracco: 
-No me digan que esos viejos, entre ellos, liquidaron nuestra última esperanza. 
-Don Juan no quiere que le cambien su composición de lugar –opinó el gallego-. Prefiere que este mundo estalle, a que la salvación venga de otros. Vea usted, es una manera de amar a la humanidad. 
-Asco por lo desconocido –comenté-. Oscurantismo. 
Afirman que el miedo aviva la mente. La verdad es que algo extraño flotaba en el bar aquella noche, y que todos aportábamos ideas. 
-Coraje, muchachos, hagamos algo –exhortó Badaracco-. Por amor a la humanidad. 
-¿Por qué tiene usted, señor Badaracco, tanto amor a la humanidad? –preguntó el gallego. Ruborizado, Badaracco balbuceó: 
-No sé. Todos sabemos. 
-¿Qué sabemos, señor Badaracco? ¿Si usted piensa en los hombres, los encuentra admirables? Yo todo lo contrario: estúpidos, crueles, mezquinos, envidiosos –declaró Villarroel. 
-Cuando hay elecciones –reconoció Chazarreta-, tu bonita humanidad se desnuda rápidamente y se muestra tal cual es. Gana siempre el peor. 
-¿El amor por la humanidad es una frase hueca?
-No, señor maestro –respondió Villarroel-. Llamamos amor a la humanidad a la compasión por el dolor ajeno y a la veneración por las obras de nuestros grandes ingenios, por el Quijote del Manco Inmortal, por los cuadros de Velásquez y de Murillo. En ninguna de ambas formas vale ese amor como argumento para demorar el fin del mundo. Sólo para los hombres existen las obras y después del fin del mundo –el día llegará, por la bomba o por muerte natural- no tendrán ni justificación ni asidero, créame usted. En cuanto a la compasión, sale gananciosa con un fin próximo... Como de ninguna manera nadie escapará a la muerte ¡que venga pronto, para todos, que así la suma del dolor será la mínima!
-Perdemos tiempo en el preciosismo de una charla académica y aquí nomás, pared por medio, muere nuestra última esperanza –dije con una elocuencia que fui el primero en admirar.
-Hay que obrar ahora –observó Badaracco-. Pronto será tarde.
-Si le invadimos el corralón, don Juan a lo mejor se enoja –apuntó Di Pinto.
Don Pomponio, que se arrimó sin que lo oyéramos y por poco nos derriba con el susto, propuso:
-¿Por qué no destacan a este mozo don Tadeíto como piquete de avanzada? Sería lo prudente.
-Bueno –aprobó Toledo-. Que don Tadeíto conecte el molinete en el depósito y que espíe, para contarnos cómo es el viajero de otro planeta.
En tropel salimos a la noche, iluminada por la impasible luna. Casi llorando rogaba Badaracco:
-Generosidad, muchachos. No importa que pongamos en peligro el pellejo. Están pendientes de nosotros todas las madres y todas las criaturas del mundo.
Frente al corralón nos arremolinamos, hubo marchas y contramarchas, cabildeos y corridas. Por fin Badaracco juntó coraje y empujó adentro a don Tadeíto. Mi alumno volvió después de un rato interminable, para comunicar:
-El bagre se murió.
Nos desbandamos tristemente. El librero regresó conmigo. Por una razón que no entiendo del todo su compañía me confortaba.
Frente a Las Margaritas, mientras el molinete monótonamente regaba el jardín, exclamé:
-Yo le echo en cara la falta de curiosidad –para agregar con la mirada absorta en las constelaciones-. Cuántas Américas y Terranovas infinitas perdimos esta noche.
-Don Juan –dijo Villarroel- prefirió vivir en su ley de hombre limitado. Yo le admiro el coraje. Nosotros dos, ni siquiera a entrar aquí nos atrevemos.
Dije:
-Es tarde.
-Es tarde –repitió.


Adolfo Bioy Casares, El calamar opta por su tinta (El lado oscuro de la sombra).


Adolfo Bioy Casares

Zorros plateados

El instinto de supervivencia muestra lo mejor y lo peor del ser humano, pero la sensación de que todo se confabula para hacernos sentir desamparados hace aflorar afectos que pueden dar algo de sentido a nuestras vidas. Algunas de las grandes guerras del último siglo y su dramática irrupción en vidas cotidianas recorren transversalmente las páginas de este libro. Zorros plateados es el último volumen de relatos de Manuel Moya (Fuenteheridos, 1960), con el que ha ganado el XXVII Premio Tiflos de Cuento. 
En estas diez historias Manuel Moya nos demuestra una notable sensibilidad ante los más desfavorecidos y una aguda capacidad para observar y escuchar. Con una aparente facilidad logra crear atmósferas especiales describiendo detalles mínimos como la pelusa de los abedules que danzan en el aire, el salitre que carcome los muros de una fachada, el manzano que da sombra en un huerto o el papel de estraza con el que una frutera envuelve unos plátanos.
A lo largo de las páginas de este libro vamos conociendo a personajes que buscan afectos entre el dolor. Son hombres y mujeres que intentan escapar de un destino que zarandea sus vidas: un hombre cuida con amor a su mujer sabiendo que, en realidad, ella nunca le quiso; una madre descubre que el deseo insatisfecho de su antiguo jefe puede provocar en ella el más profundo dolor; el autor de la soledad tiene entre sus heterónimos a sus más cercanos amigos; una extraña pareja formada por una mujer de la Toscana y un joven alemán comparten un gran secreto; dos amigos, a pesar de que la vida los separa, mantienen una ilusión viva desde la infancia; un soldado cambia el rumbo de su decisión cuando encuentra unos pequeños zapatos de una niña junto a una muñeca con pelo de mazorca y paja; un teniente, como los grandes héroes, lucha contra la burocracia y sus superiores por defender la vida de un grupo de personas que huye de la guerra; un anciano tuvo hace tiempo la mala fortuna de encontrar a una joven muerta sin saber que ese fatal hallazgo despertaría el interés en historiadores del arte; una joven pareja vive en Budapest una aventura de amor fantástica; un carpintero sabe que cuando en la aldea no queda ya nadie del gremio, solo él puede construir su propio ataúd.
Manuel Moya consigue conmovernos, igual que hacía Ignacio Aldecoa, con sus humildes pero vibrantes personajes que muestran una realidad cruda y a la vez llena de ternura. Los cuentos suceden en su mayor parte en los años anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española y, en cualquier caso, en todos están presentes las secuelas de los regímenes fascistas de Europa y Sudamérica. Son sucesos del pasado, pero también nos hablan del presente, de lo poco que ha cambiado el mundo después de las grandes guerras y de la insensibilidad que mostramos ante sucesos parecidos a los que pudieron padecer nuestros abuelos. El dualismo de los protagonistas impregna algunos cuentos; la frontera entre lo reprochable y lo plausible a veces es tenue. La estructura de los cuentos, la puntuación, los silencios necesarios y el lenguaje que utiliza Moya no solo consiguen mantener al lector atrapado, sino que, al igual que algunos de los personajes, puede llegar a sentir frío, hambre e impotencia. 
Zorros plateados es un libro redondo. Los cuentos tienen un ritmo y una tensión creciente que te arrastran desde el principio hasta el fin y dejan un poso tras la lectura que te obliga a cuestionarte sobre la naturaleza humana y cómo los sucesos nos transforman. Aquí Manuel Moya nos muestra, una vez más —como lo ha hecho en gran parte de su obra literaria—, una noble actitud ante el mundo.







Zorros plateados
Manuel Moya

Edhasa, 2017
Publicado en Culturamas el 15 de septiembre de 2017.

Medardo Fraile, No hay prisa en abrir los ojos

No hay prisa en abrir los ojos
Tras las cortinas se adivinaba ya la luz aún manchada de sombras, pero serían –pensó– las ocho, la hora de levantarse, como todos los días de su vida. ¿Por qué? Se removió en la cama y sintió el cuerpo magullado por la batalla de cada noche, la colcha caída, sábanas arrugadas, las cenizas de tanta gente soñada y muerta doliéndole en la almohada endurecida, pero las siete de la mañana le habían parecido siempre temprano, y las nueve demasiado tarde. Sólo por eso. No había otra razón. ¿Qué prisa tienes? No abras los ojos, no hay prisa. ¿Quién le hablaba? ¿Oía otra voz o se hablaba a sí mismo? Sigue ahí, descansa. No abras los ojos. La noche ha sido terrible y te ha vencido. Sigue durmiendo, abre los ojos hacia ti mismo, mira dentro de ti, donde aún te late el corazón, donde están las cenizas de los que habitan tus sueños en las sombras. Pero eran ya las ocho, ¡las ocho! Y abrió los párpados, y no halló cosa en que poner los ojos, que no fuera recuerdo del olvido.
Medardo Fraile, No hay prisa en abrir los ojos (Antes del futuro imperfecto, Páginas de Espuma).

Medardo Fraile

Historia de lo fantástico

La editorial Iberoamericana-Vervuert, especializada en libros académicos de humanidades, ha publicado con gran acierto Historia de lo fantástico en la cultura española contemporánea (1900-2015). Dirigido por David Roas, el volumen está articulado en catorce capítulos —escritos por diferentes investigadores vinculados al Grupo de Estudios sobre lo Fantástico de la Universidad Autónoma de Barcelona― en los que se hace un amplio recorrido historiográfico por diversas manifestaciones de lo fantástico ―narrativa, teatro, televisión, cine y cómic― en los últimos 115 años, abarcando desde el modernismo hasta la actualidad. Es interesante el análisis transversal que se hace en los diferentes capítulos de la interconexión entre estas formas de ficción.
Este libro tiene algo de reivindicativo al mostrar por primera vez el verdadero valor de lo fantástico en nuestra cultura que, a pesar de no poder compararse con la posición predominante que tradicionalmente se le ha dado al realismo, no se puede obviar su notoria influencia en grandes obras de ficción. Tampoco se puede negar una ya larga tradición de autores interesados en esta forma de expresión —aunque con una presencia casi subterránea y muy relacionada, durante un tiempo, con autores exiliados — ni la existencia de un público fiel y cada vez más numeroso. Esto ha dado lugar a un cambio de percepción que en la actualidad se ve reflejado no solo en su visibilidad con el auge de autores —a partir de la década de los 60 y aún más en los 80— que centran su trabajo creativo en lo fantástico, sino también en el propio interés académico con un incremento considerable del número de estudios rigurosos y sistemáticos sobre esta temática. 
A pesar de ser un tratado de investigación Historia de lo fantástico tiene una estructura que lo hace accesible a un público generalista interesado en los temas tratados y aporta multitud de datos que pueden ser consultados. En los diferentes capítulos se hace una minuciosa recopilación, selección y análisis crítico de una información que hasta ahora estaba muy dispersa y se logra dar una visión global justificada con numerosas referencias bibliográficas.
Lo fantástico se define como una irrupción de algo imposible en la realidad cotidiana ―no solo del personaje que lo protagoniza, sino también del lector― creando una perplejidad y una inseguridad ante lo inexplicable. Esto lo diferencia de otras formas de ficción cercanas con las que a veces hibrida como pueden ser los mundos maravillosos, el realismo mágico, la ciencia ficción, las historias de hadas o de terror. Ese es el marco conceptual de este volumen que engloba también la evolución de la propia definición de lo fantástico y la influencia de autores principalmente de habla inglesa: desde el dominio de lo legendario y su concepción para imaginar excepciones a las leyes científicas conocidas hasta el cuestionamiento de la realidad y la relación del sujeto con ésta en ambientes cotidianos. Incluso, en narrativa y en cine, pero sobre todo en teatro lo fantástico en ocasiones se utiliza como un recurso que, de algún modo, logra mimetizar la realidad social y se convierte en una herramienta para hacer crítica, más o menos soslayada, de los sistemas políticos.
Se pueden destacar los capítulos referidos a análisis comparados absolutamente inéditos en nuestro país como es el de la presencia de lo fantástico en televisión. En todos los casos hay una profundización y una visión global hasta ahora sin precedentes en los estudios sobre lo fantástico en cualquiera de sus manifestaciones. En el caso del teatro, de la televisión y del cómic son muy escasos los estudios previos, mientras que el número y calidad de trabajos sobre lo fantástico en el cine y, sobre todo, en narrativa es significativamente mayor. 
El estudio de la evolución del discurso de lo fantástico en los diferentes periodos estudiados —las poéticas dominantes―, su interdependencia entre las distintas formas de expresión de ficción, junto con la influencia que todo ello ha tenido de la «cultura fantástica» de otros países, es quizás el mayor logro de este volumen. Historia de lo fantástico es un libro de gran interés que, por la cantidad de información recogida en sus páginas, ya es de consulta obligada para todo aquel que quiera profundizar en el significado y la influencia de lo fantástico en la cultura española del último siglo.










Historia de lo fantástico en la cultura española contemporánea (1900-2015).
David Roas (Dir.)
Iberoamericana-Vervuert (2017).

Stig Dagerman, Los juegos de la noche

Los juegos de la noche
A veces, por la noche, cuando la madre llora en el cuarto y sólo pasos desconocidos resuenan en las escaleras, Ake tiene un juego que juega en vez de llorar. Finge ser invisible y poder transportarse adonde quiere, nada más que pensándolo. Aquella noche no había más que un sitio adonde pudiera anhelar dirigirse y en donde Ake está a menudo. Ignora cómo ha llegado allí, sabe solamente que está en una sala. No sabe cómo es, porque no tiene ojos para ella, pero está llena de humo de tabaco, los hombres estallan en risas espantosas sin motivo, las mujeres, que no logran hablar claramente, se inclinan sobre una mesa y ríen de una manera espantosa, ellas también. Esto traspasa a Ake como cuchilladas, pero después de todo se siente feliz de estar allí. En la mesa, alrededor de la cual todos están sentados, hay varias botellas, y cuando un vaso está vacío, una mano desenrosca un tapón y llena de nuevo el vaso.
Ake, que es invisible, se tiende sobre el piso y gatea bajo la mesa sin que ninguno de los convidados lo note. Tiene en la mano una barrena invisible y, sin dudar un instante, la planta en la mesa y se pone a perforarla. Pronto ha atravesado la madera, pero sigue. Siente que su barrena muerde el vidrio y, de pronto, cuando ha perforado el fondo de una botella, el aguardiente corre en un delgado hilo regular por el hueco hecho en la mesa. Reconoce los zapatos de su padre y no osa pensar en lo que pasaría si de pronto él se volviera otra vez visible. Pero en ese momento, con un estremecimiento de alegría, oye a su padre que dice:
-¡Vaya! ¡Ya no hay más nada que beber! -y otra voz que asiente-:Cierto, en ese caso… -y luego todo el mundo se levanta en la sala.
Ake sigue a su padre por las escaleras y, cuando llegan a la calle, lo guía, aunque su padre no se da cuenta, hacia una estación de taxis y cuchichea la dirección exacta al chofer; luego durante todo el trayecto se mantiene en el estribo para controlar que vayan en la buena dirección. Cuando están sólo a algunas cuadras de la casa, Ake anhela estar de vuelta y se encuentra extendido al fondo del sofá de la cocina: oye detenerse un coche abajo en la calle: cuando vuelve a ponerse en marcha se da cuenta de que no era el suyo, y que aquél se ha detenido ante la puerta del inmueble de al lado. El verdadero está, pues, todavía en camino; quizá ha sido obstruido en algún lugar cerca del cruce más próximo; quizá ha sido detenido por un ciclista volcado; suceden tantas cosas a los automóviles…
Pero finalmente llega un automóvil que parece ser el bueno. A algunas puertas de la de Ake, comienza a disminuir la velocidad, costea lentamente la casa de al lado y se detiene con un pequeño rechinamiento justamente ante la puerta precisa. Una puerta se abre, una puerta se cierra con un crujido, alguien silba haciendo tintinear una moneda. Su padre no acostumbra silbar, pero nunca se sabe… ¿Por qué no se pondría a silbar de pronto? El auto arranca y vira en la esquina, luego todo se vuelve silencioso. Ake presta oídos y escucha lo que sucede en la escalera, pero no llega ningún ruido de puerta. Ni el menor clic del dispositivo automático, ni el menor ruido de pasos sordos trepando la escalera.
¿Por qué lo habré dejado yo tan pronto, piensa Ake, en vista de que estábamos tan cerca? Yo habría podido seguirlo hasta la misma puerta. Evidentemente, ahora él está abajo, ha perdido la llave y no puede entrar. Tal vez se va a encolerizar, se va a ir y no regresará hasta que la puerta esté abierta, mañana por la mañana. Y no sabe silbar, es bien sabido, de otra manera me silbaría a mí o a mamá para que le tirásemos la llave.
Tan silenciosamente como le es posible, Ake salta el borde del sofá que rechina como siempre, y choca en la oscuridad con la mesa de la cocina: allí se para como petrificado, sobre el frío linóleo, pero su madre llora con grandes sollozos, regulares como la respiración de un durmiente; ella no ha oído nada, pues se desliza hasta la ventana y aparta suavemente la persiana para mirar afuera. No hay alma viviente en la calle, pero la lámpara encima de la puerta de enfrente está encendida. Se enciende al mismo tiempo que el dispositivo automático de la escalera. En esto se parece exactamente al que está encima de la puerta de Ake.
Pronto Ake comienza a tener frío y con sus pies desnudos vuelve a pasitos al sofá. Para no chocar con la mesa sigue el fregadero con la mano y de pronto la punta de sus dedos toca algo frío y puntiagudo. Deja que sus dedos continúen la exploración durante un instante, luego empuña el mango del cuchillo. Cuando se desliza en su lecho tiene el cuchillo aún. Lo pone bajo la frazada, cerca de él, y de nuevo se hace invisible. Se encuentra en el mismo salón de hace poco, se mantiene a la entrada y mira a los hombres y las mujeres que retienen prisionero a su padre. Se da cuenta de que si su padre debe recobrar la libertad es necesario liberarlo de la misma manera que Fred ha liberado al misionero, cuando éste estaba atado a un poste y se hallaba a punto de ser asado por los caníbales.
Ake avanza a paso de lobo, alza su cuchillo invisible y lo hunde en la espalda del gordo monigote que está sentado junto a su padre. El gordo cae tieso, muerto -Ake le da una vuelta a la mesa- y uno tras otro resbalan de sus sillas sin saber demasiado lo que les sucede. Cuando el padre está al fin liberado, Ake lo arrastra por las escaleras y como no se oye ningún coche en la calle, bajan los escalones muy lentamente, atraviesan la calle y suben a un tranvía. Ake se las arregla para que su padre tenga un asiento en el interior; espera que el cobrador no perciba que ha bebido un poco y que su padre no diga algo desagradable al conductor o acaso tenga un estallido de risa sin motivo,
El canto de un lejano tranvía nocturno, que se amortigua en un viraje, penetra implacablemente en la cocina, y Ake, que ha abandonado ya el tranvía y reposa de nuevo en el sofá, nota que su madre ha dejado de sollozar durante su corta ausencia. En el cuarto la persiana vuela contra el techo con un crujido terrible y cuando ese crujido se ha esfumado, la madre abre la ventana y a Ake le gustaría poder saltar del lecho y correr al cuarto para anunciarle que puede cerrar la ventana otra vez, bajar la persiana e ir a acostarse con toda tranquilidad, porque ahora, de todos modos, el padre no tardará. Va a llegar en el próximo tranvía, yo mismo lo he ayudado a tomarlo”. Pero Ake comprende que esto no serviría de nada, ella nunca le creería. Ella no sabe todo lo que él ha hecho por ella. Cuando están solos por la noche y ella lo supone dormido, no sabe qué viajes él emprende y en qué aventuras él se lanza por ella.
Cuando más tarde el tranvía se detiene en la parada de la esquina, él se mantiene pegado a la ventana y mira afuera por la rendija entre la persiana y las jambas. Los primeros que llegan son dos jóvenes que han debido saltar del tranvía en marcha, se entretienen dándose puñetazos, habitan en la casa nueva al otro lado de la calle. Se oyen las voces de los que han bajado en la esquina y mientras el tranvía iluminado sale de detrás de las casas y atraviesa lentamente la calle de Ake llenándola de hierros viejos, aparecen gentes en pequeños grupos que luego se dispersan en diferentes direcciones. Un hombre de paso vacilante, con su sombrero en la mano como un mendigo, mete la cabeza por la puerta de Ake, pero no es su padre, es el portero.
Ake no se mueve. Sigue esperando. Sabe que muchas cosas pueden retener al pasajero del tranvía en la esquina. Hay varias vidrieras, particularmente la de una zapatería donde su padre quizá se haya detenido antes de entrar para elegir un par de zapatos. La vidriera del vendedor de frutas y legumbres está llena de carteles pintados a mano y habitualmente muchos se paran a mirar los interesantes muñecos que allí hay dibujados. Hay también una distribuidora automática que funciona mal y es posible que el padre haya introducido una pieza de veinte para comprarle una caja de pastillas de regaliz y ahora no logre abrir la puertita.
Mientras Ake se mantiene junto a la ventana y espera que su padre se aleje de la distribuidora, su madre sale de pronto del cuarto y pasa ante la cocina. Como está descalza, Ake no ha oído nada, pero ella seguramente no lo ha notado, porque sin detenerse va hacia la entrada. Ake suelta la persiana que tenía separada y permanece completamente inmóvil en la oscuridad total, mientras su madre busca algo entre los abrigos. Debe ser un pañuelo, porque un momento más larde ella se suena y vuelve al cuarto. Aunque ella está descalza, Ake observa que trata de andar silenciosamente para no despertarlo. Después de haber entrado al cuarto, cierra rápidamente la ventana y baja la persiana con un golpe seco y rápido.
Luego ella se tira en la cama y los sollozos recomienzan exactamente como si no pudiera sollozar más que en esa posición o como si no pudiera evitar llorar cuando se halla tendida.
Después de haber mirado una vez más hacia la calle y encontrarla completamente vacía, aparte de una mujer que se deja acariciar por un marinero bajo el balcón de enfrente, Ake vuelve con pasos afelpados a acostarse. El piso rechina de pronto bajo sus pies y tiene la impresión de que resuena como si él hubiera dejado caer algo. Ahora está horriblemente fatigado; mientras avanza, el sueño se despliega sobre él como una niebla y a través de esa niebla percibe un crujido de pasos en la escalera, pero no van en la buena dirección, sino que descienden en lugar de subir. Tan pronto se ha deslizado bajo el cobertor se sumerge, de mala gana pero rápidamente, en las aguas del sueño y las últimas olas que se cierran encima de su cabeza son dulces como sollozos.
Pero el sueño es tan frágil que no logra retener a Ake apartado de lo que le preocupaba cuando estaba despierto. Seguramente que no ha oído al auto frenar ante la puerta, ni encenderse el dispositivo automático con un pequeño clic, ni el ruido de los pasos trepando la escalera, pero la llave introducida en la cerradura atraviesa el sueño y Ake de pronto se despierta, la alegría lo golpea como un relámpago, lo enciende desde los pies a la cabeza. Pero la alegría se disipa también en una humareda de preguntas. Ake tiene un juego al que se entrega cada vez que despierta de esta manera. Se entretiene en pensar que su padre atraviesa la entrada en dos zancadas y se aposta entre la cocina y el cuarto a fin de que su madre y él puedan ambos oírlo exclamar: Tengo un compañero que se ha caído del andamio y he tenido que acompañarlo al hospital, me he quedado con él toda la noche y no he podido llamarte porque no había teléfono cerca’, o bien: “Imagínense que hemos ganado el premio gordo en la lotería y si he vuelto tan tarde es porque yo quería que ustedes no perdieran el resuello tan pronto. O bien: Imagínense que hoy el patrón me ha regalado un bote de motor y he salido a probarlo y mañana por la mañana temprano salimos los tres. ¿Qué me dicen de eso?
En realidad, esto se desarrolla más lentamente y sobre todo no es tan sorprendente. Su padre no halla el interruptor de la entrada. Finalmente renuncia y tropieza con un armazón de madera que cae a tierra. Reniega y trata de recogerlo, pero en vez de hacerlo vuelca un bulto que estaba junto a la pared. Renuncia entonces y trata de hallar un gancho donde colgar su abrigo, pero cuando al fin ha hallado uno, el abrigo se le desliza también y cae al suelo con un ruido blando. Apoyado en la pared, el padre da a continuación algunos pasos para ir al baño, enciende la luz y, como tantas otras veces, Ake permanece acostado, paralizado para escuchar el ruido de las salpicaduras en el piso. El padre apaga, tropieza en la puerta, jura y entra al cuarteo a través de la cortina que se estremece como una serpiente presta a morder.
Luego todo está silencioso. El padre permanece de pie en el cuarto sin decir una palabra, sus zapatos rechinan débilmente, su respiración es pesada e irregular, pero esos dos ruidos lo vuelven todo todavía más aterradoramente silencioso y en ese silencio un nuevo relámpago golpea a Ake. Es el odio lo que lo enciende y aprieta el mango del cuchillo tan fuerte que le hace daño, aunque no siente dolor. Pero el silencio dura sólo un instante. Su padre comienza a desvestirse. La chaqueta, el chaleco. Tira sus ropas sobre una silla. Se apoya en un armario y deja caer de los pies sus zapatos. La corbata hace un chasquido como un batir de alas. Luego da algunos pasos más por el cuarto, es decir hacia la cama, y se queda inmóvil mientras da cuerda a su reloj. Luego todo se pone silencioso, tan terriblemente silencioso como antes, sólo el reloj roe el silencio como un ratón, el reloj del hombre ebrio.
Y después sucede lo que el silencio esperaba, la madre hace un movimiento desesperado en la cama y el grito brota de su boca como sangre.
-Cochino, cochino, cochino, cochino -exclama ella hasta que su voz muere y todo se vuelve silencioso. Únicamente el reloj roe, roe, y la mano que aprieta el cuchillo está toda húmeda de sudor. Es tan grande la angustia en la cocina que no se podría soportar sin un arma; finalmente, Ake está tan fatigado por el miedo que, sin resistencia, sumerge en el sueño antes que nada la cabeza. Tarde en la noche se despierta de pronto y, por la puerta abierta, oye rechinar la cama de al lado y un dulce murmullo llenar el cuarto; no sabe exactamente lo que esto significa, sino que esos dos ruidos implican la desaparición del miedo por esta noche. Suelta el cuchillo que sostenía su mano y lo rechaza lejos de él, lleno de un deseo ardiente de su propio cuerpo; en el momento de adormecerse, se entrega al último de los juegos de la noche, el que le trae la paz final.
La paz final… sin embargo, no hay fin. Poco antes de las seis de la tarde la madre entra a la cocina donde él, sentado a la mesa, está haciendo su tarea de cálculo. Ella simplemente le saca de las manos, el libro de aritmética y lo hace levantarse del banco.
-Ve a ver a papá -dice arrastrándolo con ella hacia la entrada y poniéndose detrás para cortarle la retirada- ve a ver a papá y dile de mi parte que te dé dinero.
Los días son peores que las noches. Los juegos de la noche son mucho mejores que los del día. Por la noche se puede ser invisible y corretear sobre los techos hasta el sitio donde se tiene necesidad de ustedes. Por el día no se es invisible. Por el día la cosa no va tan rápida, no es tan bueno jugar. Ake cruza la puerta de la casa y no es de ningún modo invisible. El hijo del portero le tira del abrigo para que vaya a jugar a las bolas, pero Ake sabe que su madre está en la ventana y lo siguen con los ojos hasta que ha desaparecido tras la esquina, tanto que él se desprende sin decir palabra y se va corriendo como si alguien fuera en su persecución. Cuando ha doblado la esquina, se pone a andar tan lentamente como le es posible; cuenta los cuadros de la acera y los salivazos que hay en ella. Se le une el hijo del portero, pero Ake no le responde, pues no se le puede decir a nadie que ha salido a buscar al padre con su paga. Al fin, el hijo del portero se cansa y Ake se acerca cada vez más al sitio al que no quiere acercarse. Finge alejarse cada vez más, pero esta no es verdad de ningún modo.
La primera vez él pasa delante del café sin entrar. Merodea tan cerca que el guardia gruñe a su lado. Se mete en una calle transversal y se detiene ante la casa donde se halla el taller de su padre. Un poco más tarde, pasa bajo la puerta cochera y desemboca en el patio y finge creer que su padre está aún allí, que se ha escondido en alguna parte detrás de los toneles o los sacos para que Ake lo busque. Levanta las tapas de los toneles de pintura y cada vez se asombra de no hallar a su padre acurrucado en uno de ellos. Después de haber buscado en el patio durante casi media hora, acaba por comprender que su padre no ha podido esconderse ahí, y se va.
Al lado del café hay una locería y una relojería. Ake se para primero a mirar la vidriera en que se exhiben porcelanas. Trata de contar los perros, primero los perros de raza de la fila delantera, luego los que puede entrever cuando pone sus manos de visera, y pasa revista a los anaqueles y mostradores en el interior de la tienda. El relojero se dispone justamente a bajar la cortina de su comercio, pero por los huecos del enrejado Ake puede ver de todos modos los relojes allá dentro, que hacen tictac. Mira también el reloj que marca la hora exacta y decide que el segundero tiene que dar diez vueltas antes de que él entre.
Ake aprovecha el momento en que el guardia disputa con un individuo que le muestra algo en un periódico para colarse en el café; en seguida avanza corriendo hacia la mesa precisa, a fin de no ser visto por demasiada gente. Su padre no lo ve en seguida, pero uno de los otros pintores hace una señal en dirección de Ake y dice:
-Tu chiquillo está ahí.
El padre pone al hijo en sus rodillas y frota su barba de dos días contra la mejilla. Ake trata de no mirarlo a los ojos, pero de vez en cuando no lo puede evitar, fascinado por las ventanillas rojas en lo blanco de los ojos.
-¿Qué quieres, tú? -dice el padre: su lengua es blanda, pastosa, y tiene que repetir varias veces la misma cosa antes de estar satisfecho él mismo de ello,
-Vengo a buscar dinero.
Su padre entonces vuelve a ponerlo suavemente en el suelo, se echa hacia atrás y ríe tan fuerte que sus camaradas se ven obligados a hacerle señal de callarse. Riéndose, saca su portamonedas, quita torpemente el elástico y busca mucho antes de hallar la pieza de una corona más brillante.
-Toma, Ake -dice- ve a comprarte dulces con esto.
Los otros pintores no quieren ser menos y Ake recibe una corona de cada uno de ellos. Retiene el dinero en su mano mientras, abrumado de confusión yvergüenza, se dirige prudentemente a la salida por entre las mesas. Se muere de miedo de que alguien lo vea salir cuando pase corriendo delante del guardia y que un soplón vaya a decir en la escuela:
-Ayer por la tarde vi salir a Ake de la taberna.
Se detiene de todos modos un instante ante la vidriera del relojero y, mientras la aguja da diez vueltas en torno de su eje, permanece allí, apoyado contra la reja. Él sabe que esta noche deberá jugar aún, pero no sabe a quién odia más de los dos seres por los cuales juega.
Cuando más tarde dobla lentamente la esquina, encuentra la mirada de su madre allá arriba a diez metros del suelo y avanza hacia la puerta del inmueble lentamente con cuanto coraje tiene para ello. Al lado hay un vendedor de leña y se arriesga de todos modos a arrodillarse un momentito y a mirar por el tragaluz a un viejito que recoge carbón en un saco negro. Cuando el viejito ha terminado, la madre está detrás de Ake. Ella lo levanta bruscamente y lo toma por el mentón para captar su mirada.
-¿Qué ha dicho? -cuchichea-.¿Acaso te has comportado de nuevo como un flojo?
-Dijo que iba a venir en seguida -cuchichea Ake en respuesta.
-¿Y el dinero?
-Mamá, cierra los ojos -dice Ake y juega el último de los juegos del día.
Mientras su madre eleva los ojos, Ake desliza suavemente las cuatro piezas de una corona en la mano extendida; luego baja la calle corriendo, sus pies tienen tanto miedo que patinan en el pavimento. Un grito cada vez más fuerte lo persigue a lo largo de las casas pero esto no lo detiene, por el contrario él corre todavía más rápido.

Stig Dagerman, Los juegos de la noche.


Stig Dagerman

Las Bibliotecas Imposibles

El universo de Borges, su biblioteca de Babel, está formada por galerías hexagonales en las que, en cuatro de sus caras, se disponen anaqueles repletos de libros distribuidos de forma uniforme. En el centro de cada hexágono hay unos pozos de ventilación y desde allí se pueden ver los interminables pisos superiores e inferiores a cada celda. Los bibliotecarios pueden desplazarse libremente durante su vida por todas las galerías buscando un libro o el catálogo de catálogos de libros. Siguiendo su descripción, una de las caras libres de cada hexágono tiene un angosto zaguán que comunica con otra galería y que está provista de una escalera en espiral para subir o bajar a los pisos superiores o inferiores. En aquella biblioteca borgiana, que contiene todos los libros posibles, necesariamente hay, al menos, un ejemplar del libro de relatos Las bibliotecas imposibles ―publicado de forma muy cuidada por la editorial Cuadernos del Vigía― y también multitud de facsímiles imperfectos de este libro que no difieren sino por una letra o por una coma.
Para conmemorar los diez años que lleva funcionando la Biblioteca Central de Córdoba, Mario Cuenca Sandoval ha reunido a once grandes autores de cuentos unidos por su devoción a lo fantástico, por esa querencia a que sus personajes ―sumidos generalmente en sus quehaceres cotidianos― se aparten de lo que entendemos por realidad. En todos ellos, aunque con estilos y temáticas muy diversas, se aprecia un conocimiento de los grandes maestros del género ―a los que, en algunos casos, hacen su particular homenaje―, así como la influencia del cine, el cómic o los videojuegos.
Conviene leer despacio el generoso prólogo en el que Mario Cuenca Sandoval nos descubre algunas de las bibliotecas ficticias que han pensado autores como Lasswitz, Lem, Asimov, Bradbury, Doctorow o el propio Borges, entre otros, y en el que da un pormenorizado avance de lo que el lector va a encontrar en las páginas de este volumen.
Aquí podemos descubrir una biblioteca minúscula y extraña escondida en otra biblioteca, compartir la obsesión por conservar lo escrito de cualquier agresión externa, hojear los manuscritos de una biblioteca de grandes obras rechazadas por las editoriales, examinar sorprendentes títulos en la Gran Biblioteca de Oz, acompañar a unos investigadores hasta la sede de la biblioteca digital Diabase, intentar evitar el encuentro con el Libro maldito, buscar la forma de escapar descubriendo el Pasaje en la biblioteca de la casa oscura, comprobar algunas de las consecuencias que traen los recortes económicos en cultura por parte de las administraciones públicas, discriminar los libros construidos para confundir la literatura científica con la de ficción, aprender a enamorarse de una persona a través de sus lecturas privadas o adentrarnos en los almacenes del Ministerio de la Ficción donde están escritas todas las posibilidades históricas, mundos futuros imaginados que en cualquier momento podrían servir para construir la realidad. En esta colección de cuentos, la irrupción del elemento fantástico ―esa yuxtaposición conflictiva de órdenes de realidad de la que habla David Roas―, ocurre a veces de un modo muy sutil, casi imperceptible, y otras, en cambio, se apodera del espacio de ficción y los personajes se apartan de toda realidad lógica sucumbiendo a mundos casi oníricos.
Una biblioteca, cualquier biblioteca por modesta que sea, siempre tiene algo de fantástico por lo que contiene. Si en el relato de Borges la certidumbre de que todo está ya escrito abrumaba al narrador hasta anularlo, a muchos lectores nos reconforta el hecho de tener constancia de que sólo a través de la lectura podremos estar acaso un poco más cerca de lo que puede ser la sabiduría. Al fin y al cabo, los libros, parafraseando a Cortázar, van siendo los únicos lugares en los que todavía se puede estar tranquilo.
Con Las bibliotecas imposibles, Mario Cuenca Sandoval y los once autores de estos relatos consiguen hacer un bello homenaje a la fascinación que las bibliotecas despiertan en los lectores al descubrir allí su mejor refugio.





Las bibliotecas imposibles
Autores: José María Merino, Clara Obligado, Lola López Mondéjar, Juan Francisco Ferré, Carmen Velasco, Alberto Chimal, Pablo de Santis, Roberto Valencia, Mercedes Cebrián, Juan Jacinto Muñoz Rengel y Juan Gómez Bárcena. Edición y prólogo: Mario Cuenca Sandoval.
Editorial: Cuadernos del Vigía (2017).

Mijaíl Bulgákov, Un ojo desaparecido

Un ojo desaparecido
Así pues, había transcurrido un año. Justamente un año desde el momento en que llegué a esta misma casa. También entonces colgaba una cortina de lluvia detrás de las ventanas y también entonces las últimas hojas de los abedules se marchitaban melancólicamente. Parecía que nada había cambiado a mi alrededor. Pero yo sí había cambiado mucho. Decidí festejar, en la más completa soledad, esta noche de recuerdos…
Me dirigí por el crujiente suelo a mi dormitorio y me miré en el espejo. Sí, había una gran diferencia. Un año antes, en el espejo recién sacado de la maleta se había reflejado un rostro afeitado. En ese entonces, la raya a un lado adornaba la cabeza de veinticuatro años. Ahora la raya había desaparecido. Los cabellos estaban echados hacia atrás sin ninguna pretensión. Es imposible seducir a nadie con la raya en el pelo si te encuentras a treinta verstas de la línea del ferrocarril. Lo mismo en cuanto al afeitado: sobre mi labio superior se había establecido firmemente una franja que parecía un cepillo de dientes amarillento y duro y mis mejillas se habían vuelto como un rallador, de modo que si durante el trabajo sentía comezón en el antebrazo, era muy agradable rascármelo con la mejilla. Suele ocurrir así si en vez de tres veces a la semana te afeitas sólo una.
En alguna ocasión, en algún lugar… no recuerdo en dónde… leí algo acerca de un inglés que fue a parar a una isla desierta. Era un inglés muy interesante. Estuvo en esa isla hasta tener alucinaciones. Y cuando un barco se acercó y la lancha arrojó a los hombres salvavidas él -anacoreta- los recibió con disparos de revólver, creyendo que se trataba de un espejismo, de un engaño del desierto campo de agua. Pero ese inglés estaba afeitado. Cada día se afeitaba en la isla deshabitada. Recuerdo que este orgulloso hijo de Britania me produjo la más grande admiración. Cuando vine a este lugar, puse en mi maleta una maquinilla de afeitar Gillette, con una docena de hojas de recambio, una navaja y una brocha. Había decidido firmemente que me afeitaría cada tercer día, porque este lugar no era en nada inferior a una isla deshabitada.
Pero sucedió que, en cierta ocasión, un claro día del mes de abril, después de que yo hubiera colocado todos esos encantos ingleses bajo un dorado y oblicuo rayo de luz y hubiera dejado impecable mi mejilla derecha, irrumpió, trotando como un caballo, Egórich, calzado con unas enormes botas rotas, y me informó que una mujer estaba dando a luz en los matorrales del vedado, junto al riachuelo. Recuerdo que con la toalla me limpié la mejilla izquierda y salí a toda prisa acompañado de Egórich. Éramos tres los que corríamos hacia el riachuelo, turbio y crecido en medio de los desnudos sotos de mimbres: la comadrona llevando las pinzas de torsión, un rollo de gasa y un frasco de yodo, yo con los ojos extraviados y saltones y, detrás, Egórich. Éste, a cada cinco pasos, se sentaba en la tierra y, maldiciendo, arrancaba pedazos de su bota izquierda: se le había despegado la suela. El viento volaba a nuestro encuentro, el dulce y salvaje viento de la primavera rusa. La comadrona Pelagueia Ivánovna había perdido su pasador y sus cabellos recogidos en un moño se habían soltado y le golpeaban el hombro.
-¿Por qué demonios te bebes todo tu dinero? -farfullé al vuelo a Egórich-. Es una canallada. Eres el guardián de una clínica y vas vestido como un mendigo.
-Eso no es dinero -dijo Egórich haciendo rechinar con rabia los dientes-. Por veinte rublos al mes todo este sufrimiento… ¡Ah, maldita seas! -Egórich golpeaba el suelo con el pie como un furioso caballo trotón-. Dinero… con eso no sólo no me alcanza para botas, ni siquiera para comer y beber…
-Beber, eso es lo principal para ti -dije con voz afónica, asfixiándome-, por eso vas tan desarrapado…
Junto al puente podrido se oyó un lastimero y débil gemido, que voló sobre el impetuoso torrente y se apagó. Llegamos corriendo y vimos a una mujer desgreñada, que se retorcía de dolor. El pañuelo se le había caído de la cabeza y los húmedos cabellos estaban pegados a su frente sudorosa. La mujer, en su sufrimiento, ponía los ojos en blanco y con las uñas desgarraba su pelliza. Una brillante sangre había salpicado la primera hierba verde, clara y pálida, que había brotado en la tierra fértil y embebida de agua.
-No alcanzó a llegar, no alcanzó a llegar -dijo apresuradamente Pelagueia Ivánovna mientras ella misma, con la cabeza descubierta y parecida a una bruja, deshacía el rollo de gasa.
Allí, con el alegre rugido de las aguas que se precipitaban a través de los oscurecidos pilares de madera del puente, Pelagueia Ivánovna y yo recibimos a un bebé de sexo masculino. Lo recibimos vivo y salvamos a la madre. Luego las dos enfermeras y Egórich, con el pie izquierdo descalzo, libre ya de la odiada suela podrida, llevaron a la parturienta hasta el hospital en una camilla.
Cuando ésta, ya tranquila y pálida, yacía cubierta por las sábanas, cuando el bebé ya había sido colocado en una cuna junto a ella y cuando todo estuvo en orden, le pregunté:
-¿No podías encontrar un lugar mejor que el puente para dar a luz? ¿Por qué no viniste a caballo?
Ella contestó:
-Mi suegro no me dio el caballo. “Son sólo cinco verstas”, me dijo. “Llegarás. Eres una mujer fuerte. Para qué cansar en vano al caballo…”
-Tu suegro es un tonto y un cerdo -respondí.
-Ah, qué gente tan ignorante -añadió compasivamente Pelagueia Ivánovna, y luego, por alguna razón, se rió.
Capté su mirada, que se había detenido en mi mejilla izquierda.
Salí, y en la sala de partos me miré al espejo. El espejo me mostró lo que mostraba normalmente: una fisonomía contraída de tipo claramente degenerativo, con un ojo derecho que aparentemente había recibido un golpe. Pero -y de eso el espejo no tenía la culpa- en la mejilla derecha del degenerado se podía haber bailado como sobre parquet, mientras que en la izquierda se extendía un espeso vello rojizo. El mentón servía de línea divisoria. Me vino a la memoria un libro de tapas amarillas: Sajalín. En ese libro había fotografías de distintos hombres.
«Asesinato, robo, un hacha ensangrentada -pensé yo-, diez años… Qué vida tan original llevo, después de todo, en esta isla deshabitada. Debo ir a terminar de afeitarme…»
Y aspirando el aire de abril que llegaba de los negros campos, escuchando el estruendo que producían los cuervos desde las copas de los abedules y entrecerrando los ojos a causa del primer sol, atravesé el patio dispuesto a terminar de afeitarme. Eran alrededor de las tres de la tarde. Terminé de afeitarme a las nueve de la noche. Nunca, según había podido observar, las cosas inesperadas -como un parto en medio de los matorrales- llegaban solas a Múrievo. En cuanto puse la mano en la abrazadera de la puerta de mi balcón, el hocico de un caballo apareció en el portón de la entrada, junto con una carreta cubierta de suciedad, que se zarandeaba fuertemente. La conducía una campesina que gritaba con voz aguda:
-¡Arre, maldito!
Desde el balcón oí cómo, entre un montón de trapos, gimoteaba un muchachito.
Por supuesto, resultó que tenía la pierna rota y durante dos horas el enfermero y yo estuvimos atareados colocando el vendaje de yeso al niño, que durante esas dos horas estuvo dando alaridos. Después, había que comer y después tuve pereza de afeitarme: quería leer alguna cosa. Después llegó arrastrándose el crepúsculo, el horizonte se oscureció y yo, apresuradamente, por fin terminé de afeitarme. Pero como la dentada Gillette se había quedado olvidada en el agua jabonosa, para siempre quedó en ella una franja oxidada como recuerdo del parto de primavera junto al puente.
Sí… no tenía sentido afeitarse dos veces a la semana. En ocasiones estábamos completamente cubiertos de nieve, aullaba la tormenta, y nos quedábamos sin salir del hospital de Múrievo durante un par de días; ni siquiera había quien fuera a Voznesensk, a nueve verstas de distancia, a traer los periódicos. Durante las largas noches, yo paseaba arriba y abajo por mi gabinete y deseaba ardientemente leer un periódico, como en la infancia había deseado leer El rastreador de Cooper. Pero los aires ingleses no se extinguieron por completo en la isla deshabitada de Múrievo y, de tiempo en tiempo, sacaba del estuche negro el brillante juguetito, me afeitaba con indolencia y salía limpio y terso como el orgulloso habitante de la isla. Lástima que no hubiera nadie que pudiera admirarme.
Pero… sí… hubo, además de éste, otro caso similar. En cierta ocasión, según recuerdo, ya había sacado la maquinilla de afeitar y Axinia me había traído al gabinete el mellado jarro con agua caliente, cuando tocaron amenazadoramente a la puerta y me llamaron. Pelagueia Ivánovna y yo debíamos ir a un lugar terriblemente lejano. Y atravesamos, envueltos en nuestras pellizas de cordero y más parecidos a un negro fantasma que a nosotros mismos, aquel enloquecido océano blanco. La tormenta silbaba como una bruja, aullaba, escupía, reía. Todo había desaparecido y yo experimentaba una conocida sensación de frío en algún lugar de la región del plexo solar ante la sola idea de que pudiéramos confundir el camino en medio de aquella oscuridad que giraba satánicamente alrededor de nosotros y muriéramos todos: Pelagueia Ivánovna, el cochero, el caballo y yo. También, recuerdo, surgió en mí la tonta idea de que, cuando nos estuviéramos congelando y nos encontráramos cubiertos a medias por la nieve, inyectaría morfina a la comadrona, al cochero y a mí mismo… ¿Para qué? Simplemente para no sufrir… «Aun sin morfina te congelarás espléndidamente, médico -recuerdo que me contestó una voz seca y fuerte-, nada te…» ¡Uh-uh-uh!… ¡Ah-ah-ah!…, soplaba la bruja, y nos sacudíamos en el trineo… Seguramente publicarán en algún periódico de la capital, en la última página, que en tales y tales circunstancias perecieron en el cumplimiento de su deber el doctor fulano de tal, junto con Pelagueia Ivánovna, el cochero y un par de caballos. Paz a sus restos en el mar de nieve. Púa…, las cosas que pueden venir a la cabeza cuando el así llamado deber te arrastra y te arrastra…
No perecimos, ni nos extraviamos, sino que llegamos a la aldea Gríshievo, donde, sujetando al bebé por la piernecita, realicé el segundo viraje de mi vida. La parturienta era la esposa del maestro de la aldea y, mientras Pelagueia Ivánovna y yo -ensangrentados hasta los codos y cubiertos de sudor hasta los ojos- a la luz de la lámpara nos ocupábamos del viraje, se oía cómo, al otro lado de la puerta de tablones, el marido sollozaba y se paseaba por la parte oscura de la isba. Acompañado de los gemidos de la parturienta y de los incesantes sollozos del marido, debo confesar que le rompí el brazo al bebé. El niño nació muerto. ¡Ah, cómo me corría el sudor por la espalda! Instantáneamente me vino a la cabeza la idea de que aparecería alguien amenazador, negro y enorme, que irrumpiría en la isba y diría con voz de piedra: «Ajá. ¡Retírenle el título!»
Yo, sintiendo desfallecer mis fuerzas, miraba aquel cuerpecito amarillo e inerte y a la madre del color de la cera, que yacía inmóvil, inconsciente a causa del cloroformo. Por el postigo de la ventana que habíamos abierto para disipar el asfixiante olor del cloroformo, entraba una ráfaga de viento y nieve que se transformaba en una nube de vapor. Cerré el postigo y de nuevo fijé la mirada en la manita fláccida que sostenía la enfermera. Ah, no puedo expresar la desesperación con la que regresé a casa solo, ya que había dejado a Pelagueia Ivánovna para que cuidara de la madre. El trineo se sacudía en medio de la tormenta, que ya había amainado; los sombríos bosques me miraban con reproche, sin esperanza, con desesperación. Me sentía derrotado, deshecho, aplastado por el cruel destino. Él me había arrojado a este lugar perdido y me había obligado a luchar solo, sin ningún tipo de apoyo ni indicaciones. ¡Cuántas dificultades tan increíbles me veo obligado a soportar! A mí pueden traerme cualquier caso complicado o difícil, la mayoría de las veces quirúrgico, y yo debo hacerle frente, con mi rostro sin afeitar, y vencerlo. Y cuando no lo venzo, sufro como ahora, que voy dando tumbos por los baches del camino y he dejado atrás el cadáver de un recién nacido y a su madre. Mañana, en cuanto cese la tormenta, Pelagueia Ivánovna la traerá al hospital y la gran interrogante será: ¿podré salvarla? ¿Y cómo debo salvarla? ¿Cómo entender esa grandiosa palabra? En realidad actúo al azar, no sé nada. Hasta ahora había tenido suerte, algunos casos asombrosos han terminado bien, pero hoy, hoy no he tenido suerte. Ah, mi corazón se siente agobiado por la soledad, el frío, porque no hay nadie alrededor. Quizá he cometido un crimen -con el bracito-. Quisiera irme a algún sitio, caer ante los pies de alguien y decirle que las cosas son así, que yo, el médico tal, he roto el brazo de un bebé. Quítenme el título, soy indigno de él, queridos colegas, envíenme a Sajalín. ¡Oh, qué neurastenia!
Me tumbé en el fondo del trineo y me encogí, para que el frío no me devorara con tanta crueldad. Me sentí como un perro miserable, sin hogar ni experiencia.
Viajamos durante mucho, mucho tiempo, hasta que vimos los destellos del pequeño pero alegre y eternamente familiar farol del portón de entrada del hospital. El farol parpadeaba, se desvanecía, aparecía y desaparecía de nuevo, nos atraía hacia sí. Al verlo, mi alma solitaria se sintió menos apesadumbrada y cuando ya finalmente se afirmó ante mis ojos, cuando creció y se acercó, cuando las paredes del hospital dejaron de ser negras para adquirir su habitual tono blanquecino, yo, mientras atravesaba el portón, me decía a mí mismo:
«Preocuparse por el brazo es una tontería. No tiene ninguna importancia. Se lo rompiste a un bebé que ya estaba muerto. No es en el brazo en lo que debes pensar ahora, sino en que la madre está viva.»
El farol me animó, el familiar balcón también, pero ya dentro de la casa, cuando subía hacia mi gabinete y comencé a sentir el calor de la estufa y a saborear por anticipado el sueño liberador de todos los tormentos, farfullé de la siguiente manera:
«Las cosas son así, pero de todas maneras tengo miedo y me siento muy solo. Muy solo.»
La maquinilla de afeitar estaba sobre la mesa y junto a ella el jarro con el agua, que se había enfriado ya. Con desprecio arrojé la maquinilla al cajón. Sí, en verdad que era un momento muy adecuado para afeitarse…
Había transcurrido un año. Mientras transcurría lentamente me había parecido multifacético, variado, complicado y terrible, pero ahora comprendo que ha pasado como un huracán. Me miro en el espejo y veo las huellas que ha dejado en mi rostro. Los ojos se han vuelto más severos e intranquilos, la boca más firme y viril, la arruga del entrecejo me quedará para toda la vida, como me quedan los recuerdos. Los veo en el espejo correr en un impetuoso torrente. Pero… en otra ocasión también temblé al pensar en mi título y en que algún fantástico tribunal me juzgaría y los terribles jueces me preguntarían:
«¿Dónde está la mandíbula del soldado? ¡Eh! ¡Contesta, malvado sinvergüenza con título universitario!»
¡Cómo no voy a recordarlo! El asunto es que, aunque en el mundo existe el enfermero Demián Lukich que extrae los dientes con la misma habilidad con que un carpintero saca los clavos herrumbrosos de las tablas viejas, el tacto y el sentimiento de mi propia dignidad me sugirieron, desde mis primeros pasos en el hospital de Múrievo, que debía aprender a extraer muelas. Demián Lukich podría ausentarse o enfermar y nuestras comadronas saben hacerlo todo menos una cosa: extraer muelas. Ese no es asunto de ellas.
En consecuencia… Recuerdo perfectamente un rostro sonrosado pero consumido por el sufrimiento que estaba en el taburete frente a mí. Era el de un soldado que, como muchos otros, había vuelto del frente que se desmoronaba después de la revolución. Recuerdo con exactitud la enorme muela agujereada, fuertemente enclavada en la mandíbula. Frunciendo el ceño con expresión de sabiduría y tosiendo con preocupación, coloqué las tenazas en aquella muela. Debo añadir, sin embargo, que en ese momento recordaba con toda claridad el conocido relato de Chéjov acerca de cómo le extrajeron una muela al sacristán. Entonces, por primera vez, me pareció que ese relato no era gracioso. Algo crujió con fuerza en el interior de la boca y el soldado dio un corto alarido:
-|Ay!
Después de eso, cesó la resistencia a mis manos y las tenazas salieron de la boca con un objeto blanco y ensangrentado apretado entre ellas. En ese instante sentí que el corazón me daba un vuelco porque ese objeto superaba, por sus dimensiones, a cualquier diente, aunque éste fuera una muela de soldado. Al principio no comprendí nada, pero luego estuve a punto de echarme a llorar: de las tenazas verdaderamente colgaba una muela de raíces muy largas, pero de la muela colgaba un enorme trozo de hueso, inmaculadamente blanco e irregular.
«Le he roto la mandíbula…», pensé, y las piernas me flaquearon. Dando gracias al destino porque no se encontraban en ese momento junto a mí ni el enfermero ni las comadronas, con un movimiento subrepticio envolví el fruto de mi audaz trabajo en una gasa y lo escondí en mi bolsillo. El soldado se balanceaba en el taburete aferrándose con una mano a la pata del sillón ginecológico y con la otra a la pata del taburete, y me miraba con ojos saltones y completamente atontados. Confundido, le di un vaso con una solución de permanganato de potasio y le ordené:
-Enjuágate la boca.
Fue una acción tonta. El soldado se llenó la boca de la solución y cuando la escupió, ésta salió mezclada con la sangre de color escarlata que ya por el camino se había convertido en un líquido espeso de un color nunca antes visto. Luego, la sangre comenzó a manar de tal forma de la boca del soldado, que yo mismo me asusté. Si le hubiera hecho un corte en la garganta con una navaja de afeitar, seguramente no habría manado con tanta fuerza. Dejé el vaso con el permanganato y me lancé hacia el soldado con bolas de gasa con las que intentaba taparle el agujero abierto en la mandíbula. La gasa se volvió inmediatamente escarlata y, al sacarla, vi con horror que en aquel agujero fácilmente se podía acomodar una ciruela de las de gran tamaño.
«He arruinado a este pobre soldado», pensé con desesperación mientras sacaba largas franjas de gasa de un frasco. Finalmente la sangre se detuvo y unté con yodo el agujero de la mandíbula.
-No comas nada durante tres horas -dije con voz temblorosa a mi paciente.
-Se lo agradezco profundamente -respondió el soldado, mirando con cierto asombro la taza, llena de su sangre.
-Tú, amigo mío -dije con voz lastimera-, haz lo siguiente… Ven mañana o pasado mañana a verme. Necesito… sabes… será necesario examinarte… Tienes al lado una muela sospechosa… ¿De acuerdo?
-Se lo agradezco profundamente -repitió el soldado con aire sombrío, y se alejó sujetándose la mandíbula. Yo me lancé hacia el consultorio y estuve sentado allí durante un tiempo, cogiéndome la cabeza con las manos y balanceándome, como si yo mismo tuviera dolor de muelas. Unas cinco veces saqué del bolsillo la dura y ensangrentada bola, pero siempre volvía a esconderla rápidamente.
Durante una semana viví como extraviado en la niebla, adelgacé y me debilité.
«El soldado tendrá gangrena o septicemia… ¡Ah, demonios! ¿Para qué le habré metido las tenazas en la boca?»
Escenas absurdas me cruzaban por la mente. Por ejemplo, el soldado comienza a temblar. Primero camina, y relata cosas sobre Kérenski y el frente, pero se va poniendo cada vez más silencioso. Ya no está para Kérenski. El soldado está acostado sobre una almohada de percal y delira. Tiene cuarenta grados de temperatura. Todos los aldeanos visitan al soldado. Al final el soldado ya está tendido sobre la mesa, bajo los iconos, con la nariz afilada.
En la aldea comienza el cotilleo.
«¿Cómo habrá podido pasarle esto?»
«El doctor le sacó una muela…»
«Ahí está el asunto…»
Más días, más cotilleo. Una investigación. Aparece un hombre de rostro severo.
«¿Usted le extrajo una muela al soldado…?»
«Sí… yo.»
Exhuman al soldado. Un juicio. El oprobio. Yo soy la causa de la muerte. Y he aquí que ya no soy un médico, sino un hombre desdichado, arrojado por la borda, mejor dicho, un ex hombre.
El soldado no volvía al hospital, yo me deprimía y la bola se llenaba de herrumbre y se secaba sobre el escritorio. Una semana más tarde debía ir a la capital de distrito por el salario del personal. Me marché a los cinco días y, ante todo, fui a ver al médico del hospital de distrito. Ese hombre, con una barbita ahumada por el humo del tabaco, había trabajado durante veinticinco años en el hospital. Había visto de todo. Esa noche, en su gabinete, yo tomaba melancólicamente té con limón y hurgaba en el mantel, hasta que finalmente no resistí y, hablando con rodeos, le conté una historia confusa y falsa: a veces… ocurren ciertas cosas… si alguien extrae una muela… y rompe la mandíbula… puede producirse la gangrena, ¿verdad…? Sabe, un trozo… he leído…
El médico me escuchó un buen rato fijando en mí sus ojos descoloridos bajo cejas hirsutas, y de pronto me dijo:
-Usted le ha roto el alvéolo… En el futuro extraerá muy bien las muelas… Deje el té y vamos a beber un poco de vodka antes de la cena.
En ese momento, y para toda la vida, el soldado que me atormentaba salió de mi cabeza.
¡Ah, el espejo de los recuerdos! Había transcurrido un año. ¡Qué gracioso me resulta ahora recordar ese alvéolo! Yo, a decir verdad, nunca extraeré los dientes como Demián Lukich. ¡Faltaría más! Él extrae unos cinco dientes cada día, mientras que yo uno cada dos semanas. Pero, pese a eso, los extraigo como muchos quisieran poder hacerlo. Y ya no rompo los alvéolos, y si lo hiciera, no me asustaría.
Pero ¿qué importancia tienen los dientes? Cuántas cosas no habré visto y hecho en este año inolvidable.
La noche entraba en la habitación. La lámpara estaba ya encendida y yo, flotando en el amargo olor a tabaco, hacía un balance. Mi corazón se llenó de orgullo. Había hecho dos amputaciones desde la cadera (las de dedos ni siquiera las cuento). ¿Y cuántos raspados? Los tengo anotados dieciocho veces. ¿Y la hernia? ¿Y la traqueotomía? Todo lo he hecho, y ha salido bien. ¡Cuántos abscesos gigantescos he abierto! ¿Y los vendajes en las fracturas? Los he hecho de yeso y almidonados. He arreglado dislocaciones. He hecho intubaciones. Y partos. ¡De todo tipo! Es verdad que no haría cesáreas. Siempre se puede enviar a la parturienta a la ciudad. Pero fórceps, virajes, todos los que quieran.
Recuerdo mi último examen estatal de medicina legal. El profesor me dijo:
-Hable de las heridas a quemarropa.
Comencé a hablar con soltura, y hablé durante mucho rato; por mi memoria visual pasaba flotando la página de un grueso libro de texto. Finalmente quedé agotado; el profesor me miró con repugnancia y dijo con voz cascada:
-Nada parecido a lo que usted acaba de decir ocurre en las heridas a quemarropa. ¿Cuántos sobresalientes tiene?
-Quince -contesté.
El profesor puso frente a mi apellido un aprobado y yo salí de allí rodeado de niebla y vergüenza…
Salí y muy pronto me marché a Múrievo, y aquí estoy, solo. El diablo sabrá lo que ocurre en las heridas a quemarropa. Yo sé que cuando aquí había una persona acostada en la mesa de operaciones y una espuma de burbujas -rosada por la sangre- le salía de la boca no perdí el dominio de mí mismo. No, aunque su pecho había sido destrozado a quemarropa con perdigones para lobos, hasta tal punto que se veía un pulmón y la carne del pecho colgaba a pedazos. Y un mes y medio más tarde ese mismo hombre salió vivo de mi hospital. En la universidad nunca tuve el honor de tener entre mis manos unos fórceps, en cambio aquí, aunque temblando, aprendí a utilizarlos en un momento. No oculto que recibí a un bebé extraño: la mitad de su cabeza estaba hinchada, de color azul purpúreo y sin un ojo. Sentí que me helaba. Escuché vagamente las palabras de consuelo de Pelagueia Ivánovna:
-No es nada, doctor, simplemente le ha puesto en el ojo una de las paletas de los fórceps.
Estuve temblando durante dos días, pero dos días más tarde la cabeza recuperó su estado normal.
Y cuántas heridas he cosido. Cuántas pleuritis purulentas he visto, cuántas neumonías, tifus, cánceres, sífilis, hernias (y las he curado), hemorroides, sarcomas…
Inspirado, abrí el libro de registros y estuve contando durante una hora. ¡Y los conté todos! En un año, hasta esa misma noche, había atendido a 15613 enfermos. Internados había tenido 200 y sólo habían muerto seis.
Cerré el libro y me dispuse a dormir. A mis veinticuatro años, estaba acostado en mi cama en espera de poder conciliar el sueño, y pensaba que mi experiencia era ahora enorme. ¿De qué podía tener miedo? De nada. Había sacado guisantes de los oídos de los niños, había cortado, cortado, cortado… Mi mano era valiente, no temblaba. Había visto toda clase de picardías y aprendido a comprender incomprensibles frases de labios de las campesinas. Me orientaba en ellas como Sherlock Holmes en los documentos misteriosos… El sueño estaba cada vez más cerca…
-Yo… -farfullé, mientras me quedaba dormido-, yo verdaderamente ya no puedo imaginar que me traigan un caso que me ponga en un callejón sin salida…, quizá allá, en la capital, dirán que actúo como un enfermero… qué importa… ellos están bien… en las clínicas y universidades… en los gabinetes de rayos X… en cambio yo aquí… soy todo… y los campesinos no pueden vivir sin mí… Cómo temblaba cuando llamaban a la puerta, cómo me contraía mentalmente por el miedo… En cambio ahora…

***
-¿Cuándo ocurrió esto?
-Hace una semana, padrecito, hace una semana… Lo echó…
Y la campesina comenzó a sollozar.
Era una mañana grisácea del mes de octubre: el primer día de mi segundo año. La noche anterior me había sentido orgulloso y me había jactado de mí mismo mientras lograba conciliar el sueño, y esta mañana estaba de pie, con mi bata, y observaba desorientado…
La mujer sostenía en sus brazos a su hijito de un año como si fuera un tronco; al chiquillo le faltaba el ojo izquierdo. En lugar de un ojo, de su estirado y delgadísimo párpado asomaba un globo de color amarillo, del tamaño de una manzana pequeña. El chiquillo gritaba y pataleaba de dolor, y la campesina sollozaba. Yo no sabía qué hacer. Lo examiné desde todos los ángulos. Demián Lukich y la comadrona estaban de pie detrás de mí. Callaban. Nunca habían visto nada semejante.
«¿Qué puede ser esto…? Una herida cerebral… Hmm… pero está vivo… Sarcoma… Hmm… es demasiado blando… Un horrible tumor nunca visto… Pero a partir de dónde… De lo que fuera el ojo… O quizá el ojo nunca haya existido… en todo caso, ahora no está…»
-Pues bien -dije con aire inspirado-, es necesario operar este problema…
E inmediatamente me imaginé cómo haría una incisión en el párpado, cómo lo abriría y…
«¿Y qué…? ¿Qué ocurrirá más adelante? Tal vez eso provenía del cerebro… Diablos… Es bastante suave… se parece al cerebro…»
-¿Qué? ¿Cortarle? -preguntó la campesina palideciendo-. ¿Cortar en el ojo? No doy mi consentimiento…
Y, horrorizada, se puso a envolver al chiquillo en trapos.
-No tiene ningún ojo -contesté categóricamente-. Observa, no hay lugar para el ojo. Tu niño tiene un extraño tumor…
-Dele unas gotas -dijo la campesina, aterrorizada.
-¿Te estás burlando acaso? ¿Qué tienen que ver las gotas aquí? ¡Ninguna gota lo puede ayudar!
-Entonces qué, ¿se va a quedar sin ojo?
-Te estoy diciendo que no tiene ojo…
-¡Pues hace tres días tenía uno! -exclamó con desesperación la mujer.
«¡Diablos…!»
-No lo sé, quizá en realidad lo tenía… Diablos… Pero es que ahora no lo tiene… Y por último, querida, es mejor que lleves a tu niño a la ciudad. Allí le harán inmediatamente una operación… ¿No es verdad, Demián Lukich?
-Sí -respondió meditabundo el enfermero, evidentemente sin saber qué decir-, es algo nunca visto.
-¿Que lo operen en la ciudad? -preguntó la campesina con horror-. No lo permitiré.
El asunto terminó con que la mujer se llevó a su niño sin permitir que le tocaran el ojo.
Durante dos días estuve rompiéndome la cabeza, me encogía de hombros, hurgaba en la biblioteca, miraba ilustraciones que representaban a niños con ampollas emergiendo en lugar de ojos… Diablos.
Dos días más tarde me había olvidado del chiquillo.

***
Transcurrió una semana.
-¡Ana Zhújova! -grité.
Entró una alegre campesina con un niño en brazos.
-¿De qué se trata? -pregunté como de costumbre.
-El costado me duele, no puedo respirar -comunicó la campesina, y por alguna razón sonrió burlonamente.
El sonido de su voz me hizo estremecer.
-¿No me reconoce? -preguntó la campesina con tono burlón.
-Espera…, espera…, sí… Espera… ¿Este es el mismo niño?
-El mismo. ¿Recuerda, señor doctor, que usted dijo que no había ojo y que era necesario operar para…?
Me quedé atontado. La campesina me miraba con aire victorioso, la risa jugueteaba en sus ojos.
El niño estaba sentado tranquilo en sus brazos y miraba el mundo con sus ojos castaños. No había ni rastro del tumor amarillo.
«Esto es brujería…», pensé desconcertado.
Después, cuando me hube recobrado un poco, tiré cuidadosamente el párpado hacia atrás. El niño lloriqueó, trató de girar la cabeza, pero de todas formas pude ver… una pequeñísima cicatriz en la mucosa… Vaya…
-En cuanto salimos de aquí la otra vez… se reventó…
-No hace falta que me cuentes nada, mujer -dije yo confundido-, lo he comprendido ya…
-Y usted decía que no tenía ojo… Pues le ha salido uno -y la campesina rió burlonamente.
«Lo he comprendido, ¡que el diablo me lleve…! Un enorme absceso se había desarrollado en el párpado inferior, y había hecho a un lado el ojo, lo había cubierto completamente… y cuando se reventó, el pus salió… y todo quedó en su lugar…»

***
No. Nunca, ni siquiera cuando esté quedándome dormido, murmuraré con orgullo que nada me puede asombrar. No. Ha transcurrido un año, y pasará otro y será tan rico en sorpresas como el primero… Eso significa que hay que aprender con humildad.

Mijaíl Bulgákov, Un ojo desaparecido (Fuente: http://buenoscuentos.com/cuentos/un-ojo-desaparecido).

Mijaíl Bulgákov