Las Bibliotecas Imposibles

El universo de Borges, su biblioteca de Babel, está formada por galerías hexagonales en las que, en cuatro de sus caras, se disponen anaqueles repletos de libros distribuidos de forma uniforme. En el centro de cada hexágono hay unos pozos de ventilación y desde allí se pueden ver los interminables pisos superiores e inferiores a cada celda. Los bibliotecarios pueden desplazarse libremente durante su vida por todas las galerías buscando un libro o el catálogo de catálogos de libros. Siguiendo su descripción, una de las caras libres de cada hexágono tiene un angosto zaguán que comunica con otra galería y que está provista de una escalera en espiral para subir o bajar a los pisos superiores o inferiores. En aquella biblioteca borgiana, que contiene todos los libros posibles, necesariamente hay, al menos, un ejemplar del libro de relatos Las bibliotecas imposibles ―publicado de forma muy cuidada por la editorial Cuadernos del Vigía― y también multitud de facsímiles imperfectos de este libro que no difieren sino por una letra o por una coma.
Para conmemorar los diez años que lleva funcionando la Biblioteca Central de Córdoba, Mario Cuenca Sandoval ha reunido a once grandes autores de cuentos unidos por su devoción a lo fantástico, por esa querencia a que sus personajes ―sumidos generalmente en sus quehaceres cotidianos― se aparten de lo que entendemos por realidad. En todos ellos, aunque con estilos y temáticas muy diversas, se aprecia un conocimiento de los grandes maestros del género ―a los que, en algunos casos, hacen su particular homenaje―, así como la influencia del cine, el cómic o los videojuegos.
Conviene leer despacio el generoso prólogo en el que Mario Cuenca Sandoval nos descubre algunas de las bibliotecas ficticias que han pensado autores como Lasswitz, Lem, Asimov, Bradbury, Doctorow o el propio Borges, entre otros, y en el que da un pormenorizado avance de lo que el lector va a encontrar en las páginas de este volumen.
Aquí podemos descubrir una biblioteca minúscula y extraña escondida en otra biblioteca, compartir la obsesión por conservar lo escrito de cualquier agresión externa, hojear los manuscritos de una biblioteca de grandes obras rechazadas por las editoriales, examinar sorprendentes títulos en la Gran Biblioteca de Oz, acompañar a unos investigadores hasta la sede de la biblioteca digital Diabase, intentar evitar el encuentro con el Libro maldito, buscar la forma de escapar descubriendo el Pasaje en la biblioteca de la casa oscura, comprobar algunas de las consecuencias que traen los recortes económicos en cultura por parte de las administraciones públicas, discriminar los libros construidos para confundir la literatura científica con la de ficción, aprender a enamorarse de una persona a través de sus lecturas privadas o adentrarnos en los almacenes del Ministerio de la Ficción donde están escritas todas las posibilidades históricas, mundos futuros imaginados que en cualquier momento podrían servir para construir la realidad. En esta colección de cuentos, la irrupción del elemento fantástico ―esa yuxtaposición conflictiva de órdenes de realidad de la que habla David Roas―, ocurre a veces de un modo muy sutil, casi imperceptible, y otras, en cambio, se apodera del espacio de ficción y los personajes se apartan de toda realidad lógica sucumbiendo a mundos casi oníricos.
Una biblioteca, cualquier biblioteca por modesta que sea, siempre tiene algo de fantástico por lo que contiene. Si en el relato de Borges la certidumbre de que todo está ya escrito abrumaba al narrador hasta anularlo, a muchos lectores nos reconforta el hecho de tener constancia de que sólo a través de la lectura podremos estar acaso un poco más cerca de lo que puede ser la sabiduría. Al fin y al cabo, los libros, parafraseando a Cortázar, van siendo los únicos lugares en los que todavía se puede estar tranquilo.
Con Las bibliotecas imposibles, Mario Cuenca Sandoval y los once autores de estos relatos consiguen hacer un bello homenaje a la fascinación que las bibliotecas despiertan en los lectores al descubrir allí su mejor refugio.





Las bibliotecas imposibles
Autores: José María Merino, Clara Obligado, Lola López Mondéjar, Juan Francisco Ferré, Carmen Velasco, Alberto Chimal, Pablo de Santis, Roberto Valencia, Mercedes Cebrián, Juan Jacinto Muñoz Rengel y Juan Gómez Bárcena. Edición y prólogo: Mario Cuenca Sandoval.
Editorial: Cuadernos del Vigía (2017).

Mijaíl Bulgákov, Un ojo desaparecido

Un ojo desaparecido
Así pues, había transcurrido un año. Justamente un año desde el momento en que llegué a esta misma casa. También entonces colgaba una cortina de lluvia detrás de las ventanas y también entonces las últimas hojas de los abedules se marchitaban melancólicamente. Parecía que nada había cambiado a mi alrededor. Pero yo sí había cambiado mucho. Decidí festejar, en la más completa soledad, esta noche de recuerdos…
Me dirigí por el crujiente suelo a mi dormitorio y me miré en el espejo. Sí, había una gran diferencia. Un año antes, en el espejo recién sacado de la maleta se había reflejado un rostro afeitado. En ese entonces, la raya a un lado adornaba la cabeza de veinticuatro años. Ahora la raya había desaparecido. Los cabellos estaban echados hacia atrás sin ninguna pretensión. Es imposible seducir a nadie con la raya en el pelo si te encuentras a treinta verstas de la línea del ferrocarril. Lo mismo en cuanto al afeitado: sobre mi labio superior se había establecido firmemente una franja que parecía un cepillo de dientes amarillento y duro y mis mejillas se habían vuelto como un rallador, de modo que si durante el trabajo sentía comezón en el antebrazo, era muy agradable rascármelo con la mejilla. Suele ocurrir así si en vez de tres veces a la semana te afeitas sólo una.
En alguna ocasión, en algún lugar… no recuerdo en dónde… leí algo acerca de un inglés que fue a parar a una isla desierta. Era un inglés muy interesante. Estuvo en esa isla hasta tener alucinaciones. Y cuando un barco se acercó y la lancha arrojó a los hombres salvavidas él -anacoreta- los recibió con disparos de revólver, creyendo que se trataba de un espejismo, de un engaño del desierto campo de agua. Pero ese inglés estaba afeitado. Cada día se afeitaba en la isla deshabitada. Recuerdo que este orgulloso hijo de Britania me produjo la más grande admiración. Cuando vine a este lugar, puse en mi maleta una maquinilla de afeitar Gillette, con una docena de hojas de recambio, una navaja y una brocha. Había decidido firmemente que me afeitaría cada tercer día, porque este lugar no era en nada inferior a una isla deshabitada.
Pero sucedió que, en cierta ocasión, un claro día del mes de abril, después de que yo hubiera colocado todos esos encantos ingleses bajo un dorado y oblicuo rayo de luz y hubiera dejado impecable mi mejilla derecha, irrumpió, trotando como un caballo, Egórich, calzado con unas enormes botas rotas, y me informó que una mujer estaba dando a luz en los matorrales del vedado, junto al riachuelo. Recuerdo que con la toalla me limpié la mejilla izquierda y salí a toda prisa acompañado de Egórich. Éramos tres los que corríamos hacia el riachuelo, turbio y crecido en medio de los desnudos sotos de mimbres: la comadrona llevando las pinzas de torsión, un rollo de gasa y un frasco de yodo, yo con los ojos extraviados y saltones y, detrás, Egórich. Éste, a cada cinco pasos, se sentaba en la tierra y, maldiciendo, arrancaba pedazos de su bota izquierda: se le había despegado la suela. El viento volaba a nuestro encuentro, el dulce y salvaje viento de la primavera rusa. La comadrona Pelagueia Ivánovna había perdido su pasador y sus cabellos recogidos en un moño se habían soltado y le golpeaban el hombro.
-¿Por qué demonios te bebes todo tu dinero? -farfullé al vuelo a Egórich-. Es una canallada. Eres el guardián de una clínica y vas vestido como un mendigo.
-Eso no es dinero -dijo Egórich haciendo rechinar con rabia los dientes-. Por veinte rublos al mes todo este sufrimiento… ¡Ah, maldita seas! -Egórich golpeaba el suelo con el pie como un furioso caballo trotón-. Dinero… con eso no sólo no me alcanza para botas, ni siquiera para comer y beber…
-Beber, eso es lo principal para ti -dije con voz afónica, asfixiándome-, por eso vas tan desarrapado…
Junto al puente podrido se oyó un lastimero y débil gemido, que voló sobre el impetuoso torrente y se apagó. Llegamos corriendo y vimos a una mujer desgreñada, que se retorcía de dolor. El pañuelo se le había caído de la cabeza y los húmedos cabellos estaban pegados a su frente sudorosa. La mujer, en su sufrimiento, ponía los ojos en blanco y con las uñas desgarraba su pelliza. Una brillante sangre había salpicado la primera hierba verde, clara y pálida, que había brotado en la tierra fértil y embebida de agua.
-No alcanzó a llegar, no alcanzó a llegar -dijo apresuradamente Pelagueia Ivánovna mientras ella misma, con la cabeza descubierta y parecida a una bruja, deshacía el rollo de gasa.
Allí, con el alegre rugido de las aguas que se precipitaban a través de los oscurecidos pilares de madera del puente, Pelagueia Ivánovna y yo recibimos a un bebé de sexo masculino. Lo recibimos vivo y salvamos a la madre. Luego las dos enfermeras y Egórich, con el pie izquierdo descalzo, libre ya de la odiada suela podrida, llevaron a la parturienta hasta el hospital en una camilla.
Cuando ésta, ya tranquila y pálida, yacía cubierta por las sábanas, cuando el bebé ya había sido colocado en una cuna junto a ella y cuando todo estuvo en orden, le pregunté:
-¿No podías encontrar un lugar mejor que el puente para dar a luz? ¿Por qué no viniste a caballo?
Ella contestó:
-Mi suegro no me dio el caballo. “Son sólo cinco verstas”, me dijo. “Llegarás. Eres una mujer fuerte. Para qué cansar en vano al caballo…”
-Tu suegro es un tonto y un cerdo -respondí.
-Ah, qué gente tan ignorante -añadió compasivamente Pelagueia Ivánovna, y luego, por alguna razón, se rió.
Capté su mirada, que se había detenido en mi mejilla izquierda.
Salí, y en la sala de partos me miré al espejo. El espejo me mostró lo que mostraba normalmente: una fisonomía contraída de tipo claramente degenerativo, con un ojo derecho que aparentemente había recibido un golpe. Pero -y de eso el espejo no tenía la culpa- en la mejilla derecha del degenerado se podía haber bailado como sobre parquet, mientras que en la izquierda se extendía un espeso vello rojizo. El mentón servía de línea divisoria. Me vino a la memoria un libro de tapas amarillas: Sajalín. En ese libro había fotografías de distintos hombres.
«Asesinato, robo, un hacha ensangrentada -pensé yo-, diez años… Qué vida tan original llevo, después de todo, en esta isla deshabitada. Debo ir a terminar de afeitarme…»
Y aspirando el aire de abril que llegaba de los negros campos, escuchando el estruendo que producían los cuervos desde las copas de los abedules y entrecerrando los ojos a causa del primer sol, atravesé el patio dispuesto a terminar de afeitarme. Eran alrededor de las tres de la tarde. Terminé de afeitarme a las nueve de la noche. Nunca, según había podido observar, las cosas inesperadas -como un parto en medio de los matorrales- llegaban solas a Múrievo. En cuanto puse la mano en la abrazadera de la puerta de mi balcón, el hocico de un caballo apareció en el portón de la entrada, junto con una carreta cubierta de suciedad, que se zarandeaba fuertemente. La conducía una campesina que gritaba con voz aguda:
-¡Arre, maldito!
Desde el balcón oí cómo, entre un montón de trapos, gimoteaba un muchachito.
Por supuesto, resultó que tenía la pierna rota y durante dos horas el enfermero y yo estuvimos atareados colocando el vendaje de yeso al niño, que durante esas dos horas estuvo dando alaridos. Después, había que comer y después tuve pereza de afeitarme: quería leer alguna cosa. Después llegó arrastrándose el crepúsculo, el horizonte se oscureció y yo, apresuradamente, por fin terminé de afeitarme. Pero como la dentada Gillette se había quedado olvidada en el agua jabonosa, para siempre quedó en ella una franja oxidada como recuerdo del parto de primavera junto al puente.
Sí… no tenía sentido afeitarse dos veces a la semana. En ocasiones estábamos completamente cubiertos de nieve, aullaba la tormenta, y nos quedábamos sin salir del hospital de Múrievo durante un par de días; ni siquiera había quien fuera a Voznesensk, a nueve verstas de distancia, a traer los periódicos. Durante las largas noches, yo paseaba arriba y abajo por mi gabinete y deseaba ardientemente leer un periódico, como en la infancia había deseado leer El rastreador de Cooper. Pero los aires ingleses no se extinguieron por completo en la isla deshabitada de Múrievo y, de tiempo en tiempo, sacaba del estuche negro el brillante juguetito, me afeitaba con indolencia y salía limpio y terso como el orgulloso habitante de la isla. Lástima que no hubiera nadie que pudiera admirarme.
Pero… sí… hubo, además de éste, otro caso similar. En cierta ocasión, según recuerdo, ya había sacado la maquinilla de afeitar y Axinia me había traído al gabinete el mellado jarro con agua caliente, cuando tocaron amenazadoramente a la puerta y me llamaron. Pelagueia Ivánovna y yo debíamos ir a un lugar terriblemente lejano. Y atravesamos, envueltos en nuestras pellizas de cordero y más parecidos a un negro fantasma que a nosotros mismos, aquel enloquecido océano blanco. La tormenta silbaba como una bruja, aullaba, escupía, reía. Todo había desaparecido y yo experimentaba una conocida sensación de frío en algún lugar de la región del plexo solar ante la sola idea de que pudiéramos confundir el camino en medio de aquella oscuridad que giraba satánicamente alrededor de nosotros y muriéramos todos: Pelagueia Ivánovna, el cochero, el caballo y yo. También, recuerdo, surgió en mí la tonta idea de que, cuando nos estuviéramos congelando y nos encontráramos cubiertos a medias por la nieve, inyectaría morfina a la comadrona, al cochero y a mí mismo… ¿Para qué? Simplemente para no sufrir… «Aun sin morfina te congelarás espléndidamente, médico -recuerdo que me contestó una voz seca y fuerte-, nada te…» ¡Uh-uh-uh!… ¡Ah-ah-ah!…, soplaba la bruja, y nos sacudíamos en el trineo… Seguramente publicarán en algún periódico de la capital, en la última página, que en tales y tales circunstancias perecieron en el cumplimiento de su deber el doctor fulano de tal, junto con Pelagueia Ivánovna, el cochero y un par de caballos. Paz a sus restos en el mar de nieve. Púa…, las cosas que pueden venir a la cabeza cuando el así llamado deber te arrastra y te arrastra…
No perecimos, ni nos extraviamos, sino que llegamos a la aldea Gríshievo, donde, sujetando al bebé por la piernecita, realicé el segundo viraje de mi vida. La parturienta era la esposa del maestro de la aldea y, mientras Pelagueia Ivánovna y yo -ensangrentados hasta los codos y cubiertos de sudor hasta los ojos- a la luz de la lámpara nos ocupábamos del viraje, se oía cómo, al otro lado de la puerta de tablones, el marido sollozaba y se paseaba por la parte oscura de la isba. Acompañado de los gemidos de la parturienta y de los incesantes sollozos del marido, debo confesar que le rompí el brazo al bebé. El niño nació muerto. ¡Ah, cómo me corría el sudor por la espalda! Instantáneamente me vino a la cabeza la idea de que aparecería alguien amenazador, negro y enorme, que irrumpiría en la isba y diría con voz de piedra: «Ajá. ¡Retírenle el título!»
Yo, sintiendo desfallecer mis fuerzas, miraba aquel cuerpecito amarillo e inerte y a la madre del color de la cera, que yacía inmóvil, inconsciente a causa del cloroformo. Por el postigo de la ventana que habíamos abierto para disipar el asfixiante olor del cloroformo, entraba una ráfaga de viento y nieve que se transformaba en una nube de vapor. Cerré el postigo y de nuevo fijé la mirada en la manita fláccida que sostenía la enfermera. Ah, no puedo expresar la desesperación con la que regresé a casa solo, ya que había dejado a Pelagueia Ivánovna para que cuidara de la madre. El trineo se sacudía en medio de la tormenta, que ya había amainado; los sombríos bosques me miraban con reproche, sin esperanza, con desesperación. Me sentía derrotado, deshecho, aplastado por el cruel destino. Él me había arrojado a este lugar perdido y me había obligado a luchar solo, sin ningún tipo de apoyo ni indicaciones. ¡Cuántas dificultades tan increíbles me veo obligado a soportar! A mí pueden traerme cualquier caso complicado o difícil, la mayoría de las veces quirúrgico, y yo debo hacerle frente, con mi rostro sin afeitar, y vencerlo. Y cuando no lo venzo, sufro como ahora, que voy dando tumbos por los baches del camino y he dejado atrás el cadáver de un recién nacido y a su madre. Mañana, en cuanto cese la tormenta, Pelagueia Ivánovna la traerá al hospital y la gran interrogante será: ¿podré salvarla? ¿Y cómo debo salvarla? ¿Cómo entender esa grandiosa palabra? En realidad actúo al azar, no sé nada. Hasta ahora había tenido suerte, algunos casos asombrosos han terminado bien, pero hoy, hoy no he tenido suerte. Ah, mi corazón se siente agobiado por la soledad, el frío, porque no hay nadie alrededor. Quizá he cometido un crimen -con el bracito-. Quisiera irme a algún sitio, caer ante los pies de alguien y decirle que las cosas son así, que yo, el médico tal, he roto el brazo de un bebé. Quítenme el título, soy indigno de él, queridos colegas, envíenme a Sajalín. ¡Oh, qué neurastenia!
Me tumbé en el fondo del trineo y me encogí, para que el frío no me devorara con tanta crueldad. Me sentí como un perro miserable, sin hogar ni experiencia.
Viajamos durante mucho, mucho tiempo, hasta que vimos los destellos del pequeño pero alegre y eternamente familiar farol del portón de entrada del hospital. El farol parpadeaba, se desvanecía, aparecía y desaparecía de nuevo, nos atraía hacia sí. Al verlo, mi alma solitaria se sintió menos apesadumbrada y cuando ya finalmente se afirmó ante mis ojos, cuando creció y se acercó, cuando las paredes del hospital dejaron de ser negras para adquirir su habitual tono blanquecino, yo, mientras atravesaba el portón, me decía a mí mismo:
«Preocuparse por el brazo es una tontería. No tiene ninguna importancia. Se lo rompiste a un bebé que ya estaba muerto. No es en el brazo en lo que debes pensar ahora, sino en que la madre está viva.»
El farol me animó, el familiar balcón también, pero ya dentro de la casa, cuando subía hacia mi gabinete y comencé a sentir el calor de la estufa y a saborear por anticipado el sueño liberador de todos los tormentos, farfullé de la siguiente manera:
«Las cosas son así, pero de todas maneras tengo miedo y me siento muy solo. Muy solo.»
La maquinilla de afeitar estaba sobre la mesa y junto a ella el jarro con el agua, que se había enfriado ya. Con desprecio arrojé la maquinilla al cajón. Sí, en verdad que era un momento muy adecuado para afeitarse…
Había transcurrido un año. Mientras transcurría lentamente me había parecido multifacético, variado, complicado y terrible, pero ahora comprendo que ha pasado como un huracán. Me miro en el espejo y veo las huellas que ha dejado en mi rostro. Los ojos se han vuelto más severos e intranquilos, la boca más firme y viril, la arruga del entrecejo me quedará para toda la vida, como me quedan los recuerdos. Los veo en el espejo correr en un impetuoso torrente. Pero… en otra ocasión también temblé al pensar en mi título y en que algún fantástico tribunal me juzgaría y los terribles jueces me preguntarían:
«¿Dónde está la mandíbula del soldado? ¡Eh! ¡Contesta, malvado sinvergüenza con título universitario!»
¡Cómo no voy a recordarlo! El asunto es que, aunque en el mundo existe el enfermero Demián Lukich que extrae los dientes con la misma habilidad con que un carpintero saca los clavos herrumbrosos de las tablas viejas, el tacto y el sentimiento de mi propia dignidad me sugirieron, desde mis primeros pasos en el hospital de Múrievo, que debía aprender a extraer muelas. Demián Lukich podría ausentarse o enfermar y nuestras comadronas saben hacerlo todo menos una cosa: extraer muelas. Ese no es asunto de ellas.
En consecuencia… Recuerdo perfectamente un rostro sonrosado pero consumido por el sufrimiento que estaba en el taburete frente a mí. Era el de un soldado que, como muchos otros, había vuelto del frente que se desmoronaba después de la revolución. Recuerdo con exactitud la enorme muela agujereada, fuertemente enclavada en la mandíbula. Frunciendo el ceño con expresión de sabiduría y tosiendo con preocupación, coloqué las tenazas en aquella muela. Debo añadir, sin embargo, que en ese momento recordaba con toda claridad el conocido relato de Chéjov acerca de cómo le extrajeron una muela al sacristán. Entonces, por primera vez, me pareció que ese relato no era gracioso. Algo crujió con fuerza en el interior de la boca y el soldado dio un corto alarido:
-|Ay!
Después de eso, cesó la resistencia a mis manos y las tenazas salieron de la boca con un objeto blanco y ensangrentado apretado entre ellas. En ese instante sentí que el corazón me daba un vuelco porque ese objeto superaba, por sus dimensiones, a cualquier diente, aunque éste fuera una muela de soldado. Al principio no comprendí nada, pero luego estuve a punto de echarme a llorar: de las tenazas verdaderamente colgaba una muela de raíces muy largas, pero de la muela colgaba un enorme trozo de hueso, inmaculadamente blanco e irregular.
«Le he roto la mandíbula…», pensé, y las piernas me flaquearon. Dando gracias al destino porque no se encontraban en ese momento junto a mí ni el enfermero ni las comadronas, con un movimiento subrepticio envolví el fruto de mi audaz trabajo en una gasa y lo escondí en mi bolsillo. El soldado se balanceaba en el taburete aferrándose con una mano a la pata del sillón ginecológico y con la otra a la pata del taburete, y me miraba con ojos saltones y completamente atontados. Confundido, le di un vaso con una solución de permanganato de potasio y le ordené:
-Enjuágate la boca.
Fue una acción tonta. El soldado se llenó la boca de la solución y cuando la escupió, ésta salió mezclada con la sangre de color escarlata que ya por el camino se había convertido en un líquido espeso de un color nunca antes visto. Luego, la sangre comenzó a manar de tal forma de la boca del soldado, que yo mismo me asusté. Si le hubiera hecho un corte en la garganta con una navaja de afeitar, seguramente no habría manado con tanta fuerza. Dejé el vaso con el permanganato y me lancé hacia el soldado con bolas de gasa con las que intentaba taparle el agujero abierto en la mandíbula. La gasa se volvió inmediatamente escarlata y, al sacarla, vi con horror que en aquel agujero fácilmente se podía acomodar una ciruela de las de gran tamaño.
«He arruinado a este pobre soldado», pensé con desesperación mientras sacaba largas franjas de gasa de un frasco. Finalmente la sangre se detuvo y unté con yodo el agujero de la mandíbula.
-No comas nada durante tres horas -dije con voz temblorosa a mi paciente.
-Se lo agradezco profundamente -respondió el soldado, mirando con cierto asombro la taza, llena de su sangre.
-Tú, amigo mío -dije con voz lastimera-, haz lo siguiente… Ven mañana o pasado mañana a verme. Necesito… sabes… será necesario examinarte… Tienes al lado una muela sospechosa… ¿De acuerdo?
-Se lo agradezco profundamente -repitió el soldado con aire sombrío, y se alejó sujetándose la mandíbula. Yo me lancé hacia el consultorio y estuve sentado allí durante un tiempo, cogiéndome la cabeza con las manos y balanceándome, como si yo mismo tuviera dolor de muelas. Unas cinco veces saqué del bolsillo la dura y ensangrentada bola, pero siempre volvía a esconderla rápidamente.
Durante una semana viví como extraviado en la niebla, adelgacé y me debilité.
«El soldado tendrá gangrena o septicemia… ¡Ah, demonios! ¿Para qué le habré metido las tenazas en la boca?»
Escenas absurdas me cruzaban por la mente. Por ejemplo, el soldado comienza a temblar. Primero camina, y relata cosas sobre Kérenski y el frente, pero se va poniendo cada vez más silencioso. Ya no está para Kérenski. El soldado está acostado sobre una almohada de percal y delira. Tiene cuarenta grados de temperatura. Todos los aldeanos visitan al soldado. Al final el soldado ya está tendido sobre la mesa, bajo los iconos, con la nariz afilada.
En la aldea comienza el cotilleo.
«¿Cómo habrá podido pasarle esto?»
«El doctor le sacó una muela…»
«Ahí está el asunto…»
Más días, más cotilleo. Una investigación. Aparece un hombre de rostro severo.
«¿Usted le extrajo una muela al soldado…?»
«Sí… yo.»
Exhuman al soldado. Un juicio. El oprobio. Yo soy la causa de la muerte. Y he aquí que ya no soy un médico, sino un hombre desdichado, arrojado por la borda, mejor dicho, un ex hombre.
El soldado no volvía al hospital, yo me deprimía y la bola se llenaba de herrumbre y se secaba sobre el escritorio. Una semana más tarde debía ir a la capital de distrito por el salario del personal. Me marché a los cinco días y, ante todo, fui a ver al médico del hospital de distrito. Ese hombre, con una barbita ahumada por el humo del tabaco, había trabajado durante veinticinco años en el hospital. Había visto de todo. Esa noche, en su gabinete, yo tomaba melancólicamente té con limón y hurgaba en el mantel, hasta que finalmente no resistí y, hablando con rodeos, le conté una historia confusa y falsa: a veces… ocurren ciertas cosas… si alguien extrae una muela… y rompe la mandíbula… puede producirse la gangrena, ¿verdad…? Sabe, un trozo… he leído…
El médico me escuchó un buen rato fijando en mí sus ojos descoloridos bajo cejas hirsutas, y de pronto me dijo:
-Usted le ha roto el alvéolo… En el futuro extraerá muy bien las muelas… Deje el té y vamos a beber un poco de vodka antes de la cena.
En ese momento, y para toda la vida, el soldado que me atormentaba salió de mi cabeza.
¡Ah, el espejo de los recuerdos! Había transcurrido un año. ¡Qué gracioso me resulta ahora recordar ese alvéolo! Yo, a decir verdad, nunca extraeré los dientes como Demián Lukich. ¡Faltaría más! Él extrae unos cinco dientes cada día, mientras que yo uno cada dos semanas. Pero, pese a eso, los extraigo como muchos quisieran poder hacerlo. Y ya no rompo los alvéolos, y si lo hiciera, no me asustaría.
Pero ¿qué importancia tienen los dientes? Cuántas cosas no habré visto y hecho en este año inolvidable.
La noche entraba en la habitación. La lámpara estaba ya encendida y yo, flotando en el amargo olor a tabaco, hacía un balance. Mi corazón se llenó de orgullo. Había hecho dos amputaciones desde la cadera (las de dedos ni siquiera las cuento). ¿Y cuántos raspados? Los tengo anotados dieciocho veces. ¿Y la hernia? ¿Y la traqueotomía? Todo lo he hecho, y ha salido bien. ¡Cuántos abscesos gigantescos he abierto! ¿Y los vendajes en las fracturas? Los he hecho de yeso y almidonados. He arreglado dislocaciones. He hecho intubaciones. Y partos. ¡De todo tipo! Es verdad que no haría cesáreas. Siempre se puede enviar a la parturienta a la ciudad. Pero fórceps, virajes, todos los que quieran.
Recuerdo mi último examen estatal de medicina legal. El profesor me dijo:
-Hable de las heridas a quemarropa.
Comencé a hablar con soltura, y hablé durante mucho rato; por mi memoria visual pasaba flotando la página de un grueso libro de texto. Finalmente quedé agotado; el profesor me miró con repugnancia y dijo con voz cascada:
-Nada parecido a lo que usted acaba de decir ocurre en las heridas a quemarropa. ¿Cuántos sobresalientes tiene?
-Quince -contesté.
El profesor puso frente a mi apellido un aprobado y yo salí de allí rodeado de niebla y vergüenza…
Salí y muy pronto me marché a Múrievo, y aquí estoy, solo. El diablo sabrá lo que ocurre en las heridas a quemarropa. Yo sé que cuando aquí había una persona acostada en la mesa de operaciones y una espuma de burbujas -rosada por la sangre- le salía de la boca no perdí el dominio de mí mismo. No, aunque su pecho había sido destrozado a quemarropa con perdigones para lobos, hasta tal punto que se veía un pulmón y la carne del pecho colgaba a pedazos. Y un mes y medio más tarde ese mismo hombre salió vivo de mi hospital. En la universidad nunca tuve el honor de tener entre mis manos unos fórceps, en cambio aquí, aunque temblando, aprendí a utilizarlos en un momento. No oculto que recibí a un bebé extraño: la mitad de su cabeza estaba hinchada, de color azul purpúreo y sin un ojo. Sentí que me helaba. Escuché vagamente las palabras de consuelo de Pelagueia Ivánovna:
-No es nada, doctor, simplemente le ha puesto en el ojo una de las paletas de los fórceps.
Estuve temblando durante dos días, pero dos días más tarde la cabeza recuperó su estado normal.
Y cuántas heridas he cosido. Cuántas pleuritis purulentas he visto, cuántas neumonías, tifus, cánceres, sífilis, hernias (y las he curado), hemorroides, sarcomas…
Inspirado, abrí el libro de registros y estuve contando durante una hora. ¡Y los conté todos! En un año, hasta esa misma noche, había atendido a 15613 enfermos. Internados había tenido 200 y sólo habían muerto seis.
Cerré el libro y me dispuse a dormir. A mis veinticuatro años, estaba acostado en mi cama en espera de poder conciliar el sueño, y pensaba que mi experiencia era ahora enorme. ¿De qué podía tener miedo? De nada. Había sacado guisantes de los oídos de los niños, había cortado, cortado, cortado… Mi mano era valiente, no temblaba. Había visto toda clase de picardías y aprendido a comprender incomprensibles frases de labios de las campesinas. Me orientaba en ellas como Sherlock Holmes en los documentos misteriosos… El sueño estaba cada vez más cerca…
-Yo… -farfullé, mientras me quedaba dormido-, yo verdaderamente ya no puedo imaginar que me traigan un caso que me ponga en un callejón sin salida…, quizá allá, en la capital, dirán que actúo como un enfermero… qué importa… ellos están bien… en las clínicas y universidades… en los gabinetes de rayos X… en cambio yo aquí… soy todo… y los campesinos no pueden vivir sin mí… Cómo temblaba cuando llamaban a la puerta, cómo me contraía mentalmente por el miedo… En cambio ahora…

***
-¿Cuándo ocurrió esto?
-Hace una semana, padrecito, hace una semana… Lo echó…
Y la campesina comenzó a sollozar.
Era una mañana grisácea del mes de octubre: el primer día de mi segundo año. La noche anterior me había sentido orgulloso y me había jactado de mí mismo mientras lograba conciliar el sueño, y esta mañana estaba de pie, con mi bata, y observaba desorientado…
La mujer sostenía en sus brazos a su hijito de un año como si fuera un tronco; al chiquillo le faltaba el ojo izquierdo. En lugar de un ojo, de su estirado y delgadísimo párpado asomaba un globo de color amarillo, del tamaño de una manzana pequeña. El chiquillo gritaba y pataleaba de dolor, y la campesina sollozaba. Yo no sabía qué hacer. Lo examiné desde todos los ángulos. Demián Lukich y la comadrona estaban de pie detrás de mí. Callaban. Nunca habían visto nada semejante.
«¿Qué puede ser esto…? Una herida cerebral… Hmm… pero está vivo… Sarcoma… Hmm… es demasiado blando… Un horrible tumor nunca visto… Pero a partir de dónde… De lo que fuera el ojo… O quizá el ojo nunca haya existido… en todo caso, ahora no está…»
-Pues bien -dije con aire inspirado-, es necesario operar este problema…
E inmediatamente me imaginé cómo haría una incisión en el párpado, cómo lo abriría y…
«¿Y qué…? ¿Qué ocurrirá más adelante? Tal vez eso provenía del cerebro… Diablos… Es bastante suave… se parece al cerebro…»
-¿Qué? ¿Cortarle? -preguntó la campesina palideciendo-. ¿Cortar en el ojo? No doy mi consentimiento…
Y, horrorizada, se puso a envolver al chiquillo en trapos.
-No tiene ningún ojo -contesté categóricamente-. Observa, no hay lugar para el ojo. Tu niño tiene un extraño tumor…
-Dele unas gotas -dijo la campesina, aterrorizada.
-¿Te estás burlando acaso? ¿Qué tienen que ver las gotas aquí? ¡Ninguna gota lo puede ayudar!
-Entonces qué, ¿se va a quedar sin ojo?
-Te estoy diciendo que no tiene ojo…
-¡Pues hace tres días tenía uno! -exclamó con desesperación la mujer.
«¡Diablos…!»
-No lo sé, quizá en realidad lo tenía… Diablos… Pero es que ahora no lo tiene… Y por último, querida, es mejor que lleves a tu niño a la ciudad. Allí le harán inmediatamente una operación… ¿No es verdad, Demián Lukich?
-Sí -respondió meditabundo el enfermero, evidentemente sin saber qué decir-, es algo nunca visto.
-¿Que lo operen en la ciudad? -preguntó la campesina con horror-. No lo permitiré.
El asunto terminó con que la mujer se llevó a su niño sin permitir que le tocaran el ojo.
Durante dos días estuve rompiéndome la cabeza, me encogía de hombros, hurgaba en la biblioteca, miraba ilustraciones que representaban a niños con ampollas emergiendo en lugar de ojos… Diablos.
Dos días más tarde me había olvidado del chiquillo.

***
Transcurrió una semana.
-¡Ana Zhújova! -grité.
Entró una alegre campesina con un niño en brazos.
-¿De qué se trata? -pregunté como de costumbre.
-El costado me duele, no puedo respirar -comunicó la campesina, y por alguna razón sonrió burlonamente.
El sonido de su voz me hizo estremecer.
-¿No me reconoce? -preguntó la campesina con tono burlón.
-Espera…, espera…, sí… Espera… ¿Este es el mismo niño?
-El mismo. ¿Recuerda, señor doctor, que usted dijo que no había ojo y que era necesario operar para…?
Me quedé atontado. La campesina me miraba con aire victorioso, la risa jugueteaba en sus ojos.
El niño estaba sentado tranquilo en sus brazos y miraba el mundo con sus ojos castaños. No había ni rastro del tumor amarillo.
«Esto es brujería…», pensé desconcertado.
Después, cuando me hube recobrado un poco, tiré cuidadosamente el párpado hacia atrás. El niño lloriqueó, trató de girar la cabeza, pero de todas formas pude ver… una pequeñísima cicatriz en la mucosa… Vaya…
-En cuanto salimos de aquí la otra vez… se reventó…
-No hace falta que me cuentes nada, mujer -dije yo confundido-, lo he comprendido ya…
-Y usted decía que no tenía ojo… Pues le ha salido uno -y la campesina rió burlonamente.
«Lo he comprendido, ¡que el diablo me lleve…! Un enorme absceso se había desarrollado en el párpado inferior, y había hecho a un lado el ojo, lo había cubierto completamente… y cuando se reventó, el pus salió… y todo quedó en su lugar…»

***
No. Nunca, ni siquiera cuando esté quedándome dormido, murmuraré con orgullo que nada me puede asombrar. No. Ha transcurrido un año, y pasará otro y será tan rico en sorpresas como el primero… Eso significa que hay que aprender con humildad.

Mijaíl Bulgákov, Un ojo desaparecido (Fuente: http://buenoscuentos.com/cuentos/un-ojo-desaparecido).

Mijaíl Bulgákov

Laia Jufresa, El esquinista

El Esquinista
Estoy sentado a cielo abierto en la ciudad donde nací. Este espacio que abarco pertenece al antiguo cementerio y esto que escribo hace las veces de testimonio y epitafio. Sé de sobra que los historiadores del arte van a mal interpretarme. Me resigno a ser carroña suya con tal de alcanzar a mis otros destinatarios.
Empiezo desde arriba, 3, 2, 1. Mi nombre es Amauro Montiel. Crecí en esta ciudad, no muy lejos de aquí aunque sí bastante más arriba: en un multifamiliar del tercer nivel urbano. Entonces aún llamábamos a los niveles por su nombre completo, no como los niños de ahora, que no tienen ni idea de dónde viene las siglas UL. Soy bastante viejo. Tan viejo como la Gran Prohibición. Nací exactamente dos meses después de que entrara en vigor el tratado de Qatar. Mi hermana había nacido cinco años antes y, aunque dice no recordarlo, bajó al subsuelo en una ocasión con mi padre, que la llevó a tocar el mar cuando ya se hacía inminente la prohibición. Hay una vieja fotografía 3D. Ella en brazos de él, hacen fila sobre la escalera que cruza la muralla: todavía en construcción pero ya bien anclada en la arena. En la fila, la gente carga niños y frascos porque todavía estaba permitido llevarse consigo unos cuantos gramos de arena a modo de souvenir. El de mi familia viajaba en el bolsillo de mi padre, que en la imagen se distingue abultado.
Crecí sospechando que el privilegio de haber tocado el suelo, olido la tierra, visto el mar, designaba a mi hermana como alguien irrevocablemente superior a mí. Ella, en cambio, nunca le dio mucha importancia y al irse de casa me regaló su frasco de arena, sellado con una etiqueta militar que pone DESINFECTADO. Mi hermana no era superior, pero sí más simple. Quizá también más sabia. Con los años, he aprendido a valorar la sencillez muy por encima de la exuberancia.
He dedicado la gran mayoría de mis ochenta años a mirar hacia abajo. Me pregunté muchas veces si esta obsesión se relaciona con aquella primera gran envidia. Viví en más de veinte departamentos durante mi vida y a todos llevé conmigo el frasco: como una reliquia, como un ídolo. Sé que en la arena no crecía nada, pero era lo más cercano que yo conocí a la tierra, madre primigenia.
Durante mi infancia, no había nada arriba del UL3. Todavía no se impermeabilizaba el país y conocí la lluvia. Jugábamos en jardines que germinaban casi naturalmente sobre los techos hidropónicos del UL2. El rascacielos donde crecí fue derrumbado hace décadas y el barrio entero suplantado por un multifamiliar de mil pisos. Pero entonces aún vivíamos a un par de kilómetros del subsuelo prohibido y en invierno, si el día clareaba, podíamos verlo. O por lo menos lo buscábamos desde la ventana o los puentes. Aquí dudo: ya no sé si lo intuíamos o si realmente se distinguía aún el asfalto arcaico, colado por los hombres del siglo XXI. Me pregunté muchas veces cómo sería caminar allí. Quien esto lea ya ve que no me morí con la duda. O quizá nadie va a leerlo nunca y lo escribo nada más que para convencerme a mí mismo: es real, Amauro, estás aquí, por fin aquí.
El subsuelo, “la tierra firme” como lo llaman los geólogos, fue el tema dominante de mi niñez. Y, a diferencia de otros entusiasmos infantiles, ése nunca menguó. En mi primera pantalla leí obsesivamente los relatos de los hombres antiguos. Busqué imágenes de la gente que viajó en horizontal, de los que navegaron y recorrieron el campo descalzos; de los que dejaron a sus bebés arrastrarse por un suelo aún no letal pero ya irreversiblemente contaminado. Era difícil encontrar imágenes porque en su necedad esa gente pasó siglos retratándose sobre materiales perecederos: ¡plata sobre gelatina! ¡Bits y pixeles! Un subtema del pasado me obsesionó por sobre todos los otros: la sepultura. Sacra o profana. Lo que me fascinaba era el mero, sórdido hecho —no menos inverosímil por histórico— de que durante milenios los hombres enterraron a sus muertos en la misma tierra de la que brotaban sus cultivos.
Llevo unas cinco horas aquí abajo. Mi traje de neopreno tiene una garantía de cincuenta años, pero a mi máscara de oxígeno le quedan dos horas de vida. La emoción que siento por haber encontrado el cementerio -¡ese faro de la intriga en mis fantasías de niño aéreo!- apenas cabe en mi traje de neopreno, mucho menos sabría meterla en esta carta. Estoy por fin aquí: donde ya no puede mirarse hacia abajo. Y sin embargo hay algo abajo. No sean más que residuos y símbolos: estoy aquí, y bajo de mí están los muertos.
En el piso 67 teníamos lo importante, agua y luz del día. Mis padres se habían rebelado contra la norma de un solo hijo y por eso vivíamos en esta ciudad, que era más grande que la suya y por ende más permisiva. Se hicieron una familia y en ella se amurallaron. De pequeño no imaginaba vivir fuera de nuestro núcleo. Quería repetir la historia valiente de estos obreros retrógradas, enfamiliados. No tenía más sueño que ése. Sobre todo no el del arte. Nunca dije “de grande quiero ser esquinista”. Nunca fantaseé con ver mi nombre en la marquesina de una galería abierta. Pero formas, siempre vi. En las vetas de la puerta y entre las huellas de humedad. Cuando alguna vez dije respecto a una mancha de aceite: “es un elefante”, mi padre lo consideró un rato y luego siguió limpiando la mesa, sin tocar la mancha. El aceite fue absorbido por el conglomerado y el elefante envejeció en mi comedor. Mi madre detenía los paseos a medio puente para que yo buscara figuras en los niveles bajos. Tienes talento, me decía, pero todas las madres dicen eso. Crecí pensando que el mío era un caso común. Ni siquiera un caso; la media: que todo el mundo, detrás del mundo aparente percibía otro, el accidental, el escondido. Hasta que a los ocho años me convencí de lo contrario.
Mi abuelo vino a la ciudad y me regaló un libro. Era algo inusitado. Yo había oído hablar de ellos, pero desde luego no poseía ninguno. Era un libro antiquísimo, con fotos 2D del primer nivel de la ciudad. Sin pensarlo, con mi dedo manchado de betún, tracé sobre las fotos figuras que veía y, naturalmente, recibí un severo castigo por hacerlo. Más que nada, recuerdo una sensación de injusticia. No me quedaba nada claro cómo funcionaba el papel de árbol ni por qué era tan grave mi error y quizá por eso obvié que me estaban castigando por haber destruido una reliquia, no por ver figuras entre los edificios. Como sea, el ardor me duró diez años. No dejé de ver cosas, pero sí evité mencionarlas o marcarlas. Mientras tanto, me salió pelo en todas partes, me volví especialista en mis defectos y aprendí a esconderme más y mejor dentro de mí mismo. El miedo al ridículo y las ganas de impresionar (esos dos polos entre los que se teje el doloroso zigzag de todo adolescente) son los peores enemigos de la creatividad y mi caso en nada fue excepcional. El esquinismo me parecía un juego ajeno, de ricos privilegiados, y mi creatividad me parecía infantil, algo que debía trascender, dejar atrás como una piel obsoleta y vergonzosa. Entre otras idioteces de la época, me convencí de que lo importante no era construirse una mirada, sino fijarse una opinión.
Llegué al esquinismo por distraído. Un día, de pie en la azotea de la preparatoria. El maestro explicaba algo sobre la estratosfera, a unos seis kilómetros de nuestras cabezas. Pero yo, de puro aburrimiento, en vez de mirar al cielo miraba hacia abajo. Distinguí entonces bajo de mí, entre las pistas elevadas de la escuela y los estacionamientos del multifamiliar vecino, la caricatura perfecta de mi amigo Alfred, sin “o”. Se lo señalé pero no pudo verlo, así que esa tarde, a escondidas, volví a la escuela y tracé la imagen sobre un panel de acrílico transparente que, sostenido a la altura correcta, unía los puntos y transmitía la idea. Un recurso típico, como descubriría más tarde, de esquinistas principiantes, o pobres, o que tienen el aerógrafo en el taller. Amarré el acrílico a una viga de acero. Volví a casa y le pedí a Alfred que subiera a verse al día siguiente. Por suerte, mi amigo Alfred-sin-o, al que lamento haber perdido por mi estupidez, era una persona de mundo que en cuanto vio el dibujo dio aviso en la dirección.
¿Cómo lo hiciste, Montiel?, preguntó la directora en la azotea.
Se puede quitar, dije.
Quiero decir, ¿cómo lo viste?
Y yo: No sé, sólo lo vi.
Y ella: Si estuviera en mis manos, te daría permiso de trazarlo en el aire.
Le dije que de todos modos no sabría hacerlo y ella me hizo prometerle que me anotaría en un curso de esquinismo con un profesor muy bueno que ella conocía. Luego, pasé lo que recuerdo como un rato muy largo en el techo, solo, con una sonrisa gigante. Algo que no sabía desacomodado acababa de embonar en mí. Las mariposas del halago son una droga bien peligrosa, pero eso lo entendí mucho después.
Inti Sol, se llamaba el maestro que la directora conocía y que, pese a su nombre tautológico, resultó un tipo luminoso. Fue el profesor más sensible que tuve jamás. Hacíamos la clase en exteriores, como debe de ser, y, una vez a la semana dábamos un paseo largo. Como todos en la ciudad por aquel entonces, yo conocía el Bisonte, trazado sobre el viejo periférico elevado, y la Galatea, a la que ya no se accede porque sólo era visible desde el primer nivel urbano. Mis padres nos llevaron alguna vez a ver ambos. Pero fue con Inti que conocí las grandes obras del Noroeste de la ciudad.
Fue en esa época que me enamoré del esquinismo. Del esquinismo en primera persona. Pasé los siguientes años descubriendo la ciudad a paso lento. Estudié a detalle las obras locales, las corregí y aumenté en mi cabeza. Me enseñé perspectiva, composición, soltura. Nos enseñamos unos a otros, también. Cuando en grupo, no solíamos trazar porque había un solo aerógrafo destartalado para todos, pero nos señalábamos los hallazgos y en concebir la idea del otro se concentraban las lecciones. Había juego, aprendizajes, miedo del bueno. Crecíamos juntos. No estaba mejor visto descubrir una medusa que una hamburguesa, la originalidad era el último de nuestros males. Yo tiro por viaje encontraba tumbas. Con muertos que les salían, claro, o algunos dolientes alrededor, porque si no aquello no era más que un prisma rectangular, algo tan fácil de ver que nadie me hubiera dejado malgastar nuestro valioso pigmento en ello. Por esa obsesión mía con los entierros, los compañeros del taller de Inti me apodaron Lápida.
A los diecinueve años tracé mi primera imagen y no fue mortuoria. Una pareja abrazada, de tres cuadras y media. Las líneas quedaron temblorosas, además de que el viejo aerógrafo me falló a la mitad y tuve que improvisarle un sombrero a ella. Como sea, al verlo mis compañeros aplaudieron, a Inti Sol se le salió una lágrima y yo decidí que iría al Colegio Nacional de esquinismo.
Nina, quizá mi obra más famosa, es el retrato de una amiga mía de aquella época que en realidad se llamaba Lîla. Ha sido una fuente importante de diversión, para mí, durante los últimos treinta años, leer las cosas que se han escrito por ignorar este hecho. Las hipótesis son todas sosas, y falsas. Entonces me era imposible confesar la verdadera identidad de Lîla pero aquí está bien. Me digo: Amauro, quizás esta carta es para eso, justamente. Me digo: se lo debes.
La conocí en una azotea donde se improvisaban trueques de pigmentos y veladas de esquinistas en ciernes. Creo que pocos eventos posteriores me han provocado tanta emoción como la que me cimbraba al llegar a esa azotea donde todo me era nuevo e importante, donde todo era apenas en potencia.
Lîla tenía un pelo negro como de satín, y luego todas las deformaciones del adolescente. El tamaño de sus pretensiones la paralizaba y no acertaba a dar ningún primer pasito hacia el trazado. Era tímida, sabelotodo y angulosa. Cuando hablaba solía atropellarse con juicios insoportables y mis amigos no la tragaban, ni ella a ellos. Pero fue mi maestra. Como nadie más, Lîla me enseñó a mirar. Nunca la vi trazar nada pero me regalaba a cada rato descubrimientos. Mira, se está hundiendo, decía levantando un dedo que yo seguía hasta que entre la calle, el farol, el ángulo de la cuadra del segundo nivel y los depósitos de basura del primero, lo veía aparecer: un barco (ese animal mitológico) yéndose a pique.
Una vez pasamos casi una hora de pie en un puente de la zona industrial, aguantando el hedor y viendo fijo una textura móvil, como de espuma, que salía de los tubos de desperdicio de una fábrica y te generaba la ilusión de estar viendo las copas de unos duraznos en flor. Una pieza imposible de capturar, mas no por ello menos obra de arte.
A veces juego a que Lîla no desapareció. Me gusta imaginar que llegó a vieja y aún camina por allí, cerrando un ojo para hacer el encuadre, como hace sesenta años y diciéndome, como solía: El esquinista es ante todo un caminante, Lápida, un explorador. Y yo le diría que sí, que ella siempre supo más que yo, y que perdón. También me gusta imaginarla incurriendo en el pasado por algún pasaje mágico del tiempo: un grupo de hombres sin rostro la encuentran, está muerta pero saben cómo salvarla, la lavan en algún río y la llevan a una era en la que el mundo humano aún recorría la cáscara del planeta.
Un caminante, un explorador: eso era ya el padre del esquinismo. Van Gunten cumplía con su paseo matutino con un fervor religioso, independientemente del clima (político o meteorológico), y esta obsesión suya es, en materia de herencias, tan importante como su obra.
Aunque luego Holanda no ha sido el epicentro del esquinismo ni mucho menos, sí jugó un papel crucial en su nacimiento. Para comenzar, los holandeses inventaron las azoteas interconectadas. No como un asunto de supervivencia, pues todavía se podía respirar a nivel del mar, sino como una apuesta artística: meros caprichos arquitectónicos. Entonces se experimentaba apenas con lo que hoy es norma: los techos verdes, los paseos elevados para unir rascacielos, los muertos congelados con nitrógeno líquido y luego pulverizados de un golpe, el gel de cultivo hidropónico, los generadores de H2O y tantas otras cosas que hoy damos por sentadas. ¿Qué decía? Ah, las primeras azoteas con puentes. Es lógico, pues, que fuera en Holanda que nació el esquinismo: una forma de arte íntimamente ligada a la arquitectura aérea. Los hombres antiguos tuvieron selva, playa, montaña, pampa… nosotros tenemos puentes. Jashpat, autor del gran Chakni Wache de Belice, escribió en la placa junto al mirador para su obra: Los esquinismos se conciben y miran desde los puentes. Lo demás es pintura, graffiti, arte arcaico.
Holanda fue también pionera en amurallarse contra el mar. Muchas familias holandesas debieron pasear sobre la muralla, sin prever que un día se firmaría en Qatar la prohibición universal de bajar al subsuelo y por ende de atravesarla. Pero dos siglos antes de Qatar y de que yo naciera, Van Gunten deambulaba por los puentes elevados de La Haya cuando, al mirar hacia abajo, notó una figura que le divirtió. Pasó varias semanas marcando (¡con hilo de acrílico y cadenas de bolsas de plástico!) el contorno de su archifamosa Los Tres Cocodrilos. Uniendo árboles, cornisas y postes, inventó mi profesión. Cuentan que los vecinos le llevaban bolsas y algunos le ayudaban a anudar. Lo hacían porque lo apreciaban pero sin entender nada, hasta que la figura estuvo trazada en su totalidad. ¡Son tres cocodrilos!, debe haber dicho el primero, probablemente un niño.
Rudimentarios como fueron los métodos de Van Gunten, Los Tres Cocodrilos aún se considera el primer dibujo aéreo; la primera obra de esquinismo. Por eso se restauró, unos cien años más tarde, en su actual versión metálica en UL2. (Su versión falsa, diríamos algunos). Pero desde el original, los hocicos de las tres bestias se forman por las intersecciones de varias calles y este hecho aleatorio le dio su nombre al esquinismo. No recuerdo si Van Gunten usó el término primero en una charla o en alguna entrevista, pero imagino una conversación más o menos pedestre, más o menos así:
—¿Que hizo usted qué?
—Tres cocodrilos.
—¿Que cómo los hizo?
—Juntando esquinas… esquineando… Un esquinismo, eso hice.
Así. Sin diccionarios ni convenciones ni reales academias acuñando nada. Sólo un hombre y los bichos raros que ve y la voluntad de compartirlos (porque ése es el germen que vale, el germen que sigue produciendo locos de mi estirpe), y, pero, luego, el hombre tiene que explicarse. Le sale algo al vuelo, algo insuficiente. Como tal vez todos los nombres. Pero más. Porque lo cierto es que al esquinismo siempre le quedó chico su nombre: un gran número de obras, quizá la mayoría, prescinde de ángulos rectos. Para bien o para mal hemos conservado el apelativo torpe, como homenaje o quizá por comodidad. Quizá lo conservamos para no tener que explicarle al otro el arte que ni siquiera nosotros entendemos del todo. Yo sé mucho sobre el esquinismo, pero nunca lo entendí del todo. Y eso fue algo algo bueno, por supuesto.
A pesar de la lamentable solidificación de la obra de Van Gunten, hay que reconocer que aquel gesto del gobierno holandés abrió camino para nuestro arte. Los siguientes pasos se dieron en la visión de los esquinistas y también, hay que decirlo, de ciertos científicos, con la invención de los aerógrafos a distancia y, desde luego, del pigmento flotante: herramientas que, en mi opinión, siguen siendo irremplazables. Voy a parar ya con todo esto, me disculpo: cuando uno se pone viejo le da por rememorar obviedades.
El Colegio Nacional resultó ser un fiasco. Los profesores estaban muy enterados de la teoría pero alejados de la práctica, a la que habían abandonado como un sueño de juventud. Su frustración era palpable y dotaba el aire de una cualidad pegajosa, en la que uno terminaba sumiéndose hasta confundir el esquinismo con ese triste alquitrán institucional. Éramos moscas en una telaraña, aleteando hasta que la densidad nos apagó el entusiasmo. Y sin embargo me quedé hasta el final. Porque era cómodo. Tenían los aerógrafos, tenían los pigmentos. Además, mi trabajo gustaba y la falta de crítica me mantenía el ego inflado. También los encargos, que ya me permitían vivir de mi arte. Crecieron en mí, simultáneamente, una auto complacencia enfermiza y un odio filoso por la mediocridad, saco en el que metí a todos con los que crucé camino por aquella época. Excepto a Lîla, que seguía sin trazar pero cuya práctica nunca menguaba: cada día caminaba y cada día encontraba composiciones más bellas y complejas que parecían venirle sin esfuerzo. No es cierto, contestaba tajante si yo decía que algo era difícil. Pero qué sabía ella, si ni siquiera se atrevía a trazar, a ser consecuente con su talento. El talento es un regalo, la instigaba yo: no hay nada más mezquino que guardárselo. Pero Lîla no me contestaba.
Sólo mucho más tarde entendí lo que ella siempre supo: no es cierto. Que el esquinismo es difícil es mito. Lo único complejo es renovar la honestidad. Y esto es imprescindible: ese acto de levantar el telón, rajar los nuevos velos y encontrarse de nuevo en el escenario, otra vez desnudo. Todos los días.
El joven esquinista busca guías y recibe un manual de prejuicios: hay que trazar lo que se conoce; abarcar menos de una cuadra es mediocre y más de diez petulante; es vital estar abiertos a la innovación y a las tendencias y a la crítica: ábrase usted por aquí el pecho y canjee su corazón por uno nuevo, uno más inteligente; procure no salirse de la raya punteada. Y allí van las moscas frescas a meterse en la boca abierta de las recetas… Mi abuelo contaba que, cuando lo mandaron a la guerra, “le dieron fusil pero no le dieron parque”. ¿No es precisamente así la juventud?
Pero quizás es necesario envejecer para entender. El esquinismo es más una experiencia que una visión. Una obra maestra te estruja por sorpresa aún cuando grandes letreros la señalan y absurdos pies amarillos en el suelo te recomiendan dónde colocarte para admirarla mejor. Por más que te lo han platicado, nada te prepara para ese momento en que tus ojos se acomodan y del horizonte brota incendiándose Akira, el dragón de Sophie Deveaux.
Volví diez veces en mi vida a Manchester y siempre un nuevo detalle de Akira me inyectaba emociones intensas. En verano, una hilera de casas bajas le entristecía la mirada, en primavera se convertían en pestañas coloridas. Con lluvia parecía moverse y bajo la nieve era un monstruo agazapado, acechando. Los años la embellecían, la dejaban cada vez más simple, más esencial. La última vez que la vi fue desde un foro, donde participaba en un congreso al que me invitaron para opinar sobre si había o no que preservarla. Yo voté en contra. Como único “representante” de Latinoamérica fui severamente criticado por la mayoría de mis colegas de continente. Pero ésta es mi única convicción respecto al esquinismo. He dicho otras cosas que, no dudo, el tiempo sabrá desmentir. Pero sobre el punto de la conservación quedo firme.
Algunas veces, eso sí, mirándola desde lo alto, dudé de mi voto. No por las críticas sino porque una vocecita dentro de mí me acusaba: ¡Egoísta!, ¿por qué negarle a las próximas generaciones esta vista extraordinaria? Si voté en contra es porque preservarla sería convertirla en su caricatura. Habría que desalojar a miles de personas para que otros más afortunados puedan pagarse el boleto a Inglaterra y pararse en un techo a tener un éxtasis estético más que nada para poder contar que estuvieron allí. No, el esquinismo no se trata de eso. Los esquinismos están vivos. Mutan. La vieja barda que delimitaba las llamaradas de Akira fue oxidándose hasta desintegrarse. Fue el dragón más hermoso porque su escupitajo tenía la cualidad del fuego verdadero: era extinguible.
El esquinista enmarca la danza de la urbe, pero está fuera de su poder hacer coreografías. Su trabajo es subrayar, no controlar. Me gusta para hablar de eso una frase de la propia Deveaux: Le matériel du cornerist est la ville et donc aussi le devenir et le mouvement: nuages, chantiers, corps: temps, temps, temps.Tenemos que ser firmes en esto: el esquinismo debe dejar de ser tratado como un arte puramente visual cuando es mucho más un acto escénico. Irrepetible. Longevo, sí, pero efímero. Un dragón que es muchos dragones y un día ya no es más. La cadena de mutaciones en un mismo ser conduce naturalmente a la desaparición. Los viejos entendemos de eso.
A mis cincuenta años me encontré en el cuarto nivel urbano de Sevilla, en el ultimo piso de las nuevas oficinas de Íbera, mirando hacia sus bulliciosos niveles inferiores. Me habían contratado para idear una obra que pudiera verse desde varios miradores que ya se habían instalado. Estaba parado, en más de un sentido, en la punta más alta de mi carrera de esquinista. Pero estaba ciego. Por primera vez en mi vida la ciudad me parecía una ciudad y nada más. Sólo luz, ruido, hormigas humanas.
Colocar primero los miradores y luego idear la obra es un juego válido. Ejercita la mirada e incluso, si uno está lo suficientemente abierto, puede dar lugar a una buena pieza. Sobre todo, puede ser divertido. Lo que no es divertido es pasar las mañanas, tardes y noches de cinco semanas mirando una ciudad hermosa y compleja y no ver nada. Recorría el edificio (espléndido, vacío) como un intruso, oscilando ida y vuelta todo lo largo de la escala emocional, odiando cada día más el paisaje, hasta que decidí renunciar. No podía hacerlo. Llamé y dije que devolvería el cheque. Salí a despedirme de la frustrante vista y sólo entonces la vi. Era de noche, surgió con los faroles. Su largo pelo negro, el Guadalquivir. Brotó completa, como el elefante en la mesa de mi infancia. Apareció de tajo, torpe y hermosa, como la última vez que la vi. Vino a decirme: Si recuerdas que es fácil, te perdono. Vino sólo porque dejé de pelear. El arte es así. Hay que empezar rindiéndosele.
Si pudiera darle algo de parque a algún joven esquinista le diría que sospeche de las complicaciones. En momentos de confusión lo más provechoso es cerrar los ojos. Perdonarse y ponerse a caminar. Al final, regresé el cheque. No cobré por trazar Nina porque entendí finalmente esto: fueron los pagos los que me convirtieron en mercenario. No porque no valiera (eso y más) mi trabajo, sino porque empecé a querer complacer y con ello resbalé lentamente de vuelta hasta la viscosa década de mi adolescencia, todo alejado de mí y de mi imaginación. Mucho antes de Sevilla, el contraste entre mi degradación y la pureza artística de Lîla se me había vuelto insoportable. Yo funcionaba por contratos, mientras que ella siempre dejó que su curiosidad le dictara el paso. Aquí dudo. Pero me digo: se lo debes, Amauro.
Teníamos treinta años. O más bien yo tenía treinta, ella debía tener unos treinta y tres, y acababa de inventarse un nuevo hobby. Con su evacuación definitiva, el primer nivel de la ciudad había quedado desierto, pero aún no estaba sellado y a Lîla le dio por bajar allí y mirar a la inversa: buscar formas ya no abajo sino arriba. Un día la acompañé hasta una barda abandonada que ella había estado frecuentando. Traía una mochilota y pensé que escondía un aerógrafo. Va a trazar, pensé, va a trazar a la inversa y yo voy a estar allí: seré el primer testigo de un arte nuevo, y de la genialidad de esta mujer finalmente haciéndose pública. La seguí entusiasmado, sin preguntar detalles. Bajamos al primer nivel y cuando dimos con la inmensa barda, la escalamos. Al otro lado, había un precipicio que era imposible descifrar. La evaporación de los gases del subsuelo se condensaba en una nube gris y cerrada, un merengue sucio. Nos sentamos en la barda. Arriba de nosotros, se enmarañaban cuatro niveles urbanos. Lîla alzó el brazo y me señaló una forma. Yo no logré distinguirla a pesar de que, según ella, estaba muy fácil de ver. Luego vio otra, pasó lo mismo. Me dolía el cuello y el cielo de fondo me deslumbraba. Ella insistió una, dos, tres veces, el cuello cada vez más torcido, el largo pelo bajándole por la espalda hacía el vacío. Yo me rendí y ella me miró con desprecio. Me levanté para marcharme.
—No te puedes ir, encontré una puerta.
—¿Una puerta a dónde?
—Al subsuelo —le dio unas palmadas a la mochila, —traigo provisiones—. Sacó una máscara de oxígeno y me la tendió. Yo me negué, ella insistió. Es hoy o nunca, decía: Van a sellarlas esta semana, ¿no es lo que siempre has querido?
Le dije que era peligroso, ella me llamó cobarde. Le dije: Ve tú si quieres, y me bajé de la barda. Me alejé de más, empujado por el miedo o la admiración, y cuando finalmente me volví, ni mi amiga ni lo alto de la barda se distinguían ya entre los humos que emanaba el precipicio. Lîla entró en esa nube para siempre. Se fue buscando una puerta imposible, sola con una mochila de víveres, y yo ni siquiera intenté detenerla.
Durante años soñé que regresaba trepando por la barda. O que caía. O que seguía abriendo, una tras otra, puertas cada vez más pesadas. A veces su máscara de oxígeno tenía el rostro de mi hermana. Las pesadillas y la culpa sólo terminaron cuando tracé Nina. También entonces se esfumó el aguijón de la envidia. Me resigné a no tener su talento y decidí unírmele aquí algún día, para seguir aprendiendo de ella. Me tardé tres décadas más en juntar los sobornos necesarios para poder bajar desapercibido, pero lo logré y ahora voy a alcanzarla en el misterio de la tierra firme. Me mostrará las visiones que ha tenido en medio siglo mirando el mundo desde abajo. Exploraremos juntos, enfamiliados. Esta tumba que cavo es para ambos.
Hay que saber que soy viejo, estoy enfermo y voy a morir pronto de todas maneras. No me estoy entregando al drama. Estoy dándole un gran obsequio a mi curiosidad. Estoy aquí, por fin aquí. Subí a la muralla. Miré largo rato el mar. Me llamaba: da tanta tentación saltar, morir como un barco yéndose a pique. Pero yo no bajé para eso. Yo bajé para enterrarme. Los cerebralistas del futuro quizá llamen a esto “mi último gesto”. Lástima por aquellos incapaces de imaginar la alegría de las horas que me esperan: las uñas negras, el abrazo de la arcilla, el peso en el pecho, la posición fetal. Lo que más quiere un viejo es descansar.
Caminé hasta dar con el sitio preciso. Hurgué con las manos. El cansancio hará más placentero mi último sueño: mi caminata estática. A ratos me inunda el miedo, luego se disuelve entre el sudor y el entusiasmo. El suelo, ya lo veo, no es uno sino millones de partículas. La tierra tiene una capa seca, dura, de muertos recientes y residuos químicos: la materia marrón gris de la memoria inmediata. Pero luego, más abajo, hay capas más blandas: húmedas, negras, densas como el olvido, o como lo que cubrimos porque no lográbamos olvidar.
Ahora voy a despedirme. Adiós a mí, a los hombres que fui, y a ustedes: futuro, esperanza. Emprendo la caminata. Soy todo asombro.

Laia Jufresa, El esquinista (Fuente: http://www.laiajufresa.com/leer/).

Laia Jufresa

Enrique Vila-Matas, El efecto de un cuento

El efecto de un cuento
Era ya de noche en Nueva Orleans cuando a Regis le tembló la mano y le cayó al suelo su vaso de leche, y me dijo: –Anda, repite el cuento, por favor, repítelo.
A Regis, el hijo de mi amiga Soledad, se le veía tan terriblemente afectado por lo que yo acababa de contarle a su madre que no parecía nada conveniente repetirle nada. Era, por otro lado, chocante que el cuento le hubiera hecho aquel efecto, pues no era una historia que pudiera entender fácilmente un niño. Y sin embargo, Regis estaba completamente lívido, como si lo hubiera entendido demasiado bien.
–Anda, repite el cuento.
Insistió como sólo puede hacerlo un niño y acabó doblegando mi resistencia y repetí aquella historia, que era el último relato que escribiera una gran narradora dominicana –un cuento elegíaco y de fantasmas a la vez.
Es un hermoso relato que se abre con la narradora detenida a la orilla de un río mirando los estriberones de un vado y recordándolos uno por uno. Y de pronto se encuentra en la orilla opuesta. Nota que la carretera no es exactamente igual a como era antes, pero en cualquier caso es la misma carretera, y la viajera avanza por ella con un sentimiento de felicidad. El día es espléndido, un día azul. Sólo que el cielo presenta un aspecto vidrioso, que ella no ha visto nunca antes. Es la única palabra que se le ocurre. Vidrioso. Llega a los gastados escalones de piedra que conducen a la que fue su casa y empieza a latirle con fuerza el corazón. Hay dos niños, un chico y una niña pequeña. Ella les hace un saludo con la mano y les dice: “¡Hola!” Pero ellos no contestan ni vuelven la cabeza. Se acerca más a ellos, vuelve a decir: “¡Hola!” Y a renglón seguido: “Aquí vivía yo”. Tampoco contestan. Cuando dice “¡Hola!” por tercera vez, se halla casi junto a ellos y quiere tocarlos. El chico se vuelve, y sus ojos grises miran directamente a los de ella, y dice: “Se ha levantado frío de repente. ¿No lo notas? Vamos adentro”. Le contesta la niña: “Sí, vamos adentro”. La viajera deja caer los brazos con abatimiento y por primera vez se da cuenta de la realidad.
–Aquí vivía yo –dijo Regis también muy abatido.
–Pero ¿qué has entendido de este cuento? –le preguntamos.
No quiso responder. Pasó el resto de la velada en completo silencio, pensativo. Soledad, en su afán de restarle importancia al asunto, repitió la frase con un gesto cómico: –Aquí vivía yo.
Pero el niño no rió. Luego, ella me contó la historia de su abuelo, que, al final de sus días, compró una granja en Montroig, donde todas las noches se reunían a conversar algunos amigos suyos al final de su vida y para que sus amigos no le molestaran más con sus metafísicas provincianas, ordenó que colocaran un cartel a la entrada de su finca, donde pudiera leerse: ¡Aquí se hablaba”.
–Aquí vivía yo –dijo Regis, y se retiró visiblemente triste a su cuarto.
Una hora más tarde, comprobamos que se había dormido profundamente, y quedamos tranquilos.
Pero a la mañana siguiente entró en mi cuarto a cerrar las ventanas mientras me hallaba yo todavía en la cama. Y vi que parecía enfermo. Estaba temblando, ya no estaba lívido sino pálido, y andaba lentamente, muy lentamente, como si llevara tacones y le doliera moverse.
–¿Qué te pasa, Regis?
–Me duele la cabeza.
Será mejor que vuelvas a la cama. Es muy temprano.
–Está bien –dijo.
Y se fue andando como si tuviera pies de plomo. Pero cuando bajé, lo encontré sentado frente a un televisor que hacía días que estaba averiado. Parecía un niño de siete años muy enfermo. Cuando le puse las manos en la frente, noté que tenía fiebre.
–Vete ahora mismo a la cama –le dije–. Estás algo enfermo.
Cuando llegó el médico, le tomó la temperatura. Treinta y ocho grados. Me ausenté un momento cuando llamaron por teléfono preguntando por Soledad y, al regresar, me encontré con la amplia sonrisa del médico.
–No tiene nada –me dijo–, nada. Acaba de confesar que esta mañana se ha puesto mucho papel secante en los pies. Y eso ha provocado que el termómetro registrara fiebre. No tiene nada, nada.
–No tienes nada –le dije.
–Nada, ¿me oyes? Nada –le dijo poco después su madre.
Aquel día teníamos que ir al aeropuerto a buscar a Robert, el marido de Soledad. Y fuimos. Ella y yo. A la vuelta nos entretuvimos los tres en el barrio francés. Nueva Orleans es un buen lugar para abandonarse por completo. Cuando llegamos a la casa, estaba ya anocheciendo. Y el niño estaba fatal, pero que muy mal. Ya no es que tuviera fiebre, que no la tenía, sino que el aspecto de su cara no era precisamente agradable. No creo recordar una cara más triste que aquella.
–¿A qué hora me moriré? –me preguntó.
–¿Qué?
–Tengo derecho a saberlo.
–¿Qué tonterías son ésas? –dijo su padre.
–Ellos me han dicho que voy a morir.
Al día siguiente, Regis había recuperado toda su vitalidad y se reía de cualquier cosa. Todo le hacía gracia. Pero ya no era el mismo. Había terminado la infancia para él. Y se reía, se reía de todo.

Enrique Vila-Matas, El efecto de un cuento (Fuente:Clarín, Revista Ñ).

Enrique Vila-Matas

J. F. Sullivan, El hombre con una enfermedad

El hombre con una enfermedad
El único que guardaba silencio en nuestra table d’hôte era un hombre muy alto, devorado por la inquietud, que pasaba sin tocarlas la mayoría de las fuentes que se le ofrecían, y jugueteaba con las escasas migajas que comía, como si apenas advirtiera su presencia en el plato. Estaba sentado con el ceño fruncido, dolorosamente preocupado, y a todas luces sumido en sus propios pensamientos. El alemán satisfecho que estaba junto a él, acodado sobre la mesa, mondándose los dientes con una mano y llevándose con la otra a la boca grandes cucharadas de picadillo de carne, se esforzaba, en su bien masticado inglés, por hacerle intervenir en la conversación, pero su flaco interlocutor contestaba sólo con monosílabos, o no daba respuesta alguna.
Pero de pronto, mientras el alemán, con numerosos bufidos y gorgoteos, sorbía de su cuchara el helado, cuyo bol descansaba en la palma de su mano (sus codos, por supuesto, estaban siempre encima de la mesa), el taciturno se volvió hacia él y le dijo:
—Creo que será mejor que empiece a preparar su maleta. De lo contrario, le faltará tiempo cuando llegue el telegrama.
—¿Telecrama? —dijo el alemán, en cuya garganta las palabras, el helado y un trago de vino disputaban la supremacía— ¿Qué telecrama? ¿Cuál telecrama?
—¡Oh! Sus almacenes de Hamburgo, usted sabe... el incendio...— Se interrumpió bruscamente y dijo —: ¡Ah, me olvidaba!... estaba pensando en voz alta, eso es todo.
El alemán se atoró, tragó saliva, resopló y farfulló más que antes aún, pero su apremiante interrogatorio no obtuvo respuesta de su vecino; y por último, engullendo al mismo tiempo un higo, un trozo de queso, un mendrugo de pan y un sorbo de vino, se arrancó la servilleta del cuello y salió del comedor, tosiendo indignado.
Al día siguiente no vi al hombre delgado. Pero a medianoche me despertaron un ruidoso pataleo y estentóreos gritos que sonaban en los corredores, seguidos de toses y estertores que se apagaron al descender la escalera y reaparecieron en los escalones del pórtico. Era el alemán, que se marchaba en el tren nocturno. A la mañana siguiente, durante el desayuno, me enteré por el camarero de que el alemán había regresado a Hamburgo después de recibir el telegrama. Al parecer, había mostrado gran inquietud y agitación. Y el botones le oyó hablar consigo mismo, muy excitado, de un incendio.
Aquella noche, como quien cumple un deber, me encaminé al Casino; en el peristilo hallé al hombre delgado, que, con los brazos a la espalda, iba y venía muy lentamente; el cigarro que sostenía entre los dientes estaba irremediablemente apagado, sin que él lo notara. Lo tiró de súbito y entró apresuradamente en el teatro; pero no parecía oír el concierto, y al cesar la música se incorporó, murmurando:
—¡Vamos a ver cómo pierde sus siete mil libras ese pobre diablo!
Se acercó febril a las mesas y fue rectamente a la segunda de la derecha, donde uno de los jugadores apostaba pequeñas pilas de monedas de oro... veinte pilas en cada tiro. En aquel momento acababa de ganar con la pila más alta, acertando un pleno, y de ese modo había aumentado considerablemente sus anteriores ganancias.
—Yo le aconsejaría que dejase de jugar ahora —dijo el hombre delgado, parándose junto a la silla del jugador; pero éste se limitó a mirarlo fijamente y siguió distribuyendo sus pilas de monedas en toda la mesa.
—¡Hum! Nadie puede impedírselo, naturalmente —insistió el hombre delgado— ¡Pero no diga que no se lo previne!
Salió el cero; y el jugador (que desdeñaba las apuestas menores) perdió todas sus pequeñas pilas; pero siguió jugando: plenos, calles, cuadros, semiplenos; y nuevamente salió el cero, y allá se fueron sus montones de monedas. Entonces el jugador apostó una pila muy alta al cero... y el cero no salió; y así prosiguió hasta que desapareció todo su rimero de monedas y cambió luego billete tras billete hasta que no le quedó ninguno. Entonces se incorporó lentamente, contempló con furia al hombre delgado, miró al croupier más próximo con una sonrisa espectral y desapareció (más tarde supe que había perdido siete mil libras).
El hombre delgado comenzaba a interesarme. Colocó una moneda de cinco francos amanque, y ganó; repitió dos veces la apuesta y ganó; apostó dos veces a passe, y ganó. Quince o veinte veces jugó a color, a par o impar, y nunca dejó de ganar. Después apostó al negro las quince o veinte monedas de cinco francos que había ganado, diciéndole a uncroupier:
—Esta vez perderé —y el negro perdió. Colocó la moneda original en un pleno: el 15. Salió el 15. Dejó sobre la mesa los 175 francos que ganara y apostó su moneda de 5 francos al 9. Salió el 9.
Los demás jugadores habían comenzado a reparar en él. Apostó discretamente al 1; varios lo siguieron y jugaron al mismo número. Salió el 1. Dos veces repitió el procedimiento con otros números —y otros lo imitaron—, y esos números ganaron. Los croupierscambiaron miradas y murmuraron unas pocas palabras entre sí. Uno de los chefs se levantó de su alta silla y se encaminó hacia el ganador con intención de hablarle; pero el ganador ya no estaba allí. Sus apuestas y ganancias, sin embargo, permanecían en la mesa, donde las había dejado. El chef recorrió las salas buscando al hombre delgado, pero en ninguna parte pudo hallarlo. Yo lo había visto retirarse sosegadamente cuando el croupier gritó: “¡Uno!” y salir en silencio de la sala.
A la mañana siguiente, después del desayuno, el hombre delgado estaba fumando un cigarrillo en la terraza del hotel, y una curiosidad irresistible me impulsó a hablarle.
—Debo felicitarlo por la suerte que tuvo anoche —le dije.
—¡Suerte, señor! —replicó el enjuto individuo sin apartar la mirada del pavimento. Su voz era sorda y en extremo dolorosa, desprovista de toda esperanza —No es suerte, sino mala suerte... ¡condenada mala suerte, señor!
—Ciertamente no pareció dar usted mucha importancia a su éxito, a juzgar por la manera en que abandonó sus apuestas y ganancias. Supongo que sabe usted que ganó una suma considerable ¿verdad?
—¿Sí lo sé? Oh, perfectamente.
—¿Y no llama suerte a eso?
No la llamo suerte, sencillamente porque no es suerte, y la suerte no tiene nada que ver en ello —replicó el hombre delgado, mirándome lúgubremente —Es certeza, y no otra cosa. Lamento mucho decirlo, pero sé con anticipación qué número va a salir.
—¿Qué? ¿Siempre?
Siempre, sí... ¡maldito sea! ¡Esa es mi cruz, señor! ¿Cree usted que habría abandonado mi cómodo hogar para venir a mezclarme con un montón de extranjeros charlatanes, si el médico —un rayo lo parta— no me lo hubiese ordenado? ¿Es eso lo que sugiere mi aspecto?
—Bueno, no; debo admitir que no. En todo caso, confío en que su salud se restablecerá rápidamente.
—No lo creo, señor. Cuando uno es lo bastante necio como para contraer alguna dolencia que los médicos no conocen, es difícil quitársela de encima. No me extrañaría que este malhadado conocimiento del futuro perdurase hasta que...
—¿Conocimiento del futuro? Pero eso no puede considerarse una enfermedad...
—¿Ah, no? ¡Ya lo creo que es una enfermedad, señor! Es anormal, ¿verdad? Bueno, lo que es anormal es una enfermedad, ¿cierto?
—Pero —dije yo—, ¿no le parece una enfermedad extraordinariamente inusitada?
—Por supuesto —replicó el hombre delgado—, y eso empeora las cosas.
—Pero, ¿cuál es su origen?
—¿Cuál habría de ser? Esa dolencia elegante, que hoy está tan de moda: el agotamiento nervioso. Exceso de trabajo, señor, que trae por consecuencia una sobreexcitación de los tejidos cerebrales... ésa es la jerga del caso. Le digo que es una enfermedad, señor, supongo que los antiguos profetas la padecieron; de todas maneras, yo la padezco, y le aseguro que no me gusta nada. Vine aquí para ver si el cambio de aire me sanaba.
—Le ruego que me perdone —dije—, pero su caso es tan peculiar e interesante, que me veo obligado a preguntarle cuáles fueron las primeras manifestaciones del mal.
—¡Oh! Lo de siempre: me sentía cansado y deprimido... no podía dormir... carecía de energía... me era imposible fijar las ideas. Un día, de pronto, cuando alguien me preguntó si creía que iba a durar el buen tiempo, respondí, con gran sorpresa de mi parte: “No, mañana a las tres de la tarde comenzará a llover y seguirá lloviendo toda la noche”. Yo sabía que ocurriría así, señor; y cuando mi pronóstico se cumplió, me asaltaron muy diversos sentimientos.
“En el primer momento me sentí sorprendido, luego asustado, después satisfecho; pero al fin prevaleció el miedo. No era una sensación agradable, señor; procuré convencerme de que no era más que una fantasía; pero las cosas pasaban como yo las preveía, y me vi obligado a creer.
“Pues bien, señor, supongo que usted pensará: ¡Qué maravilloso, tener un poder semejante! ¡Qué ventaja magnífica! Pero, ¿lo es realmente? Créame, señor, su opinión sería otra si estuviera en mi lugar. ¡Ventaja, señor! ¿Le parece una ventaja prever todas las cosas desdichadas y horribles que le van a ocurrir a uno dentro de varios años, quizá, y aguardarlas y pensar continuamente en ellas hasta que ocurran? Es malo recordar una pasada desdicha cuando sus consecuencias aún persisten, pero muchísimo peor es verla anticipadamente, ¡verla crecer y crecer como un tren expreso que avanza desde lejos para aplastarlo a uno como una mosca!
“¿Cómo? ¿Qué dice usted? ‘Que esa enfermedad tiene ciertas ventajas prácticas.’ Pero ¿de qué sirven, señor, cuando uno sabe todo lo que va a pasarle? Yo no quiero riquezas, señor; si las tuviera, no sabría qué hacer con ellas. Tengo lo suficiente para satisfacer todas mis necesidades: y tampoco quiero poder, señor, ni influencia; quiero estar tranquilo y vivir la vida, ¿y cómo diablos puede estar tranquilo y vivir la vida un hombre afligido por el don de la profecía? Le aseguro que mi conocimiento del futuro es como una pesadilla; y me torna maligno y vengativo; la única aplicación interesante que hallo a mi dolencia es preocupar a la gente hasta hacerle perder el seso. Usted, señor, por ejemplo, se sentiría muy incómodo —y es poco decir— si yo le contara lo que va a sucederle dentro de unos tres años. Pero de eso le haré gracias; y ya tiene motivo para estarme muy agradecido.
Traté de sonreír con divertida incredulidad, pero no pude lograrlo. Ladeé lentamente mi sombrero e hice un alegre brinco a mi cigarro, para demostrar mi indiferencia; pero pronto volví a enderezar aquél, y permití que el cigarro volviera a su seria posición acostumbrada. Di la espalda al hombre delgado y entré en la sala de lectura; tomé un ejemplar del Galignami, y me senté; y tardé cinco minutos en comprender que sostenía el periódico al revés.
Entonces me levanté abruptamente, me dirigí de nuevo hacia el hombre delgado, y mirándolo con fijeza le dije:
—Le agradeceré que me diga... —pero al llegar a la última palabra mi voz pareció a punto de extinguirse, y concluí de este modo... —:la hora.
El hombre delgado sonrió de un modo mefistofélico: sabía perfectamente que yo no había ido a preguntarle la hora. Con súbita y violenta resolución de no hacer el tonto, comencé a hablar una vez más sobre lo ocurrido en la mesa de ruleta.
—La gente del Casino —dije— estará intrigada.
—Sí —contestó— ¡Los administradores se están ocupando del asunto, y parecen bastante inquietos! Uno de ellos vendrá a visitarme esta tarde para traerme un cheque por los importes de mis ganancias y preguntarme qué pienso hacer. Por supuesto, han comprendido que puedo arruinarlos si me lo propongo; pero mi conducta los ha desconcertado. Anoche, con sólo quererlo, habría podido hacer saltar la banca en todas las mesas...pero no es ése mi propósito. Quiero fastidiarlos. Si es usted un hombre curioso, le invito a presenciar la entrevista.
Acepté ansiosamente... Cualquier cosa, con tal de distraerme. Después del almuerzo acompañé al hombre delgado a su cuarto y quince minutos más tarde vino el camarero para anunciar que un caballero deseaba hablarle.
—Hágalo subir —dijo.
El visitante entró.
—¿Usted está ansioso... muy ansioso por conversar conmigo? —dijo el hombre delgado sentándose cómodamente en su sillón—. Lo escucho, pues; mi amigo, aquí presente, no nos estorba; puede hablar libremente en su presencia.
El visitante titubeó, y por fin dijo:
—He traído a Monsieur las ganancias que olvidó anoche en la mesa. Este cheque...
—¡Ah, muchas gracias! —dijo el hombre delgado—, pero en este momento no lo necesito. Si quiere usted guardármelo... o, mejor aún, destinarlo a beneficio de los pobres de los alrededores... ¿eh?
El alto empleado del Casino parecía azorado y se pasaba los dedos por la barba. Hubo un silencio, embarazoso para el funcionario; el hombre delgado, en cambio, se esforzaba por reprimir una sonrisa.
—¿Monsieur se propone quedarse mucho tiempo en Montecarlo? —preguntó el alto empleado, muy incómodo.
—Pues... Aún no lo he decidido, en realidad —repuso alegremente el hombre delgado.
—¡Ah! Entonces... ¿Monsieur se propone hacernos el honor de visitar nuevamente nuestras mesas?
—Bueno, tampoco me he trazado ningún plan sobre ese particular.
El alto empleado seguía acariciándose la barba con los dedos, desolado; la expresión de ansiedad de su rostro era evidente y dolorosa. Miró primero al hombre delgado y después a mí.
—Monsieur podría... este...¿quizá estaría dispuesto a aceptar un pequeño convenio con respecto a su partida? —dijo por fin y con voz un tanto ronca—. La administración siempre es liberal y...
—Oh, no necesito dinero —respondió jovialmente el hombre delgado—. Ya lo habrán adivinado ustedes anoche, cuando abandoné mis ganancias.
—¡Eso es cierto, a fe mía! —dijo el funcionario—. Pero la verdad es que... Monsieurparece gozar de muy buena estrella... una chance extraordinaria...
—Suerte, quiere decir usted, por supuesto. Pero no se trata de suerte, mi querido señor; es simplemente, conocimiento del futuro... Eso es todo... ¿Quiere tener la bondad de clavar la mirada en la esquina de esa casa de la costanera? Yo le diré quienes van a pasar por ahí antes de que aparezcan. Un hombre gordo con abrigo pardo... ahí lo tiene usted; tres señores y un perrito... ahí están; un policía y un gendarme, llevando un paquete blanco; un perro blanco; ahora pasará una mujer con una gran cesta.
No había la menor posibilidad de que el hombre delgado pudiera ver a los peatones antes de que aparecieran por detrás de la casa. El alto empleado del Casino palideció y se rascó la nariz.
—Ya ve usted —prosiguió el hombre delgado— que no es “suerte”. ¡Diablos, ojalá lo fuese! Bueno, quizás se le haya ocurrido a usted que puedo predecir cada uno de los lances de las salas de juego —clavaba los ojos centelleantes en el funcionario (cuyo rostro parecía más alargado por la consternación que reflejaba), y parecía sonreír interiormente mientras hablaba —que puedo comunicar ese conocimiento a otros... a todos los concurrentes a las salas de juego... ¿no es así? Podría hacer saltar la banca de todas las mesas, todos los días, hasta que ustedes se vieran obligados a cerrar el negocio; piense en eso, mi querido señor...¡Cállese! Podría barrer con todo, sin más trámite; ¡saque usted la cuenta! ¿O ya lo ha hecho?
Era indudable que el alto empleado lo había hecho; estaba mortalmente pálido, y sus ojos parecían los de un loco; el hombre delgado, entretanto, sonreía alegremente, erguido en su silla, y no le quitaba la mirada de encima.
—Pero... indudablemente... Monsieur... mon Dieu... ¿Monsieur es tan duro de corazón como para trazarse un plan tan terrible? ¿Hemos ofendido a Monsieur de algún modo? Estamos a las órdenes de Monsieur. Cualquier cosa que podamos hacer para serle gratos... cualquier cosa... ¡estamos a su disposición! ¿Monsieur querría aceptar una participación en la empresa... una participación muy grande? ¿Una cuarta parte... la mitad? ¿Monsieur nos hará el honor de integrar la administración?
El hombre delgado sonrió suavemente.
—¡Oh, cielos, no! —dijo complacido— no tengo ambiciones en ese sentido. Realmente aún no tengo un plan definido. Quizá me divierta en las mesas —el alto empleado hizo una mueca y sus dientes castañearon—, quizá nunca vuelva a entrar allí. Sólo Dios lo sabe.
—Pero, por lo menos, ¿Monsieur me hará su promesa de abstenerse de comunicar sus terribles predicciones a otras personas... a la multitud? ¿Tendrá la bondad de prometerme que...?
—Oh, en realidad no puedo prometerle nada, ¿por qué habría de hacerlo?
—Pero, reflexione usted... Usted no nos odia, ¿verdad Monsieur?
—Oh, no, Dios mío —dijo, muy satisfecho, el hombre delgado—. En absoluto. Ustedes me han entretenido gratuitamente con espléndidos conciertos y cosas parecidas. La administración me inspira simpatía. Cualquier cosa que yo haga, tendrá el único propósito de divertirme... Claro está que las consecuencias pueden ser desastrosas para ustedes, aunque con esto no quiero decir que forzosamente han de serlo, ¿me comprende?
El alto empleado se levantó pálido y azorado. Se pasó la mano por la frente húmeda de transpiración. Se encaminó a la puerta, titubeó, volvióse, después hizo una reverencia y salió lentamente.
—La cosa atormentará a esta gente, ¿sabe usted? Estarán terriblemente preocupados, ¿verdad? Eso es lo que quiero; los dejaré perplejos... ¿comprende? Seré una espada suspendida sobre su cabeza; ¡estarán siempre temblando de miedo a que yo aparezca, a que organice una empresa para informar a los jugadores cuáles son los números que van a ganar!
En su rostro consumido se dibujó una sonrisa. Luego añadió:
—A decir verdad, me iré esta noche; pero le diré al gerente del hotel que tal vez regrese muy pronto, ¡ellos lo sabrán, y se divertirán mucho!
Aquella noche no pude cenar; después, no logré mantener mi pipa encendida; tampoco me fue posible oír el concierto del Casino; las palabras del hombre delgado, “De eso le haré gracia, y ya tiene motivo para estarme agradecido”, zumbaban en mi cabeza, hasta que al final me sentí mareado. Tres o cuatro veces me dirigí a su puerta para buscarlo y suplicarle me dijera enseguida qué era lo que me iba a ocurrir; pero no pude juntar valor para oírlo. Lo detestaba, eso, sin embargo, no remediaba nada. Por la noche se iría... ¿y yo lo dejaría ir, llevándose el secreto, para no verlo acaso nunca más? Entonces me dije: “¡No seas necio! ¡Haz de cuenta que todo esto es una estúpida impostura o un sueño!” y me desvestí y acosté; pero inmediatamente torné a levantarme y a vestirme. El viajaría hacia el oeste, en el tren nocturno. Bajé, pagué la cuenta y ordené que cargaran mi equipaje en el ómnibus que combinaba con aquel tren.
Sonrió nuevamente cuando me vio subir al ómnibus, y dijo:
—Ha resuelto partir de forma muy inesperada, ¿verdad? Espero que no haya recibido ninguna mala noticia.
En el tren abrí veinte veces la boca para preguntarle qué me ocurriría de allí a tres años, y por fin la pregunta brotó tumultuosa de mis labios.
—Oh... ¿eso? —dijo— ¿Aún no ha olvidado esas palabras lanzadas al azar? Oh, vamos, hay que olvidarlas, no nos preocupemos por eso. ¡Ya lo sabrá a su debido tiempo, se lo aseguro! —Sonrió y meneó varias veces la cabeza. —Ahora le diré lo que pienso hacer yo. Esto le divertirá. En París hay un multimillonario norteamericano que se ha embarcado en tremendas operaciones financieras... Ha invertido todo su caudal en cierta especulación.
“Supe esta noticia por una carta de un amigo mío que vive en París. El conocimiento de lo que sucede alrededor de mí en el presente sólo me llega por las vías ordinarias; esta maldita enfermedad mía sólo me permite ver el futuro... ¡condenado sea! Pues bien, preveo que esa operación rematará en el más espantoso desastre, a menos que el norteamericano siga determinado curso de acción; y yo le diré esto, pero no le diré cuáles son las providencias que debe adoptar... ¿comprende? ¡Le haré salir canas verdes!
—¡Realmente es usted muy vengativo! —exclamé a pesar mío.
Toda su expresión cambió de pronto. Pareció desfigurarse víctima de un terror invencible.
—Hace aproximadamente dos meses —dijo— la anticipación de lo que ocurrirá dentro de siete años entró en mi espíritu por primera vez, como un dardo. Lo que me espera es más terrible de lo que jamás hubiera imaginado... ¡y ocurrirá! Tanto he pensado en ello estos dos últimos meses, que por momentos me pregunto si no estoy loco. Antes de esa terrible enfermedad yo era un hombre robusto... ¡Míreme ahora!
“Esto me ha agriado, me ha corroído. Suelo pasarme despierto la noche entera, meditando en lo que vendrá hasta que a veces cedo al impulso de gritar.
“Me he tornado maligno: mi única diversión es hacer sufrir a los demás un poco de lo que yo sufro. Recurro a ese entretenimiento para no pensar en mi propia angustia. Ahí tiene usted su caso, por ejemplo... eso que le ocurrirá a usted dentro de tres años, el 19 de marzo... No lo olvide... ¡el 19 de marzo! No es tan horrible como mi propio destino... ¡pero, en conciencia, mi querido señor, es lo bastante atroz como para estremecerse! No puede usted evitarlo, es indudable que ocurrirá... pero ¡vamos! Es una de esas cosas en las que más vale no insistir; olvidémosla, pues y pasemos a otro asunto. Vea usted a ese jefe de estación, ahí parado: dentro de tres semanas le sucederá algo muy agradable; en realidad, me gustaría bajar y decírselo todo, pero no hablo muy bien el francés. Bueno, bueno, ahora lamento no saberlo; ¡qué desventaja tan grande el no saber hablar un idioma!”
Dejé que siguiera parloteando, pero sin oír lo que decía. ¿Debía negarme a conocer mi destino, descender en la primera estación y escapar precipitadamente? ¿O suplicarle que me lo dijera por el amor de Dios? ¿O quizá obligarlo a que me lo revelara, amenazando matarlo a menos que? ¡Bah! Él sabía que yo no podía matarlo; sabía que le quedaban siete años de vida, por lo menos... hasta que le sobreviniera aquella calamidad.
Decidí, pues, mantenerme en contacto con él; viajar con él a París, y no perderlo nunca de vista. En Marsella nos alojamos en el mismo hotel. Le oí decir al camarero que pensaba marcharse en el tren de la noche siguiente: pero al otro día descubrí que se había ido en el tren de la mañana. Tomé el primer tren a París, y recurrí a todos los planes imaginables para encontrarlo; durante tres semanas le seguí la pista; después la perdí.
¡De manera, pues, que allá estaba ese 19 de marzo, para el que sólo faltaban tres años, suspendido sobre mí! Luché duramente por apartar la idea de mi espíritu, ocupándome en toda clase de cosas; pero el recuerdo volvía a intervalos con tanta fuerza que durante semanas enteras no lograba conciliar el sueño por las noches. Comencé a encanecer prematuramente, y mi cara se tornó descolorida y surcada de arrugas.
Mis amigos me dijeron que presentaba un aspecto lamentable; y mi invencible melancolía los apartaba de mi lado.

Un día viajaba en el Ferrocarril del Distrito, frente a frente con el único ocupante del coche. Era un hombre regordete, de aspecto satisfecho; tenía un aire que me pareció familiar. De pronto comenzó a mirarme con fijeza; después una expresión de gran angustia mental pasó por su rostro.
—¿Estuvo usted alguna vez en Montecarlo? —preguntó.
Una convicción crecía en mi espíritu.
—Sí —repliqué—, ¡desafortunadamente para mí!
Colocó nerviosamente su mano sobre la mía; parecía muy apiadado.
—¿En marzo... hace dos años? —preguntó.
—Sí... ¡maldito sea el día!
—¿Me conoce usted? —preguntó con voz temblorosa.
—Sí —respondí, casi a gritos, incorporándome—. Usted es el monstruo que... ¿Me dirá ahora lo que va a ocurrirme dentro de un año... el 19 de marzo?
Guardó silencio; se pasó la mano por la frente, como esforzándose ahincadamente por recordar; y después me miró de un modo tan indefenso, tan lleno de remordimiento, tan suplicante, que sentí que mi expresión de odio mortal se mitigaba y mis puños cerrados se abrían. Volvió a poner su mano sobre la mía, y dijo con voz desfalleciente:
—No puedo recordar nada, ninguna de las cosas que preví durante mi enfermedad. Al regresar a Londres mi mente curó de su estado anormal, y todo el futuro se desvaneció. Recuerdo que predije algo que le ocurriría a usted en alguna fecha dada, pero eso es todo.
Me miró y se estremeció; no era necesario que me dijese cuán cambiado me encontraba.
—¡Haga la prueba! —dije roncamente.
Una vez más trató de recordar... pero en vano. De pronto se me ocurrió que ahora había llegado mi oportunidad de vengarme; evidentemente había olvidado que a él también le aguardaba un horrible destino de allí a cinco años. Sonreí interiormente, con demoníaco placer, y comencé a elegir las palabras con que le recordaría la futura catástrofe... pero él seguía mirándome con aquel derrotado gesto de arrepentimiento y piedad; y me fue imposible decírselo. Se cubrió el rostro con las manos, y las lágrimas corrieron por entre sus dedos. Yo guardaba silencio.
—¿Por qué no me mata? —dijo.
Más tarde, animándose súbitamente añadió:
—Quizá esa visión del futuro no era más que una fantasía...¡una simple alucinación mental! Seguramente... ¡es imposible que haya sido otra cosa!
—¿Recuerda usted los números de la mesa de ruleta? —dije—. ¿Y la gente que pasaba por la rambla? ¿Y el telegrama del alemán?
—Haré lo posible por recordar —dijo—. Día y noche trataré de recordar. Aquí tiene mi dirección... Venga a quedarse conmigo; de ese modo, si en algún momento surge el recuerdo, estará usted cerca para oírlo. ¡Qué demonio debo haber sido por aquella época...! Quisiera saber por qué. ¿Qué pudo cambiarme de ese modo? ¡Eso era ajeno a mi naturaleza!
Aquella era mi oportunidad para iluminarlo; pero guardé silencio.

Hace un año que trata de recordar, incesantemente. Está otra vez devorado por la inquietud, casi tanto como cuando lo conocí.
Los tres últimos meses he permanecido constantemente a su lado, escrutando su rostro para descubrir la primera vislumbre del recuerdo; pero en vano. Una y otra vez, en mis momentos de horror, he estado a punto de decirle cuál es el destino que a él le aguarda, dentro de cuatro años... pero no lo he hecho. A veces me siento medio loco. Estoy muy enfermo y me he convertido en un anciano de treinta y cuatro años. El está sentado, junto a mí, sosteniéndome la mano, y me lee un libro.
De tanto en tanto lo recorre un estremecimiento, deja de leer, se pasa la mano por el entrecejo fruncido. El sol se pone en un banco de nubes. Hoy es el 18 de marzo.

J. F. Sullivan, El hombre con una enfermedad. 1894. (Fuente: Antología del cuento extraño, Ed. Hachette).