Kurt Vonnegut, Harrison Bergeron

Harrison Bergeron 
En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.
Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto confundía a la gente. Y en este mismo mes, húmedo y frío, los hombres de la oficina de impedidos se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años, hijo de George y Hazel Bergeron.
Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en eso. Hazel tenía una inteligencia perfectamente común, y por lo tanto era incapaz de pensar excepto en breves explosiones. Y George, como su inteligencia estaba por encima de lo normal, llevaba en la oreja un pequeño impedimento mental radiotelefónico, y no podía sacárselo nunca, de acuerdo con la ley. El receptor sintonizaba la onda de un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba algún ruido agudo para que las gentes como George no aprovechasen injustamente su propia inteligencia a expensas de los otros.
George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero ella ya no recordaba por qué. En ese momento unas bailarinas terminaban su número.
Una chicharra sonó en la cabeza de George y los pensamientos que tenía en ese instante huyeron como ladrones que oyen una campana de alarma.
― Era bonita esa danza, la que acaba de terminar ― dijo Hazel.
― ¿Eh? ― dijo George.
― Esa danza, era bonita ― dijo Hazel.
― Ajá.
Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente muy buenas, y cualquiera hubiese podido hacer lo mismo. Todas llevaban contrapesos y sacos de perdigones, y máscaras además, para que nadie se sintiese triste viendo un gesto gracioso o una cara bonita. George había empezado a pensar vagamente que quizá las bailarinas no debieran tener ningún impedimento, pero no fue muy lejos en esta dirección, pues la radio transmitió otro ruido anonadador.
George torció la cara, junto con dos de las ocho bailarinas.
Hazel vio la mueca de George, y como ella no tenía radio tuvo que preguntar qué ruido había sido ése.
― Como si golpearan con un martillo en una botella de leche ― dijo George.
― Debe ser interesante oír todos esos ruidos ―dijo Hazel, con un poco de envidia―. Las cosas que inventan.
― Hum― dijo George.
― Pero si yo fuera Directora General de Impedidos, ¿sabes qué haría? ― preguntó Hazel. Hazel en realidad era muy parecida a la Directora de Impedidos, una mujer llamada Diana Moon Glampers―.
Si yo fuese Diana Moon Glampers ―dijo Hazel― usaría campanas los domingos. Sólo campanas. Una especie de homenaje a la religión.
― Yo podría pensar, si fuesen sólo campanas ― dijo George.
― Bueno, quizá habría que hacerlas sonar realmente fuerte ― dijo Hazel ― . Creo que yo sería una buena Directora de Impedidos.
― Tan buena como cualquiera ― dijo George.
― ¿Quién mejor que yo puede saber lo que es ser normal? ― dijo Hazel.
― Nadie ― dijo George.
Empezó a pensar oscuramente en Harrison, su hijo anormal, que ahora estaba en la cárcel, pero una salva de veintiún cañonazos le sacudió la cabeza.
― ¡Caramba! ― dijo Hazel ― . Eso fue realmente ensordecedor, ¿no es cierto?
Había sido tan ensordecedor que George estaba pálido y tembloroso, y las lágrimas le asomaban a los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían caído al suelo del estudio y se apretaban las sienes.
― De pronto pareces tan cansado ― dijo Hazel ― . ¿Por qué no te acuestas en el sofá y apoyas tu impedimento de plomo en los almohadones, mi querido? ―Hazel hablaba de los veinte kilos de perdigones que George llevaba al cuello, en un saco de tela―. Sí, apoya ese peso. No me importa que no seas igual a mí durante un rato.
George sopesó el saco con las manos.
― No tiene ninguna importancia ―dijo―. Ya no lo noto. Es parte de mí mismo.
― Estás tan cansado en este último tiempo, hasta agotado diría yo ―continuó Hazel―. Si hubiese algún modo de abrir un agujero en el fondo del saco y sacar unas bolas de plomo... Sólo unas pocas.
― Dos años de prisión y una multa de mil dólares por cada perdigón de menos ― dijo George ― . No me parece un buen negocio.
― Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo ― dijo Hazel ― . Quiero decir que no compites con nadie aquí. No haces nada.
― Si tratara de librarme de este peso ― dijo George ― otra gente tendría derecho a hacer lo mismo, y muy pronto estaríamos de nuevo en la época del oscurantismo, cuando todos rivalizaban con todos. ¿No te gustaría, no es verdad?
― Me sentiría horrorizada.
― Precisamente ― dijo George ― . Si la gente no cumpliera las leyes, ¿qué sería de la sociedad?
Si Hazel no hubiese podido responder a esta pregunta, George no hubiera podido ayudarla, pues en ese instante una sirena le traspasó el cerebro.
― Se haría pedazos.
― ¿Qué cosa? ― dijo George desconcertado.
― La sociedad ― dijo Hazel, insegura ― . ¿No hablabas de eso?
― ¿Quién puede saberlo? ― dijo George.
Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. No se pudo saber muy bien en un principio qué noticia era, pues el anunciador, como todos los anunciadores, tenía un serio impedimento en la lengua. Durante medio minuto, y muy excitado, el hombre trató de decir:
― Señoras y señores...
Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.
― Muy bien ― dijo Hazel ― . Hizo lo que pudo. Hizo lo que pudo con lo que Dios le dio. Debieran aumentarle el sueldo por haberse esforzado tanto.
― Señoras y señores ― dijo la bailarina leyendo el boletín.
Debía ser una muchacha extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era horrible.
Y era fácil advertir también que tenía más fuerza y más gracia que ninguna de las otras bailarinas. El saco de impedimento que le colgaba del cuello era tan grande como el de un hombre de cien kilos.
Y la bailarina tuvo que pedir perdón en seguida por su voz. Era verdaderamente injusto que una mujer usara una voz así: cálida, luminosa, una melodía que no era de este mundo.
― Perdón ― dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez con una voz absolutamente incompetente―. Harrison Bergeron ―graznó―, de catorce años, acaba de escaparse de la cárcel. Se le acusaba de intentar derribar al gobierno. Es un genio y un atleta, favorecido por el impedimento, y extremadamente peligroso.
Una foto de Harrison tomada por la policía apareció en la pantalla: cabeza abajo, de costado, cabeza abajo otra vez, y derecha al fin. La fotografía mostraba a Harrison de pie sobre un fondo dividido en metros y centímetros. Medía exactamente dos metros diez.
Por lo demás, Harrison parecía un montón de hierros. Nadie había llevado nunca impedimentos más pesados. Había crecido superando todos los impedimentos tan rápidamente que la Dirección de Impedidos no había tenido tiempo de imaginar otros. En vez de un pequeño receptor de radio en la oreja, como impedimento mental, llevaba un par de tremendos auriculares, y además unas gafas de vidrios gruesos y ondulados. Estos anteojos habían sido concebidos no sólo para que no viera casi nada, sino también para provocarle terribles dolores de cabeza.
Los pesos metálicos le colgaban de todo el cuerpo. Comúnmente había una cierta simetría, una disposición verdaderamente militar en los impedimentos inventados para los individuos demasiado fuertes, pero Harrison parecía un montón de chatarra ambulante. En la carrera de la vida, Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.
Y para afearlo, los hombres de los impedimentos le obligaban a usar continuamente una pelota roja en la nariz, a afeitarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y regulares con pedazos de película negra.
―Si ven a este muchacho ―dijo la bailarina― no intenten, repito, no intenten discutir con él.
Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.
Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. El retrato de Harrison Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla como sacudido por un terremoto.
George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le fue difícil, pues su propia casa había sido sacudida del mismo modo, muchas veces.
―¡Dios mío! ―dijo―. ¡Tiene que ser Harrison!
En ese mismo momento el ruido de un choque de automóviles le barrió la idea de la cabeza.
Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había desaparecido y Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.
Estaba de pie en medio del estudio, balanceando la cabeza de payaso, y los hierros que le colgaban del enorme cuerpo se sacudían y tintineaban. Tenía aún en la mano el pestillo de la puerta que acababa de arrancar. Las bailarinas, los técnicos, los músicos y los anunciadores habían caído de rodillas ante él, sintiendo que les había llegado la hora y que pronto serían masacrados.
―¡Soy el emperador! ―gritó Harrison―. ¿Me oyen todos? ¡Soy el emperador! ¡Todos deben obedecerme en seguida!
Golpeó el suelo con el pie y el estudio tembló.
―Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí ―rugió―, ¡soy el más grande de todos los gobernantes de todos los tiempos! Y ahora miren en lo que puedo convertirme.
Harrison se arrancó las correas que sostenían el metal como si fueran de papel de seda, esas correas garantizadas para sostener dos mil quinientos kilos.
Los pedazos de chatarra que habían sido los impedimentos de Harrison se aplastaron contra el suelo.
Harrison pasó los pulgares bajo la barra que sostenía las guarniciones de la cabeza, y la barra se quebró como una brizna de paja. Aplastó las gafas y los audífonos contra la pared, y se arrancó la nariz de goma descubriendo el rostro de un hombre que hubiera estremecido a Thor, el dios de trueno.
―¡Ahora elegiré a mi emperatriz! ―dijo Harrison mirando el grupo arrodillado a sus pies―. Que la primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo y su trono.
Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose como un sauce.
Harrison sacó el impedimento mental de la oreja de la bailarina y luego los impedimentos físicos con asombrosa delicadeza. En seguida le quitó la máscara.
La bailarina era de una cegadora belleza.
―Bien ―dijo Harrison tomándole la mano―. Ahora le mostraremos a la gente lo que significa la palabra «danza». ¡Música!
Los músicos treparon a sus sillas, y Harrison les quitó también los impedimentos.
―Toquen como mejor puedan ―les dijo― y les haré barones y duques y condes.
La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero Harrison alzó a dos músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas, mientras cantaba la música. Luego los dejó caer otra vez en los asientos.
La música comenzó de nuevo, mucho mejor que antes.
Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente, como esperando a que los latidos de sus propios corazones concordaran con la música.
Luego se alzaron en puntas de pie, y Harrison tomó entre sus manazas el talle de la bailarina, haciéndole sentir esa ligereza que pronto sería la ligereza de ella.
Y al fin, en una explosión de alegría y gracia, saltaron al aire.
No sólo abandonaron entonces las leyes de la Tierra sino también las leyes de la gravedad y las leyes del movimiento.
Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y revolotearon.
Saltaron como ciervos en la Luna.
Cada nuevo salto acercaba más a los bailarines al falso techo, que estaba a diez metros de altura.
Pronto fue evidente que pretendían tocar el falso techo.
Lo tocaron.
Y luego neutralizando la gravedad con el amor y el deseo se quedaron suspendidos en el aire a unos pocos centímetros por debajo del falso techo y allí se besaron mucho tiempo.
En ese instante Diana Moon Glampers, la Directora de Impedidos, entró en el estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó, dos veces, y el emperador y la emperatriz murieron antes de llegar al suelo.
Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y les dijo que tenían diez segundos para ponerse otra vez los impedimentos.
En ese mismo momento el tubo del aparato de TV de los Bergeron osciló y se apagó.
Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto, pero George había ido a la cocina en busca de una lata de cerveza.
George volvió con la cerveza, deteniéndose un instante cuando una señal de impedimento lo sacudió de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.
―¿Has estado llorando? ―le preguntó a Hazel mirando cómo ella se enjugaba las lágrimas.
―Sí ―dijo Hazel.
―¿Por qué? ―dijo George.
―Me olvidé. Hubo algo realmente triste en la televisión.
―¿Qué era? ―preguntó George.
―No lo sé, tengo la cabeza confundida ―dijo Hazel.
―Hay que olvidar las cosas tristes.
― Es lo que hago siempre ― dijo Hazel.
― Magnífico ― dijo George.
Torció la cara. Un cañón le retumbó en la cabeza.
― Caramba. Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor ― dijo Hazel.
― Así es realmente, puedes repetir esa verdad.
― Caramba ― dijo Hazel ― . Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor.
Kurt Vonnegut, Harrison Bergeron.

Kurt Vonnegut

Stig Dagerman, Matar a un niño

Matar a un niño
Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los cristales de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque en este día a un niño lo matará, en el tercer pueblo, un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy darán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor de gasolina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el objetivo ve un pequeño coche azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de gasolina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los cristales bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a ella en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el coche se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de gasolina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.
Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No está lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el coche ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del coche, sueña en lo terso que estará.
¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?
Después, todo es demasiado tarde. Después, está un coche azul torcido en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.
―Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas―. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató.
Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".
Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.
Stig Dagerman, Matar a un niño.

Stig Dagerman




Julio Cortázar, Aplastamiento de las gotas

Aplastamiento de las gotas
Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
 Julio Cortázar, Aplastamiento de las gotas.

Julio Cortázar


video

Maeve Brennan, La comida favorita de Balzac

La comida favorita de Balzac
Hay una librería en la calle Cuarenta y ocho, no lejos de la Sexta Avenida, donde venden sobre todo libros de bolsillo y libros viejos, saldo de los editores. Yo estaba allí el otro día mirando. Era sábado y hacía fresco. La puerta estaba abierta a la calle. Era la hora del almuerzo y los clientes eran ocasionales. La tarde era lenta y la ciudad parecía amistosa y grogui... no se oían quejas. Ese humor de siesta es muy notable en Nueva York y en pleno downtown, muy raro. Era una ocasión misteriosa y alegre, como si a todos los ciudadanos les hubiera repartido su dosis estacional de tiempo y hubieran descubierto que tenían mucho, de sobra, mucho más tiempo del que nunca hubieran imaginado. En la librería todo estaba en calma. Podría haber estado muy lejos, en una ciudad mucho más antigua, recorriendo tiendas de anticuarios. El ritmo era concentrado y sin prisa, mientras los clientes serpenteaban entre las obras de Henry James, Rex Stout, Françoise Mallet-Joris, Iván Turguénev, Agatha Christie y el resto, más y más nombres que iban apareciendo frente a mis ojos mientras seguía mirando. Yo iba recopilando todo lo que quería comprar ―llevaba cinco libros bajo el brazo― y estaba mirando otro, ahora no recuerdo el título, y leyendo una descripción de la comida favorita de Balzac. Lo que más le gustaba al escritor era simple pan cubierto de sardinas que había triturado formando una pasta y mezclándolas con algo. ¿Qué era lo que Balzac mezclaba en su pasta de sardinas? Estaba intentando descubrirlo, leyéndolo todo otra vez y pensando en lo delicioso que sonaba, cuando mis oídos se vieron ofendidos por ásperas voces que chirriaban junto al otro lado de la puerta, gente que hacía comentarios sobre los libros del escaparate.
―¡Eh, Marilyn Monroe, rebajada!― exclamó una voz masculina―. ¡De cinco dólares con setenta y cinco a un dolar noventa y dos!
―Hubo graznidos de risas y luego una voz de mujer dijo ―hablaba una vieja bruja―:
― Espera que llegue al dólar.
—¡Demasiado! ¡Demasiado! ¡Un dólar es demasiado! —gritó el hombre y aquellos seres horribles entraron en tropel a la librería y yo cogí mis gafas para verlos de cerca. Crueldad, Estupidez y Ruido, eran tres, un hombre, una mujer y otro, pero no pude ver al tercero, pues quedaba oculto tras la alta y alargada estantería que todos estaban mirando y que les hacía tanta gracia. Pronunciaban los nombres y títulos en voz alta y hacían muchos chistes malos, estropeando la atmósfera a todos los demás, de modo que pagué los libros que me había comprado y salí. Me fui a Le Steak de Paris y pedí sardinas y pan, pero cuando empecé a chafar las sardinas, ya no recordaba qué era lo que les ponía Balzac. No importaba. Las sardinas con pan solo están muy buenas. Pensé que no valía la pena pensar en las hienas de la librería. Un día de estos, su capacidad para despertar violencia provocará a alguien que ya es violento —eso me dije—. Encontrarán la horma de sus zapatos. El tiempo les ajustará las cuentas. Nunca conocerán nada excepto el miserable sentimiento de envidia. Aprenderán, como el pastorcillo que gritaba que venía el lobo, pues todos esos que se empeñan en reírse los últimos acaban mal. No me importa. La pequeña librería está abierta hasta tarde y yo voy a volver este mismo anochecer a encontrar ese libro que estaba mirando y que describe la pasta de sardinas de Balzac. Antes de que caiga la noche, sabré exactamente cuál era la comida favorita del maestro y también conoceré el sabor que tiene hoy.
Maeve Brennan, La comida favorita de Balzac (Crónicas de Nueva York).

Maeve Brennan

Katherine Mansfield, El canario

El canario
¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.
...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.
¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.
...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:
-¿Ya estás aquí, amor mío?
Desde aquel instante fue mío.
...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba nuestra pequeña diversión. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir. «Eres un verdadero comediante», le decía riñéndolo. Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su percha jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren». Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto, me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.
...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? Pero me acuerdo de que aquella. noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza, y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.
...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un foxterrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.
...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. Me sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.
Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?
Katherine Mansfield, El canario.    

Katherine Mansfield

The Canary
...You see that big nail to the right of the front door ? I can scarcely look at it even now and yet I could not bear to take it out. I should like to think it was there always even after my time. I sometimes hear the next people saying," There must have been a cage hanging from there." And it comforts me ; I feel he is not quite forgotten.
...You cannot imagine how wonderfully he sang. It was not like the singing of other canaries. And that isn't just my fancy. Often, from the window, I used to see people stop at the gate to listen, or they would lean over the fence by the mock-orange for quite a long time —carried away. I suppose it sounds absurd to you—it wouldn't if you had heard him—but it really seemed to me that he sang whole songs with a beginning and an end to them.
For instance, when I'd finished the house in the afternoon, and changed my blouse and brought my sewing on to the verandah here, he used to hop, hop, hop from one perch to another, tap against the bars as if to attract my attention, sip a little water just as a professional singer might, and then break into a song so exquisite that I had to put my needle down to listen to him. I can't describe it; I wish I could. But it was always the same, every afternoon, and I felt that I understood every note of it.
... I loved him. How I loved him! Perhaps it does not matter so very much what it is one loves in this world. But love something one must. Of course there was always my little house and the garden, but for some reason they were never enough. Flowers respond wonderfully, but they don't sympathise. Then I loved the evening star. Does that sound foolish ? I used to go into the backyard, after sunset, and wait for it until it shone above the dark gum tree. I used to whisper "There you are, my darling." And just in that first moment it seemed to be shining for me alone. It seemed to understand this . . . something which is like longing, and yet it is not longing. Or regret— it is more like regret. And yet regret for what ? I have much to be thankful for.
...But after he came into my life I forgot the evening star ; I did not need it any more. But it was strange. When the Chinaman who came to the door with birds to sell held him up in his tiny cage, and instead of fluttering, fluttering, like the poor little goldfinches, he gave a faint, small chirp, I found myself saying, just as I had said to the star over the gum tree, "There you are, my darling." From that moment he was mine.
... It surprises me even now to remember how he and I shared each other's lives. The moment I came down in the morning and took -the cloth off his cage he greeted me with a drowsy little note. I knew it meant " Missus! Missus! "Then I hung him on the nail outside while I got my three young men their breakfasts, and I never brought him in until we had the house to ourselves again. Then, when the washing-up was done, it was quite a little entertainment. I spread a newspaper over a corner of the table and when I put the cage on it he used to beat with his wings despairingly, as if he didn't know what was coming. " You're a regular little actor," I used to scold him. I scraped the tray, dusted it with fresh sand, filled his seed and water tins, tucked a piece of chickweed and half a chili between the bars. And I am perfectly certain he understood and appreciated every item of this little performance. You see by nature he was exquisitely neat. There was never a speck on his perch. And you'd only to see him enjoy his bath to realise he had a real small passion for cleanliness. His bath was put in last. And the moment it was in he positively leapt into it. First he fluttered one wing, then the other, then he ducked his head and dabbled his breast feathers. Drops of water were scattered all over the kitchen, but still he would not get out. I used to say to him, "Now that's quite enough. You're only showing off." And at last out he hopped and, standing on one leg, he began to peck himself dry. Finally he gave a shake, a flick, a twitter and he lifted his throat—Oh, I can hardly bear to recall it. I was always cleaning the knives at the time. And it almost seemed to me the knives sang too, as I rubbed them bright on the board.
... Company, you see—that was what he was. Perfect company. If you have lived alone you will realise how precious that is. Of course there were my three young men who came in to supper every evening, and sometimes they stayed in the dining-room afterwards reading the paper. But I could not expect them to be interested in the little things that made my day. Why should they be ? I was nothing to them. In fact, I overheard them one evening talking about me on the stairs as "the Scarecrow." No matter. It doesn't matter. Not in the least. I quite understand. They are young. Why should I mind ? But I remember feeling so especially thankful that I was not quite alone that evening. I told him, after they had gone out. I said " Do you know what they call Missus ? "And he put his head on one side and looked at me with his little bright eye until I could not help laughing. It seemed to amuse him. .
... Have you kept birds ? If you haven't all this must sound, perhaps, exaggerated. People have the idea that birds are heartless, cold little creatures, not like dogs or cats. My washerwoman used to say on Mondays when she wondered why I didn't keep "a nice fox terrier," "There's no comfort, Miss, in a canary." Untrue. Dreadfully untrue. I remember one night. I had had a very awful dream—dreams can be dreadfully cruel—even after I had woken up I could not get over it. So I put on my dressing-gown and went down to the kitchen for a glass of water. It was a winter night and raining hard. I suppose I \ was still half asleep, but through the kitchen window, that hadn't a blind, it seemed to me the dark was staring in, spying. And suddenly I felt it was unbearable that I had no one to whom I could say "I've had such a dreadful dream,"or—or "Hide me from the dark."I even covered my face for a minute. And then there came a little "Sweet! Sweet! "His cage was on the table, and the cloth had slipped so that a chink of light shone through. " Sweet! Sweet! " said the darling little fellow again, softly, as much as to say, " I'm here, Missus! I'm here ! " That was so beautifully comforting that I nearly cried.
...And now he's gone. I shall never have another bird, another pet of any kind. How could I ? When I found him, lying on his back, with his eye dim and his claws wrung, when I realised that never again should I hear my darling sing, something seemed to die in me. My heart felt hollow, as if it was his cage. I shall get over it. Of course. I must. One can get over anything in time. And people always say I have a cheerful disposition. They are quite right. I thank my God I have... All the same, without being morbid, and giving way to—to memories and so on, I must confess that there does seem to me something sad in life. It is hard to say what it is. I don't mean the sorrow that we all know, like illness and poverty and death. No, it is something different. It is there, deep down, deep down, part of one, like one's breathing. However hard I work and tire myself I have only to stop to know it is there, waiting. I often wonder if everybody feels the same. One can never know. But isn't it extraordinary that under his sweet, joyful little singing it was just this—sadness ?—Ah, what is it ?—that I heard.
Katherine Mansfield, The Canary.  

James Joyce, Los muertos

Los muertos

Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente deshechos. Apenas había hecho pasar a un invitado al cuarto ropero, detrás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo, cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender también a las invitadas. Pero Miss Kate y Miss Julia habían pensado en eso y convirtieron el baño de arriba en un cuarto de señoras. Allá estaban Miss Kate y Miss Julia, riéndose y chismeando y ajetreándose una tras la otra hasta el rellano de la escalera, para mirar abajo y preguntar a Lily quién acababa de entrar.
La velada anual de las señoritas Morkan era siempre un gran acontecimiento. Venían todos los conocidos, los miembros de la familia, los viejos amigos de la familia, los integrantes del coro de Julia, cualquier alumna de Kate que fuera lo bastante mayorcita y hasta alumnas de Mary Jane también. Nunca quedaba mal. Por años ―y años y tan atrás como se tenía memoria había resultado una ocasión lucida; desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la única sobrina, a vivir con ellas en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr Fulham, un comerciante de grano que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, entonces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road. Había pasado por la Academia y daba su concierto anual de alumnas en el salón de arriba de las Antiguas Salas de Concierto. Mu­chas de sus alumnas pertenecían a las mejores familias de la ruta de Kingstown y Dalkey. Sus tías, aunque viejas, contri­buían con lo suyo. Julia, a pesar de sus canas, todavía era la primera soprano de Adán y Eva, la iglesia, y Kate, muy delicada para salir afuera, daba lecciones de música a principiantes en el viejo piano vertical del fondo. Lily, la hija del encargado, les hacía la limpieza. Aunque llevaban una vida modesta les gustaba comer bien; lo mejor de lo mejor: costillas de riñonada, té de a tres chelines y stout embotellado del bueno. Pero Lily nunca hacía un mandado mal, por lo que se llevaba muy bien con las señoritas. Eran quisquillosas, eso es todo. Lo único que no soportaban era que les contestaran.
Claro que tenían razón para dar tanta lata en una noche así, pues eran más de las diez y ni señas de Gabriel y su es­posa. Además, que tenían muchísimo miedo de que Freddy Malins se les presentara borracho. Por nada del mundo querían que las alumnas de Mary Jane lo vieran en ese estado; y cuando estaba así era muy difícil de manejar, a veces. Freddy Ma­lins llegaba siempre tarde, pero se preguntaban por qué se demoraría Gabriel: y era eso lo que las hacía asomarse a la escalera para preguntarle a Lily si Gabriel y Freddy habían llegado.
―Ah, Mr Conroy ―le dijo Lily a Gabriel cuando le abrió la puerta―, Miss Kate y Miss Julia creían que usted ya no venía. Buenas noches, Mrs Conroy.
―Me apuesto a que creían eso ―dijo Gabriel―, pero es que se olvidaron que acá mi mujer se toma tres horas mortales para vestirse.
Se paró sobre el felpudo a limpiarse la nieve de las galo­chas, mientras Lily conducía a la mujer al pie de la escalera y gritaba:
―Miss Kate, aquí está Mrs Conroy.
Kate y Julia bajaron enseguida la oscura escalera dando tumbos. Las dos besaron a la esposa de Gabriel, le dijeron que debía estar aterida en vida y le preguntaron si Gabriel había venido con ella.
―Aquí estoy, tía Kate, ¡sin un rasguño! Suban ustedes que yo las alcanzo ―gritó Gabriel desde la oscuridad.
Siguió limpiándose los pies con vigor mientras las tres mu­jeres subían las escaleras, riendo, hacia el cuarto de vestir. Una leve franja de nieve reposaba sobre los hombros del abrigo, como una esclavina, y como una pezuña sobre el empeine de las galochas; y al deslizar los botones con un ruido crispante por los ojales helados del abrigo, de entre sus pliegues y do­bleces salió el vaho fragante del descampado.
―¿Está nevando otra vez, Mr Conroy? ―preguntó Lily. Se le había adelantado hasta el cuarto ropero para ayudarlo a quitarse el abrigo y Gabriel sonrió al oír que añadía una sílaba más a su apellido. Era una muchacha delgada que aún no había parado de crecer, de tez pálida y pelo color de paja. La luz de gas del ropero la hacía lucir lívida. Gabriel la conoció siendo una niña que se sentaba en el último escalón a acunar su muñeca de trapo.
―Sí, Lily ―le respondió―, y me parece que tenemos para toda la noche.
Miró al cielo raso, que temblaba con los taconazos y el deslizarse de pies en el piso de arriba, atendió un momento al piano y luego echó una ojeada a la muchacha, que ya doblaba su abrigo con cuidado al fondo del estante.
―Dime, Lily ―dijo en tono amistoso―, ¿vas todavía a la escuela?
―Oh, no, señor ―respondió ella―, he dejado de ir este año y ya para siempre.
―Ah, pues entonces ―dijo Gabriel, jovial―, supongo que un día de estos asistiremos a esa boda con tu novio, ¿no?
La muchacha lo miró esquinada y dijo con honda amargura:
―Los hombres de ahora no son más que labia y solo intentan sacar provecho de todo.
Gabriel se sonrojó como si creyera haber cometido un error y, sin mirarla, se sacudió las galochas de los pies y con su bufanda frotó fuerte sus zapatos de charol.
Era un hombre joven, más bien alto y robusto. El color encarnado de sus mejillas le llegaba a la frente, donde se dispersaba en forma de manchas rojizas y sin forma; y en su cara desnuda relucían sin cesar los brillantes cristales y el dorado de la montura de las gafas que amparaban sus ojos inquietos y delicados. Peinaba su cabello negro y brillante, partido al medio y hacia atrás en una larga curva por detrás de las orejas, donde se ondeaba leve debajo de la estría que le dejaba marcada el sombrero. Cuando le sacó bastante brillo a los zapatos, se enderezó y se ajustó el chaleco tirando de él por sobre el vientre rollizo. Luego extrajo con rapidez una moneda del bolsillo.
―Ah, Lily ―dijo, poniéndosela en la mano―, es Navi­dad, ¿no es cierto? Aquí tienes… esto…
Caminó rápido hacia la puerta.
―¡Oh, no, señor! ―protestó la muchacha, cayéndole de­trás―. De veras, señor, no creo que deba.
―¡Es Navidad! ¡Navidad! ―dijo Gabriel, casi trotando hasta las escaleras y moviendo sus manos hacia ella indicando que no tenía importancia.
La muchacha, viendo que ya había ganado la escalera, gritó tras él:
―Bueno, gracias entonces, señor.
Esperaba fuera a que el vals terminara en la sala, escu­chando las faldas y los pies que se arrastraban, barriéndola. Todavía se sentía desconcertado por la súbita y amarga ré­plica de la muchacha, que lo entristeció. Trató de disiparlo arreglándose los puños y el lazo de la corbata. Luego, sacó del bolsillo del chaleco un papelito y echó una ojeada a la lista de temas para su discurso. Se sentía indeciso sobre los versos de Robert Browning porque temía que estuvieran muy por enci­ma de sus oyentes. Sería mejor una cita que pudieran recono­cer, de Shakespeare o de las Melodías de Thomas Moore. El grosero claqueteo de los tacones masculinos y el arrastre de suelas le recordó que el grado de cultura de ellos difería del suyo. Haría el ridículo si citaba poemas que no pudieran en­tender. Pensarían que estaba alardeando de su cultura. Come­tería un error con ellos como el que cometió con la muchacha en el cuarto ropero. Se equivocó de tono. Todo su dis­curso estaba equivocado de arriba a abajo. Un fracaso total.
Fue entonces que sus tías y su mujer salieron del cuarto de vestir. Sus tías eran dos ancianas pequeñas que vestían con sencillez. Tía Julia era como una pulgada más alta. Llevaba el pelo gris hacia atrás, en un moño a la altura de las orejas; y gris también, con sombras oscuras, era su larga cara flácida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos lánguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sabía dónde estaba ni a dónde iba. Tía Kate se veía más viva. Su cara, más saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado también a la antigua, no había perdido su color de castaña madura.
Las dos besaron a Gabriel, cariñosas. Era el sobrino pre­ferido, hijo de la hermana mayor, la difunta Ellen, la que se casó con T. J. Conroy, de los Muelles del Puerto.
―Gretta me acaba de decir que no vas a regresar en co­che a Monkstown esta noche, Gabriel ―dijo tía Kate.
―No ―dijo Gabriel, volviéndose a su esposa―, ya tuvi­mos bastante con el año pasado, ¿no es así? ¿No te acuerdas, tía Kate, el catarro que cogió Gretta entonces? Con las puertas del coche traqueteando todo el viaje y el viento del este dán­donos de lleno en cuanto pasamos Merrion. Lindísimo. Gretta cogió un catarro de lo más malo.
Tía Kate fruncía el ceño y asentía a cada palabra.
―Muy bien dicho, Gabriel, muy bien dicho ―dijo―. No hay que descuidarse nunca.
―Pero en cuanto a Gretta ―dijo Gabriel―, ésta es ca­paz de regresar a casa a pie por entre la nieve, si por ella fuera.
Mrs Conroy sonrió.
―No le haga caso, tía Kate ―dijo―, que es demasiado precavido: obligando a Tom a usar visera verde cuando lee de noche y a hacer ejercicios, y forzando a Eva a comer potaje. ¡Pobrecita! ¡Que no lo puede ni ver!… Ah, ¿pero a que no adivinan lo que me obliga a llevar ahora?
Se deshizo en carcajadas mirando a su marido, cuyos ojos admirados y contentos, iban de su vestido a su cara y su pelo. Las dos tías rieron también con ganas, ya que la solicitud de Gabriel formaba parte del repertorio familiar.
―¡Galochas! ―dijo Mrs Conroy―. La última moda. Cada vez que está el suelo mojado tengo que llevar galochas. Quería que me las pusiera hasta esta noche, pero de eso nada. Si me descuido me compra un traje de bañista.
Gabriel se rió nervioso y, para darse confianza, se arregló la corbata, mientras que tía Kate se doblaba de la risa de tanto que le gustaba la ocurrencia. La sonrisa desapareció enseguida de la cara de tía Julia y fijó sus ojos tristes en la cara de su so­brino. Después de una pausa, preguntó:
―¿Y qué son galochas, Gabriel?
―¡Galochas, Julia! ―exclamó su hermana―. Santo cielo, ¿tú no sabes lo que son galochas? Se ponen sobre los… sobre las botas, ¿no es así, Gretta?
―Sí ―dijo Mrs Conroy―. Unas cosas de gutapercha. Los dos tenemos un par ahora. Gabriel dice que todo el mundo las usa en el continente.
―Ah, en el continente ―murmuró tía Julia, moviendo la cabeza lentamente.
Gabriel frunció las cejas y dijo, como si estuviera en­fadado:
―No son nada del otro mundo, pero Gretta cree que son muy cómicas porque dice que le recuerdan a los Minstrels de Christy.
―Pero dime, Gabriel ―dijo tía Kate, con tacto brusco―. Claro que te ocupaste del cuarto. Gretta nos contaba que…
―Oh, lo del cuarto está resuelto ―replicó Gabriel―. Tomé uno en el Gresham.
―Claro, claro –dijo tía Kate―, lo mejor que podías ha­ber hecho. Y los niños, Gretta, ¿no te preocupan?
―Oh, no es más que por una noche ―dijo Mrs Conroy―. Además, que Bessie los cuida.
―Claro, claro –dijo tía Kate de nuevo―. ¡Qué comodi­dad tener una muchacha así, en quien se puede confiar! Ahí tienen a esa Lily, que no sé lo que le pasa últimamente. No es la de antes.
Gabriel estuvo a punto de hacerle una pregunta a su tía sobre este asunto, pero ella dejó de prestarle atención para observar a su hermana, que se había escurrido escaleras aba­jo, sacando la cabeza por sobre la baranda.
―Ahora dime tú ―dijo ella, como molesta―, ¿dónde irá Julia ahora? ¡Julia! ¡Julia! ¿Dónde vas tú?
Julia, que había bajado más de media escalera, regresó a decir, zalamera:
―Ahí está Freddy.
En el mismo instante unas palmadas y un floreo final del piano anunció que el vals acababa de terminar. La puerta de la sala se abrió desde dentro y salieron algunas parejas. Tía
Kate se llevó a Gabriel apresuradamente a un lado y le susu­rró al oído:
―Sé bueno, Gabriel, y vete abajo a ver si está bien y no lo dejes subir si está borracho. Estoy segura de que lo está. Segurísima.
Gabriel se llegó a la escalera y escuchó más allá de la ba­laustrada. Podía oír dos personas conversando en el cuarto de servicio. Luego reconoció la risa de Freddy Malins. Bajó las escaleras haciendo ruido.
―Qué alivio –dijo tía Kate a Mrs Conroy― que Gabriel esté aquí… Siempre me siento más descansada mentalmente cuando anda por aquí… Julia, aquí están Miss Daly y Miss Power, que van a tomar refrescos. Gracias por el lindo vals, Miss Daly. Un ritmo encantador.
Un hombre alto, de cara mustia, bigote de cerdas y piel oscura, que pasaba con su pareja, dijo:
―¿Podríamos también tomar nosotros un refresco, Miss Morkan?
―Julia ―dijo la tía Kate sumariamente―, y aquí están Mr Browne y Miss Furlong. Llévatelos adentro, Julia, con Miss Daly y Miss Power.
―Yo me encargo de las damas ―dijo Mr Browne, apre­tando sus labios hasta que sus bigotes se erizaron para sonreír con todas sus arrugas.
―Sabe usted, Miss Morkan, la razón por la que les caigo bien a las mujeres es que…
No terminó la frase, sino que, viendo que la tía Kate estaba ya fuera de alcance, enseguida se llevó a las tres mujeres al cuarto del fondo. Dos mesas cuadradas puestas juntas ocupa­ban el centro del cuarto y la tía Julia y el encargado estiraban y alisaban un largo mantel sobre ellas. En el cristalero se veían en exhibición platos y platillos y vasos y haces de cuchillos y tenedores y cucharas. La tapa del piano vertical servía como mesa auxiliar para los entremeses y los postres. Ante un apa­rador pequeño en un rincón dos jóvenes bebían de pie cervezas amargas.
Mr Browne dirigió su encomienda hacia ella y las invitó, en broma, a tomar un ponche femenino, caliente, fuerte y dulce. Mientras ellas protestaban no tomar tragos fuertes, él les abría tres botellas de limonada. Luego les pidió a los jóvenes que se hicieran a un lado y, tomando el frasco, se sirvió un buen trago de whisky. Los jóvenes lo miraron con respeto mientras probaba un sorbo.
―Alabado sea Dios ―dijo, sonriendo―, tal como me lo recetó el médico.
Su cara mustia se extendió en una sonrisa aún más abierta y las tres muchachas rieron haciendo eco musical a su ocu­rrencia, contoneando sus cuerpos en vaivén y dando nerviosos tirones a los hombros. La más audaz dijo:
―Ah, vamos, Mr Browne, estoy segura de que el médico nunca le recetará una cosa así.
Mr Browne tomó otro sorbo de su whisky y dijo con una mueca ladeada: ―Bueno, ustedes saben, yo soy como Mrs Cassidy, que dicen que dijo: Vamos, Mary Grimes, si no tomo dámelo tú, que es que lo necesito.
Su cara acalorada se inclinó hacia adelante en gesto de­masiado confidente y habló imitando un acento de la clase baja de Dublín de forma que las muchachas, con idéntico instinto, escucharon su dicho en silencio. Miss Furlong, que era una de las alumnas de Mary Jane, le preguntó a Miss Daly cuál era el nombre de ese vals tan lindo que acababa de tocar, y Mr Browne, viendo que lo ignoraban, se volvió prontamente a los jóvenes, que podían apreciarlo mejor.
Una muchacha de rostro encendido y vestido violeta entró en el cuarto, dando palmadas excitadas y gritando:
―¡Contradanza! ¡Contradanza!
Pisándole los talones entró tía Kate, llamando:
―¡Dos caballeros y tres damas, Mary Jane!
―Ah, aquí están Mr Bergin y Mr Kerrigan ―dijo Mary Jane.
―Mr Kerrigan, ¿quiere usted escoltar a Miss Power? Miss Furlong, ¿puedo darle de pareja a Mr Bergin? Ah, ya está bien así.
―Tres damas, Mary Jane ―dijo tía Kate.
Los dos jóvenes les pidieron a sus damas que si podrían tener el gusto y Mary Jane se volvió a Miss Daly:
―Oh, Miss Daly, fue usted tan condescendiente al tocar las dos últimas piezas, pero, realmente, estamos tan cortas de mujeres esta noche…
―No me molesta en lo más mínimo, Miss Morkan.
―Pero le tengo un compañero muy agradable, Mr Bartell D’Arey, el tenor. Después voy a ver si canta. Dublín entero está loco por él.
―¡Bella voz, bella voz! ―dijo la tía Kate.
Cuando el piano comenzaba por segunda vez el preludio de la primera figura, Mary Jane sacó a sus reclutas del salón rápidamente. No acababan de salir cuando entró al cuarto Ju­lia, lentamente, mirando hacia atrás por algo.
―¿Qué pasa, Julia? ―preguntó tía Kate, ansiosa―. ¿Quién es?
Julia, que llevaba en los brazos un montón de servilletas, se volvió a su hermana y dijo, simplemente, como si la pregunta la sorpren­diera:―No es más que Freddy, Kate, y Gabriel que viene con él.
De hecho detrás de ella se podía ver a Gabriel piloteando a Freddy Malins por el rellano de la escalera. El último, que tenía unos cuarenta años, era de la misma estatura y del mismo peso de Gabriel, pero de hombros caídos. Su cara era mofle­tuda y pálida, con toques de color sólo en los colgantes lóbulos de las orejas y en las anchas aletas nasales. Tenía facciones toscas, nariz roma, frente convexa y alta y labios hinchados y protuberantes. Los ojos de párpados pesados y el desorden de su escaso pelo le hacían parecer soñoliento. Se reía con ganas de un cuento que le venía haciendo a Gabriel por la escalera, al mismo tiempo que se frotaba un ojo con los nudillos del puño izquierdo.
―Buenas noches, Freddy ―dijo tía Julia.
Freddy Malins dio las buenas noches a las señoritas Mor­kan de una manera que pareció desdeñosa a causa del tono habitual de su voz y luego, viendo que Mr Browne le sonreía desde el aparador, cruzó el cuarto con paso vacilante y empezó a repetir en voz baja la historia que la acababa de contar a Gabriel. ―No se ve tan mal, ¿no es verdad? ―dijo la tía Kate a Gabriel.
Las cejas de Gabriel venían fruncidas, pero las despejó enseguida para responder:
―Oh, no, ni se le nota.
―¡Es un terrible! ―dijo ella―. Y su pobre madre que lo obligó a hacer una promesa el Fin de Año. Pero, por qué no pasamos al salón, Gabriel.
Antes de dejar el cuarto con Gabriel, tía Kate le hizo señas a Mr Browne, poniendo mala cara y sacudiendo el dedo índice. Mr Browne asintió y, cuando ella se hubo ido, le dijo a Fred­dy Malins:
―Vamos a ver, Teddy, que te voy a dar un buen vaso de limonada para entonarte.
Freddy Malins, que estaba acercándose al desenlace de su historia, rechazó la oferta con un gesto impaciente, pero Mr Browne, después de haberle llamado la atención sobre lo desgarbado de su atuendo, le llenó un vaso de limonada y se lo entregó. Freddy Malins aceptó el vaso mecánicamente con la mano izquierda, mientras que su mano derecha se encargaba de ajustar sus ropas mecánicamente. Mr Browne, cuya cara se colmaba de regocijadas arrugas, se llenó un vaso de whisky mientras Freddy Malins estallaba, antes de llegar al momento culminante de su historia, en una explosión de carcajadas bron­quiales y, dejando a un lado su vaso rebosado sin tocar, em­pezó a frotarse los nudillos de su mano izquierda sobre un ojo, repitiendo las palabras de su última frase cuando se lo permitía el ataque de risa.
...... 

Gabriel no soportaba la pieza que tocaba ahora Mary Jane, tan académica, llena de glissandi y de pasajes difíciles para un público respetuoso. Le gustaba la música, pero la pie­za que ella tocaba no tenía melodía, según él, y dudaba que la tuviera para los demás oyentes, aunque le hubieran pedido a Mary Jane que les tocara algo. Cuatro jóvenes, que vinieron del refectorio a pararse en la puerta tan pronto como empezó a sonar el piano, se alejaron de dos en dos y en silencio des­pués de unos acordes. Las únicas personas que parecían seguir la música eran Mary Jane, cuyas manos recorrían el teclado o se alzaban en las pausas como las de una sacerdotisa en una imprecación momentánea, y tía Kate, de pie a su lado vol­teando las páginas.
Los ojos de Gabriel, irritados por el suelo que brillaba en­cerado debajo del macizo candelabro, vagaron hasta la pared sobre el piano. Colgaba allí un cromo con la escena del balcón de Romeo y Julieta, junto a una reproducción del asesinato de los principitos en la Torre que tía Julia había bordado en lana roja, azul y carmelita cuando niña. Probablemente les enseña­ban a hacer esa labor en la escuela a que fueron de niñas, por­que una vez su madre le bordó, para cumpleaños, un chaleco en tabinete púrpura con cabecitas de zorro, festoneado de raso castaño y con botones redondos imitando moras. Era raro que su madre no tuviera talento musical porque tía Kate acostum­braba a decir que era el cerebro de la familia Morkan. Tanto ella como Julia habían parecido siempre bastante orgullosas de su hermana, tan matriarcal y tan seria. Su fotografía se veía delante del tremó. Tenía un libro abierto sobre las rodillas y le señalaba algo en él a Constantine que, vestido de marino, estaba tumbado a sus pies. Fue ella quien puso nombre a sus hijos, sensible como era al protocolo familiar. Gracias a ella, Constantine era ahora el cura párroco de Balbriggan y, gracias a ella, Gabriel pudo graduarse en la Universidad Real. Una sombra pasó sobre su cara al recordar su amarga oposición a su matrimonio. Algunas frases peyorativas que usó vibraban todavía en su memoria; una vez dijo que Gretta era una rubia rural y no era verdad, nada. Fue Gretta quien la atendió solí­cita durante su larga enfermedad final en la casa de Monks­town.
Sabía que Mary Jane debía de andar cerca del final de la pieza porque estaba tocando otra vez la melodía del comienzo con sus escalas sucesivas después de cada compás y mientras esperó a que acabara, el resentimiento se extinguió en su cora­zón. La pieza terminó con un trino de octavas agudas y una octava final grave. Atronadores aplausos acogieron a Mary Jane al ruborizarse mientras enrollaba nerviosamente la parti­tura y salió corriendo del salón. Las palmadas más fuertes procedían de cuatro muchachones parados en la puerta, los mismos que se fueron a refrescar cuando empezó la pieza y que regresaron tan pronto el piano se quedó callado.
Alguien organizó una danza de lanceros y Gabriel se en­contró de pareja con Miss Ivors. Era una damita franca y ha­bladora, con cara pecosa y grandes ojos castaños. No llevaba escote y el largo broche al frente del cuello tenía un motivo irlandés.
Cuando ocuparon sus puestos ella dijo de pronto: ―Tiene usted una cuenta pendiente conmigo.
―¿Yo? ―dijo Gabriel.
Ella asintió con gravedad.
―¿Qué cosa es? ―preguntó Gabriel, sonriéndose ante su solemnidad.
―¿Quién es G. C.? ―respondió Miss Ivors, volviéndose hacia él.
Gabriel se sonrojó y ya iba a fruncir las cejas, como si no hubiera entendido, cuando ella le dijo abiertamente:
―¡Ay, inocente Amy! Me enteré de que escribe usted para el Dady Express. Y bien, ¿no le da vergüenza?
―¿Y por qué me iba a dar? ―preguntó Gabriel, pesta­ñeando, tratando de sonreír.
―Bueno, a mí me da pena ―dijo Miss Ivors con franque­za―. Y pensar que escribe usted para ese bagazo. No sabía que se había vuelto simpatizante de los ingleses.
Una mirada perpleja apareció en el rostro de Gabriel. Era verdad que escribía una columna literaria en The Daily Express los miércoles. Pero eso no lo convertía en anglófilo. Los li­bros que le daban a criticar eran casi mejor bienvenidos que el mezquino cheque, ya que le deleitaba palpar la cubierta y ho­jear las páginas de un libro recién impreso. Casi todos los días, no bien terminaba las clases en el instituto, solía recorrer el malecón en busca de las librerías de viejo, y se iba a Hickey’s en el Paseo del Soltero y a Webb’s o a Massey’s en el muelle de Aston o a O’Clohissey’s en una calle lateral. No supo cómo afrontar la acusación. Le hubiera gustado decir que la litera­tura está muy por encima de los trajines políticos. Pero eran amigos de muchos años, con carreras paralelas en la universi­dad primero y después de maestros: no podía, pues, usar con ella una frase pomposa. Siguió pestañeando y tratando de son­reír hasta que murmuró apenas que no veía nada político en hacer crítica de libros.
Cuando les llegó el turno de cruzarse todavía estaba dis­traído y perplejo. Miss Ivors tomó su mano en un apretón cá­lido y dijo en tono suavemente amistoso:
―Por supuesto, no es más que una broma. Venga, que nos toca cruzar ahora.
Cuando se juntaron de nuevo ella habló del problema uni­versitario y Gabriel se sintió más cómodo. Un amigo le había enseñado a ella su crítica de los poemas de Browning. Fue así como se enteró del secreto: pero le gustó muchísimo la críti­ca. De pronto dijo:
―Oh, Mr Conroy, ¿por qué no viene a nuestra excur­sión a la isla de Arán este verano? Vamos a pasar allí un mes. Será espléndido estar en pleno Atlántico. Debía venir. Vienen Mr Clancy y Mr Kilkely y Kathleen Kearney. Sería formidable que Gretta viniera también. Ella es de Connacht, ¿no?
―Su familia ―dijo Gabriel, corto.
―Pero vendrán los dos, ¿no es así? ―dijo Miss Ivors, posando una mano cálida sobre su brazo, ansiosa.
―Lo cierto es que ―dijo Gabriel― yo he quedado en ir…
―¿A dónde? ―preguntó Miss Ivors.
―Bueno, ya sabe usted que todos los años hago una ruta en bicicleta con varios compañeros, así que…
―Pero, ¿por dónde? ―preguntó Miss Ivors.
―Bueno, casi siempre vamos por Francia o Bélgica, tal vez por Alemania ―dijo Gabriel torpemente.
―¿Y por qué va usted a Francia y a Bélgica ―dijo Miss Ivors― en vez de visitar su propio país?
―Bueno ―dijo Gabriel―, en parte para mantenerme en contacto con otros idiomas y en parte por dar un cambio.
―¿Y no tiene usted su propio idioma con que mantenerse en contacto, el irlandés? ―le preguntó Miss Ivors.
―Bueno ―dijo Gabriel―, en ese caso el irlandés no es mi lengua, como sabe.
Sus vecinos se volvieron a escuchar el interrogatorio. Ga­briel miró a diestra y siniestra, nervioso, y trató de mantener su buen humor durante aquella inquisición que hacía que el rubor le invadiera la frente.
―¿Y no tiene usted su tierra natal que visitar ―siguió Miss Ivors―, de la que no sabe usted nada, su propio pue­blo, su patria?
―Pues a decir verdad ―replicó Gabriel súbitamente―, estoy harto de este país, ¡harto!
―¿Y por qué? ―preguntó Miss Ivors.
Gabriel no respondió: su réplica lo había alterado.
―¿Por qué? ―repitió Miss Ivors.
Tenían que hacer la ronda de visitas los dos ahora y, como todavía no había él respondido, Miss Ivors le dijo, muy aca­lorada:
―Por supuesto, no tiene qué decir.
Gabriel trató de ocultar su agitación entregándose al baile con gran energía. Evitó los ojos de ella porque había notado una expresión agria en su cara. Pero cuando se encontraron
de nuevo en la cadena, se sorprendió al sentir su mano apretar firme la suya. Ella lo miró de soslayo con curiosidad momen­tánea hasta que él sonrió. Luego, como la cadena iba a tren­zarse de nuevo, ella se alzó en puntillas y le susurró al oído:
―¡Anglófilo!
Cuando la danza de lanceros acabó, Gabriel se fue al rin­cón más remoto del salón donde estaba sentada la madre de Freddy Malins. Era una mujer rechoncha, pero de aspecto delicado, con el pelo canoso. Tenía el mismo deje de voz que su hijo y tartamudeaba bastante. Le habían asegurado que Freddy había llegado y que estaba bastante bien. Gabriel le preguntó si tuvo una buena travesía. Vivía con su hija casada en Glasgow y venía a Dublín de visita una vez al año. Respondió plácidamente que había sido un viaje muy bueno y que el capitán estuvo de lo más atento. También habló de la hermosa casa que su hija tenía en Glasgow y de los buenos amigos que tenían allí. Mientras ella le daba a la lengua Gabriel trató de desterrar el recuerdo del desagradable incidente con Miss Ivors. Por supuesto que la muchacha o la mujer o lo que fuese era una fanática, pero había un lugar para cada cosa. Quizá no debió él responderle como lo hizo. Pero ella no tenía derecho a llamarlo anglófilo delante de la gente, ni aun en broma. Trató de hacerlo quedar en ridículo delante de la gente, acuciándolo y clavándole sus ojos de conejo.
Vio a su mujer abriéndose paso hacia él por entre las pa­rejas que bailaban. Cuando llegó a su lado le dijo al oído: ―Gabriel, tía Kate quiere saber si no vas a trinchar el ganso como de costumbre. Miss Daly va a cortar el jamón y yo voy a ocuparme del pudín.
―Está bien ―dijo Gabriel.
―Van a dar de comer primero a los jóvenes, tan pronto como termine este vals, para que tengamos la mesa para nos­otros solos.
―¿Bailaste? ―preguntó Gabriel.
―Por supuesto. ¿No me viste? ¿Tuviste tú unas palabras con Molly Ivors por casualidad?
―Ninguna. ¿Por qué? ¿Dijo ella eso?
―Más o menos. Estoy tratando de hacer que Mr D’Arcy cante algo. Me parece que es de lo más vanidoso.
―No cambiamos palabras ―dijo Gabriel, irritado―, sino que ella quería que yo fuera a Irlanda del oeste, y le dije que no. Su mujer juntó las manos, excitada, y dio un saltico: ―¡Oh, vamos, Gabriel! ―gritó―. Me encantaría volver a Galway de nuevo.
―Ve tú si quieres ―dijo Gabriel fríamente.
Ella lo miró un instante, se volvió luego a Mrs Malins y dijo:―Eso es lo que se llama un hombre agradable, Mrs Malins.
Mientras ella se escurría a través del salón, Mrs Malins, como si no la hubieran interrumpido, siguió contándole a Ga­briel sobre los lindos lares de Escocia y sus escenarios natu­rales, preciosos. Su yerno las llevaba cada año a los lagos y salían a pescar. Un día cogió él un pescado, lindísimo, así de grande, y el hombre del hotel se lo guisó para la cena.
Gabriel ni oía lo que ella decía. Ahora que se acercaba la hora de la comida empezó a pensar de nuevo en su discurso y en las citas. Cuando vio que Freddy Malins atravesaba el salón para venir a ver a su madre, Gabriel le dio su silla y se retiró al poyo de la ventana. El salón estaba ya vacío y del cuarto del fondo llegaba un rumor de platos y cubiertos. Los pocos que quedaban en la sala parecían hartos de bailar y conversaban quedamente en grupitos. Los cálidos dedos temblorosos de Gabriel repicaron sobre el frío cristal de la ventana. ¡Qué fresco debía hacer fuera! ¡Lo agradable que sería salir a caminar solo por la orilla del río y después atravesar el parque! La nieve se veía amontonada sobre las ramas de los árboles y poniendo un gorro refulgente al monumento a Wellington. ¡Cuánto más gra­to sería estar allá fuera que cenando!
Repasó los temas de su discurso: la hospitalidad irlandesa, tristes recuerdos, las Tres Gracias, Paris, la cita de Browning. Se repitió una frase que escribió en su crítica: Uno siente que escucha una música acuciada por las ideas. Miss Ivors había elogiado la crítica. ¿Sería sincera? ¿Tendría su vida propia oculta tras tanta propaganda? No había habido nunca animo­sidad entre ellos antes de esta ocasión. Lo enervaba pensar que ella estaría sentada a la mesa, mirándolo mientras él hablaba, con sus críticos ojos interrogantes. Tal vez no le desagradaría verlo fracasar en su discurso. Le dio valor la idea que le vino a la mente. Diría, aludiendo a tía Kate y a tía Julia: Damas y caballeros, la generación que ahora se halla en retirada entre nosotros habrá tenido sus faltas, pero por mi parte yo creo que tuvo ciertas cualidades de hospitalidad, de humor, de humani­dad, de las que la nueva generación, tan seria y supereducada, que crece ahora en nuestro seno, me parece carecer. Muy bien dicho: que aprenda Miss Ivors. ¿Qué le importaba si sus tías no eran más que dos viejas ignorantes?
Un rumor en la sala atrajo su atención. Mr Browne venía desde la puerta llevando galante del brazo a la tía Julia, que sonreía cabizbaja. Una salva irregular de aplausos la escoltó hasta el piano y luego, cuando Mary Jane se sentó en la ban­queta, y la tía Julia, dejando de sonreír, dio media vuelta para mejor proyectar su voz hacia el salón, cesaron gradualmente. Gabriel reconoció el preludio. Era una vieja canción del reper­torio de tía Julia, Ataviada para el casorio. Su voz, clara y so­nora, atacó los gorgoritos que adornaban la tonada y aunque cantó muy rápido no se comió ni una floritura. Oír la voz sin mirar la cara de la cantante era sentir y compartir la excitación de un vuelo rápido y seguro. Gabriel aplaudió ruidosamente junto con los demás cuando la canción acabó y atronadores aplausos llegaron de la mesa invisible. Sonaban tan genuinos, que algo de rubor se esforzaba por salirle a la cara a tía Julia, cuando se agachaba para poner sobre el atril el viejo cancio­nero encuadernado en cuero con sus iniciales en la portada. Freddy Malins, que había ladeado la cabeza para oírla mejor, aplaudía todavía cuando todo el mundo había dejado ya de hacerlo y hablaba animado con su madre que asentía grave y lenta en aquiescencia. Al fin, no pudiendo aplaudir más, se levantó de pronto y atravesó el salón a la carrera para llegar hasta tía Julia y tomar su mano entre las suyas, sacudiéndola cuando le faltaron las palabras o cuando el freno de su voz se hizo insoportable.
―Le estaba diciendo yo a mi madre ―dijo― que nunca la había oído cantar tan bien, ¡nunca! No, nunca sonó tan bien su voz como esta noche. ¡Vaya! ¿A que no lo cree? Pero es la verdad. Palabra de honor que es la pura verdad. Nunca sonó su voz tan fresca y tan… tan clara y tan fresca, ¡nunca!
La tía Julia sonrió ampliamente y murmuró algo sobre aquel cumplido mientras sacaba la mano del aprieto. Mr Brow­ne extendió una mano abierta hacia ella y dijo a los que esta­ban a su alrededor, como un animador que presenta un por­tento a la amable concurrencia:
―¡Miss Julia Morkan, mi último descubrimiento!
Se reía con ganas de su chiste cuando Freddy Malins se volvió a él para decirle:
―Bueno, Browne, si hablas en serio podrías haber hecho otro descubrimiento peor. Todo lo que puedo decir es que nun­ca la había oído cantar tan bien ninguna de las veces que he estado antes aquí. Y es la pura verdad.
―Ni yo tampoco ―dijo Mr Browne―. Creo que de voz ha mejorado mucho.
Tía Julia se encogió de hombros y dijo con tímido orgullo:
―Hace treinta años, mi voz, como tal, no era mala.
―Le he dicho a Julia muchas veces ―dijo tía Kate enfá­tica― que está malgastando su talento en ese coro. Pero nunca me quiere oír.
Se volvió como si quisiera apelar al buen sentido de los demás frente a un niño incorregible, mientras tía Julia, una vaga sonrisa reminiscente esbozándose en sus labios, miraba alelada al frente.
―Pero no ―siguió tía Kate―, no deja que nadie la con­venza ni la dirija, cantando como una esclava de ese coro noche y día, día y noche. ¡Desde las seis de la mañana el día de Na­vidad! ¿Y todo para qué?
―Bueno, ¿no sería por la honra del Señor, tía Kate? ―preguntó Mary Jane, girando en la banqueta, sonriendo.
La tía Kate se volvió a su sobrina como una fiera y le dijo:
―¡Yo me sé muy bien qué cosa es la honra del Señor, Mary Jane! Pero no creo que sea muy honrado de parte del Papa sacar de un coro a una mujer que se ha esclavizado en él toda su vida para pasarle por encima a chiquillos malcriados. Su­pongo que el Papa lo hará por la honra del Señor, pero no es justo, Mary Jane, y no está nada bien.
Se había fermentado apasionadamente y hubiera continua­do defendiendo a su hermana porque le dolía, pero Mary Jane, viendo que los bailadores regresaban ya al salón, intervino apaciguante:
―Vamos, tía Kate, que está usted escandalizando a Mister Browne, que tiene otras creencias.
Tía Kate se volvió a Mr Browne, que sonreía ante esta alusión a su religión, y dijo apresurada:
―Oh, pero yo no pongo en duda que el Papa tenga razón.
No soy más que una vieja estúpida y no presumo de otra cosa. Pero hay eso que se llama gratitud y cortesía cotidiana en la vida. Y si yo fuera Julia iba y se lo decía al padre Healy en su misma cara…
―Y, además, tía Kate ―dijo Mary Jane―, que estamos todos con mucha hambre y cuando tenemos hambre somos to­dos muy belicosos.
―Y cuando estamos sedientos también somos belicosos ―añadió Mr Browne.
―Así que más vale que vayamos a cenar ―dijo Mary Jane― y dejemos la discusión para más tarde.
En el rellano de la salida de la sala Gabriel encontró a su esposa y a Mary Jane tratando de convencer a Miss Ivors para que se quedara a cenar. Pero Miss Ivors, que se había puesto ya su sombrero y se abotonaba el abrigo, no se quería quedar. No se sentía lo más mínimo con apetito y, además, que ya se había quedado más de lo que debía.
―Pero si no son más que diez minutos, Molly ―dijo Mrs Conroy―. No es tanta la demora.
―Para que comas un bocado ―dijo Mary Jane― después de tanto bailoteo.
―No puedo, de veras ―dijo Miss Ivors.
―Me parece que no lo pasaste nada bien ―dijo Mary Jane, con desaliento.
―Sí, muy bien, se lo aseguro ―dijo Miss Ivors―, pero ahora deben dejarme ir corriendo.
―Pero, ¿cómo vas a llegar? ―preguntó Mrs Conroy.
―Oh, no son más que unos pasos malecón arriba. Gabriel dudó por un momento y dijo:
―Si me lo permite, Miss Ivors, yo la acompaño. Si de ve­ras tiene que marcharse usted.
Pero Miss Ivors se soltó de entre ellos.
―De ninguna manera ―exclamó―. Por el amor de Dios vayan a cenar y no se ocupen de mí. Ya sé cuidarme muy bien.
―Mira, Molly, que tú eres rara ―dijo Mrs Conroy con franqueza.
―Beannacht libh ―gritó Miss Ivors, entre carcajadas, mientras bajaba la escalera.
Mary Jane se quedó mirándola, una expresión preocupada en su rostro, mientras Mrs Conroy se inclinó por sobre la ba­randa para oír si cerraba la puerta del zaguán. Gabriel se pre­guntó si sería él la causa de que ella se fuera tan abruptamen­te. Pero no parecía estar de mal humor: se había ido riéndose a carcajadas. Se quedó mirando las escaleras, distraído.
En ese momento la tía Kate salió del comedor, dando tum­bos, casi exprimiéndose las manos de desespero.
―¿Dónde está Gabriel? ―gritó―. ¿Dónde está Gabriel? Todo el mundo está esperando ahí dentro, con todo listo; ¡y nadie que trinche el ganso!
―¡Aquí estoy yo, tía Kate! ―exclamó Gabriel, con súbita animación―. Listo para trinchar una bandada de gansos si fuera necesario.
Un ganso gordo y pardo descansaba a un extremo de la mesa y al otro extremo, sobre un lecho de papel plegado ador­nado con ramitas de perejil, reposaba un jamón grande, des­pellejado y rociado de migajas, las canillas guarnecidas con primorosos flecos de papel, y justo al lado rodajas de carne condimentada. Entre estos extremos rivales corrían hileras pa­ralelas de entremeses: dos seos de gelatina, roja y amarilla; un plato llano lleno de bloques de manjar blanco y jalea roja; un largo plato en forma de hoja con su tallo como mango, donde había montones de pasas moradas y de almendras pela­das; un plato gemelo con un rectángulo de higos de Esmirna encima; un plato de natilla rebozada con polvo de nuez―mosca­da; un pequeño bol lleno de chocolates y caramelos envueltos en papel dorado y plateado; y un búcaro del que salían tallos de apio. En el centro de la mesa, como centinelas del frutero que tenía una pirámide de naranjas y manzanas americanas, ha­bía dos garrafas achatadas, antiguas, de cristal tallado, una con oporto y la otra con jerez abocado. Sobre el piano cerrado aguardaba un pudín en un enorme plato amarillo y detrás había tres pelotones de botellas de stout, de ale y de agua mineral, alineadas de acuerdo con el color de su uniforme: los primeros dos pelotones negros, con etiquetas rojas y marrón, el tercero, el más pequeño, todo de blanco con vírgulas verdes.
Gabriel tomó asiento decidido a la cabecera de la mesa y, después de revisar el filo del trinche, hundió su tenedor con firmeza en el ganso. Se sentía a sus anchas, ya que era trin­chador experto y nada le gustaba tanto como sentarse a la ca­becera de una mesa bien puesta.
―Miss Furlong, ¿qué le doy? ―preguntó―. ¿Un ala o una lasca de pechuga?
―Una lasquita de pechuga.
―¿Y para usted, Miss Higgins?
―Oh, lo que usted quiera, Mr Conroy.
Mientras Gabriel y Miss Daly intercambiaban platos de ganso y platos de jamón y de carne aderezada, Lily iba de un huésped al otro con un plato de calientes papas boronosas en­vueltas en una servilleta blanca. Había sido idea de Mary Jane y ella sugirió también salsa de manzana para el ganso, pero tía Kate dijo que había comido siempre el ganso asado simple sin nada de salsa de manzana y estaba tan sabroso que esperaba no tener que comer nunca una cosa peor. Mary Jane atendía a sus alumnas y se ocupaba de que obtuvieran las mejores lonjas, y tía Kate y tía Julia abrían y traían del piano una botella tras otra de stout y de ale para los hombres y de agua mineral para las mujeres. Reinaba gran confusión y risa y ruido: una alharaca de peti­ciones y contra―peticiones, de cuchillos y tenedores, de corchos y tapones de vidrio. Gabriel empezó a trinchar porciones extras, tan pronto como cortó las iniciales, sin servirse. Todos protes­taron tan alto que no le quedó más remedio que transigir bebiendo un largo trago de stout, ya que halló que trinchar lo sofocaba. Mary Jane se sentó a comer tranquila, pero tía Kate y tía Julia todavía daban tumbos alrededor de la mesa, pisán­dose mutuamente los talones y dándose una a la otra órdenes que ninguna obedecía. Mr Browne les rogó que se sentaran a cenar y lo mismo hizo Gabriel, pero ellas respondieron que ya habría tiempo de sobra para ello. Finalmente, Freddy Malins se levantó y, capturando a tía Kate, la arrellanó en su silla en medio del regocijo general.
Cuando todo el mundo estuvo bien servido dijo Gabriel, sonriendo:
―Ahora, si alguien quiere un poco más de lo que la gente vulgar llama relleno, que lo diga él o ella.
Un coro de voces lo conminó a empezar su cena y Lily se adelantó con tres papas que le había reservado.
―Muy bien ―dijo Gabriel, amable, mientras tomaba otro sorbo preliminar―, hagan el favor de olvidarse de que existo, damas y caballeros, por unos minutos.
Se puso a comer y no tomó parte en la conversación que cubrió el ruido de la vajilla al llevársela Lily. El tema era la compañía de ópera que actuaba en el Teatro Real. El tenor, Mr Bartell D’Arcy, hombre de tez oscura y fino bigote, elogió mucho a la primera contralto de la compañía, pero a Miss Fur­long le parecía que ésta tenía una presencia escénica más bien vulgar. Freddy Malins dijo que había un negro cantando prin­cipal en la segunda tanda de la pantomima del Gaiety que tenía una de las mejores voces de tenor que él había oído.
―¿Lo ha oído usted? ―le preguntó a Mr Bartell D’Arey.
―No ―dijo Mr Bartell D’Arcy sin darle importancia.
―Porque ―explicó Freddy Malins― tengo curiosidad por conocer su opinión. A mí me parece que tiene una gran voz.
―Y Teddy sabe lo que es bueno ―dijo Mr Browne, dirigiéndose con familiaridad a la concurrencia.
―¿Y por qué no va a tener él también una buena voz? ―preguntó Freddy Malins en tono brusco―. ¿Porque no es más que un negro?
Nadie respondió a su pregunta y Mary Jane pastoreó la conversación de regreso a la ópera seria. Una de sus alumnas le había dado un pase para Mignon. Claro que era muy buena, dijo, pero le recordaba a la pobre Georgina Bums. Mr Browne se fue aún más lejos, a las viejas compañías italianas que solían visitar a Dublín: Tietjens, Ilma de Mujza, Campanini, el gran Trebilli, Giuglini, Ravelli, Aramburo. Qué tiempos aquellos, dijo, cuando se oía en Dublín lo que se podía llamar bel canto. Contó cómo la tertulia del viejo Real estaba siem­pre de bote en bote, noche tras noche, cómo una noche un tenor italiano había dado cinco bises de Déjame caer como cae un soldado, dando el do de pecho en cada ocasión, y cómo la galería en su entusiasmo solía desenganchar los caba­llos del carruaje de una gran prima donna para tirar ellos del coche por las calles hasta el hotel. ¿Por qué ya no cantaban las grandes óperas, preguntó, como Dinorah, Lucrezia Bor­gia? Porque ya no había voces para cantarlas: por eso.
―Ah, pero ―dijo Mr Bartell D’Arcy― a mi entender hay tan buenos cantantes hoy como entonces.
―¿Dónde están? ―preguntó Mr Browne, desafiante.
―En Londres, París, Milán ―dijo Mr Bartell D’Arcy, acalorado―. Para mí, Caruso, por ejemplo, es tan bueno, si no mejor que cualquiera de los cantantes que usted ha men­cionado.
―Tal vez sea así ―dijo Mr Browne―. Pero tengo que de­cirle que lo dudo mucho.
―Ay, yo daría cualquier cosa por oír cantar a Caruso ―dijo Mary Jane.
―Para mí ―dijo tía Kate, que estaba limpiando un hue­so―, no ha habido más que un tenor. Quiero decir, que a mí me guste. Pero supongo que ninguno de ustedes ha oído hablar de él.
―¿Quién es él, Miss Morkan? ―preguntó Mr Bartell D’Arcy, cortésmente.
―Su nombre ―dijo tía Kate― era Parkinson. Lo oí can­tar cuando estaba en su apogeo y creo que tenía la más pura voz de tenor que jamás salió de una garganta humana.
―Qué raro ―dijo Mr Bartell D’Arcy―. Nunca oí hablar de él.
―Sí, sí, tiene razón Miss Morkan― dijo Mr Browne―. Recuerdo haber oído hablar del viejo Parkinson. Pero eso fue mucho antes de mi época.
―Una bella, pura, dulce y suave voz de tenor inglés ―dijo la tía Kate entusiasmada.
Como Gabriel había terminado, se trasladó el enorme pu­dín a la mesa. El sonido de cubiertos comenzó otra vez. La mujer de Gabriel partía porciones del pudín y pasaba los pla­tillos mesa abajo. A medio camino los detenía Mary Jane, quien los rellenaba con gelatina de frambuesas o de naranja o con manjar blanco o jalea. El pudín había sido hecho por tía Julia y ésta recibió elogios de todas partes. Pero ella dijo que no había quedado lo bastante oscuro.
―Bueno, confío, Miss Morkan ―dijo Mr Browne―, en que con mi nombre, que significa moreno u oscuro, me encuentre lo bastante oscuro para su gusto, porque, como ya sabe, yo soy todo oscuridad.
Los hombres, con la excepción de Gabriel, le hicieron el honor al pudín de la tía Julia. Como Gabriel nunca comía pos­tre le dejaron a él todo el apio. Freddy Malins también cogió un tallo y se lo comió junto con su pudín. Alguien le había dicho que el apio era lo mejor que había para la sangre y como estaba bajo tratamiento médico. Mrs Malins, que no había ha­blado durante la cena, dijo que en una semana o cosa así su hijo ingresaría en Monte Melleray. Los concurrentes todos ha­blaron de Monte Melleray, de lo reconstituyente que era el aire allá, de lo hospitalarios que eran los monjes y cómo nunca cobraban ni un penique a sus huéspedes.
―¿Y me quiere usted decir ―preguntó Mr Browne, incré­dulo― que uno va allá y se hospeda como en un hotel y vive de lo mejor y se va sin pagar un penique?
―Oh, la mayoría dona algo al monasterio antes de irse ―dijo Mary Jane.
―Ya quisiera yo que tuviéramos una institución así en nuestra Iglesia ―dijo Mr Browne con franqueza.
Se asombró de saber que los monjes nunca hablaban, que se levantaban a las dos de la mañana y que dormían en un ataúd. Preguntó que por qué.
―Son preceptos de la orden ―dijo tía Kate con firmeza.
―Sí, pero ¿por qué? ―preguntó Mr Browne.
La tía Kate repitió que eran los preceptos y así eran. A pe­sar de todo, Mr Browne parecía no comprender. Freddy Malins le explicó tan bien como pudo que los monjes trataban de ex­piar los pecados cometidos por todos los pecadores del mundo exterior. La explicación no quedó muy clara para Mr Browne, quien, sonriendo, dijo:
―Me gusta la idea, pero ¿no serviría una cómoda cama de muelles tan bien como un ataúd?
―El ataúd ―dijo Mary Jane― es para que no olviden su último destino.
Como la conversación se hizo fúnebre se la enterró en el silencio, en medio del cual se pudo oír a Mrs Malins decir a su vecina en un secreto a voces:
―Son muy buenas personas los monjes, muy religiosos.
Las pasas y las almendras y los higos y las manzanas y las naranjas y los chocolates y los caramelos pasaron de mano en mano y tía Julia invitó a los huéspedes a beber oporto o jerez. Al principio, Mr Bartell D’Arcy no quiso beber nada, pero uno de sus vecinos le llamó la atención con el codo y le susurró algo al oído, ante lo cual aquél permitió que le llenaran su copa. Gradualmente, según se llenaban las copas, la conversación se detuvo. Siguió una pausa, rota sólo por el ruido del vino y las sillas al moverse. Las Morkans, las tres, bajaron la vista al mantel. Alguien tosió una o dos veces y luego unos cuantos comensales tocaron en la mesa suavemente pidiendo silencio. Cuando se hizo el silencio, Gabriel echó su silla hacia atrás y se levantó.
El tableteo creció, alentador, y luego cesó del todo. Gabriel apoyó sus diez dedos temblorosos en el mantel y sonrió, ner­vioso, a su público. Al enfrentarse a la fila de cabezas volteadas levantó su vista a la lámpara. El piano tocaba un vals y pudo oír las faldas frotar contra la puerta del comedor. Tal vez ha­bía alguien afuera en la calle, bajo la nieve, mirando a las ven­tanas alumbradas y oyendo la melodía del vals. Al aire libre, puro. A lo lejos se vería el parque con sus árboles cargados de nieve. El monumento a Wellington tendría un brillante gorro nevado refulgiendo hacia el poniente, sobre los blancos campos de Quince Acres.
Comenzó:
―Damas y caballeros.
―Me ha tocado en suerte esta noche, como en años ante­riores, cumplir una tarea muy grata, para la cual me temo, em­pero, que mi pobre capacidad oratoria no sea lo bastante ade­cuada.
―¡De ninguna manera! ―dijo Mr Browne.
―Bien, sea como sea, sólo puedo pedirles esta noche que tomen lo dicho por lo hecho y me presten su amable atención por unos minutos, mientras trato de expresarles con palabras cuáles son mis sentimientos en esta ocasión.
―Damas y caballeros. No es la primera vez que nos reuni­mos bajo este hospitalario techo, alrededor de esta mesa hos­pitalaria. No es la primera vez que hemos sido recipendarios ―o, quizá sea mejor decir, víctimas― de la hospitalidad de ciertas almas bondadosas.
Dibujó un círculo en el aire con sus brazos y se detuvo. Todo el mundo rió o sonrió hacia tía Kate, tía Julia y Mary Jane, que se ruborizaron de júbilo. Gabriel prosiguió con más audacia:
―Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con ma­yor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi ex­periencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero aun si concediéramos que fuera así, se trata, a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir. De una cosa, por lo menos, estoy seguro. Mientras este techo cobije a las buenas almas mencionadas antes ―y deseo desde el fondo de mi corazón que sea así por muchos años y muchos años por transcurrir― la tradición de genuina, cálidamente entrañable, y cortés hospitalidad irlandesa, que nuestros antepasados nos legaron y que a su vez debemos legar a nuestros descendien­tes, palpita todavía entre nosotros.
Un cordial murmullo de asenso corrió por la mesa. Le pasó por la mente a Gabriel que Miss Ivors no estaba presente y que se había ido con descortesía: y dijo con confianza en sí mismo:
―Damas y caballeros.
―Una nueva generación crece en nuestro seno, una gene­ración motivada por ideales nuevos y nuevos principios. Es ésta seria y entusiasta de estos nuevos ideales, y su entusiasmo, aun si está mal enderezado, es, creo, eminentemente sincero. Pero vivimos en tiempos escépticos y, si se me permite la frase, en una era acuciada por las ideas: y a veces me temo que esta nueva generación, educada o hipereducada como es, carecerá de aquellas cualidades de humanidad, de hospitalidad, de gene­roso humor que pertenecen a otros tiempos. Escuchando esta noche los nombres de esos grandes cantantes del pasado me pa­reció, debo confesarlo, que vivimos en época menos espaciosa. Aquéllos se pueden llamar, sin exageración, días espaciosos: y si desaparecieron sin ser recordados esperemos que, por lo me­nos, en reuniones como ésta todavía hablaremos de ellos con orgullo y con afecto, que todavía atesoraremos en nuestros co­razones la memoria de los grandes, muertos y desaparecidos, pero cuya fama el mundo no dejará perecer nunca de motu propio.
―¡Así se habla! ―dijo Mr Browne bien alto.
―Pero como todo ―continuó Gabriel, su voz cobrando una entonación más suave―, siempre hay en reuniones como ésta pensamientos tristes que vendrán a nuestra mente: recuer­dos del pasado, de nuestra juventud, de los cambios, de esas caras ausentes que echamos de menos esta noche. Nuestro paso por la vida está cubierto de tales memorias dolorosas: y si fuéramos a cavilar sobre las mismas, no tendríamos ánimo para continuar valerosos nuestra vida cotidiana entre los seres vi­vientes. Tenemos todos deberes vivos y vivos afectos que re­claman, y con razón reclaman, nuestro esfuerzo más cons­tante y tenaz.
―Por tanto, no me demoraré en el pasado. No permitiré que ninguna lúgubre reflexión moralizante se entrometa entre nosotros esta noche. Aquí estamos reunidos por un breve instante extraído de los trajines y el ajetreo de la rutina cotidiana. Nos encontramos aquí como amigos, en espíritu de fraternal com­pañerismo, como colegas, y hasta cierto punto en verdadero espíritu de camaradería, y como invitados de ―¿cómo podría llamarlas?― las Tres Gracias de la vida musical de Dublín.
La concurrencia rompió en risas y aplausos ante tal sali­da. Tía Julia pidió en vano a cada una de sus vecinas, por tur­no, que le dijeran lo que Gabriel había dicho.
―Dice que somos las Tres Gracias, tía Julia ―dijo Mary Jane.
La tía Julia no entendió, pero levantó la vista, sonriendo, a Gabriel, que prosiguió en la misma vena:
―Damas y caballeros.
―No intento interpretar esta noche el papel que Paris jugó en otra ocasión. No intentaré siquiera escoger entre ellas. La tarea sería ingrata y fuera del alcance de mis pobres aptitudes, porque cuando las contemplo una a una, bien sea nuestra anfi­triona mayor, cuyo buen corazón, demasiado buen corazón, se ha convertido en estribillo de todos aquellos que la conocen, o su hermana, que parece poseer el don de la eterna juventud y cuyo canto debía haber constituido una sorpresa y una revela­ción para nosotros esta noche, o, last but not least, cuando con­sidero a nuestra anfitriona más joven, talentosa, animosa y trabajadora, la mejor de las sobrinas, confieso, damas y caba­lleros, que no sabría a quién conceder el premio.
Gabriel echó una ojeada a sus tías y viendo la enorme son­risa en la cara de tía Julia y las lágrimas que brotaron a los ojos de tía Kate, se apresuró a terminar. Levantó su copa de oporto, galante, mientras los concurrentes palpaban sus res­pectivas copas expectantes, y dijo en alta voz:
―Brindemos por las tres juntas. Bebamos a su salud, pros­peridad, larga vida, felicidad y ventura, y ojalá que continúen por largo tiempo manteniendo la posición soberana y bien ga­nada que tienen en nuestra profesión, y la honfa y el afecto que se han ganado en nuestros corazones.
Todos los huéspedes se levantaron, copa en mano, y, vol­viéndose a las tres damas sentadas, cantaron al unísono, con Mr Browne como guía: 
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Nadie lo puede negar! 
La tía Kate hacía uso descarado de su pañuelo y hasta tía Julia parecía conmovida. Freddy Malins marcaba el tiempo con su tenedor de postre y los cantantes se miraron cara a cara, como en melodioso concurso, mientras cantaban con énfasis: 
A menos que diga mentira,
A menos que diga mentira… 
Y volviéndose una vez más a sus anfitrionas, entonaron: 
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Nadie lo puede negar! 
La aclamación que siguió fue acogida más allá de las puer­tas del comedor por muchos otros invitados y renovada una y otra vez, con Freddy Malins de tambor mayor, tenedor en ristre. 
......

El frío y penetrante aire de la madrugada se coló en el salón en que esperaban, por lo que tía Kate dijo:
―Que alguien cierre esa puerta. Mrs Malins se va a morir de frío.
―Browne está fuera, tía Kate ―dijo Mary Jane.
―Browne está en todas partes ―dijo tía Kate, bajando la voz.
Mary Jane se rió de su tono de voz. ―¡Vaya ―dijo socarrona― si es atento!
―Se nos ha expandido como el gas ―dijo la tía Kate en el mismo tono― por todas las Navidades.
Se rió de buena gana esta vez y añadió enseguida:
―Pero dile que entre, Mary Jane, y cierra la puerta. Ojalá que no me haya oído.
En ese momento se abrió la puerta del zaguán y del portal y entró Mr Browne desternillándose de risa. Vestía un largo gabán verde con cuello y puños de imitación de astrakán, y lle­vaba en la cabeza un gorro de piel ovalado. Señaló para el malecón nevado de donde venía un sonido penetrante de silbidos.
―Teddy va a hacer venir todos los coches de Dublín ―dijo.
Gabriel avanzó del desván detrás de la oficina, luchando por meterse en su abrigo y, mirando alrededor, dijo:
―¿No bajó ya Gretta?
―Está recogiendo sus cosas, Gabriel ―dijo tía Kate.
―¿Quién toca arriba? ―preguntó Gabriel.
―Nadie. Todos se han ido ya.
―Oh, no, tía Kate ―dijo Mary Jane―. Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan no se han ido todavía.
―En todo caso, alguien teclea al piano –dijo Gabriel. Mary Jane miró a Gabriel y a Mr Browne y dijo, tiritando:
―Me da frío nada más de mirarlos a ustedes, caballeros, abrigados así como están. No me gustaría nada tener que ha­cer el viaje que van a hacer ustedes de vuelta a casa a esta hora.
―Nada me gustaría más en este momento ―dijo Mr Brow­ne, atlético― que una crujiente caminata por el campo o una carrera con un buen caballo entre las varas.
―Antes teníamos un caballo muy bueno y coche en casa ―dijo tía Julia con tristeza.
―El Nunca Olvidado Johnny ―dijo Mary Jane, riendo. La tía Kate y Gabriel rieron también.
―Vaya, ¿y qué tenía de extraordinario este Johnny? ―pre­guntó Mr Browne.
―El Muy Malogrado Patrick Morkan, es decir, nuestro abuelo ―explicó Gabriel―, comúnmente conocido en su edad provecta como el caballero viejo, fabricaba cola.
―Ah, vamos, Gabriel ―dijo tía Kate, riendo―, tenía una fábrica de almidón.
―Bien, almidón o cola –dijo Gabriel―, el caballero viejo tenía un caballo que respondía al nombre de Johnny. Y Johnny trabajaba en el molino del caballero viejo, dando vueltas y vueltas a la noria. Hasta aquí todo va bien, pero ahora viene la trágica historia de Johnny. Un buen día se le ocurrió al ca­ballero viejo ir a dar un paseo en coche con la gente de postín a ver una parada en el bosque.
―El Señor tenga piedad de su alma ―dijo tía Kate, com­pasiva.
―Amén ―dijo Gabriel―. Así, el caballero viejo, como dije, le puso el arnés a Johnny y se puso él su mejor chistera y su mejor cuello duro y sacó su coche con mucho estilo de su mansión ancestral cerca del callejón de Back Lane, si no me equivoco.
Todos rieron, hasta Mrs Malins, de la manera en que Ga­briel lo dijo y tía Kate dijo: ―Oh, vaya, Gabriel, que no vivía en Back Lane, vamos. Nada más que tenía allí su fábrica.
―De la casa de sus antepasados ―continuó Gabriel― sa­lió, pues, el coche tirado por Johnny. Y todo iba de lo más bien hasta que Johnny vio la estatua de Guillermito: sea porque se enamorara del caballo de Guillermito el rey o porque se creye­ra que estaba de regreso en la fábrica, la cuestión es que em­pezó a darle vueltas a la estatua.
Gabriel trotó en círculos con sus galochas en medio de la carcajada general.
―Vueltas y vueltas le daba –dijo Gabriel―, hasta que el caballero viejo, que era un viejo caballero muy pomposo, se indignó terriblemente. ¡Vamos, señor! ¿Pero qué es eso de se­ñor? ¡Johnny! ¡Johnny! ¡Extraño comportamiento! ¡No com­prendo a este caballo!
Las risotadas que siguieron a la interpretación que Gabriel dio al incidente quedaron interrumpidas por un resonante golpe en la puerta del zaguán. Mary Jane corrió a abrirla para dejar entrar a Freddy Malins, quien, con el sombrero bien echado hacia atrás en la cabeza y los hombros encogidos de frío, sol­taba vapor después de semejante esfuerzo.
―No conseguí más que un coche ―dijo.
―Bueno, encontraremos nosotros otro por el malecón ―dijo Gabriel.
―Sí ―dijo tía Kate―. Lo mejor es evitar que Mrs Malins se quede ahí parada en la corriente.
Su hijo y Mr Browne ayudaron a Mrs Malins a bajar el quicio de la puerta y, después de muchas maniobras, la alzaron hasta el coche. Freddy Malins se encaramó detrás de ella y estuvo mucho tiempo colocándola en su asiento, ayudado por los consejos de Mr Browne. Por fin se acomodó ella y Freddy Malins invitó a Mr Browne a subir al coche. Se oyó una con­versación confusa y después Mr Browne entró al coche. El cochero se arregló la manta sobre el regazo y se inclinó a pre­guntar la dirección. La confusión se hizo mayor y Freddy Ma­lins y Mr Browne, sacando cada uno la cabeza por la ventani­lla, dirigieron al cochero en direcciones distintas. El problema era saber dónde en el camino había que dejar a Mr Browne, y tía Kate, tía Julia y Mary Jane contribuían a la discusión desde el portal con direcciones cruzadas y contradicciones y carca­jadas. En cuanto a Freddy Malins, no podía hablar por la risa. Sacaba la cabeza de vez en cuando por la ventanilla, con mu­cho riesgo de perder el sombrero, y luego le contaba a su ma­dre cómo iba la discusión, hasta que, finalmente, Mr Browne le dio un grito al confundido cochero por el ruido de las risas.
―¿Sabe usted dónde queda Trinity College?
―Sí, señor ―dijo el cochero.
―Muy bien, siga entonces derecho hasta dar contra la por­tada de Trinity College ―dijo Mr Browne― y ya le diré yo por dónde coger. ¿Entiende ahora?
―Sí, señor ―dijo el cochero. ―Volando hasta Trinity College.
―Entendido, señor ―gritó el cochero.
Unos latigazos al caballo y el coche traqueteó por la orilla del río en medio de un coro de risas y de adioses.
Gabriel no había salido a la puerta con los demás. Se que­dó en la oscuridad del zaguán mirando hacia la escalera. Había una mujer parada en lo alto del primer descanso, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la baran­da, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oír él también. Pero no podía oír más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.
Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de cap­tar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella
el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la som­bra y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. Lejana Melodía llamaría él al cuadro, si fue­ra pintor.
Cerraron la puerta del frente y tía Kate, tía Julia y Mary Jane regresaron al zaguán riendo todavía.
―¡Vaya con ese Freddy, es terrible! ―dijo Mary Jane―. ¡Terrible!
Gabriel no dijo nada sino que señaló hacia las escaleras, hacia donde estaba parada su mujer. Ahora, con la puerta del zaguán cerrada, se podían oír más claros la voz y el piano. Gabriel levantó la mano en señal de silencio. La canción parecía estar en el antiguo tono irlandés y el cantante no parecía estar seguro de la letra ni de su voz. La voz, que sonaba plañidera por la distancia y la ronquera del cantante, subrayaba débil­mente las cadencias de aquella canción con palabras que ex­presaban tanto dolor: 
Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo
Y el rocío moja la piel de mi cara,
Mi hijo yace aterido de frío… 
―Ay ―exclamó Mary Jane―. Es Bartell D’Arcy can­tando y no quiso cantar en toda la noche. Ah, voy a hacerle que cante una canción antes de irse.
―Oh, sí, Mary Jane ―dijo tía Kate.
Mary Jane pasó rozando a los otros y corrió hacia la es­calera, pero, antes de llegar a ellas, la música dejó de oírse y al­guien cerró el piano de un golpe.
―¡Ay, qué pena! ―se lamentó―. ¿Ya viene para abajo, Gretta?
Gabriel oyó a su mujer decir que sí y la vio bajar hacia ellos. Unos pasos detrás venían Bartell D’Arcy y Miss O’Ca­llaghan.
―¡Oh, Mr D’Arcy ―exclamó Mary Jane―, muy egoísta de su parte acabar así de pronto cuando todos le oíamos arro­bados!
―He estado detrás de él toda la noche ―dijo Miss O’Ca­llaghan― y también Mrs Conroy, y nos decía que tiene un catarro terrible y no podía cantar.
―Ah, Mr D’Arcy ―dijo la tía Kate―, mire que decir tal embuste.
―¿No se dan cuenta de que estoy más ronco que una rana? ―dijo Mr D’Arcy grosero.
Entró apurado al cuarto ropero a ponerse su abrigo. Los demás, pasmados ante su ruda respuesta, no hallaban qué decir. Tía Kate encogió las cejas y les hizo señas a todos de que olvidaran el asunto. Mr D’Arcy, ceñudo, se abrigaba la garganta con cuidado.
―Es el tiempo ―dijo tía Julia, luego de una pausa.
―Sí, todo el mundo tiene catarro ―dijo tía Kate ense­guida―, todo el mundo.
―Dicen ―dijo Mary Jane― que no habíamos tenido una nevada así en treinta años; y leí esta mañana en los periódicos que nieva en toda Irlanda.
―A mí me gusta ver la nieve ―dijo tía Julia con tristeza.
―Y a mí ―dijo Miss O’Callaghan―. Yo creo que las Na­vidades no son nunca verdaderas Navidades si el suelo no está nevado.
―Pero al pobre de Mr D’Arcy no le gusta la nieve ―dijo tía Kate sonriente.
Mr D’Arcy salió del cuarto ropero todo abrigado y abotonado y en son de arrepentimiento les hizo la historia de su catarro. Cada uno le dio un consejo diferente, le dijeron que era una verdadera lástima y lo urgieron a que se cuidara mucho la garganta protegiéndola del frío. Gabriel miraba a su mujer, que no se mezcló en la conversación. Estaba de pie debajo del re­verbero y la llama del gas iluminaba el vivo bronce de su pelo, que él había visto a ella secar al fuego unos días antes. Seguía en su actitud y parecía no estar consciente de la conversación a su alrededor. Finalmente, se volvió y Gabriel pudo ver que tenía las mejillas coloradas y los ojos brillosos. Una súbita marca de alegría inundó su corazón.
―Mr D’Arcy ―dijo ella―, ¿cuál es el nombre de esa canción que usted cantó?
―Se llama La joven de Aughrim ―dijo Mr D’Arcy―, pero no la puedo recordar muy bien. ¿Por qué? ¿La conoce?
La joven de Aughrim ―repitió ella―. No podía recor­dar el nombre.
―Linda melodía ―dijo Mary Jane―. Qué pena que no estuviera usted en voz esta noche.
―Vamos, Mary Jane ―dijo tía Kate―. No importunes a Mr D’Arcy. No quiero que se vaya a poner bravo.
Viendo que estaban todos listos para irse comenzó a acompañarlos hacia la puerta donde se despidieron:
―Bueno, tía Kate, buenas noches y gracias por la velada tan grata.
―Buenas noches, Gabriel. ¡Buenas noches, Gretta! ―Buenas noches, tía Kate, y un millón de gracias. Buenas noches, tía Julia.
―Ah, buenas noches, Gretta, no te había visto.
―Buenas noches, Mr D’Arcy. Buenas noches, Miss O’Ca­llaghan.
―Buenas noches, Miss Morkan. ―Buenas noches, de nuevo. ―Buenas noches a todos. Vayan con Dios. ―Buenas noches. Buenas noches.
Todavía era de noche. Una palidez cetrina se cernía sobre las casas y el río; y el cielo parecía estar bajando. El suelo se hacía fango bajo los pies y sólo quedaban retazos de nieve so­bre los techos, en el muro del malecón y en las barandas de los alrededores. Las lámparas ardían todavía con un fulgor rojo en el aire lóbrego y, al otro lado del río, el palacio de las Cuatro Cortes se erguía amenazador contra el pesado firmamento.
Caminaba ella delante de él con Mr Bartell D’Arcy, sus zapatos en un cartucho bajo el brazo, sus manos levantando la falda del fango. No tenía ya una pose graciosa, pero los ojos de Gabriel brillaban de felicidad. La sangre golpeaba en sus ve­nas; y los pensamientos se amotinaban en su cerebro: orgullo­sos, regocijados, tiernos, valerosos.
Caminaba ella delante tan leve y tan erguida que él deseó caerle detrás sin ruido, tomarla por los hombros y decirle al oído algo tonto y afectuoso. Le parecía tan frágil que quería defenderla de cualquier cosa para luego quedarse solo con ella. Momentos de su vida secreta juntos fulguraron como estrellas en su memoria. Junto a la taza de té del desayuno, un sobre color heliotropo que él acariciaba con su mano. Los pájaros piaban en la enredadera y la luminosa telaraña del cortinaje cabrilleaba sobré el piso: era tan feliz que no podía probar bocado. Estaban en la concurrida plataforma y él deslizaba un billete en la cálida palma recóndita de su mano enguantada. Estaba de pie con ella a la intemperie, mirando por entre los barrotes de una ventana a un hombre haciendo botellas ante un horno rugiente. Hacía mucho frío. Su cara, reluciente por el viento helado, estaba muy cerca de la suya; y de pronto ella le llamó la atención al hombre del horno:
―Señor, ¿ese fuego, está caliente?
Pero el hombre no la pudo oír con el ruido que hacía la fornalla. Más valía así. Con toda seguridad le habría respon­dido groseramente.
Una ola de una alegría más tierna escapó de su corazón para correrle en cálido torrente por las arterias. Como el tierno calor de las estrellas, rompieron a iluminar su memoria mo­mentos de su vida juntos que nadie conocía, que nadie sabría nunca. Anhelaba hacerle recordar a ella todos esos momentos, para hacerle olvidar su aburrida existencia juntos y que reme­morara solamente los momentos de éxtasis. Ya que los años, sentía él, no habían colmado la sed de su alma o la de ella. Los hijos, sus escritos, su labor de ama de casa no habían apagado el tierno fuego de sus almas. En una carta que le es­cribió por aquel tiempo, él le decía: ¿Por qué palabras como éstas me parecen tan sosas y frías? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre?
Como una melodía lejana estas palabras que había escrito años atrás le llegaron desde el pasado. Deseaba estar a solas con ella. Cuando todos se hubieran ido, cuando estuvieran solos él y ella en la habitación del hotel, entonces estarían juntos y a solas. La llamaría quedamente:
―¡Gretta!
Tal vez no lo oyera ella enseguida: se estaría desnudando. Luego, algo en su voz llamaría su atención. Se volvería ella a mirarlo… , En la esquina de Winetavern Street encontraron un coche. Se alegró de que hiciera tanto ruido, pues ahorraba la conver­sación. Ella miraba por la ventana y parecía cansada. Los otros hablaban apenas, señalando a un edificio o a una calle. El ca­ballo trotaba desganado bajo el cielo sombrío, tirando de la caja crujiente tras sus cascos, y Gabriel estaba de nuevo en un coche con ella, galopando a alcanzar el barco, galopando hacia su luna de miel.
Cuando el coche atravesaba el puente de O’Connell, Miss Callaghan dijo:
―Dicen que nadie cruza el puente de O’Donnell sin ver un caballo blanco.
―Yo veo un hombre blanco esta vez ―dijo Gabriel.
―¿Dónde? ―preguntó Mr Bartell D’Arcy.
Gabriel señaló a la estatua, en la que había parches de nie­ve. Luego, la saludó familiarmente y levantó la mano.
―Buenas noches, Daniel ―dijo alegre.
Cuando el coche arrimó ante el hotel, Gabriel saltó afuera y, a pesar de las protestas de Mr Bartell D’Arcy, pagó al co­chero. Le dio al hombre un chelín por el viaje. El hombre lo saludó y dijo:
―Próspero Año Nuevo, señor.
―Igualmente ―dijo Gabriel, cordial.
Ella se apoyó un instante en su brazo al salir del coche, y luego, de pie en la acera, dándoles las buenas noches a los demás. Se sujetaba leve a su brazo, tan levemente como cuando bailó con él antes. Se sintió orgulloso y feliz entonces: feliz de estar con ella, orgulloso de su gracia y su porte señorial. Pero ahora, después de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extraño y perfumado, produjo en él un agudo latido de lujuria. Aprovechándose de su silencio, le apretó el brazo a su costado; y al detenerse a la puerta del ho­tel, sintió que se habían escapado a sus vidas y a sus deberes, escapado de la familia y de los amigos, y se habían fugado juntos, sus corazones vibrantes y salvajes, en busca de una aventura nueva.
Un viejo dormitaba en uno de los grandes sillones de ore­jas en el vestíbulo. Encendió él una vela en la oficina y los precedió escaleras arriba. Lo siguieron en silencio, sus pies pi­sando sordamente los mullidos escalones alfombrados. Ella subía detrás del portero, su cabeza doblegada por el ascenso, sus frágiles hombros encorvados como por una pesada carga, su falda entallándola ceñida. Echaría los brazos alrededor de sus caderas para obligarla a detenerse, pues le temblaban de deseo de poseerla y solamente la presión de sus uñas contra la pal­ma de su mano mantenía bajo control el impulso de su cuer­po. El portero se paró en las escaleras a enderezar la vela que chorreaba. Se detuvieron detrás de él. En el silencio, Gabriel podía oír la cera derretida caer goteando en la palmatoria, tanto como el latido del corazón golpeando sus costillas.
El portero los condujo a lo largo de un pasillo y abrió una puerta. Luego, puso su inestable vela en una mesita de noche y preguntó que a qué hora querían los señores despertarse.
―A las ocho ―dijo Gabriel.
El portero señaló para el botón de la luz y empezó a mur­murar una disculpa, pero Gabriel lo detuvo.
―No queremos luz. Hay bastante con la de la calle. Y yo diría ―dijo, señalando la vela― que puede usted, amigo mío, librarnos de tan orondo instrumento.
El portero cargó con la vela otra vez, pero sin prisa, ya que se había sorprendido de idea tan novedosa. Luego, murmuró las buenas noches y salió. Gabriel pasó el pestillo.
La fantasmal luz del alumbrado público iluminaba el tra­mo de la ventana a la puerta. Gabriel arrojó abrigo y sombrero sobre un sofá y cruzó el cuarto en dirección a la ventana. Miró abajo hacia la calle para calmar un poco su emoción. Luego, se volvió a apoyarse en un armario, de espaldas a la luz. Ella se había quitado el sombrero y la capa y se paró delante de un gran espejo movible a zafarse el vestido. Gabriel se detuvo a mirarla un momento y después dijo:
―¡Gretta!
Se volvió ella lentamente del espejo y atravesó el cuadro de luz para acercarse. Su cara lucía tan seria y fatigada que las palabras no acertaban a salir de los labios de Gabriel. No, no era el momento todavía.
―Se te ve cansada ―dijo él.
―Lo estoy un poco ―respondió ella.
―¿No te sientes enferma ni débil?
―No, cansada: eso es todo.
Se fue a la ventana y se quedó allá, mirando para fuera. Gabriel esperó de nuevo y luego, temiendo que lo ganara la indecisión, dijo, abrupto:
―¡Por cierto, Gretta!
―¿Qué pasa?
―¿Tú conoces a ese pobre tipo Malins? ―dijo rápido. ―Sí. ¿Qué le pasa?
―Nada, que el pobre es de lo más decente, después de todo ―siguió Gabriel con voz falsa―. Me devolvió el soberano que le presté y no me lo esperaba, en absoluto. Es una pena que no se aleje de ese tipo Browne, pues no es mala persona.
Temblaba, molesto. ¿Por qué parecía ella tan distraída? No sabía por dónde empezar. ¿Estaría molesta, ella también, por algo? ¡Si solamente se volviera o viniera hacia él por sí mis­ma! Tomarla así como estaba sería bestial. No, tenía que notar un poco de pasión en sus ojos. Deseaba dominar su extraño estado de ánimo.
―¿Cuándo le prestaste la libra? ―preguntó ella después de una pausa.
Gabriel luchó por contenerse y no arrancar a maldecir bru­talmente al estúpido de Malins y su libra. Anhelaba gritarle desde el fondo de su alma, estrujar su cuerpo contra el suyo, dominarla. Pero dijo:
―Oh, por Navidad, cuando abrió su tien­decita de tarjetas de felicitaciones en Henry Street.
Sufría tal fiebre de rabia y de deseo que no la oyó acer­carse desde la ventana. Ella se detuvo frente a él un instante, mirándolo de modo extraño. Luego, poniéndose de pronto en puntillas y posando sus manos, leve, en sus hombros, lo besó. ―Eres tan generoso, Gabriel ―dijo.
Gabriel, temblando de deleite ante su beso súbito y la ra­reza de su frase, le puso una mano sobre el pelo y empezó a alisárselo hacia atrás, tocándolo apenas con los dedos. El la­vado se lo había puesto fino y brillante. Su corazón desbordaba de felicidad. Justo cuando lo deseaba había venido ella por su propia voluntad. Quizá sus pensamientos corrían acordes con los suyos. Quizás ella sintiera el impetuoso deseo que él guar­daba dentro y su estado de ánimo imperioso la había subyu­gado. Ahora que ella se le había entregado tan fácilmente se preguntó él por qué había sido tan pusilánime.
Se puso en pie, sosteniendo su cabeza entre las manos. Lue­go, deslizando un brazo rápidamente alrededor de su cuerpo y atrayéndola hacia él, dijo en voz baja:
―Gretta querida, ¿en qué piensas?
No respondió ella ni cedió a su abrazo por entero. De nuevo habló él suavemente:
―Dime qué es, Gretta. Creo que sé lo que te pasa. ¿Lo sé?
Ella no respondió ella enseguida. Luego, dijo en un ataque de llanto:
―Oh, pienso en esa canción, La joven de Aughrim.
Se soltó de su abrazo y corrió hasta la cama y, tirando los brazos por sobre la baranda, escondió la cara. Gabriel se quedó paralizado de asombro un momento y luego la siguió. Cuando cruzó frente al espejo giratorio se vio de lleno: el ancho pecho de la camisa, relleno, la cara cuya expresión siempre lo intri­gaba cuando la veía en un espejo y sus relucientes gafas de aros de oro. Se detuvo a pocos pasos de ella y le dijo:
―¿Qué ocurre con esa canción? ¿Por qué te hace llorar? Ella levantó la cabeza de entre los brazos y se secó los ojos con el dorso de la mano, como un niño. Una nota más bonda­dosa de lo que hubiera querido se introdujo en su voz:
―¿Por qué, Gretta? ―preguntó.
―Pienso en una persona que cantaba esa canción hace tiempo.
―¿Y quién es esa persona? ―preguntó Gabriel, sonriendo.
―Una persona que yo conocí en Galway cuando vivía con mi abuela ―dijo ella.
La sonrisa se esfumó de la cara de Gabriel. Una rabia sorda le crecía de nuevo en el fondo del cerebro y el apagado fuego del deseo empezó a quemarle con furia en las venas.
―¿Alguien de quien estuviste enamorada? ―preguntó iró­nicamente.
―Un muchacho que yo conocí ―respondió ella―, que se llamaba Michael Furey. Cantaba esa canción, La joven de Aughrim. Era tan delicado.
Gabriel se quedó callado. No quería que ella supiera que estaba interesado en su muchacho delicado.
―Tal como si lo estuviera viendo ―dijo un momento des­pués―. ¡Qué ojos tenía: grandes, negros! ¡Y qué expresión en ellos…, qué expresión!
―Ah, ¿entonces estabas enamorada de él? ―dijo Gabriel. Salía con él a pasear ―dijo ella―, cuando vivía en Galway.
Un pensamiento pasó por el cerebro de Gabriel.
―¿Tal vez fuera por eso que querías ir a Galway con esa muchacha Ivors? ―dijo fríamente.
Ella le miró y le preguntó, sorprendida:
―¿Para qué?
Sus ojos hicieron que Gabriel sintiera desazón. Encogien­do los hombros dijo:
―¿Cómo voy a saberlo yo? Para verlo, ¿no?
Retiró la mirada para recorrer con los ojos el rayo de luz hasta la ventana.
―El está muerto ―dijo ella al rato―. Murió cuando ape­nas tenía diecisiete años. ¿No es terrible morir así tan joven?
―¿Qué era él? ―preguntó Gabriel, irónico todavía.
―Trabajaba en el gas ―dijo ella.
Gabriel se sintió humillado por el fracaso de su ironía y ante la evocación de esta figura de entre los muertos: un mu­chacho que trabajaba en el gas. Mientras él había estado lleno de recuerdos de su vida secreta en común, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figu­ra ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo. Instintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la vergüenza que le quemaba el rostro.
Trató de mantener su tono frío, de interrogatorio, pero cuando habló su voz era indiferente y humilde.
―Supongo que estarías enamorada de este Michael Furey, Gretta ―dijo.
―Me sentía muy bien con él entonces ―dijo ella.
Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que sería tratar de llevarla más lejos de lo que se pro­puso, acarició una de sus manos y dijo, él también triste:
―¿Y de qué murió tan joven, Gretta? Tuberculoso, su­pongo.
―Creo que murió por mí ―respondió ella.
Un terror vago se apoderó de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, algún ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre él, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para echársele encima. Pero se sa­cudió libre con un esfuerzo de su raciocinio y continuó acariciándole a ella la mano. No la interrogó más porque sentía que se lo contaría ella todo por sí misma. Su mano estaba hú­meda y cálida: no respondía a su caricia, pero él continuaba acariciándola tal como había acariciado su primera carta aque­lla mañana de primavera.
―Era en invierno ―dijo ella―, como al comienzo del invierno en que yo iba a dejar a mi abuela para venir acá al convento. Y él estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir y ya le habían escrito a su gente en Oughterard. Estaba decaído, decían, o cosa así. Nunca lo supe bien.
Hizo una pausa para suspirar.
―El pobre ―dijo―. Me tenía mucho cariño y era tan gen­til. Salíamos a caminar, tú sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su sa­lud. Tenía muy buena voz, el pobre Michael Furey.
―Bien, ¿y entonces? ―preguntó Gabriel.
―Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir acá para el convento, él estaba mucho peor y no me de­jaban ni ir a verlo, por lo que le escribí una carta diciéndole que me iba a Dublín y regresaba en el verano y que espera­ba que estuviera mejor para entonces.
Hizo una pausa para controlar su voz y luego siguió:
―Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando oí que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no podía ver, por lo que corrí abajo así como estaba y salí al patio y allí estaba el pobre al final del jardín, tiritando.
―¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? ―preguntó Gabriel.
―Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.
―¿Y se fue? ―preguntó Gabriel.
―Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el día que supe que, que se había muerto!
Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emo­ción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, despacio, hacia la ventana.
Ella dormía profundamente.
Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin re­sentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se po­saron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.
Quizás ella no le había contado toda la historia. Sus ojos se detuvieron en la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón del corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su propio discurso idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella, también, sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las ro­dillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llo­rando y sonándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí: ocurrirá muy pronto.
El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cui­dado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar au­daz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.
Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecie­ron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba cons­ciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presen­cias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vi­vieron se disolvía y desaparecía.
Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ven­tana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había lle­gado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz cor­va y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos. 

James Joyce, Los muertos.

James Joyce