Julio Ramón Ribeyro, El banquete

El banquete
Con dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue necesario echar abajo algunos muros, agrandar las ventanas, cambiar la madera de los pisos y pintar de nuevo todas las paredes.
Esta reforma trajo consigo otras y (como esas personas que cuando se compran un par de zapatos juzgan que es necesario estrenarlos con calcetines nuevos y luego con una camisa nueva y luego con un terno nuevo y así sucesivamente hasta llegar al calzoncillo nuevo) don Fernando se vio obligado a renovar todo el mobiliario, desde las consolas del salón hasta el último banco de la repostería. Luego vinieron las alfombras, las lámparas, las cortinas y los cuadros para cubrir esas paredes que desde que estaban limpias parecían más grandes. Finalmente, como dentro del programa estaba previsto un concierto en el jardín, fue necesario construir un jardín. En quince días, una cuadrilla de jardineros japoneses edificaron, en lo que antes era una especie de huerta salvaje, un maravilloso jardín rococó donde había cipreses tallados, caminitos sin salida, una laguna de peces rojos, una gruta para las divinidades y un puente rústico de madera, que cruzaba sobre un torrente imaginario.
Lo más grande, sin embargo, fue la confección del menú. Don Fernando y su mujer, como la mayoría de la gente proveniente del interior, sólo habían asistido en su vida a comilonas provinciales en las cuales se mezcla la chicha con el whisky y se termina devorando los cuyes con la mano. Por esta razón sus ideas acerca de lo que debía servirse en un banquete al presidente, eran confusas. La parentela, convocada a un consejo especial, no hizo sino aumentar el desconcierto. Al fin, don Fernando decidió hacer una encuesta en los principales hoteles y restaurantes de la ciudad y así pudo enterarse de que existían manjares presidenciales y vinos preciosos que fue necesario encargar por avión a las viñas del mediodía.
Cuando todos estos detalles quedaron ultimados, don Fernando constató con cierta angustia que en ese banquete, al cual asistirían ciento cincuenta personas, cuarenta mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y un operador de cine, había invertido toda su fortuna. Pero, al fin de cuentas, todo dispendio le parecía pequeño para los enormes beneficios que obtendría de esta recepción.
-Con una embajada en Europa y un ferrocarril a mis tierras de la montaña rehacemos nuestra fortuna en menos de lo que canta un gallo (decía a su mujer). Yo no pido más. Soy un hombre modesto.
-Falta saber si el presidente vendrá (replicaba su mujer).
En efecto, había omitido hasta el momento hacer efectiva su invitación.
Le bastaba saber que era pariente del presidente (con uno de esos parentescos serranos tan vagos como indemostrables y que, por lo general, nunca se esclarecen por el temor de encontrar adulterino) para estar plenamente seguro que aceptaría. Sin embargo, para mayor seguridad, aprovechó su primera visita a palacio para conducir al presidente a un rincón y comunicarle humildemente su proyecto.
-Encantado (le contestó el presidente). Me parece una magnifica idea. Pero por el momento me encuentro muy ocupado. Le confirmaré por escrito mi aceptación.
Don Fernando se puso a esperar la confirmación. Para combatir su impaciencia, ordenó algunas reformas complementarias que le dieron a su mansión un aspecto de un palacio afectado para alguna solemne mascarada. Su última idea fue ordenar la ejecución de un retrato del presidente (que un pintor copió de una fotografía) y que él hizo colocar en la parte más visible de su salón.
Al cabo de cuatro semanas, la confirmación llegó. Don Fernando, quien empezaba a inquietarse por la tardanza, tuvo la más grande alegría de su vida.
Aquel fue un día de fiesta, salió con su mujer al balcón par contemplar su jardín iluminado y cerrar con un sueño bucólico esa memorable jornada. El paisaje, sin embargo, parecía haber perdido sus propiedades sensibles, pues donde quiera que pusiera los ojos, don Fernando se veía a sí mismo, se veía en chaqué, en tarro, fumando puros, con una decoración de fondo donde (como en ciertos afiches turísticos) se confundían lo monumentos de las cuatro ciudades más importantes de Europa. Más lejos, en un ángulo de su quimera, veía un ferrocarril regresando de la floresta con su vagones cargados de oro. Y por todo sitio, movediza y transparente como una alegoría de la sensualidad, veía una figura femenina que tenía las piernas de un cocote, el sombrero de una marquesa, los ojos de un tahitiana y absolutamente nada de su mujer.
El día del banquete, los primeros en llegar fueron los soplones. Desde las cinco de la tarde estaban apostados en la esquina, esforzándose por guardar un incógnito que traicionaban sus sombreros, sus modales exageradamente distraídos y sobre todo ese terrible aire de delincuencia que adquieren a menudo los investigadores, los agentes secretos y en general todos los que desempeñan oficios clandestinos.
Luego fueron llegando los automóviles. De su interior descendían ministros, parlamentarios, diplomáticos, hombres de negocios, hombres inteligentes. Un portero les abría la verja, un ujier los anunciaba, un valet recibía sus prendas, y don Fernando, en medio del vestíbulo, les estrechaba la mano, murmurando frases corteses y conmovidas.
Cuando todos los burgueses del vecindario se habían arremolinado delante de la mansión y la gente de los conventillos se hacía una fiesta de fasto tan inesperado, llegó el presidente. Escoltado por sus edecanes, penetró en la casa y don Fernando, olvidándose de las reglas de la etiqueta, movido por un impulso de compadre, se le echó en los brazos con tanta simpatía que le dañó una de sus charreteras.
Repartidos por los salones, los pasillos, la terraza y el jardín, los invitados se bebieron discretamente, entre chistes y epigramas, los cuarenta cajones de whisky. Luego se acomodaron en las mesas que les estaban reservadas (la más grande, decorada con orquídeas, fue ocupada por el presidente y los hombres ejemplares) y se comenzó a comer y a charlar ruidosamente mientras la orquesta, en un ángulo del salón, trataba de imponer inútilmente un aire vienés.
A mitad del banquete, cuando los vinos blancos del Rin habían sido honrados y los tintos del Mediterráneo comenzaban a llenar las copas, se inició la ronda de discursos. La llegada del faisán los interrumpió y sólo al final, servido el champán, regresó la elocuencia y los panegíricos se prolongaron hasta el café, para ahogarse definitivamente en las copas del coñac.
Don Fernando, mientras tanto, veía con inquietud que el banquete, pleno de salud ya, seguía sus propias leyes, sin que él hubiera tenido ocasión de hacerle al presidente sus confidencias. A pesar de haberse sentado, contra las reglas del protocolo, a la izquierda del agasajado, no encontraba el instante propicio para hacer un aparte. Para colmo, terminado el servicio, los comensales se levantaron para formar grupos amodorrados y digestónicos y él, en su papel de anfitrión, se vio obligado a correr de grupo en grupo para reanimarlos con copas de mentas, palmaditas, puros y paradojas.
Al fin, cerca de medianoche, cuando ya el ministro de gobierno, ebrio, se había visto forzado a una aparatosa retirada, don Fernando logró conducir al presidente a la salida de música y allí, sentados en uno de esos canapés, que en la corte de Versalles servían para declararse a una princesa o para desbaratar una coalición, le deslizó al oído su modesta.
-Pero no faltaba más (replicó el presidente). Justamente queda vacante en estos días la embajada de Roma. Mañana, en consejo de ministros, propondré su nombramiento, es decir, lo impondré. Y en lo que se refiere al ferrocarril sé que hay en diputados una comisión que hace meses discute ese proyecto. Pasado mañana citaré a mi despacho a todos sus miembros y a usted también, para que resuelvan el asunto en la forma que más convenga.
Una hora después el presidente se retiraba, luego de haber reiterado sus promesas. Lo siguieron sus ministros, el congreso, etc., en el orden preestablecido por los usos y costumbres. A las dos de la mañana quedaban todavía merodeando por el bar algunos cortesanos que no ostentaban ningún título y que esperaban aún el descorchamiento de alguna botella o la ocasión de llevarse a hurtadillas un cenicero de plata. Solamente a las tres de la mañana quedaron solos don Fernando y su mujer. Cambiando impresiones, haciendo auspiciosos proyectos, permanecieron hasta el alba entre los despojos de su inmenso festín. Por último se fueron a dormir con el convencimiento de que nunca caballero limeño había tirado con más gloria su casa por la ventana ni arriesgado su fortuna con tanta sagacidad.
A las doce del día, don Fernando fue despertado por los gritos de su mujer. Al abrir los ojos le vio penetrar en el dormitorio con un periódico abierto entre las manos. Arrebatándoselo, leyó los titulares y, sin proferir una exclamación, se desvaneció sobre la cama. En la madrugada, aprovechándose de la recepción, un ministro había dado un golpe de estado y el presidente había sido obligado a dimitir.

Julio Ramón Ribeyro, El banquete (Cuentos de circunstancias).

Julio Ramón Ribeyro

Saki, El cuentista

El cuentista
Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. La tía de los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta. 
―No, Cyril, no ―exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe―. Ven a mirar por la ventanilla ―añadió. 
El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana. 
―¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? ―preguntó. 
―Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba ―respondió la tía débilmente. 
―Pero en ese campo hay montones de hierba ―protestó el niño―; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba. 
―Quizá la hierba de otro campo es mejor ―sugirió la tía neciamente. 
―¿Por qué es mejor? ―fue la inevitable y rápida pregunta. 
―¡Oh, mira esas vacas! ―exclamó la tía. 
Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad. 
―¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? ―persistió Cyril. 
El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía decidió, mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por completo de tomar una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo. 
La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De camino hacia Mandalay». Sólo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la perdería. 
―Acérquense aquí y escuchen mi historia ―dijo la tía cuando el soltero la había mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma. 
Los niños se desplazaron apáticamente hacia el final del compartimiento donde estaba la tía. Evidentemente, su reputación como contadora de historias no ocupaba una alta posición, según la estimación de los niños. 
Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia de interés sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores que admiraban su carácter moral. 
―¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? ―preguntó la mayor de las niñas. 
Esa era exactamente la pregunta que había querido hacer el soltero. 
―Bueno, sí ―admitió la tía sin convicción―. Pero no creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les hubiera gustado mucho. 
―Es la historia más tonta que he oído nunca ―dijo la mayor de las niñas con una inmensa convicción. 
―Después de la segunda parte no he escuchado, era demasiado tonta ―dijo Cyril. 
La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito. 
―No parece que tenga éxito como contadora de historias ―dijo de repente el soltero desde su esquina. 
La tía se ofendió como defensa instantánea ante aquel ataque inesperado. 
―Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar ―dijo fríamente. 
―No estoy de acuerdo con usted ―dijo el soltero. 
―Quizá le gustaría a usted explicarles una historia ―contestó la tía. 
―Cuéntenos un cuento ―pidió la mayor de las niñas. 
―Érase una vez ―comenzó el soltero― una niña pequeña llamada Berta que era extremadamente buena. 
El interés suscitado en los niños momentáneamente comenzó a vacilar en seguida; todas las historias se parecían terriblemente, no importaba quién las explicara. 
―Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia, comía budín de leche como si fuera tarta de mermelada, aprendía sus lecciones perfectamente y tenía buenos modales. 
―¿Era bonita? ―preguntó la mayor de las niñas. 
―No tanto como cualquiera de vosotras ―respondió el soltero―, pero era terriblemente buena. 
Se produjo una ola de reacción en favor de la historia; la palabra terrible unida a bondad fue una novedad que la favorecía. Parecía introducir un círculo de verdad que faltaba en los cuentos sobre la vida infantil que narraba la tía. 
―Era tan buena ―continuó el soltero― que ganó varias medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal y chocaban las unas con las otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía esas tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña extraordinariamente buena. 
―Terriblemente buena ―citó Cyril. 
―Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel país se enteró de aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería tener permiso para pasear, una vez a la semana, por su parque, que estaba justo afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y nunca se había permitido la entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta tener permiso para poder entrar. 
―¿Había alguna oveja en el parque? ―preguntó Cyril. 
―No ―dijo el soltero―, no había ovejas. 
―¿Por qué no había ovejas? ―llegó la inevitable pregunta que surgió de la respuesta anterior. 
La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una mueca. 
―En el parque no había ovejas ―dijo el soltero― porque, una vez, la madre del príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja como por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su palacio. 
La tía contuvo un grito de admiración. 
―¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? ―preguntó Cyril. 
―Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad ―dijo el soltero despreocupadamente―. De todos modos, aunque no había ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por todas partes. 
―¿De qué color eran? 
―Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos. 
El contador de historias se detuvo para que los niños crearan en su imaginación una idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió: 
―Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del príncipe y tenía intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había flores para coger. 
―¿Por qué no había flores? 
―Porque los cerdos se las habían comido todas ―contestó el soltero rápidamente―. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener flores. 
Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe; mucha gente habría decidido lo contrario. 
―En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito gordo para su cena. 
―¿De qué color era? ―preguntaron los niños, con un inmediato aumento de interés. 
―Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad. 
―¿Mató a alguno de los cerditos? 
―No, todos escaparon. 
―La historia empezó mal ―dijo la más pequeña de las niñas―, pero ha tenido un final bonito. 
―Es la historia más bonita que he escuchado nunca ―dijo la mayor de las niñas, muy decidida. 
―Es la única historia bonita que he oído nunca ―dijo Cyril. 
La tía expresó su desacuerdo. 
―¡Una historia de lo menos apropiada para explicar a niños pequeños! Ha socavado el efecto de años de cuidadosa enseñanza. 
―De todos modos ―dijo el soltero cogiendo sus pertenencias y dispuesto a abandonar el tren―, los he mantenido tranquilos durante diez minutos, mucho más de lo que usted pudo. 
«¡Infeliz! ―se dijo mientras bajaba al andén de la estación de Templecombe―. ¡Durante los próximos seis meses esos niños la asaltarán en público pidiéndole una historia impropia!».

Saki (Héctor Hugh Munro), El cuentista.

Saki (Hector Hugh Munro)



The Storyteller
It was a hot afternoon, and the railway carriage was correspondingly sultry, and the next stop was at Templecombe, nearly an hour ahead. The occupants of the carriage were a small girl, and a smaller girl, and a small boy. An aunt belonging to the children occupied one corner seat, and the further corner seat on the opposite side was occupied by a bachelor who was a stranger to their party, but the small girls and the small boy emphatically occupied the compartment. Both the aunt and the children were conversational in a limited, persistent way, reminding one of the attentions of a housefly that refuses to be discouraged. Most of the aunt's remarks seemed to begin with "Don't," and nearly all of the children's remarks began with "Why?" The bachelor said nothing out loud. "Don't, Cyril, don't," exclaimed the aunt, as the small boy began smacking the cushions of the seat, producing a cloud of dust at each blow.
"Come and look out of the window," she added.
The child moved reluctantly to the window. "Why are those sheep being driven out of that field?" he asked.
"I expect they are being driven to another field where there is more grass," said the aunt weakly.
"But there is lots of grass in that field," protested the boy; "there's nothing else but grass there. Aunt, there's lots of grass in that field."
"Perhaps the grass in the other field is better," suggested the aunt fatuously.
"Why is it better?" came the swift, inevitable question.
"Oh, look at those cows!" exclaimed the aunt. Nearly every field along the line had contained cows or bullocks, but she spoke as though she were drawing attention to a rarity.
"Why is the grass in the other field better?" persisted Cyril.
The frown on the bachelor's face was deepening to a scowl. He was a hard, unsympathetic man, the aunt decided in her mind. She was utterly unable to come to any satisfactory decision about the grass in the other field.
The smaller girl created a diversion by beginning to recite "On the Road to Mandalay." She only knew the first line, but she put her limited knowledge to the fullest possible use. She repeated the line over and over again in a dreamy but resolute and very audible voice; it seemed to the bachelor as though some one had had a bet with her that she could not repeat the line aloud two thousand times without stopping. Whoever it was who had made the wager was likely to lose his bet.
"Come over here and listen to a story," said the aunt, when the bachelor had looked twice at her and once at the communication cord.
The children moved listlessly towards the aunt's end of the carriage. Evidently her reputation as a story- teller did not rank high in their estimation.
In a low, confidential voice, interrupted at frequent intervals by loud, petulant questionings from her listeners, she began an unenterprising and deplorably uninteresting story about a little girl who was good, and made friends with every one on account of her goodness, and was finally saved from a mad bull by a number of rescuers who admired her moral character.
"Wouldn't they have saved her if she hadn't been good?" demanded the bigger of the small girls. It was exactly the question that the bachelor had wanted to ask.
"Well, yes," admitted the aunt lamely, "but I don't think they would have run quite so fast to her help if they had not liked her so much."
"It's the stupidest story I've ever heard," said the bigger of the small girls, with immense conviction.
"I didn't listen after the first bit, it was so stupid," said Cyril.
The smaller girl made no actual comment on the story, but she had long ago recommenced a murmured repetition of her favourite line.
"You don't seem to be a success as a story-teller," said the bachelor suddenly from his corner.
The aunt bristled in instant defence at this unexpected attack.
"It's a very difficult thing to tell stories that children can both understand and appreciate," she said stiffly.
"I don't agree with you," said the bachelor.
"Perhaps you would like to tell them a story," was the aunt's retort.
"Tell us a story," demanded the bigger of the small girls.
"Once upon a time," began the bachelor, "there was a little girl called Bertha, who was extra-ordinarily good."
The children's momentarily-aroused interest began at once to flicker; all stories seemed dreadfully alike, no matter who told them.
"She did all that she was told, she was always truthful, she kept her clothes clean, ate milk puddings as though they were jam tarts, learned her lessons perfectly, and was polite in her manners."
"Was she pretty?" asked the bigger of the small girls.
"Not as pretty as any of you," said the bachelor, "but she was horribly good."
There was a wave of reaction in favour of the story; the word horrible in connection with goodness was a novelty that commended itself. It seemed to introduce a ring of truth that was absent from the aunt's tales of infant life.
"She was so good," continued the bachelor, "that she won several medals for goodness, which she always wore, pinned on to her dress. There was a medal for obedience, another medal for punctuality, and a third for good behaviour. They were large metal medals and they clicked against one another as she walked. No other child in the town where she lived had as many as three medals, so everybody knew that she must be an extra good child."
"Horribly good," quoted Cyril.
"Everybody talked about her goodness, and the Prince of the country got to hear about it, and he said that as she was so very good she might be allowed once a week to walk in his park, which was just outside the town. It was a beautiful park, and no children were ever allowed in it, so it was a great honour for Bertha to be allowed to go there."
"Were there any sheep in the park?" demanded Cyril.
"No;" said the bachelor, "there were no sheep."
"Why weren't there any sheep?" came the inevitable question arising out of that answer.
The aunt permitted herself a smile, which might almost have been described as a grin.
"There were no sheep in the park," said the bachelor, "because the Prince's mother had once had a dream that her son would either be killed by a sheep or else by a clock falling on him. For that reason the Prince never kept a sheep in his park or a clock in his palace."
The aunt suppressed a gasp of admiration.
"Was the Prince killed by a sheep or by a clock?" asked Cyril.
"He is still alive, so we can't tell whether the dream will come true," said the bachelor unconcernedly; "anyway, there were no sheep in the park, but there were lots of little pigs running all over the place."
"What colour were they?"
"Black with white faces, white with black spots, black all over, grey with white patches, and some were white all over."
The storyteller paused to let a full idea of the park's treasures sink into the children's imaginations; then he resumed:
"Bertha was rather sorry to find that there were no flowers in the park. She had promised her aunts, with tears in her eyes, that she would not pick any of the kind Prince's flowers, and she had meant to keep her promise, so of course it made her feel silly to find that there were no flowers to pick."
"Why weren't there any flowers?"
"Because the pigs had eaten them all," said the bachelor promptly. "The gardeners had told the Prince that you couldn't have pigs and flowers, so he decided to have pigs and no flowers."
There was a murmur of approval at the excellence of the Prince's decision; so many people would have decided the other way.
"There were lots of other delightful things in the park. There were ponds with gold and blue and green fish in them, and trees with beautiful parrots that said clever things at a moment's notice, and humming birds that hummed all the popular tunes of the day. Bertha walked up and down and enjoyed herself immensely, and thought to herself: 'If I were not so extraordinarily good I should not have been allowed to come into this beautiful park and enjoy all that there is to be seen in it,' and her three medals clinked against one another as she walked and helped to remind her how very good she really was. Just then an enormous wolf came prowling into the park to see if it could catch a fat little pig for its supper."
"What colour was it?" asked the children, amid an immediate quickening of interest.
"Mud-colour all over, with a black tongue and pale grey eyes that gleamed with unspeakable ferocity. The first thing that it saw in the park was Bertha; her pinafore was so spotlessly white and clean that it could be seen from a great distance. Bertha saw the wolf and saw that it was stealing towards her, and she began to wish that she had never been allowed to come into the park. She ran as hard as she could, and the wolf came after her with huge leaps and bounds. She managed to reach a shrubbery of myrtle bushes and she hid herself in one of the thickest of the bushes. The wolf came sniffing among the branches, its black tongue lolling out of its mouth and its pale grey eyes glaring with rage. Bertha was terribly frightened, and thought to herself: 'If I had not been so extraordinarily good I should have been safe in the town at this moment.' However, the scent of the myrtle was so strong that the wolf could not sniff out where Bertha was hiding, and the bushes were so thick that he might have hunted about in them for a long time without catching sight of her, so he thought he might as well go off and catch a little pig instead. Bertha was trembling very much at having the wolf prowling and sniffing so near her, and as she trembled the medal for obedience clinked against the medals for good conduct and punctuality. The wolf was just moving away when he heard the sound of the medals clinking and stopped to listen; they clinked again in a bush quite near him. He dashed into the bush, his pale grey eyes gleaming with ferocity and triumph, and dragged Bertha out and devoured her to the last morsel. All that was left of her were her shoes, bits of clothing, and the three medals for goodness."
"Were any of the little pigs killed?"
"No, they all escaped."
"The story began badly," said the smaller of the small girls, "but it had a beautiful ending."
"It is the most beautiful story that I ever heard," said the bigger of the small girls, with immense decision.
"It is the only beautiful story I have ever heard," said Cyril.
A dissentient opinion came from the aunt.
"A most improper story to tell to young children! You have undermined the effect of years of careful teaching."
"At any rate," said the bachelor, collecting his belongings preparatory to leaving the carriage, "I kept them quiet for ten minutes, which was more than you were able to do."
"Unhappy woman!" he observed to himself as he walked down the platform of Templecombe station; "for the next six months or so those children will assail her in public with demands for an improper story!".

Saki (Hector Hugh Munro), The Storyteller.

Raymond Carver, Vecinos.

Vecinos
Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a cenar fuera, o dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo relacionado con el trabajo de Jim.
Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de una compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba para combinar sus negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los Stone estarían de vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Millers cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían las plantas.
Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron por los codos y se besaron ligeramente en los labios.
—¡Divertíos! — dijo Bill a Harriet.
—Desde luego — respondió Harriet — Divertíos también.
Arlene asintió con la cabeza.
Jim le guiñó un ojo.
—Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!
—Así lo haré — respondió Arlene.
—¡Divertíos! dijo Bill.
—Por supuesto — dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo — Y gracias de nuevo.
Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller les dijeron adiós con la mano también.
—Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros — dijo Bill.
—Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones — dijo Arlene. Le cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su apartamento.
Después de cenar Arlene dijo:
—No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche — Estaba de pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había comprado el año pasado en Santa Fe.
Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había vuelto a casa con el reloj; cómo había venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la caja de latón en sus brazos y hablándole a través del papel del envoltorio como si se tratase de un bebé.
Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de las latas colocadas. Dejando a la gata que escogiera su comida, se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según las instrucciones — y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador.
Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y asegurándose que la puerta estaba cerrada. Tenía la sensación que se había dejado algo.
—¿Qué te ha retenido? — dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas cruzadas, mirando televisión.
—Nada. Jugando con Kitty — dijo él, y se acercó a donde estaba ella y le tocó los senos.
—Vámonos a la cama, cariño — dijo él.
Al día siguiente Bill se tomó solamente diez minutos de los veinticinco permitidos en su descanso de por la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el estacionamiento en el mismo momento que Arlene bajaba del autobús. Esperó hasta que ella entró en el edificio, entonces subió las escaleras para alcanzarla al descender del ascensor.
—¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano — dijo ella.
Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo —dijo él. Le dejo que usará su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado del vestíbulo antes de seguirla dentro.
—Vámonos a la cama — dijo él.
—¿Ahora? — rió ella — ¿Qué te pasa?
—Nada. Quítate el vestido — La agarró toscamente, y ella le dijo:
—¡Dios mío! Bill
Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la comieron con apetito, sin hablarse, y escuchando discos.
—No nos olvidemos de dar de comer a Kitty — dijo ella.
—Estaba en este momento pensando en eso — dijo él — Iré ahora mismo.
Escogió una lata de sabor de pescado, después llenó la jarra y fue a regar. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver a su caja-dormitorio. Abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cocktail, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena al ir a abrir la puerta.
—¿Qué te ha retenido tanto? — dijo Arlene — Llevas más de una hora aquí.
—¿De verdad? — respondió él.
—Sí, de verdad — dijo ella.
—Tuve que ir al baño — dijo él.
—Tienes tu propio baño — dijo ella.
—No me pude aguantar — dijo él.
Aquella noche volvieron a hacer el amor.
Por la mañana hizo que Arlene llamara por él. Se dio una ducha, se vistió, y preparó un desayuno ligero. Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a por la llave.
En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una de las habitaciones considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, un objeto a la vez. Vio ceniceros, artículos de mobiliario, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al baño, y cerró la puerta.
Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era. Trató de recordar cuándo regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o la manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y con esfuerzo se dio la vuelta en la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en el espejo.
Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de pantalones de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y se fue para servirse otra bebida.
En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y se volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.
No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave estaba en la estantería y a continuación se llevó los platos rápidamente. Él se puso de pie en el pasillo de la cocina y fumó un cigarrillo y la miró recogiendo la llave.
—Ponte cómodo mientras voy a su casa — dijo ella — Lee el periódico o haz algo — Cerró los dedos sobre la llave. Parecía, dijo ella, algo cansado.
Trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y encendió la televisión. Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba cerrada.
—Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? — llamó él.
Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
—¿Estuve mucho tiempo aquí? — dijo ella.
—Bueno, sí estuviste — dijo él.
—¿De verdad? — dijo ella — Supongo que he debido estar jugando con Kitty.
La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.
—Es divertido — dijo ella — Sabes, ir así a la casa de alguien. — Asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su propio apartamento.
—Es divertido — dijo él.
Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y le besó también.
—¡Jolines! — dijo ella — Jooliines — cantó ella con voz de niña pequeña aplaudiendo con las manos — Me acabo de acordar que me olvidé real y verdaderamente de lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró —¿No es eso tonto? — No lo creo — dijo él — Espera un momento. Recogeré mis cigarrillos e iré contigo.
Ella esperó hasta que él había cerrado con llave su puerta, y entonces se cogió de su brazo en su músculo y dijo:
—Me imagino que te lo debería decir. Encontré unas fotografías.
Él se paró en medio del vestíbulo.
—¿Qué clase de fotografías?
—Ya las verás tú mismo — dijo ella y le miró con atención.
—No estarás bromeando — sonrió él — ¿Dónde?
—En un cajón — dijo ella.
—No bromeas — dijo él.
Y entonces ella dijo:
—Tal vez no regresarán — e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.
—Pudiera suceder — dijo él — Todo pudiera suceder.
—O tal vez regresarán y … — pero no terminó.
Se cogieron de la mano durante el corto camino por el vestíbulo, y cuando él habló casi no se podía oír su voz.
—La llave — dijo él — Dámela.
—¿Qué? — dijo ella — Miró fijamente a la puerta.
—La llave — dijo él — Tú tienes la llave.
—¡Dios mío! — dijo ella — Dejé la llave dentro.
—Él probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación intentó mover el pomo. No se movía. Sus labios estaban apartados, y su respiración era dificultosa. Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos.
—No te preocupes — le dijo al oído — Por Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí. Se abrazaron. Se inclinaron sobre la puerta como si fuera contra el viento, y se prepararon.

Raymond Carver, Vecinos.

Raymond Carver

La rebeldía de lo absurdo

Rescato una frase de los diarios de Ionesco que dice: «Lejos de nosotros las constelaciones, el azul infinito, la alegría sin límites, la fiesta». Así son las vidas de los protagonistas de los cuentos que forman parte del libro El bombardero azul, de Julio Jurado, publicado por Adeshoras e ilustrado por Norberto Fuentes. Son diez historias ―más una presentación que es también un cuento― en las que personajes desamparados avanzan hacia la demencia en medio de la oscuridad, por barrios periféricos, en la clandestinidad. Se sienten repudiados por una sociedad de la que no se les permite formar parte y, a pesar de todo eso, no están ajenos a la esperanza ni renuncian a la vida.
La primera parte de las tres en las que se estructura el libro está formada por siete relatos que son fragmentos de vidas cotidianas con personajes llenos de dudas y deseos en los que irrumpen elementos insólitos, extraños o surreales. El enamoramiento de una camarera, la búsqueda de un empleo para sobrevivir, la asunción de ser rechazado, la inseguridad de una relación, la envidia entre hermanos, la soledad y decrepitud en la vejez son algunos ejemplos que muestran un cierto cuestionamiento y rebeldía sobre las normas que rigen nuestra sociedad y ponen de manifiesto la incomunicación, la decadencia y hasta la perversidad de quienes la habitan. En uno de los cuentos, el disfraz del personaje principal sirve para mostrar la animalidad irrenunciable que forma parte de nuestra naturaleza y que alumbra la cara más terrible del ser humano y de la sociedad que ha creado. 
La segunda parte del libro está formada por un solo cuento largo que da título al volumen. Aquí el autor despliega un enorme talento narrativo en un relato distópico de ciencia ficción, surreal, extraño como un sueño o una pesadilla con la sugestiva atmósfera opresiva e intemporal de algunas obras de Kafka. El protagonista abandona una granja, atraviesa un puente e inicia un viaje hacia M. portando gambas perladas que cultiva sin agua y que tienen la propiedad de calmar el hambre a una persona con un solo ejemplar. Su viaje es un intento de huir de una realidad que le intentan imponer porque no entiende las normas ni la justicia de un mundo que se le escapa de las manos. Pero, en medio del caos, de esa realidad oculta e insólita, hay también un lugar para el amor.
La tercera parte cierra el libro con dos relatos muy diferentes en cuanto a su estructura, En Falsa moneda, un personaje incita al narrador a crear una historia larga, a avanzar en el número de páginas escritas y abandonar así el relato breve. Encuentro cultural es una pequeña pieza de teatro ―drama cómica― con la que el autor quiere rendir homenaje a Ionesco.
Decía Auden que leer es traducir puesto que no existen dos personas con idénticas experiencias. Julio Jurado demanda de un lector colaborador y abierto que interprete y rellene los huecos que va dejando y que, más allá del argumento de la propia historia o de la imagen visual que describe, encuentre el mensaje y la denuncia. Su lectura a veces nos recuerda el esperpento de Valle-Inclán, la lógica llevada al absurdo de Lewis Carroll o las figuras alegóricas y esa aparente y surreal ingenuidad de los personajes de algunas obras de César Aira. Aquí la realidad se deforma a través de la mirada casi siempre solipsista y becketiana de los personajes, capaces de enredarse en asuntos aparentemente banales mientras el mundo ―envuelto permanentemente en una atmósfera onírica― se derrumba a sus pies. Algunos son textos de gran dureza, incómodos, pero perspicaces, con una estética grotesca que combina el humor y la ironía con lo macabro y el horror. 
Julio Jurado es uno de esos autores aún no suficientemente reconocidos cuya escritura lúcida está al nivel de los grandes cuentistas de nuestro país, con una estética personal y un estilo repleto de recursos imaginativos. Sus textos están acompañados de forma brillante por ilustraciones de Norberto Fuentes que aluden directamente a la narración.









El bombardero azul
Julio Jurado

Ilustraciones: Norberto Fuentes
Adeshoras, 2016.

La belleza de lo efímero

Las palabras que describen lo efímero han de ser livianas como las plumas de un pájaro que se desprenden cuando es perseguido por un gato, como los pétalos de una flor que descansa sobre un jarrón o como las gotas que quedan prendidas en la ventana mientras llueve. De un texto muy breve de Julio Cortázar, que forma parte de Historias de Cronopios y de Famas, Nórdica ha publicado un libro bellísimo con ilustraciones de Elena Odriozola (Premio Nacional de Ilustración, 2015) titulado Aplastamiento de las gotas. Entre la lluvia hay gotas singulares que, como dotadas de vida, se aferran al marco de la ventana para retrasar la necesaria caída, mientras que otras sucumben rápidamente a lo inevitable y se desploman para al instante desaparecer.
En este libro Cortázar nos habla de una forma poética de la levedad y de la singularidad acompañado de las ilustraciones de Odriozola cuyos personajes parecen dispuestos a contemplar lo cotidiano y a asumir lo ineludible.
La editorial Nórdica destaca por el extremo cuidado que pone en la edición de todos sus libros y hace que la lectura siempre tenga un placer añadido.










Aplastamiento de las gotas
Julio Cortázar y Elena Odriozola
Nórdica, 2016.

Paisajes de soledad

«Abre bien los ojos, mira». Con esta cita de Julio Verne arranca el volumen de José María Martín construido con diecinueve textos que descubren la inmensidad de algunos paisajes y la soledad de quienes los habitan.
Los coches que se acumulan en un desguace esconden las historias de los hombres y mujeres que los han ocupado, con sus deseos y sus frustraciones, con sus logros y sus fracasos: ecos de conversaciones que se han extinguido. Algunos indicios como un golpe en el frontal de la carrocería, el hallazgo de un mapa o unos souvenirs pueden darnos pistas para reconstruir parte de las vidas en las que el azar es un condicionante. 
Los protagonistas de las narraciones atraviesan largas y desérticas carreteras de Estados Unidos, deambulan en paralelo por las calles de Tokio, recorren las dehesas de Extremadura acompañados de recuerdos, viajan a Corea, a la base militar en la que Marilyn cantó a las tropas americanas, o navegan por última vez entre Crimea y un puerto de Rusia. El viaje, el trayecto, es el primer lazo que une estos relatos. Cada personaje que se cruza en la carretera tiene una historia de amor, de desengaño, de nostalgias y de deseos por cumplir. Los paisajes no son un simple telón de fondo, sino una parte tan trascendental como los propios actores que deambulan a través de ellos. 
Lo casual es más que un recurso argumental en estos cuentos porque contribuye a enlazarlos y a dar solidez a una red tejida con historias incompletas, fragmentarias. Como sucede en la vida real, las decisiones de algunos personajes, a veces tomadas con pasión, pueden alterar la vida de otros ajenos. Aquí, por tanto, lo casual no mitiga ni amenaza la verosimilitud de las narraciones, al contrario, les otorga una vitalidad e incita a seguir leyendo. A veces la relación entre relatos es tan simple como una frase, un pensamiento que coincide entre personajes desilusionados para los que «la vida es un telefilme de bajo presupuesto».
José María Martín invita al lector a convertirse en un observador de mirada atenta para entender lo que subyace en sus cuentos. Son historias realistas que abrazan la influencia americana ―con todos los mitos y los tópicos de nuestra generación― con argumentos que se desarrollan a lo largo de un entramado de viajes. Sus recorridos, llenos de emociones, sin renunciar a ciertos elementos cómicos, muestran la desolación en la que vivimos, dentro de un mundo globalizado, rodeados de una tecnología que no es capaz de romper las barreras de la soledad. Se intercalan textos breves cercanos a lo periodístico que aportan información para complementar a otros cuentos. 
Bandaàparte Editores, dentro de su colección dedicada a autores llegados de disciplinas diferentes a las que consideramos propias de un escritor, nos presenta una edición muy cuidada, llena de detalles que hace que la experiencia de la lectura vaya más allá de las historias que se narran.










Suroeste You
José María Martín
Bandaàparte Ediciones

El guardagujas, Juan José Arreola

El guardagujas
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
―Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
―¿Lleva usted poco tiempo en este país?
―Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
―Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros ―y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
―Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
―Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
―¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
―Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
―Por favor...
―Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
―Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
―Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
―¿Me llevará ese tren a T.?
―¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
―Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
―Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
―Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
―El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
―Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
―Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
―¿Cómo es eso?
―En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero ―lujosamente embalsamado― en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera ―es otra de las previsiones de la empresa― se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles; allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
―¡Santo Dios!
―Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
―¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
―Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
―¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
―¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
―¿Y la policía no interviene?
―Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
―Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
―Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
―Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
―Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
―¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
―Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
―¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación, perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
―Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
―En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
―¿Y eso qué objeto tiene?
―Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
―Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
―Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: «Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual», dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
―¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
―¿Es el tren? ―preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
―¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
―¡X! ―contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

Juan José Arreola, El guardagujas (Confabulario).

Juan José Arreola

La aventura, Manuel Moya

La aventura
Una vez alcanzado su objetivo, se verá usted en una especie de catedral oscura en la que, sin embargo, todo le parecerá iluminado por una sensación extraña que a falta de otra palabra más precisa denominaremos amor, de manera que a usted le parecerá flotar sobre sí mismo, pero no nos engañemos, pronto advertirá que la reluctante catedral se irá cerrando a su alrededor como una concha marina, hasta casi asfixiarlo, de forma que usted se pasará las horas y los días buscando una salida y esa salida dará directamente a unos bellos jardines a los que yo prefiero llamar del laberinto y otros del Edén, y de cuyos árboles cuelga, generosa, la fruta de la inmortalidad, y puedo asegurarle que allí caminará libre, espontáneo, como un príncipe, hasta que acuciado por hermosos, casi insufribles cantos, usted irá dejando atrás ese jardín, y, pronto, casi sin advertirlo, atisbará en el horizonte un coro de hermosísimas y sibilantes sirenas (otros le hablarán de manzanas y serpientes enroscadas en los árboles) que entretendrán y darán fulgor a sus horas, pero advirtiendo que las sirenas son tediosas y absorbentes, usted querrá alejarse unos metros para descansar junto a un tronco de bellísimo y acolchado musgo, si bien su descanso pronto se verá interrumpido por algo así como mugidos lejanos, a los que su curiosidad y su hastío irán acercando, aunque ya se lo advierto, cuando por fin usted sepa de dónde provienen, daría mil vidas por regresar a las sirenas, puesto que si algo queda claro en este laberinto es el hecho de que en él no se contempla la posibilidad de un regreso, pues en el fondo, todo en él está concebido para que por fin, entre el polvo que levantan sus pezuñas, se encuentre usted ante el rugiente y grande Minotauro, al que todos hasta hoy se han rendido, pero yo sé que, aun sabiéndolo de mis labios, no querrá rendirse, en la esperanza de que usted sí logrará liberarse, de modo que es esta la razón por la que me he dirigido expresamente a usted, con el propósito de que corra más que nadie y sea un canalla si es preciso, pero al final sea aquel que dé alcance a ese óvulo.
Manuel Moya, La aventura (La Deuda Griega).

Manuel Moya

A contratiempo, Antonio Tabucchi

A contratiempo
Ocurrió así:
El hombre había embarcado en un aeropuerto italiano, porque todo empezaba en Italia, y que fuera Milán o Roma era secundario, lo importante es que fuese un aeropuerto italiano que permitiera tomar un vuelo directo para Atenas, y desde allí, tras una breve espera, un enlace para Creta con la Aegean Airlines, porque de eso estaba seguro, de que el hombre había viajado con la Aegean Airlines, de modo que había cogido en Italia un avión que le permitía enlazar desde Atenas con Creta alrededor de las dos de la tarde, lo había visto en el horario de la compañía griega, lo que significaba que éste había llegado a Creta alrededor de las tres, tres y media de la tarde. El aeropuerto de salida tiene, en todo caso, una importancia relativa en la historia de quien había vivido aquella historia, es una mañana de un día cualquiera de finales de abril de dos mil ocho, un día espléndido, casi veraniego. Lo que no es un detalle insignificante, porque el hombre que estaba a punto de coger el avión, meticuloso como era, le daba mucha importancia al tiempo y consultaba un canal vía satélite dedicado a la meteorología de todo el globo, y el tiempo, según había visto, era realmente espléndido en Creta: veintinueve grados durante el día, cielo despejado, humedad dentro de los límites consentidos, un tiempo de playa, el ideal para tumbarse en esas arenas blancas de las que hablaba su guía, sumergirse en el mar azul y gozar de unas merecidas vacaciones. Porque ése era también el motivo del viaje de aquel hombre que estaba a punto de vivir esa historia: unas vacaciones. Y en efecto eso fue lo que pensó, sentado en la sala de espera de los vuelos internacionales de Roma-Fiumicino, mientras esperaba que el altavoz lo llamara para embarcar hacia Atenas.
Y por fin está en el avión, cómodamente instalado en clase preferencial —es un viaje pagado, como se verá después—, agasajado por las atenciones de los asistentes de vuelo. Su edad es difícil de establecer, incluso para quien conocía la historia que el hombre estaba viviendo: digamos que entre los cincuenta y los sesenta, delgado, robusto, de aspecto sano, pelo entrecano, bigotitos finos y rubios, anteojos de plástico para la presbicia colgados del cuello. La profesión. También acerca de este punto para quien conocía su historia había cierta incertidumbre. Podía tratarse de un manager de una multinacional, uno de esos anónimos hombres de negocios que se pasan la vida en una oficina y cuyos méritos son reconocidos un día por la sede central. Pero también de un biólogo marino, uno de esos estudiosos que, observando al microscopio las algas y los microorganismos sin moverse de su laboratorio, son capaces de afirmar que el Mediterráneo se convertirá en un mar tropical como tal vez lo fuera hace millones de años. Pero también esa hipótesis le parecía poco satisfactoria, los biólogos que estudian los mares no siempre están encerrados en sus laboratorios, recorren playas y acantilados, hasta se sumergen, realizan hallazgos científicos personales, y aquel pasajero adormecido en su asiento de preferente en un vuelo para Atenas no tenía realmente aspecto de biólogo marino, tal vez los fines de semana iba al gimnasio y mantenía en buena forma su propio cuerpo, nada más. Pero, en realidad, si realmente iba al gimnasio, ¿para qué iba? ¿Con qué objeto mantener su cuerpo con aquel aspecto tan juvenil? Realmente no había motivo: con la mujer a la que había considerado la compañera de su vida ya hacía tiempo que había terminado, no tenía nueva compañera ni amante, vivía solo, se guardaba mucho de cualquier compromiso serio, aparte de alguna rara aventura de esas que pueden ocurrir a todos. Tal vez la hipótesis más creíble es que fuera un naturalista, un moderno seguidor de Linneo, y que se dirigiera a un congreso a Creta junto con otros expertos en hierbas y en esas plantas medicinales que abundan en Creta. Porque una cosa era cierta, estaba de camino hacia un simposio de estudiosos como él, el suyo era un viaje que premiaba una vida entera de trabajo y de abnegación, el simposio tenía lugar en la ciudad de Retimno, iba a alojarse en un hotel formado por bungalós, a pocos kilómetros de Retimno, adonde un coche a su servicio lo llevaría cada tarde, y tenía todas las mañanas a su disposición.
El hombre se despertó, sacó de la bolsa de mano la guía de Creta y buscó el hotel donde iba a alojarse. El resultado lo tranquilizó: dos restaurantes, una piscina, servicio de habitaciones, el hotel, cerrado durante el invierno, no abría hasta mediados de abril, lo que significaba que debían ser poquísimos los turistas, los clientes habituales, los nórdicos sedientos de sol, como los definía la guía, estaban aún en sus casitas boreales. Una amable voz ante el micrófono rogó que se abrocharan los cinturones, había empezado el descenso hacia Atenas, donde aterrizarían al cabo de unos veinte minutos aproximadamente. El hombre cerró la mesita y puso derecho el respaldo del asiento, metió la guía en la bolsa de mano y sacó de la redecilla del asiento de delante el periódico que había distribuido la azafata y al que no había prestado atención. Era un periódico con muchos suplementos en color, como ya es costumbre en los fines de semana, el de economía y finanzas, el de deportes, el de decoración y el magazine. Descartó todos los suplementos y abrió el magazine. En la portada, en blanco y negro, había una fotografía del hongo de la bomba atómica, con este titular: «Las grandes imágenes de nuestro tiempo». Empezó a hojearlo con cierta reluctancia. Después de un anuncio de dos estilistas junto a un jovencito con el torso desnudo, que por un momento tomó por una de esas grandes imágenes de nuestro tiempo, la primera verdadera imagen de nuestro tiempo: la losa de piedra de una casa de Hiroshima en la que, a causa del calor de la explosión atómica el cuerpo de un hombre se había licuado dejando impresa su propia sombra. No la había visto nunca y se sorprendió, sintiendo una especie de remordimiento contra sí mismo: aquello había ocurrido más de sesenta años antes, ¿cómo era posible que no la hubiera visto nunca? La sombra sobre la piedra estaba de perfil, y en ese perfil le pareció reconocer a su amigo Ferruccio, que en la víspera del Año Nuevo de mil novecientos noventa y nueve, poco antes de medianoche, sin motivos comprensibles se tiró del décimo piso de un edificio de Vía Cavour. ¿Cómo era posible que la silueta de Ferruccio, aplastada contra el suelo el treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, se pareciera a la silueta absorbida por una piedra de una ciudad japonesa en mil novecientos cuarenta y cinco? La idea era absurda, y sin embargo se le cruzó por la mente con toda su absurdidad. Siguió hojeando la revista, y entretanto su corazón empezó a latir con un ritmo desordenado, uno-dos-pausa, tres-uno-pausa, dos-tres-uno, pausa-pausa-dos-tres, las llamadas extrasístoles, no era nada patológico, se lo había asegurado el cardiólogo tras un día entero de pruebas, sólo una cuestión de ansia. Pero, entonces, ¿por qué? No podían ser aquellas imágenes las que le provocaban tanta emoción, eran cosas lejanas. Aquella niña desnuda con los brazos levantados que corría al encuentro de la cámara fotográfica con el trasfondo de un paisaje apocalíptico ya la había visto más de una vez sin experimentar una impresión tan violenta, y ahora en cambio le provocó una intensa turbación. Pasó la página. Al borde de una fosa había un hombre arrodillado con las manos unidas, mientras un muchachito de aspecto sádico le apuntaba con una pistola a la sien. Jemeres Rojos, decía el pie de foto. Para confortarse se obligó a pensar que eran asuntos de lugares lejanos y definitivamente alejados en el tiempo, pero pensarlo no fue suficiente, una extraña forma de emoción, que era casi un pensamiento, le estaba diciendo lo contrario, aquella atrocidad había ocurrido ayer, mejor dicho, había ocurrido justo esa mañana, mientras él estaba cogiendo el avión, y como por arte de magia había sido impresa en aquella página que estaba mirando. La voz por megafonía comunicó que a causa del tráfico aéreo el aterrizaje se retrasaría un cuarto de hora, y mientras tanto los pasajeros podían disfrutar del panorama. El avión dibujó una amplia curva, inclinándose a la derecha; por la ventanilla del lado contrario consiguió divisar el azul del mar mientras la suya encuadraba la blanca ciudad de Atenas, con una mancha de verde en el medio, un parque indudablemente, y la Acrópolis después, se veía perfectamente la Acrópolis, y el Partenón, notó que las palmas de sus manos estaban húmedas de sudor, se preguntó si no sería una especie de pánico provocado por el avión que daba vueltas sin sentido, y mientras tanto miraba la fotografía de un estadio donde unos policías de cascos con viseras apuntaban con sus fusiles ametralladores a un grupo de hombres descalzos, y debajo estaba escrito: Santiago de Chile, 1973. Y en la página de al lado una fotografía que le pareció un montaje, un truco indudablemente, no podía ser verdad, no la había visto nunca: en el balcón de un palacio decimonónico se veía al papa Juan Pablo II, junto a un general de uniforme. El Papa era sin duda el Papa, y el general era sin duda Pinochet, con ese pelo untado de brillantina, el rostro regordete, los bigotitos y los anteojos Ray-Ban. El pie de foto rezaba: Su Santidad el Pontífice en su visita oficial a Chile, abril de 1987. Se puso a hojear a toda prisa la revista, como ansioso por llegar hasta el final, casi sin mirar las fotografías, pero ante una tuvo que detenerse, se veía a un chico de espaldas vuelto hacia una furgoneta de la policía, el muchacho tenía los brazos levantados como si el equipo de sus amores hubiera marcado un gol, pero, mirándola mejor, se entendía perfectamente que estaba cayendo hacia atrás, que algo más fuerte que él lo había abatido. Debajo estaba escrito: Génova, julio de 2001, reunión de los ocho países más ricos del mundo. Los ocho países más ricos del mundo: la frase le provocó una extraña sensación, como algo al mismo tiempo comprensible y absurdo, porque era comprensible y sin embargo absurdo. Cada fotografía tenía una página plateada como si fuera Navidad, con la fecha en caracteres grandes. Había llegado al dos mil cuatro, pero vaciló, no estaba seguro de querer ver la fotografía siguiente, ¿cómo era posible que mientras tanto el avión siguiera dando vueltas sin sentido?, pasó la página, se veía un cuerpo desnudo arrojado al suelo, evidentemente era un hombre, pero en la foto su zona púbica estaba desenfocada, un soldado con un uniforme de camuflaje extendía una pierna hacia el cuerpo como si alejara con el pie un saco de basura, el perro que sujetaba de una correa intentaba morderle una pierna, los músculos del animal estaban tan tensos como la cuerda que lo sujetaba, en la otra mano el soldado sostenía un cigarrillo. Debajo estaba escrito: cárcel de Abu Ghraib, Irak, 2004. Después de ésa, llegó al año en el que él se hallaba, el año de gracia de dos mil ocho después de Cristo, es decir se halló en sincronía, eso fue lo que pensó por más que no supiera con qué, pero sincrónico. Ignoraba cuál sería la imagen con la que estaba en sincronía, pero no pasó la página, y mientras tanto el avión estaba aterrizando por fin, vio la pista que corría por debajo de él con las rayas blancas intermitentes que a causa de la velocidad se convertían en una raya única. Había llegado.

El aeropuerto Venizelos parecía nuevo y reluciente, sin duda lo habían construido con ocasión de las Olimpíadas. Se congratuló consigo mismo por ser capaz de llegar hasta la sala de embarque para Creta evitando leer los letreros en inglés, el griego que había aprendido en el instituto seguía siéndole útil, qué curioso. Cuando bajó en el aeropuerto de Hania en un primer momento no se dio cuenta de que ya había llegado a su destino: en el breve vuelo desde Atenas a Creta, poco menos de una hora, se había quedado profundamente dormido, olvidándose de todo, según le pareció, incluso de sí mismo. Hasta tal extremo que cuando por la escalerilla del avión salió a aquella luz africana se preguntó dónde estaba, y por qué estaba allí, y hasta quién era, y en aquel estupor de nada se sintió incluso feliz. Su maleta no tardó en aparecer en la cinta, justo al salir de las salas de embarque estaban las oficinas de alquiler de coches, ya no se acordaba de las instrucciones, ¿Hertz o Avis? Si no era una sería la otra, por suerte adivinó a la primera, con las llaves del coche le entregaron un mapa de carreteras de Creta, una copia del programa del simposio, la reserva hotelera y el trazado del recorrido que había de seguir para llegar hasta el complejo turístico donde estaban alojados los congresistas. Que a esas alturas se sabía de memoria, porque se lo había estudiado una y otra vez en su guía, muy rica en mapas de carreteras: desde el aeropuerto hay que bajar directamente a la carretera costera, no queda otro remedio, a menos que se quiera ir hacia las playas de Marathi, se gira a la izquierda, porque en caso contrario acaba uno al oeste, y él iba al este, hacia Heraklion, se pasa por delante del Hotel Doma, se recorre la Venizelos y se siguen los letreros en verde que señalan una autopista, pero que es en realidad una autovía costera, que se abandona poco después de Georgopolis, una localidad de vacaciones que es recomendable evitar, como especificaba la guía, y se siguen los letreros del hotel, Beach Resort, era muy fácil.
El automóvil, un Volkswagen negro aparcado al sol, estaba al rojo vivo, pero apenas dejó que se enfriara con las ventanillas abiertas, entró como si llegara tarde a una cita, aunque no llegara tarde ni hubiera cita alguna, eran las cuatro de la tarde, tardaría poco más de una hora en llegar al hotel, el simposio no empezaba hasta la noche del día siguiente, con un banquete oficial, tenía más de veinticuatro horas de libertad, ¿qué prisa tenía? Ninguna prisa. Al cabo de unos cuantos kilómetros de carretera un cartel turístico señalaba la tumba de Venizelos, a pocos centenares de metros de la carretera principal. Decidió hacer una breve parada para refrescarse antes del viaje. Cerca de la entrada del monumento había una heladería, con una gran terraza al aire libre desde la que se dominaba la pequeña ciudad. Se sentó en una mesita, pidió un café a la turca y un sorbete de limón. La ciudad que contemplaba había pertenecido a los venecianos y después a los turcos, era hermosa, y de un candor tal que casi hería los ojos. Ahora se sentía realmente bien, con una energía insólita, el malestar que había experimentado en el avión se había desvanecido completamente. Estudió el mapa de carreteras: para llegar hasta la autovía de Heraklion podía atravesar la ciudad o rodear el golfo de Souda, unos cuantos kilómetros más. Escogió el segundo itinerario, el golfo desde lo alto era muy hermoso y el mar, de un azul intenso. La bajada desde la colina hasta Souda fue muy agradable, por detrás de la vegetación baja y el tejado de algunas casas se veían pequeñas ensenadas de arena blanca, le entraron muchas ganas de darse un baño, apagó el aire acondicionado y bajó la ventanilla para recibir en el rostro aquel aire caliente que olía a mar. Superó el pequeño puerto industrial, el centro habitado y llegó al cruce en el que, tras girar a la izquierda, la carretera se adentraba en el recorrido costero que llevaba a Iraklion. Puso el intermitente a la izquierda y se detuvo. Un coche por detrás de él tocó el claxon invitándolo a proseguir: por el otro carril no venía nadie. Él no avanzó, dejó que el coche lo adelantara, después puso el intermitente a la derecha y tomó la dirección opuesta, donde un letrero rezaba Mourniès.
Y ahora estamos siguiendo a ese ignoto personaje que ha llegado a Creta para dirigirse a una amena localidad marina y que en determinado momento, bruscamente, por un motivo ignoto también, ha tomado una carretera que lleva a las montañas. El hombre prosiguió hasta Mourniès, cruzó la aldea sin saber hacia dónde iba, como si supiese adónde ir. En realidad no pensaba, conducía y nada más, sabía que estaba yendo hacia el sur, el sol, aún en lo alto, estaba ya a sus espaldas. Desde que había cambiado de dirección volvía a notar aquella sensación de ligereza que durante unos pocos instantes había experimentado en la mesita de la heladería mirando desde lo alto el amplio horizonte: una ligereza insólita, y al mismo tiempo una energía de la que no conservaba memoria, como si hubiera vuelto a ser joven, una suerte de leve ebriedad, casi una pequeña felicidad. Llegó hasta una aldea que se llamaba Fournès, atravesó el centro con seguridad, como si ya conociera la carretera, se detuvo en un cruce, la carretera principal proseguía hacia la derecha, él tomó por otra secundaria que indicaba Lefka Ori, los montes blancos. Prosiguió tranquilo, la sensación de bienestar se estaba transformando en una especie de alegría, se le vino a la cabeza un aria de Mozart y sintió que podía reproducir sus notas, empezó a silbarlas con una facilidad que lo sorprendió, desentonando de manera lastimosa en un par de pasajes, lo que le provocó risa. La carretera se estaba enfilando entre las ásperas gargantas de una montaña. Era un lugar hermoso y agreste, el automóvil corría por una estrecha franja de asfalto que seguía el lecho de un torrente seco, en determinado momento el lecho del torrente desapareció entre las piedras y el asfalto acabó en un sendero de tierra, en una llanura baldía entre montañas inhospitalarias; entretanto la luz iba menguando, pero él seguía adelante como si ya conociese la carretera, como alguien que obedece a una memoria antigua o a una orden recibida en sueños, y de repente sobre un palo torcido vio un letrero de hojalata con unos orificios, como si hubiera sido agujereado por disparos o por el tiempo, que rezaba: Monastiri.
Lo siguió como si fuera lo que estaba esperando hasta que vio un pequeño monasterio con un tejado semiderruido. Comprendió que había llegado. Bajó del coche. La puerta desvencijada de aquellas ruinas colgaba hacia el interior. Pensó que en aquel lugar ya no quedaba nadie, una colmena de abejas debajo del pequeño pórtico parecía ser su único guardián. Bajó y aguardó como si tuviera una cita. Se había hecho casi de noche. Por la puerta apareció un fraile, era muy viejo y se movía con dificultad, tenía aspecto de anacoreta, con el pelo descuidado sobre los hombros y una barba amarillenta, qué quieres, le preguntó en griego. ¿Entiendes italiano?, contestó el viajero. El viejo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Un poco, murmuró. He venido a darte el relevo, dijo el hombre.

De modo que así había sido, y no había otra conclusión posible, porque aquella historia no preveía otras conclusiones posibles, pero quien conocía esta historia sabía que no podía permitir que concluyera de esa manera, y aquí daba un salto temporal. Y gracias a uno de esos saltos temporales que sólo en la imaginación son posibles, se hallaba en el futuro, en relación con ese mes de abril de dos mil ocho. Cuántos años más no se sabe, y quien conocía la historia mantenía cierta ambigüedad al respecto, veinte años, por ejemplo, que para la vida de un hombre son muchos, porque si en el dos mil ocho un hombre de sesenta años está aún en la plenitud de sus fuerzas, en el dos mil veintiocho será un viejo, con el cuerpo desgastado por el tiempo.
Así imaginaba la continuación de la historia quien conocía esta historia, de modo que aceptemos encontrarnos en el año dos mil veintiocho, como pretendía quien conocía esta historia y había imaginado su continuación.
Y, llegados a este punto, quien imaginaba la continuación de esta historia veía a dos jóvenes, un chico y una chica, con sendos pantalones cortos de cuero y botas de senderismo, que estaban haciendo un viaje por las montañas de Creta. La chica le decía a su compañero: a mí me parece que esa vieja guía que encontraste en la biblioteca de tu padre es completamente descabellada, el monasterio a estas alturas sólo será un montón de piedras repleto de lagartijas, ¿por qué no volvemos hacia el mar? Y el chico contestaba: creo que tienes razón. Pero justo cuando decía eso ella replicaba: bueno, no, sigamos adelante un poco más, nunca se sabe. Y, efectivamente, bastaba dar la vuelta a la áspera colina de piedras rojas que cortaba una parte del paisaje y el monasterio estaba allí, mejor dicho, sus ruinas, y los chicos seguían avanzando, entre las gargantas soplaba el viento y levantaba el polvo, la puerta del monasterio se había derrumbado, nidos de avispas defendían aquel tugurio vacío, y los chicos ya habían vuelto la espalda a tanta melancolía cuando oyeron una voz. En el vano ciego de la puerta había un hombre, era viejísimo y tenía un aspecto horrible, con una larga barba blanca sobre el pecho y el pelo alborotado sobre los hombros. Oooh, llamó la voz, nada más. Los chicos se detuvieron. El hombre preguntó: ¿entendéis italiano? Los chicos no contestaron. ¿Qué ha ocurrido desde dos mil ocho?, preguntó el viejo. Los chicos se miraron, no tenían valor para intercambiarse ni una sola palabra. ¿Tenéis alguna fotografía?, preguntó otra vez el viejo, ¿qué ha ocurrido desde dos mil ocho? Después hizo un gesto con la mano, como para alejarles, aunque quizá estuviera espantando las avispas que revoloteaban bajo el pórtico, y volvió a entrar en la oscuridad de su tugurio.

El hombre que conocía esta historia sabía que no podía acabar de ninguna otra manera. Antes de escribirlas, a él le gustaba contarse sus historias. Y se las contaba de manera tan perfecta, con todos sus detalles, palabra por palabra, que puede decirse que estaban escritas en su memoria. Se las contaba preferentemente a última hora de la tarde, en la soledad de aquella gran casa vacía, o ciertas noches en las que no conseguía conciliar el sueño, ciertas noches en las que el insomnio no le concedía más remedio que la imaginación, poca cosa, pero la imaginación le daba una realidad tan viva como para parecer más real que la realidad que estaba viviendo. Con todo, lo más difícil no era contarse sus historias, eso era fácil, era como si las palabras con las que se las contaba las viera escritas en la pantalla oscura de su habitación, cuando la fantasía le dejaba con los ojos de par en par. Y aquella historia precisamente, que se había contado ya tantas veces que le parecía un libro ya impreso y que en las palabras mentales con las que se la contaba era facilísima de decir, era en cambio dificilísima de escribir con los caracteres del alfabeto a los que debía recurrir cuando el pensamiento ha de hacerse concreto y visible. Era como si le faltara el principio de realidad para escribir su relato, y era por esto, para vivir la realidad efectual de lo que era real en él pero que no conseguía volverse real en verdad, por lo que había escogido aquel lugar.
Su viaje había sido preparado al detalle. Llegó al aeropuerto de Hania, recogió la maleta, entró en las oficinas de Hertz, recogió las llaves del coche. ¿Tres días?, le preguntó con asombro el empleado. ¿Qué tiene de raro?, dijo él. Nadie viene de vacaciones a Creta sólo tres días, contestó sonriendo el empleado. Tengo un largo fin de semana, dijo él, para lo que tengo que hacer me basta.
Era hermosa la luz de Creta, no era mediterránea, era africana; para llegar hasta el Beach Resort emplearía una hora y media, dos como mucho, incluso yendo despacio llegaría hacia las seis, una ducha y se pondría a escribir de inmediato, el restaurante del hotel estaba abierto hasta las once, era un jueves por la tarde, contó: viernes, sábado y domingo enteros, tres días enteros. Bastarían, en su cabeza estaba ya todo escrito.
Por qué giró a la izquierda en aquel semáforo no hubiera sabido explicarlo. Los postes de la autovía se distinguían nítidamente, cuatrocientos o quinientos metros más y embocaría la carretera costera para Heraklion. Y en cambio giró a la izquierda, donde un pequeño letrero azul le indicaba una localidad ignota. Pensó que había estado ya allí, porque en un instante lo vio todo: una carretera arbolada con casas diseminadas, una plaza austera con un feo monumento, una cornisa de rocas, una montaña. Fue como un relámpago. Es esa cosa extraña que la medicina no sabe explicar, se dijo, lo llaman déjà vu, un ya visto, no me había ocurrido nunca. Pero la explicación que se dio no lo consoló, porque el ya visto perduraba, era más fuerte que lo que veía, envolvía como una membrana la realidad circunstante, los árboles, los montes, las sombras de la tarde, incluso el aire que estaba respirando. Se sintió preso del vértigo y temió ser absorbido por él, pero fue un instante, porque al dilatarse aquella sensación experimentaba una extraña metamorfosis como un guante que al darse la vuelta arrastra consigo la mano que cubría. Todo cambió de perspectiva, en un santiamén sintió la ebriedad del descubrimiento, una sutil náusea y una mortal melancolía, pero también una sensación de liberación infinita, como cuando por fin entendemos algo que sabíamos desde siempre y no queríamos saber: no era el ya visto lo que lo engullía en un pasado jamás vivido, era él quien lo estaba capturando en un futuro aún por vivir. Mientras conducía por aquella carreterilla entre olivares que lo llevaba hacia las montañas, era consciente de que en determinado momento habría de encontrar un viejo cartel oxidado repleto de agujeros en el que estaba escrito: Monastiri. Y que lo seguiría. Ahora todo estaba claro.

Antonio Tabucchi, A contratiempo (El tiempo envejece deprisa).
Traducción de Carlos Gumpert.

Antonio Tabucchi