Herta Müller, La oración fúnebre

La oración fúnebre.
En la estación, los parientes avanzaban junto al tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.
Un joven estaba de pie tras la ventanilla del tren. El cristal le llegaba hasta debajo de los brazos. Sostenía un ramillete ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.
Una mujer joven salía de la estación con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.
El tren iba a la guerra. Apagué el televisor.
Papá yacía en su ataúd en medio de la habitación. De las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.
En una de ellas papá era la mitad de grande que la silla a la cual se aferraba.
Llevaba un vestido y sus piernas torcidas estaban llenas de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.
En otra foto aparecía en traje de novio. Sólo se le veía la mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía en la mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.
En otra foto se veía a papá ante una valla, recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el vacío. Estaba saludando con la mano levantada sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.
En la foto de al lado papá llevaba una azada al hombro. Detrás de él, una planta de maíz se erguía hacia el cielo. Papá tenía un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y ocultaba la cara de papá.
En la siguiente foto, papá iba sentado al volante de un camión. El camión estaba cargado de reses. Cada semana papá transportaba reses al matadero de la ciudad. Papá tenía una cara afilada, de rasgos duros.
En todas las fotos quedaba congelado en medio de un gesto. En todas las fotos parecía no saber nada más. Pero papá siempre sabía más. Por eso todas las fotos eran falsas. Y todas esas fotos falsas, con todas esas caras falsas, habían enfriado la habitación. Quise levantarme de la silla, pero el vestido se me había congelado en la madera. Mi vestido era transparente y negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era verano. Las moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El pueblo se extendía bordeando el ancho camino de arena, un camino caliente, ocre, que le calcinaba a uno los ojos con su brillo.
El cementerio era de rocalla. Sobre las tumbas había enormes piedras.
Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.
Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.
Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.
Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.
Violó a una mujer en un campo de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más. Tu padre le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.
Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada. El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd. El otro hombrecillo borracho siguió hablando:
Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.
El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua subterránea hay en las fosas, dijo.
Luego colocó una piedra gruesa sobre el ataúd.
El predicador estaba junto a una cruz de mármol blanco. Se dirigió hacia mí. Tenía ambas manos sepultadas en los bolsillos de su hábito.
El predicador se había puesto en el ojal una rosa del tamaño de una mano. Era aterciopelada. Cuando llegó a mi lado, sacó una mano del bolsillo. Era un puño. Quiso estirar los dedos y no pudo. Los ojos se le hincharon del dolor. Rompió a llorar en silencio.
En tiempos de guerra uno no se entiende con sus paisanos, dijo. No aceptan órdenes.
Y el predicador colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd. De pronto se instaló a mi lado un hombre gordo. Su cabeza parecía un tubo y no tenía cara.
Tu padre se acostó durante años con mi mujer, dijo. Me chantajeaba estando yo borracho y me robaba el dinero.
Se sentó sobre una piedra.
Luego se me acercó una mujer flaca y arrugada, escupió a la tierra y me dijo ¡qué asco!
La comitiva fúnebre estaba en el extremo opuesto de la fosa. Bajé la mirada y me asusté, porque se me veían los senos. Sentí mucho frío.
Todos tenían los ojos puestos en mí. Unos ojos vacíos. Sus pupilas punzaban bajo los párpados. Los hombres llevaban fusiles en bandolera, y las mujeres desgranaban sus rosarios.
El predicador se puso a juguetear con su rosa. Le arrancó un pétalo color sangre y se lo comió.
Me hizo una señal con la mano. Me di cuenta de que tenía que decir unas palabras. Todos me miraban.
No se me ocurría nada. Los ojos se me subieron por la garganta a la cabeza. Me llevé la mano a la boca y me mordí los dedos. En el dorso de mi mano si veían las huellas de mis dientes. Unos dientes cálidos. Por las comisuras de los labios empezó a gotear sangre sobre mis hombros.
El viento me había arrancado una de las mangas del vestido, que ondeaba ligera y negra en el aire.
Un hombre apoyó su bastón de caminante contra una gruesa piedra. Apuntó con un fusil y disparó a la manga. Cuando cayó al suelo ante mi cara, estaba llena de sangre. La comitiva fúnebre aplaudió.
Mi brazo estaba desnudo. Sentí cómo se petrificaba al contacto con el aire.
El predicador hizo una señal. Los aplausos enmudecieron. Estamos orgullosos de nuestra comunidad. Nuestra habilidad nos preserva del naufragio. No nos dejamos insultar, dijo. No nos dejamos calumniar. En nombre de nuestra comunidad alemana serás condenada a muerte.
Todos me apuntaron con sus fusiles. En mi cabeza retumbó una detonación ensordecedora.
Me desplomé y no llegué al suelo. Permanecí en el aire, flotando en diagonal sobre sus cabezas. Fui abriendo suavemente las puertas, una a una.
Mi madre había vaciado todas las habitaciones.
En el cuarto donde habían velado el cadáver se veía ahora una gran mesa. Era una mesa de matarife. Encima había un plato blanco vacío y un florero con un ramillete ajado de flores blancas.
Mamá llevaba puesto un vestido negro y transparente. En la mano tenía un cuchillo enorme. Se acercó al espejo y se cortó la gruesa trenza gris con el cuchillo enorme. Luego la llevó a la mesa con ambas manos y puso uno de sus extremos en el plato.
Vestiré de negro toda mi vida, dijo.
Encendió uno de los extremos de la trenza, que iba de un lado a otro de la mesa. La trenza ardió como una mecha. El fuego lamía y devoraba.
En Rusia me cortaron el pelo al rape. Era el castigo más leve, dijo. Apenas podía caminar de hambre. De noche me metía a rastras en un campo de nabos. El guardián tenía un fusil. Si me hubiera visto, me habría matado. Era un campo silencioso. El otoño tocaba a su fin, y las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.
No volví a ver a mi madre. La trenza seguía ardiendo. La habitación estaba llena de humo.
Te han matado, dijo mi madre.
No volvimos a vernos por la cantidad de humo que había en la habitación. Oí sus pasos muy cerca de mí. Estiré los brazos tratando de aferrarla.
De pronto enganchó su mano huesuda en mi pelo. Me sacudió la cabeza. Yo grité.
Abrí bruscamente los ojos. La habitación daba vueltas. Yo yacía en una esfera de flores blancas ajadas y estaba encerrada.
Luego tuve la sensación de que todo el bloque de viviendas se volcaba y se vaciaba en el suelo.
Sonó el despertador. Era un sábado por la mañana, a las seis y media.
Herta Müller, La oración fúnebre.


Herta Müller



The Funeral Sermon
At the railway station, relatives were running alongside the puffing train. With every step they moved their raised arms and waved.
A young man was standing behind a window of the train. The glass reached up to his armpits. He was clutching a bunch of tattered white flowers to his chest. His face was rigid.
A young woman was carrying a bland child out of the railway station. The woman was a hunchback.
The train was leaving for the war.
I turned off the television.
Father was lying in a coffin in the middle of the room. The walls were covered with so many pictures that you couldn't see the wall.
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In one picture, Father was half as tall as the chair he was holding onto. He was wearing a dress and his bowed legs were all rolls of fat. His head was pear-shaped and bald.
In another picture Father was the bridegroom. You could see only half of his chest. The other half was a bunch of tattered white flowers in Mother's hands. Their heads were so close together that their earlobes were touching.
In a different picture Father was standing bolt upright in front of a fence. There was snow under his boots. The snow was so white that Father was surrounded by emptiness. His hand was raised above his head in a salute. There were runes on his collar.
In the picture next to it, Father had a hoe resting on his shoulder. Behind him there was a cornstalk sticking up into the sky. Father was wearing a hat on his head. His hat cast a wide shadow and hid his face.
In the next picture, Father was sitting behind the steering wheel of a truck. The truck was full of cows. Every week Father would drive the cows to the slaughterhouse in the city. Father's face was thin and had hard edges.
In all the pictures, Father was frozen in the middle of a gesture. In all the pictures, Father looked as though he didn't know what to do. But Father always knew what to do. That's why all these pictures were wrong. All those false pictures, all those false faces chilled the room. I wanted to get up from my chair, but my dress was frozen to the wood. My dress was transparent and black. It crackled whenever I moved. I rose and touched Father's face. It was colder than the objects in the room. It was summer outside. Flies were dropping their maggots in flight. The village stretched along the wide sandy road. The road was hot and brown, and burned out your eyes with its glare.
The cemetery was made of rocks. There were boulders on the graves.
When I looked down on the ground I noticed that the soles of my shoes were turned up. All that time, I had been walking on my shoelaces. Long and heavy, they were lying behind me, their ends curled up.
Two staggering little men were lifting the coffin from the hearse and lowering it into the grave with two tattered ropes. The coffin was swinging. Their arms and their ropes got longer and longer. The grave was filled with water despite the drought. Your father killed a lot of people, one of the drunk little men said.
I said: he was in the war. For every twenty-five killed he got a medal. He brought home several medals.
He raped a woman in a turnip field, the little man said. Together with four other soldiers. Your father stuck a turnip between her legs. When we left she was bleeding. She was Russian. For weeks afterwards, we would call all weapons turnips.
It was late fall, the little man said. The turnip leaves were black and folded over by frost. Then the little man put a big rock on the coffin.
The other drunk little man continued:
For the New Year, we went to the opera in a small German town. The singer's voice was as piercing as the Russian woman's screams. One after the other, we left the theater. Your father stayed till the end. For weeks afterwards, he called all songs turnips and all women turnips.
The little man was drinking schnapps. His stomach was gurgling. There is as much schnapps in my belly as there is ground water in the graves, the little man said.
Then the little man put a big rock on the coffin.
The man giving the funeral sermon was standing next to a white marble crucifix. He came toward me. He had his two hands buried in his coat pockets.
The man giving the funeral sermon had a rose the size of a hand in his button hole. It was velvety. When he was right next to me he pulled one hand out of his pocket. It was a fist. He wanted to straighten out his fingers but wasn't able to. The pain made his eyes bulge. He began crying quietly to himself. In the war, you can't get along with your countrymen, he said. You can't order them around.
Then the man giving the funeral sermon put a big rock on the coffin.
Now a fat man came and stood next to me. His head was like a tube without a face.
Your father slept with my wife for years, he said. He blackmailed me when I was drunk and stole my money. He sat down on a rock.
Then a scrawny wrinkled woman came toward me, spat on the ground, and cursed me.
The funeral congregation was standing at the opposite end of the grave. I looked down at myself and was startled because they could see my breasts. I felt cold.
Everybody's eyes were on me. They looked empty. Their pupils were stabbing from under their lids. The men carried guns over their shoulders, and the women were rattling their rosaries.
The man giving the funeral sermon was plucking at his rose. He tore off a blood-red petal and ate it.
He signaled me with his hand. I knew that now I had to give a speech. Everybody was looking at me.
I couldn't think of a single word. My eyes were rising to my head through my throat. I put my hand to my mouth and gnawed at my fingers. You could see my teethmarks on the backs of my hands. My teeth were hot. Blood was running from the corners of my mouth onto my shoulders.
The wind had torn a sleeve off my dress. It was hovering black and billowing in the air.
A man was leaning his cane against a big rock. He aimed his rifle and shot down the sleeve. When it sank to the ground in front of me it was covered with blood. The funeral congregation applauded.
My arm was naked. I felt it petrify in the air.
The speaker gave a signal. The applause stopped.
We are proud of our community. Our achievements save us from decline. We will not let ourselves be insulted, he said. We will not let ourselves be slandered. In the name of our German community you are condemned to death.
They all pointed their guns at me. There was a deafening bang in my head.
I fell over and didn't reach the ground. I lay suspended in the air across their heads. Quietly I pushed open the doors.
My mother had cleared all the rooms. Now there was a long table in the room where the body had been laid out. It was a butcher's table. There was an empty white plate and a vase with a bunch of tattered white flowers on it.
Mother was wearing a transparent black dress. She was holding a big knife in her hand. Mother stood in front of the mirror and cut off her heavy gray braid with the big knife. She carried the braid to the table with both hands. She put one end on the plate.
I will wear black for the rest of my life, she said.
She set fire to one end of the braid. It reached from one end of the table to the other. The braid burned like a fuse. The fire was licking and devouring.
In Russia they shaved off my hair. That was the least punishment, she said. I staggered with hunger. At night I crawled into a turnip field. The guard had a gun. If he had seen me he would have killed me. The field didn't rustle. It was late fall and the turnip leaves were black and folded over by frost.
I didn't see Mother any more. The braid kept burning. The room was filled with smoke.
They killed you, my mother said.
We couldn't see each other any more, there was so much smoke in the room.
I heard her footsteps close to me. I was groping for her with outstretched arms.
Suddenly she hooked her bony hand into my hair. She shook my head. I screamed.
I suddenly opened my eyes. The room was spinning around. I was lying in a ball of tattered white flowers and was locked in.
Then I had the feeling that the apartment building was tipping over and emptying itself into the ground.
The alarm clock rang. It was Saturday morning, five-thirty.
Herta Müller, The Funeral Sermon.

Cynthia Ozick, Levitación

Levitación
Una pareja de novelistas, marido y mujer, dio una fiesta. El marido era, además, editor; así se ganaba la vida. Pero, en el fondo, era un novelista. Su carácter no tenia garra; ni siquiera exteriormente aparentaba ser un editor. Tenía un rostro sencillo, pálido, agradable. Se llamaba Feingold. 
Por amor, así como por haber sabido desde siempre que no quería tener por esposa a una judía, se casó con la hija de un presbítero. También Lucy había albergado la esperanza de contraer matrimonio al margen de su tradición. (Éstas fueron sus palabras. "Al margen de mi tradición", dijo. Esa sola idea a él lo enfebrecía). Cuando no tenía más que doce años, sintió en lo más hondo que pertenecía al pueblo de la Biblia. ("Un hebreo", decía. A él, el corazón le dio un brinco, lo meció el jubilo en sus brazos.) Una noche, desde el púlpito, su padre leyó un salmo; ella, de repente, cayó en la cuenta de que el salmista se refería a ella; allí, en el acto, se convirtió en una antigua hebrea. 
Ella tenia los ojos enormes, atentos, resbaladizos, desconcertantemente luminosos, y el cabello cobrizo, y una manera grave y apocada de decir las cosas con honestidad. 
Eran tímidos los dos, y rara vez daban alguna fiesta. 
Cada uno de ellos había publicado una novela. La de ella versaba sobre la vida doméstica; él escribía sobre los judíos. 
Todas las disputas acerca del Estado de la Novela les habían tocado solo de refilón. Por las noches, después de meter a los niños en la cama, mientras el lavaplatos traqueteaba como un poseso y exhalaba un peculiar olor a aceite quemado, se sentaban los dos, ella en su mesa y él en la suya, y se ponían a escribir. Escribían no sin confusiones ni sin laboriosidad; no obstante, con la misma naturalidad del que se pone a coser y cantar. Los dos se habían consagrado a la exactitud, al realismo psicológico, al verismo más honesto; también, cómo no, al virtuosismo, e incluso al ingenio. A ninguno de los dos le importaba gran cosa lo que le hubiese ocurrido a la novela, ni todas esas aseveraciones acerca de la extinción del Personaje y de la Trama. Estaban serenos. A veces, al cerrar los cuadernos ya a última hora de la noche, les daba la impresión de ser amigos o amantes en un plano literario, como George Eliot y George Henry Lewes. 
En la cama, se deleitaban con las cantidades, y murmuraban con desconfianza acerca de las teorías. 
―Siete páginas en lo que va de semana. 
―Yo, nueve y pico, pero he tenido que tirar cuatro a la papelera. Por culpa de un enfoque erróneo. 
―Claro, porque te estás dedicando a la primera persona. La primera persona te estrangula. A la larga, te resulta imposible salirte de tu propia piel. 
Etcétera. El único principio sobre el que estaban completamente de acuerdo era el de la importancia de no escribir jamás sobre escritores. El protagonista tenía que ser alguien real, de carne y hueso, alguien cuyo trabajo diera la impresión de estar en el mundo, es decir, un burócrata, un banquero, un arquitecto... (¡ah, cómo envidiaban a Conrad por sus capitanes de barco!); de no ser así, uno se veía abocado al solipsismo, al narcisismo, al tedio, a no despertar el más mínimo interés en el público lector, en quién sabe qué otros peligros. 
Esta dificultad ―asirse a una temática concreta― concernía principalmente a Lucy. La novela de Feingold ―la que estaba escribiendo― trataba sobre Menachem ben Zarach, superviviente de la masacre de judíos que tuvo lugar en Estella, una ciudad española, en 1328. De la mañana a la noche permaneció escondido bajo una pila de cadáveres, hasta que un "compasivo caballero" (tal era el lenguaje de la historia en el que Feingold creía a pies juntillas) lo rescató de allí y se lo llevó a su casa para curarle las heridas. Menachem tenía entonces veinte años; su padre, su madre y sus cuatro hermanos menores habían sucumbido en aquella noche de terror. Seis mil judíos habían muerto en un solo día de marzo. Feingold describía bien cómo había transportado un viento manso la fragancia salada de la sangre fresca junto con las cenizas de los hogares judíos, arrojándolas en pleno rostro de los asesinos. Era, pese a todo, un relato triunfal: al final, Menachem ben Zarach se convierte en un renombrado erudito. 
―Si vas a contar cómo después de convertirse en erudito se sienta y escribe ―protestó Lucy―, entonces incurres en Lo Prohibido. 
Feingold, sin embargo, afirmó que tenía la intención de concentrarse en la masacre y, sobre todo, en la vida del "compasivo caballero". ¿Qué era lo que le había llevado a derrochar semejante compasión? ¿Qué clase de educación había recibido? ¿Qué era lo que solía leer? Feingold tenía el propósito de inventarse un diario del compasivo caballero y reproducir citas textuales. En ese diario, el compasivo caballero plasmaría todos sus dones, sus pasiones, sus opiniones privadas. 
―Solipsismo ―dijo Lucy―. Tu compasivo caballero no es más que otro escritor más. Narcisismo. Tedio. 
Hablaban con frecuencia de Lo Prohibido. Pasado un tiempo, comenzaron a llamarlo la Ciudad Prohibida, pues no sólo les tentaba (sobre todo a Lucy) escribir ―de forma solipsista, narcisista, tediosa y carente de todo interés en lo referente al público lector― sobre escritores sino, más concretamente, sobre los escritores de Nueva York. 
―El tal compasivo caballero ―dijo Lucy― vivía en el Upper West Side de Estella. Vivía en Riverside Drive, en la West End Avenue de Estella. Vivía en Estella, en Central Park West. 
Los Feingold vivían en Central Park West. 
En la novela de ella ―en la que había publicado, no en la que estaba escribiendo― Lucy había descrito en primera persona el lugar en que vivían: 
Hasta la fecha he visto al menos unos cuantos apartamentos del West Side. Tienen una distribución harto misteriosa. Hay habitaciones cuyas puertas no conducen a ninguna parte: giras el picaporte, abres y te das contra un muro. Tras ese muro alguien ronca a pleno pulmón, en otro apartamento. Han hecho dos, tres y hasta cuatro o cinco apartamentos de lo que en tiempos eran palacios. En los lavabos hay antiquísimas grietas que rielan de humedad como si fueran ríos antiquísimos. Columnas aflautadas y fogones. Arthur Rubinstein vivió aquí. En un piano sobredorado acaricié con sus dedos veloces una sonata de Beethoven. Los sonidos giraron y giraron como el mercurio. Ahora, hasta el aliento está contenido en una carta. Editores. Críticos. Libros, libros viejos, antiguos, pesados como siglos. De los fríos fogones han construido anaqueles. Freud en el emparrillado, Marx en el hogar, Melville, Hawthorne, Emerson. Ah, Dios, el peso, ese peso. Lucy se consideraba una devota del estilo; Feingold no. Él creía que bastaba con poner una frase tras otra. En su editorial no tenía ninguna influencia. Le ponía nervioso tener que tomar una decisión. Rechazaba la mayor parte de los manuscritos porque le daban miedo los errores; cada error implicaba una pérdida de dinero. La suya era una pequeña editorial que jadeaba en pos de los beneficios; Feingold le había comentado a Lucy que los únicos libros que se respetaban en su empresa eran los que pertenecían a los contables. De vez en cuando había intentado manipular alguna novela según su propio gusto; en tales ocasiones, había tenido que ser brutal con el autor. Se había puesto a cercenar cada párrafo hasta dejarlos tan ralos como los suyos propios.
―Sabe Dios como dejarías los míos — le dijo Lucy―; ya se sabe: de un calvo solo se puede esperar una prosa calva. 
Resplandeció el horizonte de la cabeza de Feingold. Ella nunca le mostraba lo que había escrito. Pero los dos sabían cuán afortunados eran por tenerse el uno al otro. Se compadecían de todo escritor que no se hubiera casado con una escritora, y viceversa. 
―Al menos ―decía Lucy― partimos de las mismas premisas. 
Las paredes de su casa estaban tapizadas por volúmenes y volúmenes de historia hebrea; pertenecían todos a Feingold. Lucy tan solo leía un único libro ―Emma― una y otra vez. Feingold no tenía una mentalidad "filosófica”. Lo que de veras le gustaba eran los acontecimientos. A Lucy le gustaba especular, rumiar las cosas. Era algo más inteligente que Feingold. A los desconocidos él les resultaba muy dócil. Lucy, cuando guardaba silencio, era una estatua de bronce. 
Tenían ambos verdadera devoción por la omnisciencia, aunque ninguno de los dos gozara de la suficiente agudeza como para saber a qué se refería con ese término. Se creían, en el fondo, niños con un teatro de marionetas: podían hacer que sucediera cualquier cosa, recitar todos los diálogos, hacer dar brincos o estremecerse a los personajes que llevaban en las manos enguantadas. Se imaginaban estar enamorados de lo que llamaban "imaginación". No era verdad. A lo que sí eran adictos era a una falsa piedad, y ello se debía a que estaban absorbidos por el poder, y eran impotentes. 
Se alimentaban de la lástima y, por tanto, de las habladurías: quién había estado diez años sin tener hijos, quién había perdido tres puestos de trabajo uno detrás de otro, quién corría el peligro de que lo despidieran, qué agente había perdido todo su prestigio, qué otro no conseguía que le publicaran su segunda novela, quién era persona non grata en tal o cual revista, quién tenía todas las de terminar por suicidarse, quién se acostaba con quién, a las claras o en secreto, a quién se le desdeñaba, qué otro contaba o no contaba para nada; y a cualquier persona a la que se hubiera escogido como chivo expiatorio le mostraban sin ninguna moderación toda la ternura de que eran capaces. Eran, asimismo, extremadamente "psicológicos": prestaban atención con suma amabilidad, echaban una mano cuando hiciera falta, ponían con agrado paños calientes sobre la frente de quien los necesitase. Se sentían atraídos por las vidas amargadas. 
Acerca de las suyas propias solían hacer una broma: eran gentes "de segunda fila". Feingold tenía un empleo de segunda fila en una empresa de segunda fila. El propio editor de Lucy era de segunda fila; hasta tenía el local en la Segunda Avenida. Las críticas de sus libros las habían redactado críticos de segunda fila. Todos sus amigos eran de segunda fila: no eran ni presidentes ni socios siquiera de empresas respetadas, sino correctores de pruebas y ayudantes de producción; no eran las águilas resplandecientes de los órganos de expresión intelectual, sino los hastiados percherones de los pequeños periódicos judíos; no eran los fieros críticos literarios de frío corazón, sino los comentaristas de diario, macilentos y charlatanes, que se ocupaban sólo de las películas. Si por casualidad conocían a un dramaturgo, hasta sus ambiciones eran off-off Broadway, y ni siquiera había representado ninguna pieza. Si se daba el caso de conocer a un pintor, vivía en una buhardilla y tan solo había expuesto una vez, sobre el alambre de espino de las verjas de Washington Square, en una exposición al aire libre de las que se dan en primavera. Y esto les sorprendía por mezquino y por injusto; a ellos les gustaban sus amigos, pero eran otras las personas ―¿por qué ellos no?― llamadas a las profundas cavernas de Nueva York, entre los leones. 
¡Nueva York! Se jugaban el cuello con solo aventurarse por Broadway, aunque fuera para comprar una barra de pan, después del anochecer; los atracadores estaban escondidos detrás de los columpios, en los parques, los yonquis portaban las navajas y estaban listos para sacarlas en cualquier momento. Cada apartamento era una fortaleza iluminada; era posible admirar las luces y las cerraduras, los cerrojos triples tras los barrotes de las ventanas, los candados reforzados y las alarmas de la policía en cada puerta, así como las lámparas accionadas por medio de relojes para hacer pensar a los ladrones que siempre había alguien en casa. Pasos por el pasillo, el chirrido del ascensor a media noche; la respiración contenida por pura precaución. Sus padres vivían en Cleveland y en St. Paul, y casi nunca osaban venir a visitarlos. Todo eso: basura e inadecuación (igualmente podrían haber tenido un césped cubierto de nieve en cualquier otra parte); y nadie pronunciaba sus nombres, nadie sentía por ellos ninguna curiosidad, nadie les preguntaba si tenían trabajo o si había alguna novedad. Pasado medio año, sus libros se saldaban en las rebajas por noventa y nueve centavos. Mediocridades anónimas. No podrían siquiera considerarse olvidados porque nunca habían sido tenidos en cuenta. 
Lucy tenia un diagnóstico: estaban ambos hundidos en el gueto. Feingold insistía en sus morbosas investigaciones sobre los autos de fe inquisitoriales en tal o cual plaza de la península ibérica. Ella misma había creído que la vida interior de una mujer atada a la casa ―citaba de nuevo a Emma― contenía las mismas cantidades de comicidad que el cosmos entero. ¡Judíos y mujeres! Unos y otros estaban fuera de lugar, carecían de importancia. Era preciso desechar la piedad, mirar al centro de las cosas, abandonar todo lo concerniente a uno mismo, estudiar el poder. 
Confeccionaron una lista de lumbreras. Invitaron a Irving Howe, a Susan Sontag, a Alfred Kazin y a Leslie Fiedler. Invitaron a Norman Podhoretz y a Elizabeth Hardwick. Invitaron a Philip Roth y a Joyce Carol Oates, a Norman Mailer y a William Styron, a Donald Barthelme y a Jerzy Kosinsky, y a Truman Capote. No vino ninguno; sus números de teléfono no figuraban en la guía, o bien tenían contestadores automáticos, o estaban por el contrario en Praga, o en París, o simplemente de viaje. Sin embargo, su apartamento se lleno. Era un sábado por la noche de un noviembre helado. Los taxis patinaban sobre los charcos de aguanieve. Dentro del apartamento, junto a la puerta, se formó una pila de botas de agua cada vez más alta. Hicieron falta dos armarios, llenos hasta reventar de gabardinas y abrigos de piel; sobre una de las camas aún se formó un montón de abrigos enredados que apestaban a mofeta y a cordero. 
La fiesta borboteaba y daba vueltas como el agua en una bañera perezosa; golpeaba contra las paredes de todas las habitaciones. Lucy llevaba una falda larga, de color violeta, Feingold una camisa amarillo limón sin corbata. Parecía más pálido que nunca. El apartamento contaba con un amplio salón central, la anchura de una habitación; de ahí se abría el comedor a la izquierda y el cuarto de estar a la derecha. Las tres estancias de la fiesta resplandecían como un tríptico: era como si fuera posible doblar ambas hojas sobre el centro y dejar a todos a oscuras. Los invitados parecían estatuas exentas en los nichos de una catedral; o bien muñecas de cartón, con sus bebidas en la mano, vestidas con faldones y capas, el cabello de las mujeres recogido de diversas formas, el de los hombres disparado y suelto; la moda acechaba, Feingold andaba alicaído. Observó cómo brillaba todo, los manhattans y los martinis, los pendientes y las punteras de los zapatos ―se maravilló, pese a saber que todo era una farsa, una falsificación incluso. El gran mundo estaba en alguna otra parte. Las conversaciones podían engañar a cualquiera: ¡cómo hablaban aquellas gentes! A partir de los giros que tomaban las conversaciones ―o por los fragmentos de la conversación que transportaba el aire, los que se tragaba un nuevo remolino, los remolinos que engullían sucesivamente nuevos remolinos, cada instante era una permutación en el cuadro viviente que conformaban todas las estatuas exentas o las marionetas que flotaban en la bañera―, por tal o cual indicio o tal 0 cual sílaba era posible imaginarse el universo entero en el proceso de su definitiva comprensión. La naturaleza humana, los astros, la historia ―las voces martilleaban y cencerreaban. Lucy andaba con los ojos como platos, ofreciendo una fuente con tacos de queso. Feingold la cogió del codo. 
―¡Es un dispendio! ―ella le devolvió la mirada― ¡No ha venido nadie! ―con gesto de plañidera engulló un taco de queso; después, él la perdió. 
Pasó al cuarto de estar: estaba prácticamente vacío, aparte de unos cuantos bultos en el sofá. Los bultos llevaban serios trajes chaqueta. El comedor estaba algo mejor. Algo estaba cuajando; algo alrededor de la mesa: tazas de café llenas hasta el borde, trozos de tarta en cada plato (los platos que simulaban una vajilla victoriana, adquiridos en Boots, en Londres: el año anterior a que naciera su primer hijo, Lucy y Feingold fueron a ver los páramos de las Bronte, la casa de Coleridge en Highgate, Lamb House, en Rye, donde Edith Wharton tomaba el té con Henry James, Bloomsbury, la escalinata de Cambridge en cuyo último piso había vivido Forster)... Daba la sensación de que aquello iba a convertirse en una visita de rigor, salpimentada con puntos de vista, opiniones, una discusión en toda regla. Las voces comenzaron a dar traspiés; eso a Feingold le gustó, fue casi humano. Pero entonces, al pasar a diestro y siniestro los tenedores y las servilletas de papel, se percató de la horrorosa vivacidad que imprimían a sus frases en falsete: actores, cháchara teatral, quién dirigía a quién, qué se iniciaba y dónde; él odiaba a los actores. Estridentes marionetas. Insensatos. Una doble hilera de rostros alrededor de la mesa, estúpidos gorgoteos. 
El salón del centro... vacío. Allí no había nadie aparte de Lucy, que se había quedado remoloneando. 
―Teatro en el comedor ―dijo él―. Basura. 
―Cine. He oído cine. 
―Cine también ―le concedió―. Basura. Esta atestado. 
―Porque se han hecho con la tarta (1). Tienen ahí toda la comida. En el cuarto de estar no queda nada. 
―Dios santo ―dijo él como el que está a punto de ahogarse—. ¿Te das cuenta de que no ha venido nadie? 
En el cuarto de estar había ―había habido antes― patatas fritas. Las patatas habían desaparecido, los palitos de zanahoria los habían engullido todos, de los de apio no quedaba ni rastro. Una aceituna en un platillo; Feingold la partió en dos de un mordisco. Habían desaparecido los trajes chaqueta. 
―Es horrorosamente temprano ―dijo Lucy―. Se ha tenido que marchar mucha gente. 
―Es que no es una fiesta, es un cóctel, y eso es lo que pasa ―dijo Feingold. 
―No es exactamente un cóctel ·―dijo Lucy. Se sentaron en la alfombra, frente a la fría chimenea. 
―¿Es una chimenea de verdad? ―les pregunto alguien. 
―No la encendemos nunca ―dijo Lucy. 
―¿Y encendéis alguna vez esos candelabros? 
―Eran de la abuela de Jimmy ―dijo Lucy―. No los encendemos nunca. 
Cruzó la tierra de nadie que la separaba del comedor. Allí se habían puesto serios. Hablaban de los gestos de Chaplin. 
En el cuarto de estar, Feingold se desesperaba; como nadie le preguntaba nada, comenzó a hablar del compasivo caballero. Un problema de ego, dijo: la compasión era la conciencia superlativa del propio orgullo. No es que él creyera tal cosa; tan solo le pareció provocador decir algo original, aunque fuera un poco embrollado. Pero nadie le contesté. Feingold levantó la mirada. 
―¿No se puede encender la chimenea? ―dijo un hombre. 
―Claro que sí ―dijo Feingold. Enrolló un Times dominical y le pegó fuego con una cerilla. Una llamarada tan clara como una farola blanqueó los rostros de los que estaban sentados en el sofá. Reconoció a un amigo suyo de los tiempos del seminario ―uno de los que Lucy llamaba sus "amigos teológicos"― y allí mismo, de pronto, a Feingold le entraron ganas de hablar de Dios. O, si no de Dios, al menos de ciertas atrocidades históricas, de abominaciones, a saber, el crimen de aquel noble francés llamado Draconet, un orgulloso cruzado, quien en la primavera del año 1247 detuvo a todos los judíos de la provincia de Viena, castró a los hombres y sajó los pechos de las mujeres; a algunos decidió no mutilarlos, sino cortarlos sin más en dos. A Feingold le interesaba que la Carta Magna y la insignia de la vergüenza de los judíos datasen del mismo año, y que menos de un siglo más tarde los judíos fueran expulsados de Inglaterra, incluidas las familias que llevaban siete u ocho generaciones asentadas allí. Tenía cierta debilidad por el Papa Clemente IV, que había absuelto a los judíos de toda responsabilidad en la Peste Negra. “La plaga se lleva también a los propios judíos," dijo el Papa. Feingold se sabía innumerables historias acerca de conversiones obligadas, se sentía a sus anchas ante tales pensamientos, cómodo, los asientos parecían adensarse de familiaridad. Se preguntó si sería apropiado ―¡después de todo, estaban en un cóctel!― indagar en qué estado se hallaba el agnosticismo de su amigo del seminario: ¿se trataba tan solo de que Dios había salido de puntillas de la historia, por así decirlo, o es que, para empezar, no existía el Creador, nada había sido creado y el mundo no era mas que una quimera, la ilusión de un solipsista? 
Lucy se sentía incomoda con el amigo del seminario; él era el que había administrado su conversión, y cada encuentro era como una nueva etapa dentro de un examen perpetuo. Se alegraba de que no existiera un catecismo judío. ¿Era acaso una reincidente? Fuera como fuese, se sentía como si la hubiese puesto a prueba. A veces, a los niños les hablaba de Jesús. Miro a su alrededor ―sus grandes ojos giraron como ruedas― y vio que todos los que había en el cuarto de estar eran judíos. 
En el comedor también había judíos, pero eran de los que ni se inmutaban, de los que no se preocupaban nada por la ortodoxia: eran los humoristas, los pintores, los comentaristas de cine que iban a ver “Polvos tras el biombo” la víspera del Día de la Expiación. En el comedor había más gentiles. La tarta estaba prácticamente terminada. Tomó el ultimo pedazo, se lo echó en un plato de papel y volvió al cuarto de estar. Recriminó a Feingold, acababa de tener uno de sus accesos de fanatismo. Cualquier persona normal, cualquiera que tuviese un mínimo de sentido común ―los humanistas y los humoristas, por ejemplo― desearía apartarse de él. ¿En qué se había convertido en aquel instante, sino en uno de esos aburridos autodidactas que vomitan todo lo que leen? Lo estaba haciendo aposta, porque no había venido nadie. Allí estaba, hablando del libelo sangriento. El pequeño Hugh de Lincoln. Como en Londres, en 1279, a los judíos los descuartizaron por medio de cuatro caballos, culpándoles de haber crucificado a un niño cristiano. Como en 1285, en Munich, una barahúnda de ciudadanos quemó una sinagoga bajo el mismo pretexto. Una pascua, en Mainz, dos años antes. Tres siglos atiborrados de niños mártires beatificados, muchos de ellos pura invención, todos llamados "santitos". El Santo Niño de La Guardia. A Feingold le enloquecían estas historias, se las bebía como un vampiro. Lucy le metió un pedazo de tarta de chocolate en la boca para hacerlo callar. Feingold esperaba una réplica. El amigo del seminario, más pragmático, lamía con avidez su pedazo de tarta. Era una tarta traída de casa, que su mujer había empaquetado en un envase de plástico, para asegurarse de que no les faltaría de comer. Era una genuina tarta sin manteca de cerdo. Todos estaban famélicos. El fuego reducía a cenizas los pedazos de papel. 
El amigo del seminario había venido con un amigo suyo. Lucy lo examinó: sabia catequizar por su cuenta y riesgo, pues no en vano era una novelista. Catequizó y catalogó: un refugiado. Dedos como largas velas, desmochados por las uñas. Las cuencas de los ojos, negras: ¿acaso era ciego? Era difícil saber donde se hallaban los ojos bajo aquella cornisa frontal. En vez de cabeza, una calavera, pero una boca tan mullida, unos labios así, unos dientes tan ordenados y expresivos... Vaya huesos. La nariz como la de un santo. El rostro de Jesús. Susurró algo. Todos se acercaron mas para oírle mejor. Era la voz de Feingold: la voz que estaba esperando Feingold. 
―Fíjense en los tiempos modernos ―urgió la voz―. Fíjense en el ayer ―Lucy estaba en lo cierto: podía reconocer a un refugiado en un abrir y cerrar de ojos, antes de oír ningún acento. Todos le recordaban a su padre. Reservó este descubrimiento (el parecido existente entre los ministros presbiterianos y los refugiados huidos de Hitler) para comentarlo más tarde con Feingold: era debidamente analítico, contenía un misterio grato y suficiente―. Ayer ―dijo el refugiado― los ojos de Dios estaban cerrados ―y Lucy le vio cerrar sus ojos ocultos en sus cavernas―. Cerrados ―dijo― como portones de hierro ―una voz con tal nobleza que a Lucy le hizo pensar al punto en ese sobrecogedor pasaje del Génesis en el que la voz del Señor se adentra por el Edén a la caída de la tarde, llama a Adán y le dice: “¿Dónde estás?" 
Todos lo escucharon con gran expectación. Lucy volvió a mirar a su alrededor. Sintió pena por lo tensos que podían llegar a estar los judíos, por más que ella estuviese también tensa. Sin embargo, ella lo estaba porque su cerebro ardía, porque intentaba forjarse imágenes mentales; por algo era novelista. Ellos se mantenían en tensión a todas horas; pensó que, entre ellos, incluso las gentes más sencillas estarían tan tensas como cualquier novelista; ¿no se debería a que habían sido Elegidos, a que se compadecían de sí mismos a cada momento, a cada paso que daban? 
Compasión y sorpresa, eso es lo que había en todos los rostros. 
El refugiado estaba devanando un relato. 
―Yo fui testigo ―dijo―, yo soy testigo ―horror, sadismo, cadáveres. Como si (Lucy tomó la imagen del casi inaudible aliento que era aquella voz en su susurro) centenares y centenares de crucifixiones estuviesen teniendo lugar al mismo tiempo. Visualicé un cerro con una multitud de cruces, los cuerpos cayendo unos tras otros de los clavos ensangrentados. Cada judío era Jesús. Ese era el único medio por el que Lucy conseguía entenderlo: de otro modo, se trataba tan solo de una película. Ella había visto todas las películas, y la verdad era que no lograba sentir nada. La misma pala mecánica apilando los mismos esqueletos, el mismo niño con su gorra, la boca torcida y las manos en alto ―de haber estado presente una cámara en la Crucifixión, la Cristiandad se desmoronaría, nadie volvería a sentir nada ante aquello. La crueldad provenía de la imaginación, y era preciso ser testigo de ella a través de la imaginación. 
Pese a todo, escuché. Lo que contó era exactamente igual que en las películas. Una escena gris, una colina llena de matas ralas, un barranco. Los alemanes con sus cascos, los cinturones negros y lustrosos, los guantes. Un puñado de judíos andrajosos al borde del barranco ―una abuela, un niño o dos, una pareja de mediana edad. Todos los rostros tintados de grisura, los rastrojos del campo grises, las ropas que llevaban hechas jirones aunque inmóviles, como si estuviesen ya bajo la tierra, a salvo de la brisa, como si fueran ya de piedra. El murmullo del refugiado los esculpía: ahí estaban, un sombrío asterisco de piedra hecho de judíos, se podían ver sus fosas nasales, abiertas como las de las calaveras, el pedregoso reborde de las orejas de los niños, el horroroso palitroque que tenía la anciana por cuello, el padre y la madre agarrados a las manos de los niños aunque extraños el uno para el otro, sin el menor contacto, la abuela marginada, sin pedir nada a nadie y sin que nadie le pidiese nada, todos como encías de piedra sin ruegos ni oraciones. Ahí estaban. Durante un rato, la voz del refugiado los sostuvo de tal manera que no quedaba otro remedio que mirar. Su voz obligó a Lucy a mirar y a mirar. Atravesaba las figuras por medio de su susurro. Luego dejo que tronaran los disparos. Las figuras no vacilaron, no temblaron siquiera: su petrificación se quebró de pronto y cayeron limpiamente, como fardos, al barranco. Acto seguido formaron un montón, los miembros desparramados al azar, todos entremezclados. La voz del refugiado, como una cámara, colocó una bota alemana al borde del barranco. La bota desprendió algo de arena. Pegó unas cuantas patadas, y la arena cayó sobre la familia de fardos. 
Luego Lucy se fijó en los dedos de todos los que le estaban atendiendo: todos tenían los dedos extendidos. 
La sala comenzó a elevarse. Ascendió. Ascendió igual que el arca sobre las aguas. Lucy lo vio mentalmente, "esta cámara de judíos". Le dio la impresión de que la habitación comenzaba a levitar sobre los granitos que dejaba el susurro del refugiado. Se sintió a solas y abajo, bajo la tarima, mientras la habitación flotaba hacia arriba, llevándose a los judíos ¿Por qué no se la llevaba también a ella? Tan solo Jesús podía llevarla a ella. Los estaba secuestrando, a aquellos judíos, un mensajero de la tierra de los muertos. El hombre tenía poder. Ya estaba a la sombra de otro cuento: ella se hizo la promesa de no escuchar, de que tan solo Jesús podría hacerla escuchar. La habitación ascendía. Allá en lo alto se hacía cada vez más pequeña, más remota, se alejaba cada vez más en la pura verticalidad. 
Echó la cabeza hacia atrás y la siguió. ¿No iba a chocar contra el piso de arriba? Era como ver un ascensor desde abajo, polvoriento y peludo, con el meneo de sus raíces sucias. La negra habitación subía y subía sin cesar. Se iba librando de ella, se encumbraba y elevaba a los judíos. 
La gloria de su martirio. 
Bajo el alero que ascendía, Lucy tuvo una iluminación: se vio a sí misma con los niños en un pequeño parque de la ciudad. Un domingo por la tarde a principios de mayo. Feingold se había quedado en casa, echando una siesta, y Lucy y los niños encuentran sitio en uno de los bancos y esperan a que comience la música. La habitación sigue levitando, pero dentro de la iluminación de Lucy los chicos persiguen pájaros. A Lucy se le escapan, vuelve a tenerlos al alcance de la mano, se le van de nuevo. Rodean a un pichón. No lo tocan; Lucy se lo ha prohibido. Ha leído en alguna parte que las palomas urbanas transmiten meningitis. Un chico pequeño de Red Bank, New Jersey, contrajo la enfermedad del sueño por haber tocado un pichón; pasados seis años, sigue dormido. Durante su sueño, ha pasado de ser un niño a ser un adolescente; la pubertad le ha sobrevenido mientras dormía, se le han bajado los testículos, una sombra benigna y rubia le florece en las mejillas. Sus padres lloran y lloran. El sigue dormido. No se ve ningún instrumento, ningún músico. Una mujer aparece en el escenario. Es una antropóloga del Smithsonian Institute, en Washington D.C. Explica que no se celebrará el "espectáculo" tal como es costumbre, que no han venido los músicos. Los que representen el espectáculo no serán artistas; serán "campesinos de carne y hueso". Los han traído de Messina, de Calabria. Son pastores de ovejas y de cabras. Cantarán y bailarán y tocarán tal como suelen hacer cuando bajan de los cerros y se reúnen en las tabernas. Tañirán los intrumentos que alejan a los lobos del rebaño. Cantarán las canciones que celebran a la Madonna del Amor. Una docena de hombres desfila por el escenario. Todos tienen el rostro adusto, no sonríen. Sus pieles son gruesas, correosas, llenas de cráteres y grietas. Tienen narices y orejas que parecen barro retorcido y reseco. Tienen dientes de oro. No tienen dientes. Algunos son jóvenes, los más, más bien maduros. Uno es muy viejo; lleva unas campanillas en los dedos. Uno tiene un instrumento parecido a un utensilio para batir la mantequilla: tiene un palo que mete y saca por un agujero que hay en el tubo de madera que lleva bajo el brazo, y que produce un sonsonete de carraca. Otro sopla al tiempo por dos tubos largos y delgados. Otro lleva una larga correa, y la acaricia y la zarandea. Otro lleva un juego de campanillas de bicicleta, descendiente de las campanas que los sacerdotes tañían en el templo de Minerva. 
La antropóloga sigue explicándolo todo. Explica el instrumento "masculino": tres batientes de madera, de los cuales el del centro bate contra los otros dos. Las canciones, explica, son fundamentalmente eróticas Los bailes son muy sugestivos. 
Comienza a sonar una música desacostumbrada. El parque se ha llenado de italianos ―sicilianos bisoños, neoyorquinos de Nápoles. Un pueblo antiguo. Aplauden. El viejo que lleva las campanillas en los dedos señala las polvorientas punteras de sus zapatos, vencidos por la presión de los dedos, y comienza lentamente a trazar un círculo. Tiene los ojos en trance, se sienta en cuclillas, asciende. La antropóloga explica que estas danzas verticales, como un sube y baja, se encuentran también en algunas zonas de África. Los cantantes gimen y se quejan como árabes; la antropóloga comenta que la conquista árabe llegó a ocupar la porción situada más al sur de la bota italiana durante más de doscientos años. Todo el coro de campesinos canta en un dialecto del griego arcaico; el lenguaje ha sobrevivido en las viejas canciones, explica la antropóloga. La muchedumbre que se ha congregado para el espectáculo ríe y toca las palmas y lleva el ritmo con el pie. Chasquean los dedos y se menean. Miran al hombre de las campanillas en los dedos; ven como el miembro de madera se balancea de arriba a abajo. Todos aplauden, patalean, hacen chasquear los dedos, se menean. El lamento y los gemidos siguen sonando, más y más aprisa. Los que cantan son los que bailan, los que bailan cantan, dan vueltas y más vueltas, sonríen con esa sonrisa drogada que tienen los derviches. En su hogar cultivan flores. Siguen a las ovejas por entre la alta hierba. Por la noche beben vino en las tabernas. Calabria y Sicilia en Nueva York, aunque sin esposas, con las camisas empapadas de sudor y los pantalones arrugados y llenos de polvo, jadeando ante extraños que jamás han percibido el dulce aroma de las hierbas que crecen en sus pueblos! 
Ahora, la antropóloga del Smithsonian se ha desvanecido, ya no aparece en la iluminación de Lucy. Un par de bailarines acaba de agarrarse el uno al otro. Se entrelazan las piernas, un vientre contra otro, y cada uno de ellos salta con el pie que le queda libre. Así entrelazados, se ponen en cuclillas y se levantan, se agachan y se levantan. De sus labios fluyen antiguas sílabas helénicas. Profiere gritos elásticos, muy altos. Festejan a la Madonna, la dadora de fertilidad y fecundidad. Lucy se siente glorificada. Esta exaltada. Comprende. No que los músicos sean campesinos, no que sus rostros y sus pies y sus cuellos y sus manos sean de hierba y de tierra roja. Le sobreviene una iluminación absoluta, entiende qué es eterno: antes de la Madonna era Venus; antes de Venus, Afrodita; antes de Afrodita, Astarté. El vientre de la diosa es el jardín, los corderos y los niños recién nacidos. Ella es el río y la cascada. Es ella la que hace que los hombres de negocios ―los pastores de los hombres de negocios― se vayan de parranda y hagan relucir sus dientes de oro. Es ella la que les induce a soplar, a batir, a frotar, a agitar y a rascar objetos para extraerles la música. 
Dentro de la iluminación de Lucy, los bailarines se retuercen. Se contorsionan. En nombre de la diosa, en nombre del vientre de la diosa, se convierten en serpientes. Cuando crecen son todavía de tierra. Son de tierra, desde siempre y hasta siempre. La naturaleza es su pulso. Lucy ve, entiende: los dioses son Dios. ¡Qué terrible haber abandonado a Jesús, a un hombre como éstos, hecho de tierra, igual que éstos, con un pulso como el de éstos, Dios que se encarna en la naturaleza para hacerse un dios! Jesús, no más milagroso que un pastor normal y corriente; ¿es un pastor un milagro? ¿Lo es una hoja? ¿Una nuez, un agujero, un carozo, una semilla, una piedra? ¡Todo es milagro! Lucy ve de qué manera ha abandonado la naturaleza, como ha perdido la verdadera religión por causa del Dios de los judíos Los chicos están boca abajo sobre la hierba, escarbando el suelo con unos palos. Cavan y cavan: hacen agujeritos y dejan un montón de tierra suelta al lado de cada hoyo. Los llenan con huesos de albaricoque, con huesos de cereza y de ciruela. Los sicilianos y los napolitanos recogen sus bolsas y sus cestas y se marchan. Los bancos huelen a fruta recién cogida, a jugos frutales, están atestados de insectos. El escenario está limpio. 
También se le ha escapado el cuarto de estar. Se halla muy alto, extremadamente pequeño, poco mayor que la luna sobre el pulgar de Lucy. Sigue elevándose hacia lo alto, y las voces de los que van a bordo son tan débiles que Lucy casi las pierde del todo. Pero sabe, pese a todo, qué palabra es la que usan por encima de todas las demás. ¿Cuánto tiempo son capaces de seguir dando vueltas a lo mismo? ¿Cuánto tiempo? Un morboso rumiar. Muerte y muerte y muerte. La palabra es menos humana, es más bien el chillido de un animal, el graznido de un cuervo. Caac, caac. Pertenece a las tormentas, a las inundaciones, a las avalanchas. Actos de Dios. "Holocausto", grazna alguno débilmente allá en lo alto; ella se da cuenta de que debe de ser Feingold. Él siempre dice esta palabra, una y otra vez. La historia le sienta mal: ¡qué poco le instruye! Lucy decide que es posible terminar hastiado de la atrocidad. Le aburren los fusilamientos y el gas y los campos, no le da vergüenza reconocerlo. Todo eso es mas cansino que una oración. La repetición disminuye el poder de convicción; piensa ahora en su padre, que canta los mismos himnos semana tras semana. Si uno dijera las mismas oraciones una y otra vez, así, sin parar, ¿no terminaría por convertírsele el cerebro en una lamentable rueda de oraciones? 
En el comedor, todos empezaban a quedarse sin recursos. Allí olía a rancio, un fracaso de fiesta. Bebían cerveza o coca―cola o whisky con agua y jugueteaban con las migajas de pastel que habían quedado sobre la mesa. Aún quedaba un poco de queso en un plato, y medio cuenco de cacahuetes. 
―Ese es el impacto del individualismo romántico ―objetaba uno de los humanistas. 
―¿En el Frick, dices? 
―Yo nunca lo he visto. 
―Sin duda que lo hacen adrede, no hace falta que yo lo diga. 
Lucy, abandonándose contra la puerta, trató de sintonizar. Qué alivio, oír charlar a los ateos. Una dibujante, encargada de las cubiertas, que trabajaba con Feingold, entró con un abrigo. Feingold la había invitado porque hacía muy poco que se había divorciado, le daba miedo vivir sola. Le daba pavor que la asaltasen en el sótano mientras hacía la colada. 
―¿Dónde se ha metido Jimmy? ―preguntó la dibujante. 
―En la otra sala. 
―Dile adiós de mi parte, ¿quieres? 
―Adiós ―dijo Lucy. 
Los humanistas ―Lucy cayó en la cuenta de lo compasivos caballeros que eran todos― se levantaron. En el suelo se formaba un charquito de salsa caída de un plato. 
―Oh, no os preocupéis ―dijo Lucy―, yo me encargo de recogerlo. 
Allá en lo alto, Feingold y el refugiado viajan por los aires. Sus palabras son motas de polvo. Todos los judíos están en las nubes. 

(1) "They‘ve got the cake". Frase hecha que, en sentido figurado, significa también “llevarse el gato al agua". 

Cynthia Ozick, Levitación.

Cynthia Ozick


Ricardo Piglia, Hotel Almagro

Hotel Almagro
Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.
La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.
Ricardo Piglia, Hotel Almagro (Primera persona).

Ricardo Piglia

Grace Paley, Deseos

Deseos
Vi a mi ex marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca. Hola, mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada. Él dijo, ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no. Y yo, Bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía. La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tenido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos manzanas. Mi ex marido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, que tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que nunca invitaste a cenar a los Bertram. Es posible, dije. Pero, en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños, luego tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no les conociésemos. Pero tienes razón. Debería haberles invitado a cenar. Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales. Pedí prestados de nuevo los dos libros de Edith Wharton que acababa de devolver, porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran The House of Mirth y The Children, que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York en veintisiete años, hace cincuenta. Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi ex marido. Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la cocina que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Daba una sensación majestuosa a nuestro desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar ahítos. Eso fue cuando éramos pobres, dije. ¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó. Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, ya no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé. Los niños iban de colonias cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con sacos de dormir y botas, como todos los demás. Tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba caldeada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y otras muchas cosas. Yo quería un barco de vela, dijo. Pero tú no querías nada. No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde. ¡No!, dijo con gran amargura. Puedo conseguir un barco de vela. La verdad es que tengo el dinero suficiente para una goleta. Me van muy bien las cosas este año, y creo que me irán aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada. A lo largo de aquellos veintisiete años mi ex marido había tenido la costumbre de hacer comentarios hirientes que, como el desatrancador del fontanero, se abrieran paso oído abajo, bajaran por la garganta y llegaran hasta mi corazón. Y entonces desaparecía y me dejaba con aquella sensación de opresión que casi me ahogaba. Lo que quiero decir es que me senté en las escaleras e la biblioteca y él se fue. Eché un vistazo a The House of Mirth, pero perdí interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que hay cosas que quiero. Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano. Había prometido a mis hijos poner fin a las guerras antes de que fueran mayores. Hubiera querido estar casada para siempre con la misma persona, bien mi ex marido, bien mi marido actual. Cualquiera de los dos tiene suficiente personalidad para llenar una vida, lo cual, si bien se mira, tampoco es tanto tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades del hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos. Esta mañana, precisamente, me asomé a la ventana para mirar un rato la calle y vi que los pequeños sicomoros que el ayuntamiento había plantado soñadoramente un par de años antes de que nacieran los niños habían llegado a su plenitud. ¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que, cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me hace darme cuenta de mi propia valía, soy capaz de obrar de manera adecuada, aunque sea más conocida por mis comentarios afables.
 Grace Paley, Deseos (Traducción de J. M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez). Cuentos completos (Anagrama).
Grace Paley

Wants
I saw my ex-husband in the street. I was sitting on the steps of the new library.
Hello, my life, I said. We had once been married for twenty-seven years, so I felt justified.
He said, What? What life? No life of mine.
I said, O.K. I don’t argue when there’s real disagreement. I got up and went into the library to see how much I owed them.
The librarian said $32 even and you’ve owed it for eighteen years. I didn’t deny anything. Because I don’t understand how time passes. I have had those books. I have often thought of them. The library is only two blocks away.
My ex-husband followed me to the Books Returned desk. He interrupted the librarian, who had more to tell. In many ways, he said, as I look back, I attribute the dissolution of our marriage to the fact that you never invited the Bertrams to dinner.
That’s possible, I said. But really, if you remember: first, my father was sick that Friday, then the children were born, then I had those Tuesday-night meetings, then the war began.Then we didn’t seem to know them any more. But you’re right. I should have had them to dinner.
I gave the librarian a check for $32. Immediately she trusted me, put my past behind her, wiped the record clean, which is just what most other municipal and/or state bureaucracies will not do.
I checked out the two Edith Wharton books I had just returned because I’d read them so long ago and they are more apropos now than ever. They were The House of Mirth and The Children, which is about how life in the United States in New York changed in twenty-seven years fifty years ago.
A nice thing I do remember is breakfast, my ex-husband said. I was surprised. All we ever had was coffee. Then I remembered there was a hole in the back of the kitchen closet which opened into the apartment next door. There, they always ate sugar-cured smoked bacon. It gave us a very grand feeling about breakfast, but we never got stuffed and sluggish.
That was when we were poor, I said.
When were we ever rich? he asked.
Oh, as time went on, as our responsibilities increased, we didn’t go in need. You took adequate financial care, I reminded him. The children went to camp four weeks a year and in decent ponchos with sleeping bags and boots, just like everyone else. They looked very nice. Our place was warm in winter, and we had nice red pillows and things.
I wanted a sailboat, he said. But you didn’t want anything.
Don’t be bitter, I said. It’s never too late.
No, he said with a great deal of bitterness. I may get a sailboat. As a matter of fact I have money down on an eighteen-foot two-rigger. I’m doing well this year and can look forward to better. But as for you, it’s too late. You’ll always want nothing.
He had had a habit throughout the twenty-seven years of making a narrow remark which, like a plumber’s snake, could work its way through the ear down the throat, half-way to my heart. He would then disappear, leaving me choking with equipment. What I mean is, I sat down on the library steps and he went away.
I looked through The House of Mirth, but lost interest. I felt extremely accused. Now, it’s true, I’m short of requests and absolute requirements. But I do want something.
I want, for instance, to be a different person. I want to be the woman who brings these two books back in two weeks. I want to be the effective citizen who changes the school system and addresses the Board of Estimate on the troubles of this dear urban center.
I had promised my children to end the war before they grew up.
I wanted to have been married forever to one person, my ex-husband or my present one. Either has enough character for a whole life, which as it turns out is really not such a long time. You couldn’t exhaust either man’s qualities or get under the rock of his reasons in one short life.
Just this morning I looked out the window to watch the street for a while and saw that the little sycamores the city had dreamily planted a couple of years before the kids were born had come that day to the prime of their lives.Well! I decided to bring those two books back to the library. Which proves that when a person or an event comes along to jolt or appraise me I can take some appropriate action, although I am better known for my hospitable remarks.
Grace Paley, Wants (The collected stories, 1994).

Hans Christian Andersen, El Abeto.

El Abeto.
Allá en el bosque crecía un joven abeto. Tenía un buen sitio y disponía de sol y aire más que suficientes. En torno suyo crecían muchos compañeros mayores, abetos y pinos. Pero el pequeño abeto tenía mucha prisa por crecer. No pensaba en el sol tibio ni en el aire fresco, ni atendía a los niños de la aldea cuando pasaban charlando en busca de fresas o frambuesas. A veces venían con un canasto lleno o con fresas ensartadas en un junco, y se sentaban junto al arbolito y decían:
―¡Ah, qué bonito es!
Pero el árbol no quería oír nada de aquello.
Al año siguiente había crecido un buen tramo y al siguiente uno mayor aún; ―y así siempre se puede saber los años que tiene un abeto si se cuentan sus tramos.
―¡Ah, si fuera grande como los otros árboles ―suspiraba el arbolito―, y pudiera extender las ramas en torno mío y divisar con la copa el ancho mundo! Los pájaros anidarían en mis ramas y, cuando soplase el viento, movería mi copa con tanta solemnidad como ellos.
No disfrutaba con los rayos del sol, ni con los pájaros ni con las nubes rojas, que al amanecer y en el ocaso del día circulaban sobre él.
Cuando llegó el invierno y la blanca nieve centelleaba a su alrededor, venía corriendo con frecuencia una liebre y daba saltos sobre el arbolito; ¡oh, era tan fastidioso! Pero pasaron dos inviernos y al tercero, el árbol era tan grande que la liebre tuvo que correr alrededor suyo. Oh, crecer, crecer, hacerse grande y viejo era el único placer de este mundo, pensaba el árbol.
En otoño venían siempre los leñadores y cortaban algunos de los árboles más grandes. Pasaba cada año, y el joven abeto, que ya había crecido mucho, se estremecía al verlo, porque los grandes, espléndidos árboles, caían a tierra con un estrepitoso crujido. Les cortaban las ramas y parecían desnudos, largos y delgados; apenas si se les reconocía, pero eran colocados en los carros y los caballos los sacaban del bosque. ¿Adónde iban? ¿Qué destino les esperaba?
En primavera, cuando llegan la golondrina y la cigüeña, les preguntó el árbol:
―¿Sabéis adónde los llevan? ¿Os los habéis encontrado?
Las golondrinas no sabían nada, pero la cigüeña se quedó pensativa, afirmó con la cabeza y dijo:
―Sí, creo que sí. He encontrado muchos barcos nuevos cuando volaba a Egipto. Tenían magníficos mástiles; yo diría que eran ellos, olían a abeto. Puedo felicitarte efusivamente, pues... ¡con qué majestad se alzaban!
―¡Ah, si yo fuese lo suficientemente grande para volar sobre el mar! ¿Cómo es el mar? ¿A qué se parece?
―¡Bueno, es tan difícil de explicar! ―dijo la cigüeña, y se marchó.
―Goza de tu juventud ―dijeron los rayos del sol―. ¡Alégrate de tu nueva estatura, de la vida joven que hay en ti!
Y el viento besó el árbol y derramó lágrimas sobre él, pero el abeto no entendía.
Cuando se aproximaba la Navidad fueron cortados muchos árboles jóvenes, árboles que con frecuencia no eran mayores ni de más edad que este abeto, que no tenía paz ni sosiego sino que siempre quería marcharse. Estos jóvenes árboles, que eran precisamente los más hermosos, conservaban siempre sus ramas, eran colocados en los carros y los caballos los sacaban del bosque.
―¿Adónde irán? ―se preguntaba el abeto―. No son mayores que yo, incluso hay uno que es más pequeño. ¿Por qué conservan todas sus ramas? ¿Adónde los llevan?
―¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! ―piaron los gorriones―. Hemos estado mirando por las ventanas allá en la ciudad. ¡Nosotros sabemos dónde los llevan! ¡Oh!, les espera el esplendor y la gloria mayores que pueda imaginarse. Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los colocan en medio de confortables salones y los adornan con las cosas más preciosas, como manzanas doradas, bollos de miel, juguetes y cientos de luces.
―¿Y después? ―preguntó el abeto, temblando con todas sus ramas―. ¿Y después? ¿Qué ocurre después?
―En realidad no hemos visto más, pero era maravilloso.
―¿Me tocará ir por este deslumbrante camino? ―se regocijaba el árbol―. ¡Es mejor aún que cruzar el mar! Me muero de ganas de que llegue la Navidad. Ahora soy alto y ancho como los otros que se llevaron el año pasado. ¡Oh, si estuviera en el carro! ¡Si me encontrara ya en el confortable salón con toda brillantez y honor! ¿Y después? Sí, debe haber algo mejor, algo más hermoso, porque si no... ¿para qué habrían de adornarme de esta manera? Tiene que ocurrir algo más grande, más espléndoroso. ¿Pero qué? ¡Oh, cómo lo deseo! ¡Cómo lo ansío! Ni yo mismo sé lo que me ocurre.
―Disfrútame ―dijeron el aire y el sol―. ¡Alégrate con tu fresca juventud al aire libre!
Pero no gozaba de nada; crecía y crecía, invierno y verano se mantenía verde, verde oscuro. Al verlo, la gente decía:
―¡Qué árbol más hermoso!
Y en Navidad fue el primero que cortaron. El hacha se hincó hondo en la madera. El árbol cayó a tierra con un gemido. Sintió un pesar, un desmayo, y dejó de tener pensamientos felices. Sintió pena de ser arrancado de su hogar, del lugar donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus queridos compañeros, ni a los pequeños arbustos y flores que crecían en derredor suyo, y quizás ni siquiera a los pájaros. La marcha no tenía nada de agradable.
El árbol no volvió en sí hasta que, en el patio, descargado con los otros árboles, oyó decir a un hombre:
―¡Es espléndido! Elegimos éste. Después vinieron unos criados totalmente uniformados y llevaron el abeto a un hermoso salón. En torno a sus paredes colgaban retratos, y junto a la gran estufa de porcelana había grandes jarrones chinos con leones en las tapas. Había mecedoras, sofás forrados de seda, grandes mesas llenas de libros con láminas y con juguetes por valor de cientos de coronas ―por lo menos, así lo decían los niños―. Y el abeto fue plantado en una gran cuba llena de arena; pero nadie podía ver que era una cuba, porque la forraron con una tela verde y estaba colocada sobre una gran alfombra persa. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué iría a ocurrir? Tanto los criados como las señoritas de la casa vinieron a adornarlo. De las ramas colgaron pequeñas redes, recortadas de papel de colores; cada red estaba llena de caramelos; manzanas y nueces doradas colgaban como si hubiesen crecido allí y más de cien velitas rojas, azules y blancas fueron fijadas en las ramas. Muñecas que parecían vivas como si fueran personas ―el árbol no había visto nunca nada igual― pendían de las ramas, y justo en la cima fue colocada una gran estrella de papel dorado. Todo aquello era esplendoroso.
―¡Esta noche! ―decían todos―. ¡Esta noche estará deslumbrante!
«¡Oh ―pensó el árbol―, ojalá fuese ya de noche y las luces estuvieran encendidas! ¿Y qué ocurrirá? ¿Vendrán los árboles del bosque a verme? ¿Vendrán volando los gorriones a la ventana? ¿Echaré raíces aquí y seguiré estando adornado durante el invierno y el verano?»
Ignoraba bastantes cosas, ¿no os parece? Y tenía verdadero dolor de corteza de pura ansiedad, y el dolor de corteza es tan malo para un árbol como el dolor de cabeza para nosotros.
Por fin encendieron las velas. Qué brillo, qué resplandor. El árbol temblaba con todas sus ramas, tanto que una de las velas prendió fuego a una de ellas. ¡Uf, lo que dolía!
―¡Dios mío! ―gritaron las señoritas, y lo apagaron con rapidez.
Entonces el árbol ya no se atrevió a mover una hoja. ¡Oh, era horrible! Tenía tanto miedo de perder algo de su esplendor; estaba aturdido de tanto brillo y... de pronto, la puerta del salón se abrió de par en par y una multitud de niños se precipitó sobre él como si fuesen a derribarlo. Las personas mayores venían muy serias detrás; los pequeños estuvieron callados, pero sólo un instante, porque en seguida comenzaron a armar ruido de nuevo. Bailaron en torno al árbol y arrancaron un regalo tras otro.
«¿Qué es lo que están haciendo? ―pensó el árbol―. ¿Qué va a ocurrir?» Y las velas se gastaron hasta llegar a las ramas y fueron apagadas cuando se consumieron, y entonces los niños obtuvieron permiso para despojar al árbol. ¡Ah!, se precipitaron sobre él, de modo que crujieron todas sus ramas; de no haber estado sujeto por la cima y la estrella de oro al techo, lo hubieran derribado.
Los niños bailaron alrededor con sus bonitos juguetes. Nadie se fijó más en el árbol excepto la vieja niñera, que fue a mirar entre las ramas, pero sólo para ver si no se había quedado olvidado algún higo o alguna manzana.
―¡Un cuento, un cuento! ―gritaron los niños, empujando a un hombrecillo obeso hacia el árbol. Se sentó bajo él.
―Como si estuviésemos en el bosque ―dijo―; al árbol le gustará también mucho oírlo. Pero contaré sólo un cuento. ¿Queréis oír el de Ivede―Avede, o el de Terrón Coscorrón, que se cayó por la escalera pero subió al trono y se casó con la princesa?
―¡Ivede―Avede! ―gritaron unos―. ¡Terrón Coscorrón! ―gritaron otros. Todo era un puro clamor y griterío; sólo el abeto se mantenía callado y pensaba:
«¿Tendré que intervenir en esto? ¿Tendré que hacer algo?»
Y claro está que había intervenido y había hecho cuanto tenía que hacer.
Y el hombre gordo contó el cuento de Terrón Coscorrón, que cayó por la escalera y, sin embargo, se sentó en el trono y se casó con la princesa. Y los niños aplaudieron y gritaron:
―¡Cuenta, cuenta! ―porque querían también el de Ivede―Avede, pero tuvieron que conformarse con el de Terrón Coscorrón.
El abeto permanecía muy quieto y pensativo: nunca los pájaros del bosque habían contado cosas parecidas.
«Terrón Coscorrón cayó por la escalera y, sin embargo, se casó con la princesa. ¡Sí, sí, así pasa en el mundo! ―pensó el abeto, convencido de que era verdad lo que aquel caballero tan fino había contado―. ¡Vaya, quién sabe, quizá me caiga yo también por la escalera y me case con una princesa!», y se regocijó al pensar que al día siguiente sería cubierto con velas y juguetes y frutas doradas.
«¡Mañana no temblaré! ―pensó―. ¡Voy a disfrutar plenamente de todo mi esplendor! Mañana oiré de nuevo el cuento de Terrón Coscorrón y quizá el de Ivede―Avede», y el árbol permaneció en silencio y pensativo toda la noche.
Por la mañana entraron el criado y la criada.
«Ahora ―pensó el árbol― comenzarán a adornarme de nuevo»; pero lo arrastraron por la sala y, escaleras arriba, lo metieron en el desván y allí lo dejaron, en un rincón oscuro, donde no llegaba luz alguna.
«¿Qué significará esto? ―pensó el árbol―. ¿Qué tendré que hacer aquí? ¿Qué tendré que oír?»
Y se mantuvo contra la pared y pensó y pensó. Y tuvo mucho tiempo, porque pasaron días y noches. No subía nadie y cuando por fin vino alguien, fue para poner unas grandes cajas en un rincón. El árbol estaba muy escondido, se diría que había sido olvidado por completo.
«¡Ahora es invierno! ―pensó el árbol―. La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no pueden plantarme; por lo tanto tengo que estar aquí esperando hasta la primavera. ¡Qué bien pensado! ¡Qué inteligentes son los hombres! Si no estuviera esto tan oscuro y tan espantosamente solitario. Ni una pequeña liebre acierta a pasar. Era tan agradable allá en el bosque cuando había nieve y la liebre pasaba saltando. Sí, incluso cuando brincaba sobre mí, aunque no me gustara entonces. ¡Esta soledad es insoportable!»
―¡Pi, pi! ―dijo justo entonces un ratoncito asomándose, y otro le siguió. Olisquearon el abeto y corretearon por entre sus ramas.
―¡Hace un frío horrible! ―exclamó el ratoncito―. De no ser por eso se estaría muy bien aquí. ¿No es verdad, viejo abeto?
―¡Yo no soy viejo! ―dijo el abeto―. ¡Hay muchos que son más viejos que yo!
―¿De dónde vienes? ―preguntaron los ratones―. ¿Y qué sabes? (eran terriblemente curiosos). Háblanos del sitio más bonito de la tierra. ¿Has estado allí? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos en los estantes y los jamones cuelgan del techo, donde se baila sobre velas de sebo y se entra muy delgado y se sale gordo, gordo?
―No lo conozco ―dijo el árbol―, pero conozco el bosque, donde brilla el sol y donde cantan los pájaros. Y entonces les contó detalles de su juventud. Los ratoncitos no habían oído nunca nada semejante. Escucharon con la boca abierta y dijeron:
―¡Oh, cuánto has visto! ¡Qué suerte has tenido!
―¿Yo? ―dijo el abeto, y reflexionó sobre lo que había contado―. Sí, después de todo, fueron tiempos muy divertidos. Y les explicó lo de la Nochebuena, cuando había sido adornado con velas y dulces.
―¡Oh! ―dijeron los ratones―. ¡Qué suerte has tenido, viejo abeto!
―¡Yo no soy viejo! ―exclamó el árbol―. Os diré que, en este invierno en que he venido del bosque, me encontraba en plena juventud, apenas si había terminado de crecer.
―iQué bien lo cuentas! ―dijeron los ratoncitos.
Y la noche siguiente vinieron con cuatro más, para oír al árbol contar su historia y cuanto más contaba, con mayor frecuencia se acordaba de todo y pensaba:
«A pesar de todo, fueron tiempos muy divertidos, que volverán. Terrón Coscorrón se cayó por la escalera y, sin embargo, se casó con la princesa. Quizá también yo me case con una».
Y entonces recordó a un gracioso abedul que crecía en el bosque y que, para el abeto, era una verdadera princesa.
―¿Quién es Terrón Coscorrón? ―preguntaron los ratoncitos.
Y entonces el abeto les contó todo el cuento. Podía recordarlo palabra por palabra, y los ratoncitos estuvieron a punto de saltar hasta la cima del árbol de tanto como les divirtió.
La noche siguiente vinieron muchos ratones más y el domingo incluso dos ratas. Pero dijeron que el cuento no era nada divertido y esto puso muy tristes a los ratoncitos, porque entonces también ellos pensaron que no era una gran cosa.
―¿Y ése es el único cuento que sabes? ―preguntaron las ratas.
―Sólo ése ―respondió el árbol―. Lo oí contar durante mi noche más feliz, pero entonces no sabía lo feliz que era.
―¡Es un cuento malísimo! ¿No sabes ninguno sobre tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?
―¡No! ―dijo el árbol.
― Pues muchas gracias ―contestaron las ratas y se volvieron a casa.
Al fin hasta los ratoncitos dejaron también de venir, y entonces el árbol suspiró:
―Pues era muy agradable ver sentados a mi alrededor a los traviesos ratoncitos, escuchando mis historias. ¡Ahora también se han ido! Aunque procuraré divertirme cuando vuelva a salir.
¿Pero cuándo iba a ocurrir aquello de volver a salir?
Pues sí, ocurrió una mañana en que vino gente y revolvió en el desván. Quitaron las cajas y sacaron el árbol; lo tiraron con pocos miramientos al suelo, pero en seguida un criado lo arrojó por la escalera donde había luz.
¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.
«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.
―¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! ―exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe―Dumpe.
«¡Todo pasó, todo pasó! ―dijo el pobre abeto―. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».
Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.
Y así hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.
Hans Christian Andersen, El Abeto.

Hans Christian Andersen

Juan Rulfo, Luvina

Luvina
De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.
…Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.
-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.
El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.
Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.
Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas.
Y afuera seguía avanzando la noche.
-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:
-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto…
Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:
-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.
“… Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”
Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:
-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.
“… Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo… siempre.
“Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.”
Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:
-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá… Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso… Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina… ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagaran la cabeza con aceite alcanforado… Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:
“-Yo me vuelvo -nos dijo.
“-Espera, ¿no vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.
“-Aquí se fregarían más -nos dijo- mejor me vuelvo.
“Y se fue dejándose caer por la Cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
“Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento…
“Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.
“Entonces yo le pregunté a mi mujer:
“-¿En qué país estamos, Agripina?
“Y ella se alzó de hombros.
“-Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos -le dije.
“Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
“Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.
“-¿Qué haces aquí, Agripina?
“-Entré a rezar -nos dijo.
“-¿Para qué? -le pregunté yo.
“Y ella se alzó de hombros.
“Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como un cedazo.
“-¿Dónde está la fonda?
“-No hay ninguna fonda.
“-¿Y el mesón?
“-No hay ningún mesón
“-¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.
“-Sí, allí enfrente… unas mujeres… Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran… Han estado asomándose para acá… Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos… Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer… Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
“-¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
“-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
“-¿Qué país es éste, Agripina?
“ Y ella volvió a alzarse de hombros.
“Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir de los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.
“Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.
“Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso… Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:
“-¿Qué es? -me dijo.
“-¿Qué es qué? -le pregunté.
“-Eso, el ruido ese.
“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntillas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
“-¿Qué quieren? -les pregunté-. ¿Qué buscan a estas horas?
“ Una de ellas respondió:
“-Vamos por agua.
“Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.
“ No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.
“…¿No cree usted que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.”
-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad…? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad… Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.
“Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor… Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí los viejos.
“Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice… Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido… Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.
“Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde… Vienen de vez en cuando como las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y uno como gruñido cuando se van… Dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente, y a veces nunca… Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley…
“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo… Solos, en aquella soledad de Luvina.
“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.’
“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
“-¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?
“Les dije que sí.
“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de gobierno.
“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron sus dientes molenques y me dijeron que no, que el gobierno no tenía madre.
“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.
“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.
“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva para engañar el hambre. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.
“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.
“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.
“Ya no les volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.
“…Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’ En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas… Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plasta encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo…
“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo..
“¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye, Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
“Pues sí, como le estaba yo diciendo…”
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.
El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.

Juan Rulfo, Luvina (El llano en llamas).

Juan Rulfo