James Joyce, Eveline

Eveline
Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba cansada.
Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar.
¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso:
-En la actualidad está en Melbourne.
Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba.
-Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando?
-Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor.
No lloraría mucho por tener que dejar la tienda.
Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas -siete chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable.
Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones.
-Conozco a esos marineros... -dijo.
Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado.
La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños.
El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma.
-¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz!
Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas:
-¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun!
Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría.
Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano.
-¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro.
-¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia.
-¡Eveline! ¡Evy!
Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.
James Joyce, Eveline

James Joyce
Eveline
She sat at the window watching the evening invade the avenue. Her head was leaned against the window curtains and in her nostrils was the odour of dusty cretonne. She was tired.
Few people passed. The man out of the last house passed on his way home; she heard his footsteps clacking along the concrete pavement and afterwards crunching on the cinder path before the new red houses. One time there used to be a field there in which they used to play every evening with other people's children. Then a man from Belfast bought the field and built houses in it -- not like their little brown houses but bright brick houses with shining roofs. The children of the avenue used to play together in that field -- the Devines, the Waters, the Dunns, little Keogh the cripple, she and her brothers and sisters. Ernest, however, never played: he was too grown up. Her father used often to hunt them in out of the field with his blackthorn stick; but usually little Keogh used to keep nix and call out when he saw her father coming. Still they seemed to have been rather happy then. Her father was not so bad then; and besides, her mother was alive. That was a long time ago; she and her brothers and sisters were all grown up her mother was dead. Tizzie Dunn was dead, too, and the Waters had gone back to England. Everything changes. Now she was going to go away like the others, to leave her home.
Home! She looked round the room, reviewing all its familiar objects which she had dusted once a week for so many years, wondering where on earth all the dust came from. Perhaps she would never see again those familiar objects from which she had never dreamed of being divided. And yet during all those years she had never found out the name of the priest whose yellowing photograph hung on the wall above the broken harmonium beside the coloured print of the promises made to Blessed Margaret Mary Alacoque. He had been a school friend of her father. Whenever he showed the photograph to a visitor her father used to pass it with a casual word:
"He is in Melbourne now."
She had consented to go away, to leave her home. Was that wise? She tried to weigh each side of the question. In her home anyway she had shelter and food; she had those whom she had known all her life about her. O course she had to work hard, both in the house and at business. What would they say of her in the Stores when they found out that she had run away with a fellow? Say she was a fool, perhaps; and her place would be filled up by advertisement. Miss Gavan would be glad. She had always had an edge on her, especially whenever there were people listening.
"Miss Hill, don't you see these ladies are waiting?"
"Look lively, Miss Hill, please."
She would not cry many tears at leaving the Stores.
But in her new home, in a distant unknown country, it would not be like that. Then she would be married -- she, Eveline. People would treat her with respect then. She would not be treated as her mother had been. Even now, though she was over nineteen, she sometimes felt herself in danger of her father's violence. She knew it was that that had given her the palpitations. When they were growing up he had never gone for her like he used to go for Harry and Ernest, because she was a girl but latterly he had begun to threaten her and say what he would do to her only for her dead mother's sake. And no she had nobody to protect her. Ernest was dead and Harry, who was in the church decorating business, was nearly always down somewhere in the country. Besides, the invariable squabble for money on Saturday nights had begun to weary her unspeakably. She always gave her entire wages -- seven shillings -- and Harry always sent up what he could but the trouble was to get any money from her father. He said she used to squander the money, that she had no head, that he wasn't going to give her his hard-earned money to throw about the streets, and much more, for he was usually fairly bad on Saturday night. In the end he would give her the money and ask her had she any intention of buying Sunday's dinner. Then she had to rush out as quickly as she could and do her marketing, holding her black leather purse tightly in her hand as she elbowed her way through the crowds and returning home late under her load of provisions. She had hard work to keep the house together and to see that the two young children who had been left to hr charge went to school regularly and got their meals regularly. It was hard work -- a hard life -- but now that she was about to leave it she did not find it a wholly undesirable life.
She was about to explore another life with Frank. Frank was very kind, manly, open-hearted. She was to go away with him by the night-boat to be his wife and to live with him in Buenos Ayres where he had a home waiting for her. How well she remembered the first time she had seen him; he was lodging in a house on the main road where she used to visit. It seemed a few weeks ago. He was standing at the gate, his peaked cap pushed back on his head and his hair tumbled forward over a face of bronze. Then they had come to know each other. He used to meet her outside the Stores every evening and see her home. He took her to see The Bohemian Girl and she felt elated as she sat in an unaccustomed part of the theatre with him. He was awfully fond of music and sang a little. People knew that they were courting and, when he sang about the lass that loves a sailor, she always felt pleasantly confused. He used to call her Poppens out of fun. First of all it had been an excitement for her to have a fellow and then she had begun to like him. He had tales of distant countries. He had started as a deck boy at a pound a month on a ship of the Allan Line going out to Canada. He told her the names of the ships he had been on and the names of the different services. He had sailed through the Straits of Magellan and he told her stories of the terrible Patagonians. He had fallen on his feet in Buenos Ayres, he said, and had come over to the old country just for a holiday. Of course, her father had found out the affair and had forbidden her to have anything to say to him.
"I know these sailor chaps," he said.
One day he had quarrelled with Frank and after that she had to meet her lover secretly.
The evening deepened in the avenue. The white of two letters in her lap grew indistinct. One was to Harry; the other was to her father. Ernest had been her favourite but she liked Harry too. Her father was becoming old lately, she noticed; he would miss her. Sometimes he could be very nice. Not long before, when she had been laid up for a day, he had read her out a ghost story and made toast for her at the fire. Another day, when their mother was alive, they had all gone for a picnic to the Hill of Howth. She remembered her father putting on her mothers bonnet to make the children laugh.
Her time was running out but she continued to sit by the window, leaning her head against the window curtain, inhaling the odour of dusty cretonne. Down far in the avenue she could hear a street organ playing. She knew the air Strange that it should come that very night to remind her of the promise to her mother, her promise to keep the home together as long as she could. She remembered the last night of her mother's illness; she was again in the close dark room at the other side of the hall and outside she heard a melancholy air of Italy. The organ-player had been ordered to go away and given sixpence. She remembered her father strutting back into the sickroom saying:
"Damned Italians! coming over here!"
As she mused the pitiful vision of her mother's life laid its spell on the very quick of her being -- that life of commonplace sacrifices closing in final craziness. She trembled as she heard again her mother's voice saying constantly with foolish insistence:
"Derevaun Seraun! Derevaun Seraun!"
She stood up in a sudden impulse of terror. Escape! She must escape! Frank would save her. He would give her life, perhaps love, too. But she wanted to live. Why should she be unhappy? She had a right to happiness. Frank would take her in his arms, fold her in his arms. He would save her.

She stood among the swaying crowd in the station at the North Wall. He held her hand and she knew that he was speaking to her, saying something about the passage over and over again. The station was full of soldiers with brown baggages. Through the wide doors of the sheds she caught a glimpse of the black mass of the boat, lying in beside the quay wall, with illumined portholes. She answered nothing. She felt her cheek pale and cold and, out of a maze of distress, she prayed to God to direct her, to show her what was her duty. The boat blew a long mournful whistle into the mist. If she went, tomorrow she would be on the sea with Frank, steaming towards Buenos Ayres. Their passage had been booked. Could she still draw back after all he had done for her? Her distress awoke a nausea in her body and she kept moving her lips in silent fervent prayer.

A bell clanged upon her heart. She felt him seize her hand:
"Come!"
All the seas of the world tumbled about her heart. He was drawing her into them: he would drown her. She gripped with both hands at the iron railing.
"Come!"
No! No! No! It was impossible. Her hands clutched the iron in frenzy. Amid the seas she sent a cry of anguish.
"Eveline! Evvy!"
He rushed beyond the barrier and called to her to follow. He was shouted at to go on but he still called to her. She set her white face to him, passive, like a helpless animal. Her eyes gave him no sign of love or farewell or recognition.
James Joyce, Eveline 


Una musa a la carta

Georgina Hübner está hecha sólo de palabras. Palabras que escriben dos jóvenes poetas y que dan forma a una muchacha romántica e ingenua. Palabras que viajarán en barco y embaucarán a Juan Ramón Jiménez. Crear identidades falsas para conocer, enamorar o engañar a alguien en la distancia es hoy un hecho cotidiano que abunda en las redes sociales, pero, probablemente, ha existido siempre desde que hay comunicación escrita entre lugares alejados. En El cielo de Lima Juan Gómez Bárcena nos traslada a principios del siglo XX y extiende un puente epistolar entre Perú y España. Carlos Rodríguez y José Gálvez viven en Lima y hasta allí, difícilmente llegan las obras de su admirado Juan Ramón Jiménez. Para conseguir un ejemplar del libro Arias Tristes deciden escribir al poeta, pero saben que sólo si adornan la realidad tendrán una respuesta. Entonces inventan a Georgina, una admiradora que suspira por los versos del poeta de Moguer, con quien iniciará un idilio que irá creciendo con cada carta recibida. Con retazos inspirados en obras de Zola, de Baudelaire, de Rilke o de Rimbaud imaginan la biografía de Georgina. A pesar de ser dos señoritos ricos sueñan con ser poetas arruinados parisinos y contemplan la miseria de su ciudad desde las alturas. A ambos amigos les faltan vivencias, por eso necesitan de la ficción. La literatura forma parte de su vida; presienten lo que consideran la muerte de la lírica e intuyen la necesidad de la novela para narrar los hechos que afectan a un mundo que empieza a transformarse rápidamente. Así comienzan a crear el relato del juego que han inventado siguiendo los consejos de un manual que acabarán quemando. Carlos, con su caligrafía femenina, es el alma de Georgina, sin embargo, para que en su personaje siga creciendo el amor, pide consejo a un escritor de cartas que le hace una revelación: «uno sólo puede escribir sobre sí mismo, incluso cuando cree escribir en nombre de otros». A partir de ese momento Carlos otorga más vida a Georgina, logra que se insinúe, que atraiga, que participe de su ciudad y hasta llega a ser herida en una de las revueltas por la represión policial. A lo largo de varios años de correspondencia, y a pesar de su verdadero creador, los amigos de tertulia incorporan nuevas ideas que van transformando a su personaje. Todo se complica cuando Juan Ramón Jiménez decide ir a visitarla. 
Pero dentro de este argumento hay otras historias. Como en la novela tradicional, aquí se describe la realidad social de un lugar y una época. Hay huelgas y disturbios en Lima que afectan incluso a la llegada de sus esperadas cartas. Se narra también la historia del fracaso de un poeta que ha querido vivir otra vida; a través de la ficción lleva una existencia paralela que hace fracasar la que realmente vive.
Como en sus cuentos, Gómez Bárcena, juega con la parte de la realidad que creemos conocer a través de la historia y la transforma en ficción dejando incluso espacio para lo fantástico. Recrea ambientes y escenarios limeños de hace un siglo, las desigualdades sociales, el surgimiento de nuevos ricos. Sus personajes evolucionan, se transforman y, poco a poco, se va haciendo patente todo aquello que separa a los dos amigos, su educación y su manera de entender el mundo. Hay juegos metaliterarios al desvelar el proceso de elaboración, las dudas y la composición de la propia escritura, y, a través de las cartas, emula incluso el estilo de Juan Ramón Jiménez. Una novela recomendable, sólidamente construida, bien documentada, que mantiene el tono sugestivo a lo largo de sus páginas y que demuestra el amor del autor por la literatura.









El cielo de Lima
Juan Gómez Bárcena

Salto de Página, 2014

Camino de introspección

Al igual que Robert Walser, el protagonista de La Gran Caída, es un paseante al que le gusta detenerse en los detalles que pueden parecer intrascendentes. El escritor austriaco Peter Handke nos presenta el suceder de un día de un actor convencido de que ya no hay nada que representar ni hechos que contar. Se ha despertado por el ruido de una tormenta en una antigua casa solitaria de la mujer con la que ha pasado la noche y a la que no ama. A partir de ese momento, inicia un camino desde un lugar casi deshabitado hasta la urbe llena de gente que, sin embargo, no mitiga su soledad. En su caminar, avanza por un bosque y atraviesa lugares cada vez un poco más habitados hasta llegar a la ciudad al final de su trayecto. Se detiene a hablar con un viejo repatriado y pobre que está viviendo el duelo por la muerte de su mujer, con un recolector de frutos del bosque o con un sacerdote que le invita a almorzar. Interactúa con las personas que esperan en la parada la llegada de un autobús y saluda a los que le reconocen. El actor se convierte en espectador de la vida. Se cruza con ancianos solitarios y temblorosos que hace poco eran niños y aún recuerdan el amor de un verano, o con jóvenes a los que prejuzga por su aspecto, y llega incluso a tener problemas con unos policías al adentrarse en un lugar prohibido. Su deambular es incierto, en ocasiones zigzagueante, empujado de algún modo por el azar aunque con un destino claro en la megalópolis, donde se cerrará el ciclo al encontrarse de nuevo con la mujer con la que durmió la noche anterior. Pese a que el recorrido en esencia es lineal, el camino introspectivo y sentimental que sigue no deja de ser circular.
En su paseo —con su tendencia a mirar hacia el suelo recordando su primera profesión, con ese caminar de espaldas al despedirse de cada lugar que le importa—, el actor divaga sobre la belleza, sobre la ceguera y la prisa de las personas dentro de sus rutinas cotidianas, sobre las satisfacciones que le ha dado su trabajo, sobre el agradecimiento de los espectadores cuando le dicen que sus personajes de algún modo les han salvado la vida. Son numerosas las referencias al mundo del cine: recuerda a actores y actrices célebres, guiones en los que ha intervenido, fragmentos de películas que podrían ser fragmentos de vidas no vividas. Hay una mirada crítica e irónica hacia lo absurda que a veces es nuestra sociedad 
Handke, utiliza aquí, como en otras de sus obras, el recurso de ir iluminando espacios a cada paso del protagonista a lo largo de su periplo. Con una prosa sencilla y bella hace descripciones minuciosas y sutiles, acompañadas de pensamientos interiores del personaje principal que, como Robert Walser, siente la fugacidad de la vida, como si los sucesos que el azar pone delante de sus ojos y que poco después desaparecen, existiesen sólo para ser vistos fugazmente por él.










La Gran Caída 
Peter Handke 
Alianza Editorial, 2014

Valeria Luiselli, Pretoria

Pretoria
Fuente original: http://www.enriquevilamatas.com/escritores/escrluiselliv1.html
Mi primer novio fue un afrikáner. Se llamaba Clarence Coetzee (sí, kutzía) y fumaba mariguana que conseguía en Soweto. Pero la historia no empieza ahí.
Es posible que todo haya empezado en la ciudad de México, en marzo de 1994. Mis padres y yo fuimos a una cena en casa de un escritor en San Jerónimo. Mi madre me había peinado con dos trenzas, mucho gel y unos listones rojos. Estaban los niños de siempre, y sus padres: Jorge y Miriam, Adolfo y Marta. La televisión de la cocina seguía prendida cuando llegamos: una bala atravesaba una y otra vez la cabeza del candidato presidencial. Los niños cenábamos en la sala; la mesa larga rectangular estaba reservada para los pactos de güisqui que los adultos hacían y nunca cumplían. Ellos hablaban del TLC, de la bala de Colosio, de algo que estaba estallando en el sur del país; nosotros, supongo, jugábamos Nintendo.
Cuando llegó el postre, invitaron a los niños a amontonarse alrededor de la mesa. Adolfo se prendió un puro y nos contó un chiste. Era un chiste que había contado muchas veces, sobre una familia de Nueva Delhi que se hace un retrato fotográfico y confunden “focus” con “fuck us”. Nos hacía desternillarnos de risa. Los niños se lo pedíamos siempre, aunque lo supiéramos de memoria. Había algo de reconfortante en volver a escuchar una historia que conocíamos tan bien, como si la repetición aliviara algún miedo prehistórico. Después vinieron los güisquis. Todos los adultos se pelearon y los niños se dispersaron. Yo me quedé dormida con la cabeza apoyada sobre la mesa, escuchándolos alzar el nivel de voz cada vez más: a Salinas le va a explotar el paquete, esto va a estallar pronto, el país es una olla exprés. Lo último que recuerdo es la olla: me divertía la imagen de una cacerola del tamaño del Popocatepetl, y la explosión de frijoles que cubriría el país entero.
Unos meses después mi madre se fue a vivir a la selva chiapaneca. Unos meses después mi padre se fue, primero como observador internacional a las elecciones en Sudáfrica, y luego como el primer embajador mexicano ante ese país. Unos meses después había M&M’s y Snickers en los supermercados de la ciudad de México, un presidente nuevo, la ciudad de siempre, el Popocatepetl en calma. Pero hubo que hacer maletas: me iba con mi padre a Pretoria.
El paraíso confuso de la infancia es una fuente de alegorías redondas para los poetas y de estampas para los novelistas propensos al ritornello de la nostalgia, pero los recuerdos de un niño de once o doce años pertenecen a un limbo al que resulta penoso regresar. El mundo no se imprime con la misma potencia y frescura en la materia cerebral de un casi adolescente que en la cabeza de un niño pequeño, ni tampoco pasa por los filtros articulados de la mente adulta, que todo lo reconstruye y apuntala con el andamiaje de la sintaxis. Cuando llegué a Sudáfrica era una niña de diez años. Cuando me fui, era una niña agrandada de catorce. En mi cuarto convivían los muñecos de peluche con los pósters de Pink Floyd y del infame Kurt Cobain. (Si fuera James Joyce, escribiría un retrato en que la voz del narrador fuera madurando paulatinamente junto con el personaje.) Pero mis recuerdos de Pretoria están desmembrados –unos son los de una niña atónita, eufórica tal vez; otros los de una adolescente más bien retraída y callada.
Llegamos a Sudáfrica mi hermana, mi padre y yo. Fue mi hermana quien me compró el uniforme y me ayudó a vestirme para el primer día de clases. Zapatos cafés, calcetas marrones hasta la rodilla, falda azul marina, calzones celestes (las monjas los revisaban cuando nos cambiábamos para la clase de deportes), camisa blanca de botones, corbata azul cobalto, blazer café oscuro con el escudo de la escuela: “Saint Mary’s Diocesan School for Girls, Daughters of the King”. Había un chofer que me esperaba afuera de la casa, Sam Bomba, a quien chantajeé desde el primer día para que me dejara a una cuadra de la escuela porque gracias a mi madre sufría cierta culpa de clase –y andar en un Volvo conducido por un negro con guantes blancos, me parecía, era equivalente a formar parte de la Inquisición. Me gustaba repetir: “Let’s go to school, Sam Bomba”, como ese “play it again, Sam” que en realidad nunca nadie dice en la película.
En el Saint Mary’s no se permitían aretes ni peinados que no fueran trenzas o chongos. Cuando entraba la directora a alguno de los salones, se interrumpía la lección y todas nos levantábamos de nuestros pupitres para entonar un “Good morning, Mrs. Van der Bregen” al unísono –tal vez con más pavor que reverencia. Era una escuela mixta de mujeres, es decir, una escuela que admitía niñas negras y blancas, tanto inglesas como afrikáner, pero también inmigrantes portuguesas, indias, chinas, griegas e italianas. La nietas de Nelson Mandela estudiaban ahí. También una pariente de F.W. de Klerk, el último presidente blanco, corresponsable con Mandela de la transición a la democracia. ¿Tú qué eres?, me preguntó el primer día una niña de ojos enormes que se sentaba detrás de mí, ¿griega o libanesa? Yo griega, le dije –porque no sabía qué significaba libanesa. Yo también, me dijo ella. Así que desde el primer día me gané un pase de admisión al grupo de las inmigrantes ni-blancas-ni-negras.
Unos meses después Sam Bomba me enseñó a entonar el himno nacional (el Nkosi Sikelele) y el de los Bafana Bafana. Unos años después Sam Bomba me enseñó a manejar el volvo de la embajada por las calles de Soweto, el histórico “township” donde se había segregado a los negros de Gauteng. Sam Bomba se murió de sida y de cirrosis hace dos años.
Las cifras. Hoy hay casi seis millones de personas en Sudáfrica infectadas con el virus del sida. Una mujer sudafricana tiene más probabilidades de ser violada que de aprender a leer y escribir. Sudáfrica es el segundo país con más crímenes armados y asesinatos en el mundo.
En Pretoria los niños –blancos, negros o intermedios– iban descalzos. Había algo de salvajismo, de libertad absoluta, de plenitud y felicidad sin límites en descubrir los callos que se iban acumulando en los pies a base de caminar por las banquetas de Waterkloofo del centro de la ciudad sin zapatos; en contar los piquetes de abeja en los dedos de los pies, porque se había cruzado una calle bajo el túnel de unas jacarandas, pisoteando flores moradas; en presumir las ampollas que brotaban en las pantorrillas después de una cabalgata a pelo por las planicies de Gauteng.
Joseph Brodsky escribe, en un ensayo sobre su infancia en San Petersburgo, que la verdadera historia de la conciencia empieza con nuestra primera mentira. En mi caso, esa primera mentira se materializó en mi primera cajetilla de cigarros. Le pedí dinero a mi padre para comprar dulces, me compré un paquete de mentolados y esa misma noche, cuando la casa estaba por fin sosegada y todo el mundo dormido, salí al balcón con mis cigarros y un libro de José Emilio Pacheco que me había regalado mi hermana. Supongo que ahí, leyendo Las batallas en el desierto en el balcón cuajado de grillos, se abrió la primera brecha entre el mundo infantil y luminoso que habitaba de día y el mundo más silencioso y sombrío que me fue habitando de noche.
Pertenecía a un equipo de natación que entrenaba todos los días de las 5:30 a las 7:30 de la mañana. Se organizaban competencias entre las escuelas de la región –eran los eventos de la nueva “Rainbow Nation” por excelencia: niñas y niños, bóers, ingleses, negros, libaneses, indios y griegos, todos en el mismo caldo de cloro y sudor. Estuve en todas las albercas de los colegios de Gauteng. Más que su aburrida arquitectura holandesa, más que sus cielos de fin de mundo, más que su tierra rojiza, lo que mejor conocí y mejor recuerdo de Pretoria son los fondos opacos de sus albercas.
Clarence Coetzee iba a esas swinging galas. Como ambos éramos los capitanes del equipo de nuestras respectivas primarias, alguien decidió que debíamos ser novios. Eso significaba que nos saludábamos a un metro de distancia, en vez de tres, y que fumábamos cigarros mentolados atrás de los matorrales con otro grupito de niños después de las competencias de natación. Recuerdo algunos nombres: Lloyd, Rory, Kathy, Dubravka. Clarence Coetzee y yo hablábamos muchas horas por teléfono. “Lloyd y yo compramos mariguana en Soweto”, me contaba, y a mí me impresionaba muchísimo.
Mi hermana se regresó a México. Llegaron Columba y su hijo Hugo, unos años menor que yo. También llegó mi madre, pero se volvió a ir –durante ese periodo iba y venía entre Chiapas y Pretoria. Columba iba con un elegante uniforme blanco y contestaba el teléfono con un solemne “Residencia de la Embajada de México en Pretoria”, preparaba moles exquisitos para los banquetes diplomáticos que ofrecía mi padre, me peinaba cuidadosamente para ir a la escuela.
Un día Hugo y yo fuimos a comprar un perro al Rspca, donde estaban los animales abandonados. Compramos una perra blanca y le pusimos Clara. Era una perra pleonasmo. Tenía algún rastro genético de la antigua Sudáfrica. Era abiertamente racista. Odiaba con furor a los negros. Cuando creció, ladraba tanto que le cortaron las cuerdas vocales. Después de eso le destrozó la mano a un jardinero –recuerdo su overol azul cobalto bañado en sangre, la mano despedazada que sostenía con la otra mientras se la lavábamos con el chorro de la manguera. Hubo que poner a dormir a Clara. Mi padre me dijo que lo viera como nuestra contribución personal a la Sudáfrica del postapartheid.
Ser niño de embajada tiene algo de pesadilla circense. En las cenas Hugo y yo teníamos que entonar el Nkosi Sikelele ante los invitados. Recuerdo una ocasión en que estaba, según dijo mi padre, la escritora más importante de Sudáfrica. Después del ritual vergonzoso del himno, mi padre me llamó a sentar junto a ella. Me llamo Nadine, me dijo una mujer que me pareció una anciana venerable, y me preguntó qué iba a ser de grande. Doctora, nadadora o actriz, le dije, ¿y tú, cuando seas más grande? Yo ya siempre voy a ser prosista.
En la escuela se organizaba un festival anual de teatro. Era como un homenaje perpetuo a Shakespeare, porque las únicas obras que se montaban eran Macbeth y Sueño de una noche de verano. Hice la audición. Me dieron un papel, digamos, secundario: La Pared, en Sueño de una noche... Pero aun así me ponía tan nerviosa en el escenario que la directora de la obra –nuestra maestra de literatura– decidió ponerme una caja de cartón en la cabeza. De todos modos me dio un ataque de risa el día del estreno. Temblaba la cajita de cartón.
Los domingos mi padre escuchaba a los Beatles y escribía una tesis doctoral sobre la planificación urbana de la ciudad de México: sus desastres pasados y presentes, sus posibilidades futuras. Me enseñaba mapas antiguos, donde había grandes lagos y pocas calles. Después salíamos a caminar por Bootes Street, tapizada, como una metáfora de esa felicidad fugaz y un poco solitaria que compartimos, con flores de jacarandas.
Los ojos grises y serenos de Madiba se parecían un poco a los de los recién nacidos. Lo conocí una tarde, algunos meses después de llegar a Pretoria. Mi padre me vistió de china poblana y me mandó con un chofer a la residencia presidencial. Había otros niños ahí, con sus trajes típicos –era uno de esos eventos de embajada que, de no haber sido porque se trataba de Nelson Mandela, habría sido tortuoso. Sentado con nosotros en el suelo de su estancia, Madiba nos dio una charla sobre su vida y nos pidió que le contáramos de la nuestra. Recuerdo poco y mal lo que dijo –habló de su infancia en el Transkei, de sus conversaciones con las cucarachas en los periodos de confinamiento solitario en la cárcel, de su relación con la figura de Gandhi–, pero recuerdo bien el pasmo que producía en nosotros. Aunque ninguno tenía más de doce años, todos sabíamos que estábamos ante alguien que había cambiado el mundo.
Volví a ver a Mandela en un concierto de Pavarotti que organizó la embajada italiana unos meses más tarde. Estaba sentado en primera fila, junto con sus dos hijas. Me planté frente a él antes de que empezara el concierto y le pregunté si se acordaba de mí, yo era la mexicana que había ido a su casa, le dije. Claro, respondió, tú eres la que quiere ser doctora. No, le dije, yo ya siempre voy a ser prosista. Entonces, contestó, tienes que leer mucho. ¿Usted, señor presidente Madiba, ya leyó Las batallas en el desierto? Todavía no.
Muchos años después de todo eso, después del periodo de Mandela, de las matanzas de los granjeros afrikáner en Zimbabue, y de millones de muertos más por el virus del sida, mi mejor amiga de infancia, de ascendencia afrikáner y alemana, pasó conmigo una temporada en México. En su maletita llena de ropa, traía todos los libros de J.M. Coetzee. Se encerraba las tardes enteras a leer, y salía de la recámara con los ojos hinchados, cuajados de terror: el problema de Sudáfrica, decía, es que es exactamente como en las novelas.
No sé qué le pasó a Sudáfrica a lo largo de estos años. No he vuelto desde que me fui. Sé que Pretoria ahora se llama Tshwane, sé que Clarence Coetzee está cumpliendo una sentencia en una cárcel de Johannesburgo, y que Lloyd Nunes murió de una sobredosis de heroína el año pasado. Sé también que Rory tiene una empresa, “Crime and Trauma Scène Cleaners”, que se encarga de limpiar los restos y desechos en la escena después de un crimen (y que al principio lo hacía él mismo, pero ha tenido tanto éxito que ahora tiene a más de veinte obreros negros haciéndole el trabajo sucio). Sé que mis amigas de infancia –las blancas y las morenas– decidieron exiliarse en Grecia, Italia, Australia, Nueva Zelandia e Inglaterra; y que la única que quiso quedarse –“I’m a white Boer, but I’m African”, me escribió en una carta hace algunos años– es trilingüe y tiene una maestría pero trabaja como telefonista en una empresa de marketing. Supongo que alguien en algún momento, como en ese chiste que repetía Adolfo, confundió el “focus” con “fuck us”.
“Evolucionar no es el ajuste de una especie a nuevas condiciones/ externas, sino la imposición de nuestros recuerdos a la realidad”, escribe Brodsky en su poema “Constancia”. Yo diría que evolucionar no es ni un ajustarse a nuevas condiciones, ni una imposición de recuerdos a la realidad, sino un ajuste de cuentas entre la memoria y el presente. La memoria es un órgano que se deteriora. En consecuencia, uno acaba compensando las zonas grises con postales con las que no identifica del todo su infancia, ni mucho menos su actual sentimiento del pretérito –sobre todo cuando este parece tan radicalmente distinto del momento actual. Pretoria ya no es nada de lo que fue, y tal vez en este ajuste de cuentas de los recuerdos con el presente, yo haya salido perdiendo: mis recuerdos del pasado nunca podrán contra la realidad de Sudáfrica. Pero, al final, lo único que le queda a alguien que siempre va a ser prosista es el placer un poco triste de volver a enunciar palabras que había olvidado: Nkosi, Bootes Street, Soweto, Saint Mary’s, Rspca, Gauteng, Sam Bomba, Madiba. ~
Valeria Luiselli,  Pretoria

Flannery O'Connor, El tren

El tren
De tanto pensar en el camarero, casi se había olvidado de la litera. Le tocaba una de arriba. El hombre de la estación había dicho que podía darle una de las de abajo y Haze le había preguntado si no tenía de las de arriba. Al acomodarse en el asiento, Haze se había fijado en que, encima de su cabeza, el techo era redondeado. Ahí estaba la litera. Bajaban el techo y ahí estaba, y para subirte tenías que usar una escalera. No había visto ninguna escalera por ahí; supuso que las guardarían en el armario. El armario estaba justo por donde se entraba. Cuando se subió al tren había visto al camarero de pie, delante del armario, poniéndose la chaqueta del uniforme. Haze se había parado justo en ese instante, justo donde estaba.
La forma en que movía la cabeza era igual, y la nuca era igual, y el brazo lo tenía igual de corto. Se apartó del armario y miró a Haze, y Haze le vio los ojos y eran iguales; eran idénticos... así, de entrada, idénticos a los del viejo Cash, pero después eran diferentes. Se volvieron diferentes mientras los miraba; se endurecieron por completo.
-¿A... a qué hora bajan las camas? -farfulló Haze.
-Falta mucho todavía -contestó el camarero, y volvió a buscar otra vez dentro del armario.
Haze no supo qué más decirle. Se fue para su compartimiento.
El tren era ahora una mancha gris que avanzaba rauda dejando atrás atisbos de árboles, campos veloces y un cielo inmóvil que se oscurecía mientras se alejaba. Haze reclinó la cabeza en el respaldo y miró por la ventanilla, la luz amarillenta del tren lo bañaba con su tibieza. El camarero había pasado dos veces: dos veces hacia atrás y dos veces hacia delante, y la segunda vez que había pasado hacia delante le había echado a Haze una mirada severa, y luego había seguido su camino sin decir nada; Haze se había dado la vuelta para verlo marchar tal como había hecho la vez anterior. Hasta su forma de andar era igual. Todos los negros de la quebrada se parecían. Eran unos negros de un tipo muy personal, pesados y calvos, pura roca. En sus tiempos, el viejo Cash había pesado doscientas libras, sin nada de grasa, y no subía más de cinco pies del suelo. Haze quería hablar con el camarero. ¿Qué le comentaría el camarero cuando él le dijese: "Soy de Eastrod"? ¿Qué le diría él?
El tren había llegado a Evansville. Subió una señora y se sentó enfrente de Haze. Eso significaba que a ella le tocaría la litera que había debajo de la suya. La mujer comentó que le parecía que iba a nevar. Dijo que su marido la había llevado en coche hasta la estación y le había dicho que sería toda una sorpresa si no nevaba antes de que él estuviera de vuelta en casa. Tenía que recorrer diez millas; vivían en las afueras. Ella iba a Florida, a visitar a su hermana. Nunca había tenido tiempo de hacer un viaje tan largo. La vida era así, las cosas iban pasando una detrás de la otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja. Puso una cara como si el tiempo la hubiese engañado al pasar el doble de deprisa cuando ella dormía y no podía vigilarlo. Haze se alegró de tener a alguien que le diera conversación.
Se acordó de cuando era niño, cuando su madre y él y los demás niños iban a Chattanooga en el ferrocarril de Tenesí. Su madre siempre se ponía a conversar con los demás pasajeros. Era como un viejo perro de caza al que acababan de soltar y salía corriendo, olía cada piedra y cada palo y olfateaba alrededor de cada objeto con el que se encontraba. Y además se acordaba de todos ellos. Años más tarde, de repente se preguntaba qué sería de aquella señora que iba a Fort West, o se preguntaba si el vendedor de biblias había conseguido sacar a su mujer del hospital. Sentía una especie de anhelo por la gente, como si lo que le pasaba a las personas con las que conversaba le pasara a ella. Era una Jackson. Annie Lou Jackson.
"Mi madre era una Jackson", dijo Haze para sus adentros. Había dejado de prestar atención a la señora, aunque seguía mirándola a la cara y ella creía que la escuchaba.
-Me llamo Hazel Wickers -dijo-. Tengo diecinueve años. Mi madre era una Jackson. Me crié en Eastrod, Eastrod, Tenesí.
Pensó otra vez en el camarero. Le preguntaría al camarero. De pronto se le ocurrió que el camarero podía ser hijo de Cash. A Cash se le había fugado un hijo. Eso pasó antes de que Haze naciera. Aun así, seguro que el camarero conocía Eastrod.
Haze miró por la ventanilla y vio las negras siluetas giróvagas adelatándolo a toda velocidad. Si cerraba los ojos, entre cualquiera de ellas, distinguía Eastrod de noche, y lograba encontrar las dos casas con el camino en medio, y la tienda, y las casas de los negros, y aquel granero, y el trozo de valla que se internaba en el prado, entre gris y blanco, con la luna en lo alto. Era capaz de ver la cara de la mula suspendida encima de la valla y ahí la dejaba, para que sintiera la noche. Él también la sentía. Sentía su suave caricia en el aire. Había visto a su mamá acercarse por el sendero y secarse las manos en el mandil que acababa de quitarse, la había visto aparecer sombría como si fuese la encarnación de la noche y luego de pie en la puerta: Haaazzzeee, Haaazzzeee, ven aquí. El tren lo decía por él. Quiso levantarse e ir a buscar al camarero.
-¿Vas para tu casa? -le preguntó la señora Hosen. Se llamaba señora de Wallace Ben Hosen; de soltera se apellidaba Hitchcock.
-¡Ummm! -exclamó Haze, sobresaltado-, me bajo en... me bajo en Taulkinham.
La señora Hosen conocía a algunas personas en Evansville que tenían un primo en Taulkinham... un tal señor Henrys, no estaba segura. Siendo de Taulkinham, Haze debía de conocerlo. ¿Alguna vez había oído hablar de...?
-Yo no soy de Taulkinham -refunfuñó Haze-. Yo no sé nada de Taulkinham.
No miró a la señora Hosen. Sabía lo que le iba a preguntar; vio venir la pregunta y vino:
-¿Y se puede saber dónde vives?
Quería huir de ella.
-Eso estaba allí -murmuró, revolviéndose en el asiento, luego añadió-: Es que no me acuerdo, estuve una vez pero... esta es la tercera vez que voy a Taulkinham -se apresuró a explicar; la cara de la mujer había surgido ante él y lo miraba con fijeza-, no volví más desde aquella vez que fui y yo tenía seis años. No sé nada de ese lugar. Una vez vi ahí un circo pero no...
Oyó un ruido metálico al final del vagón y se asomó para ver de dónde venía. El camarero iba bajando las paredes de los compartimentos del principio del vagón.
-Tengo que ver al camarero -dijo Haze, y escapó pasillo abajo.
No sabía qué le iba a decir al camarero. Cuando lo tuvo delante seguía sin saber qué le iba a decir.
-Supongo que se prepara para hacerlas ya -comentó Haze.
-Así es -dijo el camarero.
-¿Cuánto tarda en hacer una? -preguntó Haze.
-Siete minutos -contestó el camarero.
-Yo soy de Eastrod -dijo Haze-. Soy de Eastrod, Tenesí.
-Pues eso no está en esta línea -le aclaró el camarero-. Te has equivocado de tren si cuentas con llegar a un sitio como ese.
-Voy a Taulkinham -dijo Haze-. Me crié en Eastrod.
-¿Quieres que te haga la litera ahora mismo? -le preguntó el camarero.
-¿Eh? -respondió Haze-. Eastrod, Tenesí. ¿Nunca oyó hablar de Eastrod?
El camarero bajó un lateral del asiento.
-Soy de Chicago -le dijo.
Echó las cortinas de ambas ventanillas y bajó el otro asiento. Hasta la nuca era la misma. Cuando se agachó, se le vieron tres pliegues. Era de Chicago.
-Estás justo en medio del pasillo. Vendrá alguien y va a querer pasar -le dijo, y le dio la espalda a Haze.
-Me parece que mejor me voy a sentar un rato -dijo Haze sonrojándose.
Al regresar a su compartimiento notó que la gente lo observaba con atención. La señora Hosen miraba por la ventanilla. Se volvió y lo examinó con suspicacia; luego dijo que todavía no se había puesto a nevar, ¿verdad?, y soltó una parrafada. Imaginaba que a esa hora su marido se estaría preparando la cena. Ella pagaba a una chica para que le hiciera el almuerzo, pero para la cena se arreglaba solo. Le parecía que eso, de vez en cuando, no le hacía daño a ningún hombre. Al contrario, pensaba que a él le venía bien. Wallace no era vago, pero no tenía ni idea de lo sacrificado que era ocuparse todo el santo día de la casa. La verdad es que no sabía cómo iba a sentirse en Florida con alguien sirviéndole todo el rato.
El camarero era de Chicago.
Hacía cinco años que ella no se tomaba vacaciones. La última vez había ido a ver a su hermana a Grand Rapids. El tiempo vuela. Su hermana se había mudado de Grand Rapids a Waterloo. Si llegaba a cruzarse ahí mismo con los hijos de su hermana, no sabía bien si iba a ser capaz de reconocerlos. Su hermana le había escrito que estaban tan grandes como su padre. Las cosas cambiaban deprisa, le decía. El marido de su hermana había trabajado en la compañía del agua de Grand Rapids, tenía un buen puesto, pero en Waterloo, se...
-Estuve allí la última vez -dijo Haze-. No me bajaría en Taulkinham si eso estuviera allí; se vino abajo como... no sé... como...
-Debes de estar pensando en otra Grand Rapids -le dijo la señora Hosen frunciendo el ceño-. La Grand Rapids de la que yo te hablo es una ciudad grande y está donde ha estado siempre.
Lo miró con fijeza un instante y luego continuó: cuando estaban en Grand Rapids se llevaban bien, pero en Waterloo él se dio a la bebida. Su hermana tuvo que sacar adelante la casa y educar a los niños. La señora Hosen no lograba entender cómo podía pasarse ahí sentado año tras año.
La madre de Haze nunca había hablado demasiado en el tren; más bien escuchaba. Era una Jackson.
Al cabo de un rato, la señora Hosen dijo que tenía hambre y le preguntó si quería acompañarla al vagón restaurante. Le dijo que sí.
El vagón restaurante estaba lleno y había gente esperando turno para entrar. Haze y la señora Hosen hicieron media hora de cola meciéndose en el estrecho pasillo; de cuando en cuando, se pegaban a los costados para dejar paso a un goteo de gente. La señora Hosen se puso a conversar con la mujer que tenía al lado. Haze miraba la pared con cara de tonto. Nunca se hubiera animado a ir solo al vagón restaurante; menos mal que había encontrado a la señora Hosen. Si ella no llegaba a estar hablando, él le hubiera contado con inteligencia que había estado allí la última vez y que el camarero no era de allí, pero que se parecía bastante a los negros de la quebrada, también se parecía al viejo Cash lo suficiente para ser su hijo. Se lo hubiera contado mientras comían. Desde donde estaba no se veía el vagón restaurante; se preguntó cómo sería por dentro. "Como un restaurante", imaginó. Pensó en la litera. Cuando terminara de comer, seguro que la litera estaba hecha y se podía subir a ella. ¿Qué diría su mamá si lo viera ocupando una litera en un tren? Seguro que ella nunca llegó a imaginar que eso iba a pasar. Cuando se acercaron un poco más a la entrada del vagón restaurante, vio el interior. ¡Era igualito a un restaurante de la ciudad! Seguro que su mamá nunca llegó a imaginar que sería así.
Cada vez que alguien salía del vagón restaurante, el encargado le hacía señas a las personas del principio de la cola; a veces le hacía señas a una sola persona, a veces a varias. Pidió que entraran dos personas, la cola avanzó y Haze, la señora Hosen y la mujer con la que conversaba quedaron al final del vagón restaurante, mirando hacia el interior. Al cabo de poco, se marcharon dos personas más. El hombre hizo una seña y entraron la señora Hosen y la mujer; Haze las siguió. El hombre detuvo a Haze y le dijo: "Dos nada más", y lo hizo retroceder hasta la puerta. Haze se puso colorado como un tomate. Intentó colocarse detrás de la persona que iba antes que él y luego intentó abrirse paso en la cola para regresar al vagón en el que viajaba, pero había demasiada gente apretujada cerca de la puerta. Tuvo que quedarse allí de pie y aguantar que todos lo miraran. Durante un rato nadie se marchó y tuvo que quedarse ahí de pie. La señora Hosen no volvió a fijarse en él. Al final, la señora que se encontraba al fondo del vagón restaurante se levantó y el encargado agitó la mano, Haze vaciló, vio la mano agitarse otra vez y entonces avanzó, recorrió el pasillo tambaleándose y, antes de llegar a su sitio, chocó contra dos mesas y se le cayó encima el café de alguien. No miró a las personas que estaban sentadas a su mesa. Pidió lo primero que vio en el menú y, cuando se lo sirvieron, se lo comió sin pensar en lo que era. La gente con la que compartía mesa había acabado y notó que esperaban y, mientras, aprovechaban para verlo comer.
Cuando salió del vagón restaurante se sentía débil y las manos le temblaban solas, con movimientos imperceptibles. Era como si hubiera pasado un año desde que había visto al encargado hacerle señas para que se sentara. Se detuvo entre dos vagones; para despejarse inspiró hondo el aire frío. Funcionó. Cuando regresó a su vagón, todas las literas estaban montadas y los pasillos, oscuros y siniestros, flotaban envueltos en un verde espeso. Se dio cuenta otra vez de que tenía una litera, de las de arriba, y de que ya podía meterse en ella. Podía tumbarse y subir la persiana un poquito para mirar y vigilar -justo lo que pensaba hacer- y ver cómo pasaban las cosas de noche desde un tren en marcha. Podía observar la noche en movimiento.
Cogió su mochila, se fue al lavabo de caballeros y se puso la ropa de dormir. Un cartel indicaba que había que avisarle al camarero para subir a las literas de arriba. Se le ocurrió de repente que a lo mejor el camarero era primo de algunos de los negros de la quebrada; podía preguntarle si tenía algún primo en Eastrod, o en Tenesí. Fue pasillo abajo a buscarlo. A lo mejor podían charlar un poco antes de que él se metiera en la litera. No encontró al camarero al final de vagón y se fue para la otra punta. Al ir a doblar chocó con algo pesado, color rosa, que lanzó un grito ahogado y masculló:
-¡Serás torpe!
Era la señora Hosen envuelta en un salto de cama rosa, con la cabeza llena de rulos. Se había olvidado de ella. Daba miedo verla con el pelo brillante, peinado para atrás y esos rizadores que parecían setas negras enmarcándole la cara. Ella trató de avanzar y él quiso dejarla pasar, pero los dos se movieron a la vez. A ella se le puso la cara morada salvo por unas manchitas blancas que no se le encendieron. Se puso tiesa, se quedó inmóvil y le preguntó:
-¿Se puede saber qué es lo que te pasa?
Él se escurrió como pudo, salió corriendo pasillo abajo y chocó con tal fuerza contra el camarero que este perdió el equilibrio y él le cayó encima; la cara del camarero quedó muy cerca de la suya, era clavado al viejo Cash Simmons. Por un instante no pudo quitarse de encima del camarero por estar pensando en que era Cash, y musitó: "Cash", y el camarero se lo sacó de encima, se levantó y se alejó pasillo abajo, a toda prisa, y Haze se incorporó como pudo, fue tras él y le dijo que quería subirse a su litera mientras pensaba: "Es pariente de Cash", y entonces, de repente, como si alguien se lo hubiera soltado cuando estaba distraído: "Este es el hijo que se le fugó a Cash". Y luego: "Conoce Eastrod y no quiere saber nada, no quiere hablar de eso, no quiere hablar de Cash".
Se quedó mirando mientras el camarero le ponía la escalera para subir a la litera; luego subió sin dejar de mirar al camarero; veía a Cash, aunque distinto, no tenía los mismos ojos, y cuando estaba a medio subir, dijo, sin dejar de mirar al camarero:
-Cash está muerto. Un puerco le pegó el cólera.
El camarero se quedó con la boca abierta y, observando a Haze con desdén, masculló:
-Soy de Chicago. Mi padre era empleado del ferrocarril.
Haze se lo quedó mirando y se echó a reír: un negro empleado de ferrocarril; y rió otra vez y el camarero apartó la escalera con un movimiento del brazo tan brusco que Haze tuvo que agarrarse de la manta.
Se acostó boca abajo en la litera, temblando por la forma en que había subido. El hijo de Cash. De Eastrod. Pero que no quería saber nada de Eastrod, que odiaba Eastrod. Siguió acostado boca abajo durante un rato, sin moverse. Era como si hubiese pasado un año desde que se había caído en el pasillo encima del camarero.
Al cabo de un rato se acordó de que, en realidad, estaba en la litera, se dio la vuelta, encendió la luz y miró a su alrededor. No había ventana.
En la pared del costado no había ninguna ventana. No se subía hacia arriba para convertirse en ventana. No había ninguna ventana disimulada en la pared. Había como una red de pesca en toda la pared del costado, pero no había ninguna ventana. Por un instante, se le pasó por la cabeza que eso era obra del camarero: le había dado esa litera que no tenía ventana, solo una red de pesca colgando a lo largo, porque lo odiaba. Seguro que eran todos iguales.
El techo encima de la litera era bajo y curvo. Se acostó. El techo curvo daba la impresión de no estar bien cerrado; daba la impresión de estar cerrándose. Se quedó acostado un rato, sin moverse. Notó en la garganta como una esponja con sabor a huevo. En la cena había tomado huevos. Ahora los notaba en la esponja que tenía en la garganta. Justo en la garganta los tenía. No quería darse la vuelta, tenía miedo de que se movieran; quería que la luz estuviera apagada; quería que estuviera oscuro. Levantó la mano sin darse la vuelta, tanteó en busca del interruptor, le dio y la oscuridad le cayó encima, y después se hizo menos intensa por la luz que se filtraba por el espacio sin cerrar, como de un palmo. Quería que la oscuridad fuera completa, no que estuviera diluida. Oyó al camarero acercarse por el pasillo, sus pasos mullidos en la alfombra, avanzaba sin pausa, rozando las cortinas verdes, luego los pasos se fueron perdiendo a lo lejos hasta que no se oyeron más. El camarero era de Eastrod. Era de Eastrod pero no quería saber nada de ese lugar. Cash no lo hubiera reclamado. No lo hubiera querido. No hubiera querido nada que llevara una chaquetilla blanca y ajustada y anduviera con una escobilla en el bolsillo. La ropa de Cash tenía la misma pinta que si la hubiesen guardado un tiempo debajo de una piedra; y olía como los negros. Pensó en cómo olía Cash, pero el olor que le vino era el del tren. En Eastrod ya no quedaban negros de la quebrada. En Eastrod. Al entrar por el camino vio en la oscuridad, en la penumbra, la tienda de comestibles cerrada con tablas y el granero abierto donde la oscuridad andaba suelta, y la casa más pequeña medio desmontada, sin balcón ni suelo en la entrada. Se suponía que debía ir a casa de su hermana en Taulkinham la última vez que estuvo de permiso, al volver del campamento de Georgia, pero no quería ir a Taulkinham y había regresado a Eastrod pese a que sabía lo que se iba a encontrar: las dos familias desperdigadas por los pueblos y hasta los negros que vivían en el camino se habían marchado a Memphis, a Murfreesboro y a otros sitios. Él había vuelto a dormir en la casa, en el suelo de la cocina, y del techo se había desprendido una tabla que le había caído en la cabeza y hecho un corte en la cara. Pegó un salto, como si notara la tabla, y el tren dio una sacudida, se detuvo y volvió a arrancar. Recorrió la casa para comprobar que no quedara nada que conviniera llevarse.
Su mamá siempre dormía en la cocina y guardaba allí su ropero de nogal. En ninguna parte había otro ropero así. Su mamá era una Jackson, había pagado treinta dólares por aquel ropero y no había vuelto a comprarse nada grande. Y ahí se lo dejaron. Él calculó que en el camión no había quedado sitio para llevarlo. Abrió todos los cajones.
En el de arriba de todo encontró dos trozos de cordón y nada en los demás. Le pareció raro que no hubiera entrado nadie a robar un ropero como aquel. Cogió el cordón, ató las dos patas a unas tablas sueltas del suelo y dejó una hoja de papel en cada uno de los cajones:
Este ropero le pertenece a Hazel Wickers. No lo robes o serás perseguido y matado.
Así ella descansaría mejor sabiendo que el ropero estaba protegido de alguna manera. Si ella llegaba a buscarlo por la noche, lo vería. Haze se preguntó si alguna vez su mamá caminaba de noche y pasaba por ahí... si pasaba con aquella expresión en la cara, inquieta y fija, si subía por el sendero y recorría el granero abierto por todas partes y si se paraba en la penumbra, cerca de la tienda de comestibles cerrada con tablas, si se acercaba intranquila con aquella expresión en la cara como la que él le había visto a través de la grieta cuando la bajaban. Le había visto la cara a través de la grieta cuando le ponían la tapa, había visto la sombra que le nubló la cara y le hizo torcer la boca como si no estuviera contenta de descansar, como si fuera a levantarse de un salto, apartar la tapa y salir volando como un espíritu que iba a estar satisfecho: pero ellos encerraron dentro al espíritu. A lo mejor ella iba a salir volando de ahí dentro, a lo mejor iba a levantarse de un salto; tremenda, como un enorme murciélago que se colaba por la rendija, la vio salir volando de ahí pero la oscuridad caía sobre ella, se cerraba todo el tiempo, se cerraba; desde dentro la vio cerrarse, acercarse más y más, tapando la luz y el cuarto y los árboles que se veían por la ventana, por la rendija que se cerraba más deprisa, más negra. Abrió los ojos, vio que la tapa bajaba, se levantó de un salto, se coló por la grieta y se quedó ahí moviéndose, qué mareo, la tenue luz del tren le permitió ver poco a poco la alfombra del suelo, moviéndose, qué mareo. Se quedó ahí, mojado y frío, y vio al camarero en el otro extremo del vagón, una silueta blanca en la oscuridad, ahí de pie, observándolo sin moverse. Las vías describieron una curva y él, mareado, cayó de espaldas en la intensa calma del tren.
Flannery O'Connor, El tren ("The Train", 1948).
Flannery O'Connor


Anillo de Moebius, de Rubén Castillo

Una de las propiedades de la banda de Moebius es que si pudiésemos andar por su superficie comenzando por lo que puede ser su cara exterior, terminaríamos el recorrido volviendo al mismo punto de inicio y habríamos recorrido la totalidad de la banda, incluida la aparente cara interior. Por tanto, aunque pueda parecer que tiene dos caras, en realidad, sólo tiene una. Esta característica inusual la utilizó Cortázar para explicar cómo el bien y el mal, en apariencia separados y contrarios, en esencia son continuidad uno del otro. Rubén Castillo en Anillo de Moebius nos muestra esa misma continuidad entre lo vivido y lo imaginado, entre la cordura y la locura. Enrique Beltrán regresa a su casa en autobús y enfrente de él se sienta Isabel, una hermosa y desconocida joven que asegura ser su novia y que le pide perdón por lo que pudo interpretar como una infidelidad. Lo que parece un malentendido o una pesada broma urdida por sus amigos, y que está a punto de deshacerse, se complica ante abrumadoras evidencias que le hace replantearse todo aquello que tenía por certezas sobre sí mismo. A través de Isabel, y después mediante sus amigos, va descubriendo una vida que no es la suya, con una identidad, una profesión y unos gustos diferentes a los suyos que; sin embargo, parece tan sólida como la vida real que creía poseer. A lo largo de las páginas el protagonista recorre ambas realidades, buscando la línea divisoria que las separa y las explica sin saber que, por mucho que camine, nunca la va a poder encontrar porque entre ambas sólo hay continuidad. Este argumento ―con la conciencia enmarañada del protagonista― es mantenido hasta el final sembrando dudas al lector, obligado a buscar la razón que explique el desajuste de su doble identidad, inclinando la balanza ―en un juego de alternancias― a cada una de las posibilidades tan radicalmente distintas y aparentemente irreconciliables. La rutina, con la seguridad que nos proporciona, de pronto se puede tambalear y cambiar de forma abrupta para presentarnos otra existencia muy diferente, pero no por ello más interesante. El epílogo nos sorprende por lo inesperado que resulta, y mantiene en el lector la incertidumbre al plantear lo frágil que puede ser la noción que tenemos de nuestra propia identidad. 
Se nos presenta una trama bien construida que gira en torno a un único planteamiento en esencia simple, como la propia banda de Moebius, aunque, a poco que indaguemos, descubrimos la complejidad que guarda. Son numerosas las referencias a obras literarias de autores como Homero, Ionesco, Wilde, Borges, Kafka o Agatha Christie, entre otros muchos posibles, y a artistas como Dalí, Marilyn Monroe o Camarón de la Isla. Además de tensión y misterio en esta novela, cargada de ingeniosas metáforas, encontramos mucha ironía y una visión desenfadada de nuestra cotidianidad. Quizás, después de todo ―como decía Pessoa―, reconocer la realidad como una forma de ilusión, y la ilusión como una forma de realidad, es igualmente necesario e inútil.








Anillo de Moebius
Rubén Castillo
Sloper, 2014