Mario Benedetti, La noche de los feos

La noche de los feos.
1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos llenos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos en la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primara vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendedura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolvieron mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en el penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca, bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro, y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar la curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculo mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual.”
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo como qué?”
“Como queremos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme por un chiflado.”
“Prometo”.
“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendedura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo. 
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron. En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad, mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barbas, de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
Mario Benedetti, La noche de los feos.


Mario Benedetti



Herta Müller, La oración fúnebre

La oración fúnebre.
En la estación, los parientes avanzaban junto al tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.
Un joven estaba de pie tras la ventanilla del tren. El cristal le llegaba hasta debajo de los brazos. Sostenía un ramillete ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.
Una mujer joven salía de la estación con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.
El tren iba a la guerra. Apagué el televisor.
Papá yacía en su ataúd en medio de la habitación. De las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.
En una de ellas papá era la mitad de grande que la silla a la cual se aferraba.
Llevaba un vestido y sus piernas torcidas estaban llenas de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.
En otra foto aparecía en traje de novio. Sólo se le veía la mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía en la mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.
En otra foto se veía a papá ante una valla, recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el vacío. Estaba saludando con la mano levantada sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.
En la foto de al lado papá llevaba una azada al hombro. Detrás de él, una planta de maíz se erguía hacia el cielo. Papá tenía un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y ocultaba la cara de papá.
En la siguiente foto, papá iba sentado al volante de un camión. El camión estaba cargado de reses. Cada semana papá transportaba reses al matadero de la ciudad. Papá tenía una cara afilada, de rasgos duros.
En todas las fotos quedaba congelado en medio de un gesto. En todas las fotos parecía no saber nada más. Pero papá siempre sabía más. Por eso todas las fotos eran falsas. Y todas esas fotos falsas, con todas esas caras falsas, habían enfriado la habitación. Quise levantarme de la silla, pero el vestido se me había congelado en la madera. Mi vestido era transparente y negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era verano. Las moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El pueblo se extendía bordeando el ancho camino de arena, un camino caliente, ocre, que le calcinaba a uno los ojos con su brillo.
El cementerio era de rocalla. Sobre las tumbas había enormes piedras.
Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.
Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.
Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.
Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.
Violó a una mujer en un campo de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más. Tu padre le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.
Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada. El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd. El otro hombrecillo borracho siguió hablando:
Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.
El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua subterránea hay en las fosas, dijo.
Luego colocó una piedra gruesa sobre el ataúd.
El predicador estaba junto a una cruz de mármol blanco. Se dirigió hacia mí. Tenía ambas manos sepultadas en los bolsillos de su hábito.
El predicador se había puesto en el ojal una rosa del tamaño de una mano. Era aterciopelada. Cuando llegó a mi lado, sacó una mano del bolsillo. Era un puño. Quiso estirar los dedos y no pudo. Los ojos se le hincharon del dolor. Rompió a llorar en silencio.
En tiempos de guerra uno no se entiende con sus paisanos, dijo. No aceptan órdenes.
Y el predicador colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd. De pronto se instaló a mi lado un hombre gordo. Su cabeza parecía un tubo y no tenía cara.
Tu padre se acostó durante años con mi mujer, dijo. Me chantajeaba estando yo borracho y me robaba el dinero.
Se sentó sobre una piedra.
Luego se me acercó una mujer flaca y arrugada, escupió a la tierra y me dijo ¡qué asco!
La comitiva fúnebre estaba en el extremo opuesto de la fosa. Bajé la mirada y me asusté, porque se me veían los senos. Sentí mucho frío.
Todos tenían los ojos puestos en mí. Unos ojos vacíos. Sus pupilas punzaban bajo los párpados. Los hombres llevaban fusiles en bandolera, y las mujeres desgranaban sus rosarios.
El predicador se puso a juguetear con su rosa. Le arrancó un pétalo color sangre y se lo comió.
Me hizo una señal con la mano. Me di cuenta de que tenía que decir unas palabras. Todos me miraban.
No se me ocurría nada. Los ojos se me subieron por la garganta a la cabeza. Me llevé la mano a la boca y me mordí los dedos. En el dorso de mi mano si veían las huellas de mis dientes. Unos dientes cálidos. Por las comisuras de los labios empezó a gotear sangre sobre mis hombros.
El viento me había arrancado una de las mangas del vestido, que ondeaba ligera y negra en el aire.
Un hombre apoyó su bastón de caminante contra una gruesa piedra. Apuntó con un fusil y disparó a la manga. Cuando cayó al suelo ante mi cara, estaba llena de sangre. La comitiva fúnebre aplaudió.
Mi brazo estaba desnudo. Sentí cómo se petrificaba al contacto con el aire.
El predicador hizo una señal. Los aplausos enmudecieron. Estamos orgullosos de nuestra comunidad. Nuestra habilidad nos preserva del naufragio. No nos dejamos insultar, dijo. No nos dejamos calumniar. En nombre de nuestra comunidad alemana serás condenada a muerte.
Todos me apuntaron con sus fusiles. En mi cabeza retumbó una detonación ensordecedora.
Me desplomé y no llegué al suelo. Permanecí en el aire, flotando en diagonal sobre sus cabezas. Fui abriendo suavemente las puertas, una a una.
Mi madre había vaciado todas las habitaciones.
En el cuarto donde habían velado el cadáver se veía ahora una gran mesa. Era una mesa de matarife. Encima había un plato blanco vacío y un florero con un ramillete ajado de flores blancas.
Mamá llevaba puesto un vestido negro y transparente. En la mano tenía un cuchillo enorme. Se acercó al espejo y se cortó la gruesa trenza gris con el cuchillo enorme. Luego la llevó a la mesa con ambas manos y puso uno de sus extremos en el plato.
Vestiré de negro toda mi vida, dijo.
Encendió uno de los extremos de la trenza, que iba de un lado a otro de la mesa. La trenza ardió como una mecha. El fuego lamía y devoraba.
En Rusia me cortaron el pelo al rape. Era el castigo más leve, dijo. Apenas podía caminar de hambre. De noche me metía a rastras en un campo de nabos. El guardián tenía un fusil. Si me hubiera visto, me habría matado. Era un campo silencioso. El otoño tocaba a su fin, y las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.
No volví a ver a mi madre. La trenza seguía ardiendo. La habitación estaba llena de humo.
Te han matado, dijo mi madre.
No volvimos a vernos por la cantidad de humo que había en la habitación. Oí sus pasos muy cerca de mí. Estiré los brazos tratando de aferrarla.
De pronto enganchó su mano huesuda en mi pelo. Me sacudió la cabeza. Yo grité.
Abrí bruscamente los ojos. La habitación daba vueltas. Yo yacía en una esfera de flores blancas ajadas y estaba encerrada.
Luego tuve la sensación de que todo el bloque de viviendas se volcaba y se vaciaba en el suelo.
Sonó el despertador. Era un sábado por la mañana, a las seis y media.
Herta Müller, La oración fúnebre.


Herta Müller



The Funeral Sermon
At the railway station, relatives were running alongside the puffing train. With every step they moved their raised arms and waved.
A young man was standing behind a window of the train. The glass reached up to his armpits. He was clutching a bunch of tattered white flowers to his chest. His face was rigid.
A young woman was carrying a bland child out of the railway station. The woman was a hunchback.
The train was leaving for the war.
I turned off the television.
Father was lying in a coffin in the middle of the room. The walls were covered with so many pictures that you couldn't see the wall.
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In one picture, Father was half as tall as the chair he was holding onto. He was wearing a dress and his bowed legs were all rolls of fat. His head was pear-shaped and bald.
In another picture Father was the bridegroom. You could see only half of his chest. The other half was a bunch of tattered white flowers in Mother's hands. Their heads were so close together that their earlobes were touching.
In a different picture Father was standing bolt upright in front of a fence. There was snow under his boots. The snow was so white that Father was surrounded by emptiness. His hand was raised above his head in a salute. There were runes on his collar.
In the picture next to it, Father had a hoe resting on his shoulder. Behind him there was a cornstalk sticking up into the sky. Father was wearing a hat on his head. His hat cast a wide shadow and hid his face.
In the next picture, Father was sitting behind the steering wheel of a truck. The truck was full of cows. Every week Father would drive the cows to the slaughterhouse in the city. Father's face was thin and had hard edges.
In all the pictures, Father was frozen in the middle of a gesture. In all the pictures, Father looked as though he didn't know what to do. But Father always knew what to do. That's why all these pictures were wrong. All those false pictures, all those false faces chilled the room. I wanted to get up from my chair, but my dress was frozen to the wood. My dress was transparent and black. It crackled whenever I moved. I rose and touched Father's face. It was colder than the objects in the room. It was summer outside. Flies were dropping their maggots in flight. The village stretched along the wide sandy road. The road was hot and brown, and burned out your eyes with its glare.
The cemetery was made of rocks. There were boulders on the graves.
When I looked down on the ground I noticed that the soles of my shoes were turned up. All that time, I had been walking on my shoelaces. Long and heavy, they were lying behind me, their ends curled up.
Two staggering little men were lifting the coffin from the hearse and lowering it into the grave with two tattered ropes. The coffin was swinging. Their arms and their ropes got longer and longer. The grave was filled with water despite the drought. Your father killed a lot of people, one of the drunk little men said.
I said: he was in the war. For every twenty-five killed he got a medal. He brought home several medals.
He raped a woman in a turnip field, the little man said. Together with four other soldiers. Your father stuck a turnip between her legs. When we left she was bleeding. She was Russian. For weeks afterwards, we would call all weapons turnips.
It was late fall, the little man said. The turnip leaves were black and folded over by frost. Then the little man put a big rock on the coffin.
The other drunk little man continued:
For the New Year, we went to the opera in a small German town. The singer's voice was as piercing as the Russian woman's screams. One after the other, we left the theater. Your father stayed till the end. For weeks afterwards, he called all songs turnips and all women turnips.
The little man was drinking schnapps. His stomach was gurgling. There is as much schnapps in my belly as there is ground water in the graves, the little man said.
Then the little man put a big rock on the coffin.
The man giving the funeral sermon was standing next to a white marble crucifix. He came toward me. He had his two hands buried in his coat pockets.
The man giving the funeral sermon had a rose the size of a hand in his button hole. It was velvety. When he was right next to me he pulled one hand out of his pocket. It was a fist. He wanted to straighten out his fingers but wasn't able to. The pain made his eyes bulge. He began crying quietly to himself. In the war, you can't get along with your countrymen, he said. You can't order them around.
Then the man giving the funeral sermon put a big rock on the coffin.
Now a fat man came and stood next to me. His head was like a tube without a face.
Your father slept with my wife for years, he said. He blackmailed me when I was drunk and stole my money. He sat down on a rock.
Then a scrawny wrinkled woman came toward me, spat on the ground, and cursed me.
The funeral congregation was standing at the opposite end of the grave. I looked down at myself and was startled because they could see my breasts. I felt cold.
Everybody's eyes were on me. They looked empty. Their pupils were stabbing from under their lids. The men carried guns over their shoulders, and the women were rattling their rosaries.
The man giving the funeral sermon was plucking at his rose. He tore off a blood-red petal and ate it.
He signaled me with his hand. I knew that now I had to give a speech. Everybody was looking at me.
I couldn't think of a single word. My eyes were rising to my head through my throat. I put my hand to my mouth and gnawed at my fingers. You could see my teethmarks on the backs of my hands. My teeth were hot. Blood was running from the corners of my mouth onto my shoulders.
The wind had torn a sleeve off my dress. It was hovering black and billowing in the air.
A man was leaning his cane against a big rock. He aimed his rifle and shot down the sleeve. When it sank to the ground in front of me it was covered with blood. The funeral congregation applauded.
My arm was naked. I felt it petrify in the air.
The speaker gave a signal. The applause stopped.
We are proud of our community. Our achievements save us from decline. We will not let ourselves be insulted, he said. We will not let ourselves be slandered. In the name of our German community you are condemned to death.
They all pointed their guns at me. There was a deafening bang in my head.
I fell over and didn't reach the ground. I lay suspended in the air across their heads. Quietly I pushed open the doors.
My mother had cleared all the rooms. Now there was a long table in the room where the body had been laid out. It was a butcher's table. There was an empty white plate and a vase with a bunch of tattered white flowers on it.
Mother was wearing a transparent black dress. She was holding a big knife in her hand. Mother stood in front of the mirror and cut off her heavy gray braid with the big knife. She carried the braid to the table with both hands. She put one end on the plate.
I will wear black for the rest of my life, she said.
She set fire to one end of the braid. It reached from one end of the table to the other. The braid burned like a fuse. The fire was licking and devouring.
In Russia they shaved off my hair. That was the least punishment, she said. I staggered with hunger. At night I crawled into a turnip field. The guard had a gun. If he had seen me he would have killed me. The field didn't rustle. It was late fall and the turnip leaves were black and folded over by frost.
I didn't see Mother any more. The braid kept burning. The room was filled with smoke.
They killed you, my mother said.
We couldn't see each other any more, there was so much smoke in the room.
I heard her footsteps close to me. I was groping for her with outstretched arms.
Suddenly she hooked her bony hand into my hair. She shook my head. I screamed.
I suddenly opened my eyes. The room was spinning around. I was lying in a ball of tattered white flowers and was locked in.
Then I had the feeling that the apartment building was tipping over and emptying itself into the ground.
The alarm clock rang. It was Saturday morning, five-thirty.
Herta Müller, The Funeral Sermon.

Cynthia Ozick, Levitación

Levitación
Una pareja de novelistas, marido y mujer, dio una fiesta. El marido era, además, editor; así se ganaba la vida. Pero, en el fondo, era un novelista. Su carácter no tenia garra; ni siquiera exteriormente aparentaba ser un editor. Tenía un rostro sencillo, pálido, agradable. Se llamaba Feingold. 
Por amor, así como por haber sabido desde siempre que no quería tener por esposa a una judía, se casó con la hija de un presbítero. También Lucy había albergado la esperanza de contraer matrimonio al margen de su tradición. (Éstas fueron sus palabras. "Al margen de mi tradición", dijo. Esa sola idea a él lo enfebrecía). Cuando no tenía más que doce años, sintió en lo más hondo que pertenecía al pueblo de la Biblia. ("Un hebreo", decía. A él, el corazón le dio un brinco, lo meció el jubilo en sus brazos.) Una noche, desde el púlpito, su padre leyó un salmo; ella, de repente, cayó en la cuenta de que el salmista se refería a ella; allí, en el acto, se convirtió en una antigua hebrea. 
Ella tenia los ojos enormes, atentos, resbaladizos, desconcertantemente luminosos, y el cabello cobrizo, y una manera grave y apocada de decir las cosas con honestidad. 
Eran tímidos los dos, y rara vez daban alguna fiesta. 
Cada uno de ellos había publicado una novela. La de ella versaba sobre la vida doméstica; él escribía sobre los judíos. 
Todas las disputas acerca del Estado de la Novela les habían tocado solo de refilón. Por las noches, después de meter a los niños en la cama, mientras el lavaplatos traqueteaba como un poseso y exhalaba un peculiar olor a aceite quemado, se sentaban los dos, ella en su mesa y él en la suya, y se ponían a escribir. Escribían no sin confusiones ni sin laboriosidad; no obstante, con la misma naturalidad del que se pone a coser y cantar. Los dos se habían consagrado a la exactitud, al realismo psicológico, al verismo más honesto; también, cómo no, al virtuosismo, e incluso al ingenio. A ninguno de los dos le importaba gran cosa lo que le hubiese ocurrido a la novela, ni todas esas aseveraciones acerca de la extinción del Personaje y de la Trama. Estaban serenos. A veces, al cerrar los cuadernos ya a última hora de la noche, les daba la impresión de ser amigos o amantes en un plano literario, como George Eliot y George Henry Lewes. 
En la cama, se deleitaban con las cantidades, y murmuraban con desconfianza acerca de las teorías. 
―Siete páginas en lo que va de semana. 
―Yo, nueve y pico, pero he tenido que tirar cuatro a la papelera. Por culpa de un enfoque erróneo. 
―Claro, porque te estás dedicando a la primera persona. La primera persona te estrangula. A la larga, te resulta imposible salirte de tu propia piel. 
Etcétera. El único principio sobre el que estaban completamente de acuerdo era el de la importancia de no escribir jamás sobre escritores. El protagonista tenía que ser alguien real, de carne y hueso, alguien cuyo trabajo diera la impresión de estar en el mundo, es decir, un burócrata, un banquero, un arquitecto... (¡ah, cómo envidiaban a Conrad por sus capitanes de barco!); de no ser así, uno se veía abocado al solipsismo, al narcisismo, al tedio, a no despertar el más mínimo interés en el público lector, en quién sabe qué otros peligros. 
Esta dificultad ―asirse a una temática concreta― concernía principalmente a Lucy. La novela de Feingold ―la que estaba escribiendo― trataba sobre Menachem ben Zarach, superviviente de la masacre de judíos que tuvo lugar en Estella, una ciudad española, en 1328. De la mañana a la noche permaneció escondido bajo una pila de cadáveres, hasta que un "compasivo caballero" (tal era el lenguaje de la historia en el que Feingold creía a pies juntillas) lo rescató de allí y se lo llevó a su casa para curarle las heridas. Menachem tenía entonces veinte años; su padre, su madre y sus cuatro hermanos menores habían sucumbido en aquella noche de terror. Seis mil judíos habían muerto en un solo día de marzo. Feingold describía bien cómo había transportado un viento manso la fragancia salada de la sangre fresca junto con las cenizas de los hogares judíos, arrojándolas en pleno rostro de los asesinos. Era, pese a todo, un relato triunfal: al final, Menachem ben Zarach se convierte en un renombrado erudito. 
―Si vas a contar cómo después de convertirse en erudito se sienta y escribe ―protestó Lucy―, entonces incurres en Lo Prohibido. 
Feingold, sin embargo, afirmó que tenía la intención de concentrarse en la masacre y, sobre todo, en la vida del "compasivo caballero". ¿Qué era lo que le había llevado a derrochar semejante compasión? ¿Qué clase de educación había recibido? ¿Qué era lo que solía leer? Feingold tenía el propósito de inventarse un diario del compasivo caballero y reproducir citas textuales. En ese diario, el compasivo caballero plasmaría todos sus dones, sus pasiones, sus opiniones privadas. 
―Solipsismo ―dijo Lucy―. Tu compasivo caballero no es más que otro escritor más. Narcisismo. Tedio. 
Hablaban con frecuencia de Lo Prohibido. Pasado un tiempo, comenzaron a llamarlo la Ciudad Prohibida, pues no sólo les tentaba (sobre todo a Lucy) escribir ―de forma solipsista, narcisista, tediosa y carente de todo interés en lo referente al público lector― sobre escritores sino, más concretamente, sobre los escritores de Nueva York. 
―El tal compasivo caballero ―dijo Lucy― vivía en el Upper West Side de Estella. Vivía en Riverside Drive, en la West End Avenue de Estella. Vivía en Estella, en Central Park West. 
Los Feingold vivían en Central Park West. 
En la novela de ella ―en la que había publicado, no en la que estaba escribiendo― Lucy había descrito en primera persona el lugar en que vivían: 
Hasta la fecha he visto al menos unos cuantos apartamentos del West Side. Tienen una distribución harto misteriosa. Hay habitaciones cuyas puertas no conducen a ninguna parte: giras el picaporte, abres y te das contra un muro. Tras ese muro alguien ronca a pleno pulmón, en otro apartamento. Han hecho dos, tres y hasta cuatro o cinco apartamentos de lo que en tiempos eran palacios. En los lavabos hay antiquísimas grietas que rielan de humedad como si fueran ríos antiquísimos. Columnas aflautadas y fogones. Arthur Rubinstein vivió aquí. En un piano sobredorado acaricié con sus dedos veloces una sonata de Beethoven. Los sonidos giraron y giraron como el mercurio. Ahora, hasta el aliento está contenido en una carta. Editores. Críticos. Libros, libros viejos, antiguos, pesados como siglos. De los fríos fogones han construido anaqueles. Freud en el emparrillado, Marx en el hogar, Melville, Hawthorne, Emerson. Ah, Dios, el peso, ese peso. Lucy se consideraba una devota del estilo; Feingold no. Él creía que bastaba con poner una frase tras otra. En su editorial no tenía ninguna influencia. Le ponía nervioso tener que tomar una decisión. Rechazaba la mayor parte de los manuscritos porque le daban miedo los errores; cada error implicaba una pérdida de dinero. La suya era una pequeña editorial que jadeaba en pos de los beneficios; Feingold le había comentado a Lucy que los únicos libros que se respetaban en su empresa eran los que pertenecían a los contables. De vez en cuando había intentado manipular alguna novela según su propio gusto; en tales ocasiones, había tenido que ser brutal con el autor. Se había puesto a cercenar cada párrafo hasta dejarlos tan ralos como los suyos propios.
―Sabe Dios como dejarías los míos — le dijo Lucy―; ya se sabe: de un calvo solo se puede esperar una prosa calva. 
Resplandeció el horizonte de la cabeza de Feingold. Ella nunca le mostraba lo que había escrito. Pero los dos sabían cuán afortunados eran por tenerse el uno al otro. Se compadecían de todo escritor que no se hubiera casado con una escritora, y viceversa. 
―Al menos ―decía Lucy― partimos de las mismas premisas. 
Las paredes de su casa estaban tapizadas por volúmenes y volúmenes de historia hebrea; pertenecían todos a Feingold. Lucy tan solo leía un único libro ―Emma― una y otra vez. Feingold no tenía una mentalidad "filosófica”. Lo que de veras le gustaba eran los acontecimientos. A Lucy le gustaba especular, rumiar las cosas. Era algo más inteligente que Feingold. A los desconocidos él les resultaba muy dócil. Lucy, cuando guardaba silencio, era una estatua de bronce. 
Tenían ambos verdadera devoción por la omnisciencia, aunque ninguno de los dos gozara de la suficiente agudeza como para saber a qué se refería con ese término. Se creían, en el fondo, niños con un teatro de marionetas: podían hacer que sucediera cualquier cosa, recitar todos los diálogos, hacer dar brincos o estremecerse a los personajes que llevaban en las manos enguantadas. Se imaginaban estar enamorados de lo que llamaban "imaginación". No era verdad. A lo que sí eran adictos era a una falsa piedad, y ello se debía a que estaban absorbidos por el poder, y eran impotentes. 
Se alimentaban de la lástima y, por tanto, de las habladurías: quién había estado diez años sin tener hijos, quién había perdido tres puestos de trabajo uno detrás de otro, quién corría el peligro de que lo despidieran, qué agente había perdido todo su prestigio, qué otro no conseguía que le publicaran su segunda novela, quién era persona non grata en tal o cual revista, quién tenía todas las de terminar por suicidarse, quién se acostaba con quién, a las claras o en secreto, a quién se le desdeñaba, qué otro contaba o no contaba para nada; y a cualquier persona a la que se hubiera escogido como chivo expiatorio le mostraban sin ninguna moderación toda la ternura de que eran capaces. Eran, asimismo, extremadamente "psicológicos": prestaban atención con suma amabilidad, echaban una mano cuando hiciera falta, ponían con agrado paños calientes sobre la frente de quien los necesitase. Se sentían atraídos por las vidas amargadas. 
Acerca de las suyas propias solían hacer una broma: eran gentes "de segunda fila". Feingold tenía un empleo de segunda fila en una empresa de segunda fila. El propio editor de Lucy era de segunda fila; hasta tenía el local en la Segunda Avenida. Las críticas de sus libros las habían redactado críticos de segunda fila. Todos sus amigos eran de segunda fila: no eran ni presidentes ni socios siquiera de empresas respetadas, sino correctores de pruebas y ayudantes de producción; no eran las águilas resplandecientes de los órganos de expresión intelectual, sino los hastiados percherones de los pequeños periódicos judíos; no eran los fieros críticos literarios de frío corazón, sino los comentaristas de diario, macilentos y charlatanes, que se ocupaban sólo de las películas. Si por casualidad conocían a un dramaturgo, hasta sus ambiciones eran off-off Broadway, y ni siquiera había representado ninguna pieza. Si se daba el caso de conocer a un pintor, vivía en una buhardilla y tan solo había expuesto una vez, sobre el alambre de espino de las verjas de Washington Square, en una exposición al aire libre de las que se dan en primavera. Y esto les sorprendía por mezquino y por injusto; a ellos les gustaban sus amigos, pero eran otras las personas ―¿por qué ellos no?― llamadas a las profundas cavernas de Nueva York, entre los leones. 
¡Nueva York! Se jugaban el cuello con solo aventurarse por Broadway, aunque fuera para comprar una barra de pan, después del anochecer; los atracadores estaban escondidos detrás de los columpios, en los parques, los yonquis portaban las navajas y estaban listos para sacarlas en cualquier momento. Cada apartamento era una fortaleza iluminada; era posible admirar las luces y las cerraduras, los cerrojos triples tras los barrotes de las ventanas, los candados reforzados y las alarmas de la policía en cada puerta, así como las lámparas accionadas por medio de relojes para hacer pensar a los ladrones que siempre había alguien en casa. Pasos por el pasillo, el chirrido del ascensor a media noche; la respiración contenida por pura precaución. Sus padres vivían en Cleveland y en St. Paul, y casi nunca osaban venir a visitarlos. Todo eso: basura e inadecuación (igualmente podrían haber tenido un césped cubierto de nieve en cualquier otra parte); y nadie pronunciaba sus nombres, nadie sentía por ellos ninguna curiosidad, nadie les preguntaba si tenían trabajo o si había alguna novedad. Pasado medio año, sus libros se saldaban en las rebajas por noventa y nueve centavos. Mediocridades anónimas. No podrían siquiera considerarse olvidados porque nunca habían sido tenidos en cuenta. 
Lucy tenia un diagnóstico: estaban ambos hundidos en el gueto. Feingold insistía en sus morbosas investigaciones sobre los autos de fe inquisitoriales en tal o cual plaza de la península ibérica. Ella misma había creído que la vida interior de una mujer atada a la casa ―citaba de nuevo a Emma― contenía las mismas cantidades de comicidad que el cosmos entero. ¡Judíos y mujeres! Unos y otros estaban fuera de lugar, carecían de importancia. Era preciso desechar la piedad, mirar al centro de las cosas, abandonar todo lo concerniente a uno mismo, estudiar el poder. 
Confeccionaron una lista de lumbreras. Invitaron a Irving Howe, a Susan Sontag, a Alfred Kazin y a Leslie Fiedler. Invitaron a Norman Podhoretz y a Elizabeth Hardwick. Invitaron a Philip Roth y a Joyce Carol Oates, a Norman Mailer y a William Styron, a Donald Barthelme y a Jerzy Kosinsky, y a Truman Capote. No vino ninguno; sus números de teléfono no figuraban en la guía, o bien tenían contestadores automáticos, o estaban por el contrario en Praga, o en París, o simplemente de viaje. Sin embargo, su apartamento se lleno. Era un sábado por la noche de un noviembre helado. Los taxis patinaban sobre los charcos de aguanieve. Dentro del apartamento, junto a la puerta, se formó una pila de botas de agua cada vez más alta. Hicieron falta dos armarios, llenos hasta reventar de gabardinas y abrigos de piel; sobre una de las camas aún se formó un montón de abrigos enredados que apestaban a mofeta y a cordero. 
La fiesta borboteaba y daba vueltas como el agua en una bañera perezosa; golpeaba contra las paredes de todas las habitaciones. Lucy llevaba una falda larga, de color violeta, Feingold una camisa amarillo limón sin corbata. Parecía más pálido que nunca. El apartamento contaba con un amplio salón central, la anchura de una habitación; de ahí se abría el comedor a la izquierda y el cuarto de estar a la derecha. Las tres estancias de la fiesta resplandecían como un tríptico: era como si fuera posible doblar ambas hojas sobre el centro y dejar a todos a oscuras. Los invitados parecían estatuas exentas en los nichos de una catedral; o bien muñecas de cartón, con sus bebidas en la mano, vestidas con faldones y capas, el cabello de las mujeres recogido de diversas formas, el de los hombres disparado y suelto; la moda acechaba, Feingold andaba alicaído. Observó cómo brillaba todo, los manhattans y los martinis, los pendientes y las punteras de los zapatos ―se maravilló, pese a saber que todo era una farsa, una falsificación incluso. El gran mundo estaba en alguna otra parte. Las conversaciones podían engañar a cualquiera: ¡cómo hablaban aquellas gentes! A partir de los giros que tomaban las conversaciones ―o por los fragmentos de la conversación que transportaba el aire, los que se tragaba un nuevo remolino, los remolinos que engullían sucesivamente nuevos remolinos, cada instante era una permutación en el cuadro viviente que conformaban todas las estatuas exentas o las marionetas que flotaban en la bañera―, por tal o cual indicio o tal 0 cual sílaba era posible imaginarse el universo entero en el proceso de su definitiva comprensión. La naturaleza humana, los astros, la historia ―las voces martilleaban y cencerreaban. Lucy andaba con los ojos como platos, ofreciendo una fuente con tacos de queso. Feingold la cogió del codo. 
―¡Es un dispendio! ―ella le devolvió la mirada― ¡No ha venido nadie! ―con gesto de plañidera engulló un taco de queso; después, él la perdió. 
Pasó al cuarto de estar: estaba prácticamente vacío, aparte de unos cuantos bultos en el sofá. Los bultos llevaban serios trajes chaqueta. El comedor estaba algo mejor. Algo estaba cuajando; algo alrededor de la mesa: tazas de café llenas hasta el borde, trozos de tarta en cada plato (los platos que simulaban una vajilla victoriana, adquiridos en Boots, en Londres: el año anterior a que naciera su primer hijo, Lucy y Feingold fueron a ver los páramos de las Bronte, la casa de Coleridge en Highgate, Lamb House, en Rye, donde Edith Wharton tomaba el té con Henry James, Bloomsbury, la escalinata de Cambridge en cuyo último piso había vivido Forster)... Daba la sensación de que aquello iba a convertirse en una visita de rigor, salpimentada con puntos de vista, opiniones, una discusión en toda regla. Las voces comenzaron a dar traspiés; eso a Feingold le gustó, fue casi humano. Pero entonces, al pasar a diestro y siniestro los tenedores y las servilletas de papel, se percató de la horrorosa vivacidad que imprimían a sus frases en falsete: actores, cháchara teatral, quién dirigía a quién, qué se iniciaba y dónde; él odiaba a los actores. Estridentes marionetas. Insensatos. Una doble hilera de rostros alrededor de la mesa, estúpidos gorgoteos. 
El salón del centro... vacío. Allí no había nadie aparte de Lucy, que se había quedado remoloneando. 
―Teatro en el comedor ―dijo él―. Basura. 
―Cine. He oído cine. 
―Cine también ―le concedió―. Basura. Esta atestado. 
―Porque se han hecho con la tarta (1). Tienen ahí toda la comida. En el cuarto de estar no queda nada. 
―Dios santo ―dijo él como el que está a punto de ahogarse—. ¿Te das cuenta de que no ha venido nadie? 
En el cuarto de estar había ―había habido antes― patatas fritas. Las patatas habían desaparecido, los palitos de zanahoria los habían engullido todos, de los de apio no quedaba ni rastro. Una aceituna en un platillo; Feingold la partió en dos de un mordisco. Habían desaparecido los trajes chaqueta. 
―Es horrorosamente temprano ―dijo Lucy―. Se ha tenido que marchar mucha gente. 
―Es que no es una fiesta, es un cóctel, y eso es lo que pasa ―dijo Feingold. 
―No es exactamente un cóctel ·―dijo Lucy. Se sentaron en la alfombra, frente a la fría chimenea. 
―¿Es una chimenea de verdad? ―les pregunto alguien. 
―No la encendemos nunca ―dijo Lucy. 
―¿Y encendéis alguna vez esos candelabros? 
―Eran de la abuela de Jimmy ―dijo Lucy―. No los encendemos nunca. 
Cruzó la tierra de nadie que la separaba del comedor. Allí se habían puesto serios. Hablaban de los gestos de Chaplin. 
En el cuarto de estar, Feingold se desesperaba; como nadie le preguntaba nada, comenzó a hablar del compasivo caballero. Un problema de ego, dijo: la compasión era la conciencia superlativa del propio orgullo. No es que él creyera tal cosa; tan solo le pareció provocador decir algo original, aunque fuera un poco embrollado. Pero nadie le contesté. Feingold levantó la mirada. 
―¿No se puede encender la chimenea? ―dijo un hombre. 
―Claro que sí ―dijo Feingold. Enrolló un Times dominical y le pegó fuego con una cerilla. Una llamarada tan clara como una farola blanqueó los rostros de los que estaban sentados en el sofá. Reconoció a un amigo suyo de los tiempos del seminario ―uno de los que Lucy llamaba sus "amigos teológicos"― y allí mismo, de pronto, a Feingold le entraron ganas de hablar de Dios. O, si no de Dios, al menos de ciertas atrocidades históricas, de abominaciones, a saber, el crimen de aquel noble francés llamado Draconet, un orgulloso cruzado, quien en la primavera del año 1247 detuvo a todos los judíos de la provincia de Viena, castró a los hombres y sajó los pechos de las mujeres; a algunos decidió no mutilarlos, sino cortarlos sin más en dos. A Feingold le interesaba que la Carta Magna y la insignia de la vergüenza de los judíos datasen del mismo año, y que menos de un siglo más tarde los judíos fueran expulsados de Inglaterra, incluidas las familias que llevaban siete u ocho generaciones asentadas allí. Tenía cierta debilidad por el Papa Clemente IV, que había absuelto a los judíos de toda responsabilidad en la Peste Negra. “La plaga se lleva también a los propios judíos," dijo el Papa. Feingold se sabía innumerables historias acerca de conversiones obligadas, se sentía a sus anchas ante tales pensamientos, cómodo, los asientos parecían adensarse de familiaridad. Se preguntó si sería apropiado ―¡después de todo, estaban en un cóctel!― indagar en qué estado se hallaba el agnosticismo de su amigo del seminario: ¿se trataba tan solo de que Dios había salido de puntillas de la historia, por así decirlo, o es que, para empezar, no existía el Creador, nada había sido creado y el mundo no era mas que una quimera, la ilusión de un solipsista? 
Lucy se sentía incomoda con el amigo del seminario; él era el que había administrado su conversión, y cada encuentro era como una nueva etapa dentro de un examen perpetuo. Se alegraba de que no existiera un catecismo judío. ¿Era acaso una reincidente? Fuera como fuese, se sentía como si la hubiese puesto a prueba. A veces, a los niños les hablaba de Jesús. Miro a su alrededor ―sus grandes ojos giraron como ruedas― y vio que todos los que había en el cuarto de estar eran judíos. 
En el comedor también había judíos, pero eran de los que ni se inmutaban, de los que no se preocupaban nada por la ortodoxia: eran los humoristas, los pintores, los comentaristas de cine que iban a ver “Polvos tras el biombo” la víspera del Día de la Expiación. En el comedor había más gentiles. La tarta estaba prácticamente terminada. Tomó el ultimo pedazo, se lo echó en un plato de papel y volvió al cuarto de estar. Recriminó a Feingold, acababa de tener uno de sus accesos de fanatismo. Cualquier persona normal, cualquiera que tuviese un mínimo de sentido común ―los humanistas y los humoristas, por ejemplo― desearía apartarse de él. ¿En qué se había convertido en aquel instante, sino en uno de esos aburridos autodidactas que vomitan todo lo que leen? Lo estaba haciendo aposta, porque no había venido nadie. Allí estaba, hablando del libelo sangriento. El pequeño Hugh de Lincoln. Como en Londres, en 1279, a los judíos los descuartizaron por medio de cuatro caballos, culpándoles de haber crucificado a un niño cristiano. Como en 1285, en Munich, una barahúnda de ciudadanos quemó una sinagoga bajo el mismo pretexto. Una pascua, en Mainz, dos años antes. Tres siglos atiborrados de niños mártires beatificados, muchos de ellos pura invención, todos llamados "santitos". El Santo Niño de La Guardia. A Feingold le enloquecían estas historias, se las bebía como un vampiro. Lucy le metió un pedazo de tarta de chocolate en la boca para hacerlo callar. Feingold esperaba una réplica. El amigo del seminario, más pragmático, lamía con avidez su pedazo de tarta. Era una tarta traída de casa, que su mujer había empaquetado en un envase de plástico, para asegurarse de que no les faltaría de comer. Era una genuina tarta sin manteca de cerdo. Todos estaban famélicos. El fuego reducía a cenizas los pedazos de papel. 
El amigo del seminario había venido con un amigo suyo. Lucy lo examinó: sabia catequizar por su cuenta y riesgo, pues no en vano era una novelista. Catequizó y catalogó: un refugiado. Dedos como largas velas, desmochados por las uñas. Las cuencas de los ojos, negras: ¿acaso era ciego? Era difícil saber donde se hallaban los ojos bajo aquella cornisa frontal. En vez de cabeza, una calavera, pero una boca tan mullida, unos labios así, unos dientes tan ordenados y expresivos... Vaya huesos. La nariz como la de un santo. El rostro de Jesús. Susurró algo. Todos se acercaron mas para oírle mejor. Era la voz de Feingold: la voz que estaba esperando Feingold. 
―Fíjense en los tiempos modernos ―urgió la voz―. Fíjense en el ayer ―Lucy estaba en lo cierto: podía reconocer a un refugiado en un abrir y cerrar de ojos, antes de oír ningún acento. Todos le recordaban a su padre. Reservó este descubrimiento (el parecido existente entre los ministros presbiterianos y los refugiados huidos de Hitler) para comentarlo más tarde con Feingold: era debidamente analítico, contenía un misterio grato y suficiente―. Ayer ―dijo el refugiado― los ojos de Dios estaban cerrados ―y Lucy le vio cerrar sus ojos ocultos en sus cavernas―. Cerrados ―dijo― como portones de hierro ―una voz con tal nobleza que a Lucy le hizo pensar al punto en ese sobrecogedor pasaje del Génesis en el que la voz del Señor se adentra por el Edén a la caída de la tarde, llama a Adán y le dice: “¿Dónde estás?" 
Todos lo escucharon con gran expectación. Lucy volvió a mirar a su alrededor. Sintió pena por lo tensos que podían llegar a estar los judíos, por más que ella estuviese también tensa. Sin embargo, ella lo estaba porque su cerebro ardía, porque intentaba forjarse imágenes mentales; por algo era novelista. Ellos se mantenían en tensión a todas horas; pensó que, entre ellos, incluso las gentes más sencillas estarían tan tensas como cualquier novelista; ¿no se debería a que habían sido Elegidos, a que se compadecían de sí mismos a cada momento, a cada paso que daban? 
Compasión y sorpresa, eso es lo que había en todos los rostros. 
El refugiado estaba devanando un relato. 
―Yo fui testigo ―dijo―, yo soy testigo ―horror, sadismo, cadáveres. Como si (Lucy tomó la imagen del casi inaudible aliento que era aquella voz en su susurro) centenares y centenares de crucifixiones estuviesen teniendo lugar al mismo tiempo. Visualicé un cerro con una multitud de cruces, los cuerpos cayendo unos tras otros de los clavos ensangrentados. Cada judío era Jesús. Ese era el único medio por el que Lucy conseguía entenderlo: de otro modo, se trataba tan solo de una película. Ella había visto todas las películas, y la verdad era que no lograba sentir nada. La misma pala mecánica apilando los mismos esqueletos, el mismo niño con su gorra, la boca torcida y las manos en alto ―de haber estado presente una cámara en la Crucifixión, la Cristiandad se desmoronaría, nadie volvería a sentir nada ante aquello. La crueldad provenía de la imaginación, y era preciso ser testigo de ella a través de la imaginación. 
Pese a todo, escuché. Lo que contó era exactamente igual que en las películas. Una escena gris, una colina llena de matas ralas, un barranco. Los alemanes con sus cascos, los cinturones negros y lustrosos, los guantes. Un puñado de judíos andrajosos al borde del barranco ―una abuela, un niño o dos, una pareja de mediana edad. Todos los rostros tintados de grisura, los rastrojos del campo grises, las ropas que llevaban hechas jirones aunque inmóviles, como si estuviesen ya bajo la tierra, a salvo de la brisa, como si fueran ya de piedra. El murmullo del refugiado los esculpía: ahí estaban, un sombrío asterisco de piedra hecho de judíos, se podían ver sus fosas nasales, abiertas como las de las calaveras, el pedregoso reborde de las orejas de los niños, el horroroso palitroque que tenía la anciana por cuello, el padre y la madre agarrados a las manos de los niños aunque extraños el uno para el otro, sin el menor contacto, la abuela marginada, sin pedir nada a nadie y sin que nadie le pidiese nada, todos como encías de piedra sin ruegos ni oraciones. Ahí estaban. Durante un rato, la voz del refugiado los sostuvo de tal manera que no quedaba otro remedio que mirar. Su voz obligó a Lucy a mirar y a mirar. Atravesaba las figuras por medio de su susurro. Luego dejo que tronaran los disparos. Las figuras no vacilaron, no temblaron siquiera: su petrificación se quebró de pronto y cayeron limpiamente, como fardos, al barranco. Acto seguido formaron un montón, los miembros desparramados al azar, todos entremezclados. La voz del refugiado, como una cámara, colocó una bota alemana al borde del barranco. La bota desprendió algo de arena. Pegó unas cuantas patadas, y la arena cayó sobre la familia de fardos. 
Luego Lucy se fijó en los dedos de todos los que le estaban atendiendo: todos tenían los dedos extendidos. 
La sala comenzó a elevarse. Ascendió. Ascendió igual que el arca sobre las aguas. Lucy lo vio mentalmente, "esta cámara de judíos". Le dio la impresión de que la habitación comenzaba a levitar sobre los granitos que dejaba el susurro del refugiado. Se sintió a solas y abajo, bajo la tarima, mientras la habitación flotaba hacia arriba, llevándose a los judíos ¿Por qué no se la llevaba también a ella? Tan solo Jesús podía llevarla a ella. Los estaba secuestrando, a aquellos judíos, un mensajero de la tierra de los muertos. El hombre tenía poder. Ya estaba a la sombra de otro cuento: ella se hizo la promesa de no escuchar, de que tan solo Jesús podría hacerla escuchar. La habitación ascendía. Allá en lo alto se hacía cada vez más pequeña, más remota, se alejaba cada vez más en la pura verticalidad. 
Echó la cabeza hacia atrás y la siguió. ¿No iba a chocar contra el piso de arriba? Era como ver un ascensor desde abajo, polvoriento y peludo, con el meneo de sus raíces sucias. La negra habitación subía y subía sin cesar. Se iba librando de ella, se encumbraba y elevaba a los judíos. 
La gloria de su martirio. 
Bajo el alero que ascendía, Lucy tuvo una iluminación: se vio a sí misma con los niños en un pequeño parque de la ciudad. Un domingo por la tarde a principios de mayo. Feingold se había quedado en casa, echando una siesta, y Lucy y los niños encuentran sitio en uno de los bancos y esperan a que comience la música. La habitación sigue levitando, pero dentro de la iluminación de Lucy los chicos persiguen pájaros. A Lucy se le escapan, vuelve a tenerlos al alcance de la mano, se le van de nuevo. Rodean a un pichón. No lo tocan; Lucy se lo ha prohibido. Ha leído en alguna parte que las palomas urbanas transmiten meningitis. Un chico pequeño de Red Bank, New Jersey, contrajo la enfermedad del sueño por haber tocado un pichón; pasados seis años, sigue dormido. Durante su sueño, ha pasado de ser un niño a ser un adolescente; la pubertad le ha sobrevenido mientras dormía, se le han bajado los testículos, una sombra benigna y rubia le florece en las mejillas. Sus padres lloran y lloran. El sigue dormido. No se ve ningún instrumento, ningún músico. Una mujer aparece en el escenario. Es una antropóloga del Smithsonian Institute, en Washington D.C. Explica que no se celebrará el "espectáculo" tal como es costumbre, que no han venido los músicos. Los que representen el espectáculo no serán artistas; serán "campesinos de carne y hueso". Los han traído de Messina, de Calabria. Son pastores de ovejas y de cabras. Cantarán y bailarán y tocarán tal como suelen hacer cuando bajan de los cerros y se reúnen en las tabernas. Tañirán los intrumentos que alejan a los lobos del rebaño. Cantarán las canciones que celebran a la Madonna del Amor. Una docena de hombres desfila por el escenario. Todos tienen el rostro adusto, no sonríen. Sus pieles son gruesas, correosas, llenas de cráteres y grietas. Tienen narices y orejas que parecen barro retorcido y reseco. Tienen dientes de oro. No tienen dientes. Algunos son jóvenes, los más, más bien maduros. Uno es muy viejo; lleva unas campanillas en los dedos. Uno tiene un instrumento parecido a un utensilio para batir la mantequilla: tiene un palo que mete y saca por un agujero que hay en el tubo de madera que lleva bajo el brazo, y que produce un sonsonete de carraca. Otro sopla al tiempo por dos tubos largos y delgados. Otro lleva una larga correa, y la acaricia y la zarandea. Otro lleva un juego de campanillas de bicicleta, descendiente de las campanas que los sacerdotes tañían en el templo de Minerva. 
La antropóloga sigue explicándolo todo. Explica el instrumento "masculino": tres batientes de madera, de los cuales el del centro bate contra los otros dos. Las canciones, explica, son fundamentalmente eróticas Los bailes son muy sugestivos. 
Comienza a sonar una música desacostumbrada. El parque se ha llenado de italianos ―sicilianos bisoños, neoyorquinos de Nápoles. Un pueblo antiguo. Aplauden. El viejo que lleva las campanillas en los dedos señala las polvorientas punteras de sus zapatos, vencidos por la presión de los dedos, y comienza lentamente a trazar un círculo. Tiene los ojos en trance, se sienta en cuclillas, asciende. La antropóloga explica que estas danzas verticales, como un sube y baja, se encuentran también en algunas zonas de África. Los cantantes gimen y se quejan como árabes; la antropóloga comenta que la conquista árabe llegó a ocupar la porción situada más al sur de la bota italiana durante más de doscientos años. Todo el coro de campesinos canta en un dialecto del griego arcaico; el lenguaje ha sobrevivido en las viejas canciones, explica la antropóloga. La muchedumbre que se ha congregado para el espectáculo ríe y toca las palmas y lleva el ritmo con el pie. Chasquean los dedos y se menean. Miran al hombre de las campanillas en los dedos; ven como el miembro de madera se balancea de arriba a abajo. Todos aplauden, patalean, hacen chasquear los dedos, se menean. El lamento y los gemidos siguen sonando, más y más aprisa. Los que cantan son los que bailan, los que bailan cantan, dan vueltas y más vueltas, sonríen con esa sonrisa drogada que tienen los derviches. En su hogar cultivan flores. Siguen a las ovejas por entre la alta hierba. Por la noche beben vino en las tabernas. Calabria y Sicilia en Nueva York, aunque sin esposas, con las camisas empapadas de sudor y los pantalones arrugados y llenos de polvo, jadeando ante extraños que jamás han percibido el dulce aroma de las hierbas que crecen en sus pueblos! 
Ahora, la antropóloga del Smithsonian se ha desvanecido, ya no aparece en la iluminación de Lucy. Un par de bailarines acaba de agarrarse el uno al otro. Se entrelazan las piernas, un vientre contra otro, y cada uno de ellos salta con el pie que le queda libre. Así entrelazados, se ponen en cuclillas y se levantan, se agachan y se levantan. De sus labios fluyen antiguas sílabas helénicas. Profiere gritos elásticos, muy altos. Festejan a la Madonna, la dadora de fertilidad y fecundidad. Lucy se siente glorificada. Esta exaltada. Comprende. No que los músicos sean campesinos, no que sus rostros y sus pies y sus cuellos y sus manos sean de hierba y de tierra roja. Le sobreviene una iluminación absoluta, entiende qué es eterno: antes de la Madonna era Venus; antes de Venus, Afrodita; antes de Afrodita, Astarté. El vientre de la diosa es el jardín, los corderos y los niños recién nacidos. Ella es el río y la cascada. Es ella la que hace que los hombres de negocios ―los pastores de los hombres de negocios― se vayan de parranda y hagan relucir sus dientes de oro. Es ella la que les induce a soplar, a batir, a frotar, a agitar y a rascar objetos para extraerles la música. 
Dentro de la iluminación de Lucy, los bailarines se retuercen. Se contorsionan. En nombre de la diosa, en nombre del vientre de la diosa, se convierten en serpientes. Cuando crecen son todavía de tierra. Son de tierra, desde siempre y hasta siempre. La naturaleza es su pulso. Lucy ve, entiende: los dioses son Dios. ¡Qué terrible haber abandonado a Jesús, a un hombre como éstos, hecho de tierra, igual que éstos, con un pulso como el de éstos, Dios que se encarna en la naturaleza para hacerse un dios! Jesús, no más milagroso que un pastor normal y corriente; ¿es un pastor un milagro? ¿Lo es una hoja? ¿Una nuez, un agujero, un carozo, una semilla, una piedra? ¡Todo es milagro! Lucy ve de qué manera ha abandonado la naturaleza, como ha perdido la verdadera religión por causa del Dios de los judíos Los chicos están boca abajo sobre la hierba, escarbando el suelo con unos palos. Cavan y cavan: hacen agujeritos y dejan un montón de tierra suelta al lado de cada hoyo. Los llenan con huesos de albaricoque, con huesos de cereza y de ciruela. Los sicilianos y los napolitanos recogen sus bolsas y sus cestas y se marchan. Los bancos huelen a fruta recién cogida, a jugos frutales, están atestados de insectos. El escenario está limpio. 
También se le ha escapado el cuarto de estar. Se halla muy alto, extremadamente pequeño, poco mayor que la luna sobre el pulgar de Lucy. Sigue elevándose hacia lo alto, y las voces de los que van a bordo son tan débiles que Lucy casi las pierde del todo. Pero sabe, pese a todo, qué palabra es la que usan por encima de todas las demás. ¿Cuánto tiempo son capaces de seguir dando vueltas a lo mismo? ¿Cuánto tiempo? Un morboso rumiar. Muerte y muerte y muerte. La palabra es menos humana, es más bien el chillido de un animal, el graznido de un cuervo. Caac, caac. Pertenece a las tormentas, a las inundaciones, a las avalanchas. Actos de Dios. "Holocausto", grazna alguno débilmente allá en lo alto; ella se da cuenta de que debe de ser Feingold. Él siempre dice esta palabra, una y otra vez. La historia le sienta mal: ¡qué poco le instruye! Lucy decide que es posible terminar hastiado de la atrocidad. Le aburren los fusilamientos y el gas y los campos, no le da vergüenza reconocerlo. Todo eso es mas cansino que una oración. La repetición disminuye el poder de convicción; piensa ahora en su padre, que canta los mismos himnos semana tras semana. Si uno dijera las mismas oraciones una y otra vez, así, sin parar, ¿no terminaría por convertírsele el cerebro en una lamentable rueda de oraciones? 
En el comedor, todos empezaban a quedarse sin recursos. Allí olía a rancio, un fracaso de fiesta. Bebían cerveza o coca―cola o whisky con agua y jugueteaban con las migajas de pastel que habían quedado sobre la mesa. Aún quedaba un poco de queso en un plato, y medio cuenco de cacahuetes. 
―Ese es el impacto del individualismo romántico ―objetaba uno de los humanistas. 
―¿En el Frick, dices? 
―Yo nunca lo he visto. 
―Sin duda que lo hacen adrede, no hace falta que yo lo diga. 
Lucy, abandonándose contra la puerta, trató de sintonizar. Qué alivio, oír charlar a los ateos. Una dibujante, encargada de las cubiertas, que trabajaba con Feingold, entró con un abrigo. Feingold la había invitado porque hacía muy poco que se había divorciado, le daba miedo vivir sola. Le daba pavor que la asaltasen en el sótano mientras hacía la colada. 
―¿Dónde se ha metido Jimmy? ―preguntó la dibujante. 
―En la otra sala. 
―Dile adiós de mi parte, ¿quieres? 
―Adiós ―dijo Lucy. 
Los humanistas ―Lucy cayó en la cuenta de lo compasivos caballeros que eran todos― se levantaron. En el suelo se formaba un charquito de salsa caída de un plato. 
―Oh, no os preocupéis ―dijo Lucy―, yo me encargo de recogerlo. 
Allá en lo alto, Feingold y el refugiado viajan por los aires. Sus palabras son motas de polvo. Todos los judíos están en las nubes. 

(1) "They‘ve got the cake". Frase hecha que, en sentido figurado, significa también “llevarse el gato al agua". 

Cynthia Ozick, Levitación.

Cynthia Ozick


Ricardo Piglia, Hotel Almagro

Hotel Almagro
Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.
La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.
Ricardo Piglia, Hotel Almagro (Primera persona).

Ricardo Piglia